De profesión: Izquierdista

Manual para una carrera de éxito sin dar palo al agua


Jaime Díez Jaime Díez

(España) Pasó su infancia en Barcelona y se trasladó a Madrid con su familia, donde terminó sus estudios. Hispano. Miembro de las Vanguardias Iberófonas, maestro de obras, en continua formación en economía, materialismo político y análisis geopolítico.

¿Está usted cansado de trabajar? ¿Le parece un fastidio eso de levantarse temprano, cumplir horarios y producir algo socialmente útil? No se preocupe. Existe una solución: Hágase izquierdista profesional. No hablamos de esa izquierda definida, la de la clase obrera que lucha por lograr elevar al proletariado a la condición de clase nacional. No. Hablamos de esos que luchan por jornadas de 5 horas y semanas laborales telemáticas de 1 día para funcionarios. Y al resto qldpc. Hablamos de la izquierda de salón, la de los másteres con perspectiva de género (no sé si de género tonto), la de los tuits incendiarios. Una carrera con futuro o, al menos, con mucha guita.

Requisitos del puesto

Para ser izquierdista profesional no hace falta haber leído Marx aunque, si lo has leído, mejor: así puedes presumir de haberlo hecho siempre y cuando lo interpretes a tu personal e intransferible estilo, no como alguna corriente de esas unificadoras y chovinistas. Es muy importante no unificar nada. Tampoco hace falta haber pisado una fábrica, una tienda, un campo de cultivo o un barrio obrero. Los obreros reales, esos que votan a la derecha o no votan, son todos unos fachas. Lo fundamental es manejar con soltura el vocabulario: patriarcado, colonialismo, apropiación cultural, privilegio, interseccionalidad, fascista. Palabras que, como los eslóganes publicitarios, cuanto más se repiten menos significan.

La indumentaria también importa. Nada de trajes, que son de fachas. Los chinos del PCCh deben de ser todos unos fascistas que han vuelto a poner de moda la corbata, después del ímprobo esfuerzo que había hecho el Partido Demócrata de EEUU (luz y guía) por eliminarla desde que llegó al poder en 2020. Pero tampoco de mono azul, que eso ya es de pobres fascistas. El uniforme es el descuido estudiado: barba de tres días, gafas de pasta y marca, camiseta de una causa justa. Y, por supuesto, el ordenador portátil con pegatinas.

Funciones principales:

Condenar el capitalismo desde mi puesto de liberado sindical, mi oenegé o mi subvención millonaria. El capitalismo es el sistema. Y el sistema es el capitalismo. Y el sistema es el patriarcado. Y el patriarcado es el sistema. Pues ya lo tenemos: El capitalismo es el patriarcado. ¿Y a quien oprime patriarcado? Pues, a quién va a ser, lo tienes delante: a la mujer. así que si el capitalismo oprime al comunista, está claro: la mujer es comunista. El feminismo es el sistema para liberar a la mujer. Si destruimos el patriarcado destruimos el capitalismo. Todo encaja. El feminismo es la revolución comunista y la revolución comunista es el feminismo. Ya está. Ahora todos lo entendemos y ha quedado clarísimo.

Comienza la caza de brujas:

Ahora el siguiente paso es descubrir a los fascistas, que están por todas partes. Si la revolución feminista es el comunismo, el capitalismo es el machismo. Y como el machismo es fascismo. Creo que ya lo tenemos: El capitalismo es el fascismo. Y cualquier persona que discrepe con este argumento es un fascista. El vecino que pone la música alta, fascista. El que no recicla, fascista. El que dice «los niños» en lugar de «las infancias», fascista. Acabamos de descubrir que el que nos limpia los zapatos es un fascista contrarrevolucionario. Este hallazgo es especialmente útil. No lo desaprovechemos para ganar pasta. El «comunismo» lo requiere.

¿Mujeres maltratadas? Comunistas. ¿Hombres no maltratados? Fascistas. ¿Inmigrantes sin papeles? Comunistas. ¿Autóctonos con pasaporte en regla? Fascistas. ¿Te duele un riñón? Comunista. ¿Haces ejercicio y estás sano? Fascista. Todos necesitan que les gradúen la vista pero más lo necesitan si tienen 25 dioptrías, es decir, si eres comunista. Un graduado en Ciencias Exactas podría significar un graduado en fascismo.

