Luís Fernando Pessoa
(Brasil) Professor de História na Universidade Estadual de Maringá (UEM), no estado do Paraná, Brasil. Mestre em História do Brasil (UEM, 2009), no qual analisou elementos da presença jesuítica no mundo luso-brasileiro entre os séculos XVI e XVII. Atua como coordenador do curso de História da UEM no Campus Regional do Vale do Ivaí (Ivaiporã, Paraná).
Las impresionantes realidades virreinales en los dominios hispánicos del continente americano tal vez vengan a desafiar el imaginario de gran parte de las personas de los tiempos modernos, sea por causa de su dimensión o por la gran complejidad, racionalidad y belleza de su organización política y administrativa; ya sea, además de otros factores, por su presencia civilizatoria de sentido universal articulando e integrando las tierras de todo el mundo conocido antes de 1492 con los otros más de 60% descubiertos por los propios hispánicos. No se trata, apenas, de un desafío de orden intelectual, sino, también, y fundamentalmente, uno de naturaleza cultural más densa, que alcanza a nuestra memoria más profunda tanto como a los sentimientos en nosotros más arraigados.
Después de dos siglos del estallido que hizo fragmentarse los dominios de la Monarquía Hispánica en el mundo, anunciando con eso un reflujo de la hegemonía de la civilización ibérica en la historia más reciente, probablemente, la distancia entre la época en que esa hegemonía era de hecho real y la actual, en la cual el mundo hispánico sigue dividido en decenas de naciones, hace que sea un poco difícil concebir la presencia así como la importancia de aquellos reinos, los cuales, al considerar la tradición generadora de las Españas, vinieron a crecer como verdaderos imperios.
La translatio imperii del siglo XIX y sus efectos para los pueblos hispánicos
El avance del nacionalismo por el mundo a partir de la primera mitad del siglo XIX también afectó a las élites hispánicas, las cuales, desde entonces, vinieron acostumbrándose a ver el pasado de nuestros países en función de un imaginario y de unos valores bastante diferentes de aquellos que venían informando a las sociedades iberófonas desde el siglo XVI, por lo menos, inclinadas que eran (y son)al mestizaje, a la integración de pueblos, a la universalidad, en fin. Como consecuencia de tal fenómeno, tras el derrumbe de la estructura americana de la Monarquía Hispánica entre 1810 y 1825, va a imponerse una nueva narrativa acerca de la historia humana en la cual los pueblos de la Península Ibérica difícilmente encontrarán, ya no digo protagonismo, pero importancia – los currículos escolares de hoy lo demuestran.
En el momento en que la civilización hispánica pasó a no tener más condiciones de reivindicar una presencia más sustantiva en el mundo, sobre todo en términos geopolíticos (y las razones, por el momento, no cabe aquí discutir) en un cuadro en el cual tendremos nuevas hegemonías a partir de entrado el siglo XX, como que naturalmente quedó con menos fuerza para asimilar y superar a las nuevas ideas y proyectos políticos originarios de otras matrices culturales, con los cuales sus elites, en un principio, y luego los pueblos, tendrían que convivir, viniendo a cargar consecuencias del proceso.
Una de ellas será el hecho de que la memoria de los pueblos hispánicos en el mundo acabará perdiendo espacio en los libros, en las escuelas y parte de las universidades, bien como en los medios de divulgación cultural y/o publicitaria, además de otros. En la consumación de esa nueva transalatio imperii (entre los siglos XIX y XX) que señala el vuelco del eje de la civilización occidental hacía el mundo nórdico anglosajón y protestante, la presencia del nuevo hegemon mundial que lo encarna y representa tenderá a ser valorada y celebrada frente a otras hegemonías anteriores, como la hispano-católica. Tanto más ninguneada esta porque había sido, justamente, la mayor y contra la cual los agentes de aquel mismo mundo no católico venían luchando desde el siglo XVI.
Bajo varios aspectos, el mundo occidental actual es heredero del imaginario nacido de la tradición anglo-germánica de origen protestante, iluminista y nacionalista de antaño. El fenómeno de los imperialismos y de los colonialismos del siglo XIX, bien como el de la leyenda negra y de la negación de la civilización hispano-católica, hizo que parte de la historia de las Españas fuera colocada en lugar secundario frente a las narrativas de las supuestas “grandes civilizaciones” o de las “grandes naciones”: en general, Francia, Inglaterra, Alemania o Estados Unidos de América, tenidos por representantes del “Occidente” y de lo que se tomó por convención denominar, para algunos, como “el mundo libre”, o a algo que se le parezca. En esa situación, en cuanto a lo que se refiere a las sociedades hispánicas, empezaron a tener dificultades para reconocerse tanto en el pasado como en el presente, participando de historias contadas por otros, las cuales, no son necesariamente las suyas y en cuyas narrativas raramente aparecen como deberían. Consecuentemente, en ese sentido, los pueblos hispánicos, hace muchos años, han vivido como si estuvieran “desviviéndose”. Por consecuencia, sus élites actuales no han demostrado capacidad para gestionar la grandeza de una gran civilización que continúa existiendo, aunque tenga poca influencia geopolítica en el presente.
Todo eso configura un problema que afecta a toda la historia hispánica y, por consecuencia, a la forma como sus sociedades viven en el presente, una vez que la manera cómo contamos nuestra propia historia acaba definiendo el modo como nosotros vivimos nuestras propias vidas, ahora mismo. De ahí que la historia puede ayudarnos a mejor comprender los caminos que nos han hecho llegar hasta aquí tal como hemos llegado y, siendo ella maestra de la vida, también tiene poder para actuar en cada uno de nosotros como si fuera, también, un proceso de auto- esclarecimiento.
Destaque para los virreinatos hispánicos en América
Una nota muy especial lo merecen, en ese sentido, los llamados virreinatos, el conjunto civilizatorio más original, complejo y poderoso que España ha creado. Expresión del afán generador de los pueblos de la Península Ibérica en contacto con las poblaciones del nuevo continente, esas grandes masas territoriales consistieron en el nuevo eje de la civilización y de la propia historia humana a lo largo de un período de prácticamente tres siglos. Tal hecho gana aún más importancia cuando consideramos los efectos que la caída de Constantinopla (1453), el avance del
Imperio Turco Otomano por el Mediterráneo, el nacimiento y explosión del protestantismo, tuvieron en la Cristiandad de finales del siglo XV y comienzos del XVI. Las perspectivas para los pueblos europeos no parecían prometedoras.
Como han afirmado muchos hispanistas, los virreinatos no eran de España, eran España, y durante el tiempo en que estuvieron unidos en América, articulando el mundo occidental bañado por el Océano Atlántico con el Oriente del Pacífico, se vivía en tiempos de una verdadera pax hispaniarum (por referencia a la conocida pax romana de los tiempos más prósperos y seguros del antiguo imperio nacido del Latium), momento caracterizado por seguridad juridica, prosperidad (recordemos la fuerza de la moneda Real de a ocho), estabilidad institucional, fundación universidades (32) y hospitales (31), además de un intenso y variado movimiento artístico y literario absolutamente original que presentó entre otras realizaciones, el arte indo-hispánico nacido en Nueva España, el barroco boliviano que floreció
entre los siglos XVII y XVIII, o autores como un Gómez Suárez de Figueroa, más conocido como “Inca” Garcilaso de la Vega (1539-1616) y Sor Juana Inés de la Cruz (1648/51-1695). Sólo en el siglo XVI, más de 200 ciudades serían fundadas en las regiones de Caribe, Mesoamérica, Centroamérica y en aquellas áreas no pertenecientes a Portugal, en la parte austral del continente, sobre todo en torno a la Cordillera de los Andes y en los territorios del Río de la Plata.