Especialidades:

Dentro de la profesión de izquierdista profesional existen diversas especialidades por su categoría:

El indigenista: Es un «comunista de toda la vida». Hombre, ¿cómo lo vas a dudar? ¿No ves que los de su extirpe fueron oprimidos? Son comunistas ¿Por quién fueron oprimidos? Por quién va a ser. Por lo españoles, esos fascistas que iban por el mundo en 1492 difundiendo el fascismo. Que pidan perdón esos gachupines, charnegos, maketos, mesetarios. Porque, no sé si se habían percatado: Los castellanos son todos unos fascistas. Y si no, mire lo que hicieron a los pobres comunistas que habitaban América. Hay que condenar la conquista de América porque fue cosa del patriarcado y del fascismo. Los pueblos originarios eran claramente comunistas porque fueron los primeros en llegar y no tuvieron que matar a nadie para imponer su ley, cosa que sí hicieron los españoles, porque eran unos fascistas. O si no, dígame qué hay más comunista que los propios pueblos originarios. Comunistas a más no poder. Ya todos hemos leído a Josefina Oliva de Coll que consideraba que los conquistadores eran nazis, aunque en su admirada Francia hubiese campos de concentración en 1939, antes de que Francia se convirtiese en una potencia colaboracionista del III Reich, donde encarcelaban a españoles republicanos por el hecho de serlo. Eso es un detalle sin importancia digno de un estudio de un fascista acomplejado. Son cosas que los pobres mortales fascistas nunca entenderíais.

El separatista periférico: Su especialidad es explicar porqué su opresión es más auténtica que la de los demás. Ha convertido el agravio en carrera universitaria. Su pueblo ha sido sometido durante siglos, aunque no se note porque su familia veranea en la misma playa que los «opresores». Reclama independencia, pero no renuncia a que un fascista le sirva un buen cubata y otro le planche la ropa. La contradicción no importa.

El antifranquista vocacional: Franco murió en 1975, él nació en 1980. Pero parece que Fran todavía está fresco en su memoria. Por no hablar de las vivencias del tío de su abuelo durante la Guerra Civil. Él sabe exactamente lo que habría hecho en el 36: habría estado en las brigadas internacionales, claro, o en el frente republicano, nunca en algún campo de concentración francés donde sus antepasados ideológicos, los soldados republicanos, se pudrían mientras él, desde su atalaya moral, los reivindica 87 años después: Franco no, Francia sí.

Técnicas avanzadas

El blanqueamiento afrancesado: Consiste en aplicar baremos morales distintos siempre y cuando sean favorables a Francia. Por ejemplo: el colaboracionismo francés con los nazis fue cosa de cuatro fachas, mientras que la resistencia fue unánime y popular. Los datos históricos (Sartre escribiendo en revistas colaboracionistas, Beauvoir en Radio Vichy, los campos franceses para republicanos españoles) son «matices reaccionarios sin importancia». En cambio, cualquier desviación de las consignas emitidas por un influyente izquierdista es traición al pueblo y merece el destierro.

Sufrido: Porque nadie sufre como tú. Los que no sufren son fachas. Tus problemas existenciales al elegir entre dos marcas de café de comercio justo son equiparables a las hambrunas en el Sahel. Tu ansiedad por el clima cambiático (Alicia Melchor dixit) mientras vuelas a congresos por medio mundo es un drama insoportable. Has conseguido el milagro de sentirte oprimido. Por favor, ya eres «comunista» y los demás sin darle importancia.

Salidas profesionales

Las perspectivas laborales son excelentes. El mercado demanda izquierdistas profesionales para:

· Departamentos de diversidad en empresas que exploten obreros fascistas en fábricas textiles de Bangladesh.

· Ministerios de igualdad con presupuestos millonarios obtenidos de los impuestos que pagan los obreros fascistas. El hecho de que tengan cero resultados es causa de la opresión machirula.

· Medios de comunicación que viven de la publicidad de las mismas corporaciones que ellos denuncian. Pura simbiosis.

· Universidades donde el profe enseña a sus alumnos a deconstruir su privilegio desde el privilegio de la plaza fija. El sueldo puede ser modesto, pero se compensa con dos meses de vacaciones y fiestas de guardar. No importa que no se resuelvan problemas reales: Lo importante es señalar con el dedo a esa clase obrera fascista y faltona.

La paradoja final

El izquierdista profesional vive instalado en una burbuja. Denuncia al sistema político que le paga, critica la cultura que le nutre, aborrece la historia del país que le ha permitido llegar hasta ahí y desconoce completamente el mundo en el aue vive. Es como un tiburón que renegara del agua mientras devora a sus presas.

La coherencia es un prejuicio machista y fascista, por no decir, directamente, franquista. Lo esencial es mantener la pose, el titular, el tuit. Mientras tanto, el mundo sigue girando, los problemas persisten y la izquierda profesional, cómodamente instalada en su butaca de crítico perpetuo, espera la próxima causa que le permita seguir sintiéndose necesaria sin tener porqué ser útil, que eso es de perdedores.

Porque, al fin y al cabo, ¿para qué trabajar en elevar al proletariado a la condición de clase nacional cuando puedes dedicarte a apagar conatos revolucionarios mientras te forras? Lo curioso de todo esto es que la derecha sociológica repite especularmente los mismos esquemas y se ven reflejados en todo este maremágnum que han diseñado unos tipos muy inteligentes (y muy pragmáticos) desde las más caras y elitistas universidades estadounidenses.

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