Mientras buena parte de Europa sufría a raíz de guerras frecuentes, tanto en el plano interno como externo, en los virreinatos de América el catolicismo resurgía con nuevo vigor, con sentido francamente mariano y mestizo, recuperando rápidamente para la Iglesia, en un primer momento, nueve millones de almas que habían sido llevadas para el mundo protestante a lo largo del siglo XVI. La fuerza de ese proceso de reconstrucción y avance espiritual fue demostrada por la acción evangelizadora y civilizadora de los frailes dominicos, agustinos, franciscanos tanto como por los jesuitas – los cuales tuvieron mucha importancia para Brasil – todos los cuales actuaron como grandes cronistas, historiadores, traductores, gramáticos, verdaderos antropólogos (Bernardino de Sahagún, por ejemplo) dedicados hasta el fin de sus días a conocer, evangelizar y ofrecer la posibilidad de salvación a los pueblos, arriesgando todo en el proceso.
El fray nacido en Mallorca, San Junípero Serra (1713-1784) – canonizado por el Papa Francisco (1936-2025) el 23 de septiembre de 2013 – fue considerado como el Apóstol de California. San José de Anchieta (1534-1597) – también canonizado por el mismo Papa el 3 de abril de 2014 – español nacido en las Islas Canarias, quedó conocido como “el Apóstol de Brasil”.
Origen de los virreinatos españoles
En el año de 1381 encontramos el término “virrey” en un documento escrito en latín por el rey Pedro IV de Aragón (1319-1387), llamado “El Ceremonioso”. En documentos de la Corona de Aragón, en 1428, aparece el término vice rex, también en latín, para que se pudiera referir al virrey de Sicilia, el cual había sido asimilado por la Corona de Aragón en 1282, en el contexto de las llamadas vísperas sicilianas. Tal término (vice rex) dio origen a la palabra “visrei” , que sería utilizada en el reino de Aragón a lo largo del siglo XV. Probablemente en función de la influencia de ese origen latino-aragonesa de la palabra, en el reino de Castilla surgiría el término “visorey” (en castellano) que evocaba la realidad concreta de los territorios administrados por todos los hispánicos, en verdad, entre finales del siglo XIV y comienzos del XVI, en el plan específicamente europeo. Por tanto, desde su orígen, el concepto de virrei o virreinato no tenían un sentido propiamente colonial.
Una de las grandes contribuciones de España al mundo fue que, en vez de crear colonias o solamente provincias en sus dominios de ultramar, acabó generando nuevos reinos y imperios. En América esa pasó a ser la realidad fundamental, de modo bastante singular y, hasta el presente momento, poco conocida. En principio, fue instalado en las tierras del nuevo continente el llamado Virreinato de las Indias, o “Virreinato Indiano”, formalmente instituido en 17 de abril de 1492, por las Capitulaciones de Santa Fe, realizadas por los Reyes Católicos Isabel I de Castilla(1451-1504) y su esposo Fernando II de Aragón (1452-1516) – antes de que Cristóbal Colón (1451-1506) llegase a la Isla de Guanahaní, actual Caribe, en 12 de octubre de aquel mismo año. La confirmación de los derechos de Colón al virreinato así como de sus títulos de virrey, Gobernador General y “Almirante de la Mar Océana” se dieron en marzo de 1493, por los mismos reyes. El último virrey de aquél dominio fue un nieto de Colón, llamado Luis Colón y Álvarez de Toledo (1522-1572),a partir del cual no más existirá el Virreinato de las Indias, que será sustituido por el de la Nueva España (1535-1821).
A partir de 1535, con la creación del Virreinato de la Nueva España, teniendo ello como primer virrey al político, militar y caballero de Santiago de nombre Antonio de Mendoza y Pacheco (1490 o 1493-1552), el destino imperial de la América indo- hispánica iría confirmarse. Las dos principales formaciones políticas y administrativas, el Virreinato de Nueva España – creado en 12 de octubre de 1535 por Real Cédula – y el de Perú, fundado oficialmente siete años después, en 20 de noviembre de 1542 también por Real Cédula (teniendo como primer virrey a Basco Nuñez Vela, nombrado por Carlos I) se conformarían como dos verdaderos imperios americanos, mestizos y multiculturales. Imperios de facto, que no estaban apartados de la península sino que iban hacer fructificar de modo original en América la cultura y el imaginario que venían de las Españas, crisol de pueblos y civilizaciones.
La monarquía hispánica llegó a tener diez virreinatos en los territorios bajo su gobierno en Europa: Virreinato de Sicilia (1415-1717), Virreinato de Cerdeña (1417- 1720); Virreinato de Galicia (1486-1679), Virreinato de Nápoles (1504-1707), Virreinato de Navarra (1512-1841), Virreinato de Aragón (1517-1707), Virreinato de Cataluña (1520-1716), Virreinato de Mallorca (1520-1716), Virreinato de Portugal (también llamado “Regencia del Reino de Portugal”) (1580-1640). En América, ella tuvo cinco, si consideramos el primero, que fue el Virreinato de las Indias :
Virreinato de las Indias (1492-1535), Virreinato de la Nueva España (1535-1821), Virreinato del Perú (1542-1821), Virreinato de Nueva Granada (1717-1819) y Virreinato del Río de la Plata (1776-1810).
El caso luso-brasileño
Los conceptos de “virrey” y “Virreinato” también fueron utilizados en los dominios lusitanos, pero, no con la misma frecuencia e importancia que en los territorios españoles – se puede decir que hasta 1720 el título más alto en la administración luso- brasileña era el de Gobernador General. La primera autoridad portuguesa en responsabilizarse por el gobierno de las tierras brasileñas, ejerciendo la función de gobernador general, fue el militar, político y miembro de la Orden Cristo (instituida en Portugal, en 15 de marzo de 1319), Tomé de Souza (1503-1579), que contaba con larga experiencia de campaña en territorios africanos, como en Alcácer-Quibir, por ejemplo (y por cuya bravura en combate vino a recibir el título de hidalgo en la ciudad marroquí de Arzila, en 1535). Recibió del rey portugués João III, “el piadoso” (1502-1557) el “Regimento” para fundar la ciudad de Salvador, en actual Estado de Bahia (1549), urbe que sería la capital del Estado de Brasil hasta 1763.
En Brasil, desde los primeros años después del descubrimiento hasta 1640, su territorio era considerado por la Corona portuguesa como “Estado” (“Estado do Brasil”). Entre 1640 y 1763 pasó a ser muy bien utilizado el título de virrey para aquél que asumía el cargo tradicional de Gobernador General en tierras brasileñas. En este caso, hasta 1720 sería más común que por aquí se hablara de “gobernadores”, y no, necesariamente, de “vice-reis” (virreyes).
El primero que ganó ese título (de virrey) de manera oficial fue Don Jorge de Mascarenhas (1579-1652), el Conde de Montalvão, nombrado para la función por el Rey Filipe IV (III de Portugal) en mayo de 1640. El segundo en recibir tal distinción (que no hacía aumentar su autoridad, sin embargo) fue Don Vasco de Mascarenhas (1605-1678), el Conde de Óbidos, en 1663 (cargo que ejercería hasta 1667) y 27º virrey de la India – también existió, en el ámbito de la Monarquía portuguesa, el importante Virreinato de la India desde el inicio del siglo XVI. A propósito, la instalación del Virreinato de la India portuguesa tuvo lugar en 25 de marzo de 1505 – día en que la Iglesia Católica conmemora el hecho de la Anunciación del Arcángel Gabriel a la Santísima Virgen María – fecha en la cual el rey lusitano Don Manuel I, “el afortunado” (1469-1521), hizo nombrar como virrey de aquellos nuevos dominios orientales – descubiertos por Vasco da Gama (1469-1524) en 1498 – al militar y gran estratega Don Francisco de Almeida (1469-1510), que había participado de manera brillante en la reconquista del reino de Granada (1492), al servicio, por tanto, de los reyes católicos Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón.
Don Pedro Antonio de Meneses Noronha de Albuquerque (1661-1731), marqués de Angeja, fue nombrado virrey, para Brasil, en 1714 (1714-1718) así como nuevo virrey de la India portuguesa. A partir de entonces, con la llegada del Conde de Sabugosa (título creado por Don Juan V en 1729), Vasco Fernandes de Meneses (1673-1741) al gobierno general del Estado de Brasil, en 1720, (también alzado a la condición de virrey de la India), el título que pasó a ser utilizado para el ejercicio de ese cargo fue el de virrey, hasta 1808, cuando el término fue extinto.
A partir del momento en que la ciudad de Rio de Janeiro fue elevada a la categoría de capital (1763), suplantando a Salvador, que lo había sido desde 1549, Brasil pasaría a ser denominado oficialmente como “Virreinato de Brasil”. Ese nombre persistió hasta la llegada de la familia real de los Braganza a Rio de Janeiro en 1808, con el rey de Portugal Don Juan VI (1767-1826) al frente, y de toda la corte lusa a aquella ciudad. Por aquél entonces, en pleno contexto de las Guerras Peninsulares (1807-1814), aproximadamente quince mil portugueses salieron del puerto de Lisboa, ya bastante amenazada por las tropas de Napoleón Bonaparte (1769-1821), rumbo a Salvador, Bahia – luego después, llegaron a Río de Janeiro el 08 de marzo de 1808. El nombre “Estado do Brasil” aún siguió siendo utilizado hasta el momento en que, en el año de 1815 él fuera elevado a la categoría de Reino (“Reino do Brasil”), como parte del recién-creado “Reino Unido de Portugal, Brasil e Algarves”.
Algunos aspectos generales de los virreinatos en América
Algunos investigadores tales como la historiadora uruguaya Mónica Luar Nicoliello Ribeiro, tanto a través de sus libros “Indios, españoles y nuestramericanos” (en dos volúmenes, hasta el presente momento, uno de 2022 y el otro de 2025) como de sus cursos acerca del tema de la indo-hispanidad, enseñan a nosotros la riqueza de la vida política, económica, social, institucional, cultural y religiosa que había en aquellas gigantescas formaciones imperiales que estaban naciendo desde el impulso de generación civilizatoria oriundo de la Península Ibérica. Merece destaque el término formaciones imperiales, tal como la propia historiadora uruguaya explica en uno de sus más recientes artículos. La civilización hispánica, en ese sentido, sería, al mismo tiempo, cruce y matriz de otras civilizaciones y no habría de extrañar, por tanto, que el proceso inaudito de expansión ibérica que se manifiesta de modo definitivo a partir del siglo XV, en un movimiento que vino a ser propulsado por todos los pueblos de Hispania (castellanos, leoneses, vascos, gallegos, aragoneses, extremeños, portugueses, etc), fuera capaz de dar origen a otros conjuntos civilizatorios mayores que los de la península.
Desde los tiempos antiguos, la Península Ibérica venía siendo destino y territorio comunicante para los más diversos pueblos del mundo: fenicios, griegos (helénicos), judíos, tartesios, celtiberos, cartagineses, romanos (itálicos), germanos, árabes, etc. El movimiento de los imperios y la historia parecía estar en búsqueda de Hispania, ese verdadero crisol de culturas que iba absorbiendo los más diversos grupos humanos al mismo tiempo en que se convertía a sí mismo en matriz de una nueva civilización. Los virreinatos, de cierta manera, fueron el gran fruto imperial de esas antiguas y poderosas semillas.
El historiador Felipe Castro Gutiérrez afirma en el capítulo “Los indios y el Imperio”, en el libro “Los virreinatos de Nueva España y del Perú (1680-1740): un balance historiográfico”(2019) que el tejido de naturaleza comunitaria que caracterizaba a las sociedades que vivían en los virreinatos de la monarquía española era profundamente denso y presentaba “estratificación social y prácticas agropecuarias que eran capaces de generar excedentes que sostenían tributos y servicios personales”. Es decir, había no sólo un elemento de organización social vigorosa, sino una estructura económica que se podía sostener con seguridad en ámbito local y regional en las tierras que eran gobernadas por la dinastía de los Habsburgo en América, específicamente entre los siglos XVI y XVII.
En el curso del ejercicio del poder y de la administración de la Monarquía Hispánica de los Habsburgo en los virreinatos de América, todas las instituciones y normas tenían mucho de casuales, de resoluciones circunstanciales que con el tiempo se hicieron permanentes. Parte de las facultades gubernativas, judiciales y fiscales de la monarquía era delegada, como nos enseña Gutiérrez, en corporaciones tales como los tribunales de comercio, por ejemplo, y, también, en personalidades locales. Estas podrían ser las que obtenían cargos por medio de remate público, por asiento o contratos.
Eso, explica el autor, no se podía hacer de otra manera que no fuera la descrita luego arriba. Y así lo era porque en aquel contexto de la historia de los virreinatos americanos no había propiamente una especie de aparato estatal tal como nosotros podríamos imaginarlo en los días de hoy, así como la separación entre gobernantes y gobernados, entre Estado y sociedad, no era, en aquel entonces, muy nítida. Por tal razón, al considerar esa estructura específica de desarrollo y aplicación del poder por la monarquía hispánica en las Indias, podemos reconocer que el Gobierno, por allí, tuviera presencia escasa, incluso en el campo de la recolecta de beneficios fiscales.
Las sociedades virreinales, particularmente en los casos de Nueva España y Perú, presentaban significativa diversidad en la forma de organizarse. Esta se daba, por ejemplo, vía corporaciones o estamentos, los cuales tenían fueros y privilegios particulares que, al principio, eran a los grupos otorgados por el propio monarca, que daba a cada quien lo que correspondía según sus méritos. Al respecto de las poblaciones indígenas, sus distintos grupos tenían condiciones particulares que determinaban cómo deberían ser tratados por la administración. Además, existieron las llamadas “repúblicas de indios” en las cuales el nivel de autogobierno de sus poblaciones era considerable.
Los llamados juicios de residencia, presente en el Derecho de Indias, que acontecían al final del tiempo de ejercicio de un determinado cargo público, eran aplicables a una gama muy variada de funcionarios de la administración virreinal, yendo desde los alguaciles y alcaldes hasta los gobernadores, presidentes de Audiencias y los propios virreyes. Esos juicios tenían carácter público y el curso de la investigación podría arrastrarse hasta por unos seis meses. Ellos fueron una creación de las llamadas Leyes de Indias (otra expresión para “Derecho de Indias”), edificio legal indo-hispánico actualizado de tiempos en tiempos (entre 1492 y 1805) basado en principios fundamentales como la evangelización, la ley natural, la personalidad del derecho y la defensa de los indígenas (“aborígenes”), por ejemplo. No fue casual, por tanto, que con el paso del tiempo y la expansión de los virreinatos americanos, nuevas situaciones jurídicas fuesen incorporadas en aquél gran corpus en función de las circunstancias vividas en los municipios de los territorios virreinales como de las varias costumbres indígenas. El fenómeno de la integración virreinal hispánica también fue esencialmente jurídica.
En el contexto en que gobernó la dinastía de la familia Habsburgo (1516-1700) se le exigía que los llamados virreyes debían ser personas que tuvieran participación en la nobleza, muchos de los cuales vinieron a ser militares, naturalmente. La educación de las élites ibéricas, forjadas en aquél cruce de culturas que había en la península y en parte de todo el mundo conocido en su porción occidental, antes de los descubrimientos – sobre cuyo fenómeno nos enseña la profesora Mónica Nicoliello y otros historiadores tales como María Elvira Roca Barea– no tenía carácter estanco, sino que combinaba de modo complejo la universalidad de conocimientos que una persona adulta debería de tener para que pudiera ejercer las responsabilidades propias de su estado. El historiador Alberto Gil Ibañez llegó a afirmar que el período en que se forma la llamada Escuela de Salamanca, núcleo de la elite hispánica entre los siglos XV y XVII, fue hasta tan o más importante que los tiempos en que vivieron y enseñaron los importantes filósofos de origen helénico, como Sócrates, Platón o el mismo Aristóteles. El virrey, en América, particularmente, no escapaba a esa exigencia de formación, y representaba personalmente a la figura del Rey de España en los territorios por él gobernados en los virreinatos. Por esa misma razón, solía contar con una guardia personal y era recibido con un palio, el cual era un privilegio del propio Rey de España y del Santísimo Sacramento.
Breve nota sobre la Ruta Galeón de Manila
Aún haría falta decir algunas cosas a respecto de la importancia de los virreinatos en la historia, aunque de modo muy resumido. Por ejemplo, comentar algo de pasaje sobre la Ruta Galeón de Manilla (1565-1815), instituida a partir del momento en que el religioso agustino (además de militar, cosmógrafo y marino) Andrés de Urdaneta (1508-1568) consigue establecer el camino de vuelta a Nueva España por la vía del Pacífico, aprovechándose, por tanto, del beneficio de la corriente Kuro-Shivo, que se ubicaba en el paralelo 40, en la costa oriental de Japón, o, también, destacar que el encuentro entre las Dinastías Ming (1368-1644), china, y Habsburgo, hispánica, hizo que la América virreinal se convirtiera en el eje de la economía y de la civilización durante casi tres siglos. El gran virreinato de Nueva España, gigantesco, contando con 7,650,000 kilómetros cuadrados en su momento de máxima extensión (c.1790), abarcando una área que llegó a envolver vastas regiones de Norteamérica, Centroamérica, Asia y Oceanía, era el centro de ese mundo.
Nueva España mantenía buenas relaciones económicas, culturales y diplomáticas con la mayor monarquía oriental de entonces. Los contactos entre chinos, filipinos y japoneses con las ciudades novohispanas fueron frecuentes durante el tiempo en que la ruta Galeón de Manila estuvo en plena vigencia. La ruta Acapulco-Veracruz- Ciudad de México posibilitaba la conexión entre el Pacífico y el Atlántico, entre China y Europa. Las “naos de China” (como también eran conocidas en su tiempo) que en un principio tenían capacidad de carga para soportar cerca de unas 400 toneladas, alcanzaron con el tiempo una capacidad impresionante de 2000 toneladas por galeón. Se estima que por causa de esa ruta, hasta entrado el siglo XIX, el imperio chino y la Monarquía hispánica respondían por unos 70% /80% de todo el PIB mundial. Sólo China era responsable por 40% de ese montante y concentraba 25% de la población del planeta. La belleza y la universalidad de ese encuentro entre pueblos europeos, americanos y orientales está registrada en el Biombo del sello real, de finales del siglo XVII, que está en el Museo de América de Madrid.
Se considera que con el establecimiento de la Ruta Galeón de Manila (1565) se coronaba casi un siglo de descubrimientos hispánicos por el mundo y que, con ello, estaba completaba la estructura que había fundamentado la primera globalización en pleno curso. Esta, impulsada por esas nuevas formaciones verdaderamente imperiales en América: indo-hispánicas y católicas, llenas de la novedad del evangelio hecho carne en esta parte del mundo y que, al fin y al cabo, generó una nueva formación humana que vino a ser llamada de “raza cósmica” por el filósofo, escritor y abogado mexicano José Vasconcelos (1882-1959), en 1925, en libro homónimo.
Brasil y el Virreinato del Perú
Otro dato interesante, que por aquí solamente podríamos citar, es que en la primera mitad del siglo XVII estuvo a punto de ocurrir una gran integración económica entre el “Estado do Maranhão”, parte septentrional de la América portuguesa (creado por el rey Felipe III en 1621), y el Virreinato del Perú. Dentro de un contexto en que las dos Coronas estaban unidas (1580-1640) bajo un mismo rey español (los Felipes) y el territorio brasileño venía siendo ocupado o invadido por grupos de ingleses, franceses y por holandeses, de modo particularmente más grave en sus regiones Norte y Nordeste, se consideró la posibilidad de que el Río Amazonas sirviera de vía integradora entre el rico y poco poblado norte luso-brasileño y el gran virreinato vecino (curiosamente, en aquella época, Brasil era visto por la Corona Española como si fuera la parte oriental del Virreinato del Perú). La ciudad de Belén, hoy capital del estado de Pará, había sido fundada hacía poco, en 1616, por el militar portugués Francisco Caldeira Castelo Branco (1566-1619), como resultado de los esfuerzos de españoles y portugueses para asegurar su dominio en la región y promocionar su poblamiento bien como su desarrollo comercial. De acuerdo con la historiadora Gloria Marques, la importante expedición comandada por el militar brasileño Pedro Teixeira (1570/87-1641) entre 1637 y 1639, navegando por el río Amazonas en dirección a Quito, hoy capital de Ecuador, intentaba demostrar que las aguas del Océano Atlántico y del Pacífico podían estar interconectadas a través del Amazonas, lo que posibilitaría, por tanto, una integración entre los dos océanos por medio del norte de Brasil. Al realizar tal aventura, Teixeira actualizaba un esfuerzo exploratorio que ya había realizado el extremeño Francisco de Orellana (1511-1546), que, habiendo partido de la ciudad de Quito, llegó a la desembocadura del río Amazonas en 26 de agosto de 1542, en un expedición que contaba con la compañía de Gonzalo Pizarro (1510-1548), medio hermano más joven, a su vez, de Francisco Pizarro (1478-1541). Un detalle: el río Amazonas debe su nombre a esta expedición capitaneada por Orellana.
La separación entre el Virreinato de Portugal y España (1640-68), fruto de una revuelta llevada a cabo por los integrantes de la Casa de Braganza (con apoyo inglés),no permitió que esa integración iberófona pudiese tener lugar en aquel momento de la historia y según aquellas condiciones, con Brasil al centro. Eso sucedió a pesar de que todos los esfuerzos de las dos coronas, la portuguesa y la española, estuvieron siendo hechos en el sentido de promocionar esa misma aproximación desde el inicio de la llamada “doble monarquía” (o “Unión Ibérica”), y, de manera más decisiva, a partir del momento en que portugueses y españoles tuvieron de luchar juntos contra la presencia francesa en el territorio del futuro Estado de Maranhão, en 1615, o contra los holandeses, en Salvador, Bahía, entre 1624 y 1625. Es de imaginar que hubiera sido de la historia de Hispanoamérica si esa unión de la iberofonía pudiera haber ocurrido en aquél contexto.
Conclusión
Es difícil presentar en un breve ensayo como este a algunos elementos generales que caracterizaron a los virreinatos hispánicos, particularmente en América. Por ahora, sólo quedamos con algunos tópicos a respecto. Sin embargo, podemos decir que ellos eran verdaderos estados monárquicos plantados en este continente y algunos, como Nueva España y Perú, figuraron como si fueran imperios, realmente. La libertad de gobierno de que disfrutaban las poblaciones virreinales, expresión de la complejidad con que se organizaban en ámbito local y regional, además de la articulación económica y social que había entre las diferentes partes del territorio en que vivían ( y entre los virreinatos, ellos mismos, particularmente en términos económicos) señala no solamente una especie de heterogeneidad de esas mismas prácticas – por lo menos, para los tiempos en los cuales vivimos hoy – , pero, aún más, expresan la presencia y la actuación de toda una cosmovisión hispano-católica que cuándo “aterrizó” al suelo de la diversidad de los pueblos americanos, hizo indagar, ante todo, en qué medida se podía conocerlos, con ellos aprender y con ellos convivir, integrándoles, así, en una nueva formación social, más amplia, justa y para cuyo concurso esos mismos pueblos actuaban de modo activo y soberano, en un contexto generado no solamente por una “conquista”, sino, también y fundamentalmente, por un encuentro entre individuos y civilizaciones. En ese movimiento, la vida virreinal en su dimensión política y administrativa se hizo informada por una herencia generada – de entre otros factores importantes – por esfuerzos filosóficos y teológicos muy grandes y continuados, puestos en marcha por el mundo para que todos, en él, tuvieran más conocimiento, dignidad y, por tanto, libertad – a pesar de los problemas que toda obra que viene hecha por manos humanas suele revelar.


