Comunidad lingüística, Estado, bloque geopolítico y civilización

Cuatro ideas cardinales en un estudio estratégico, histórico y cultural


Mónica Luar Nicoliello Ribeiro Mónica Luar Nicoliello Ribeiro

(Uruguay) Profesora de Historia (1986-2024), egresada del Instituto de Profesores Artigas de Montevideo; investigadora y ensayista de temas históricos hispánicos. Magíster en Historia Iberoamericana (CSIC, Madrid, 2002) y doctora en Psicología (Honolulu, Hawái, 2012). Publicaciones: 300 artículos sobre temas históricos en páginas digitales y prensa impresa; un libro en coautoría bajo la dirección del Dr. José Pedro Barrán (El cónsul Thomas Samuel Hood y la independencia del Uruguay, Ediciones de la Universidad de la República, 1999) y un libro propio sobre tema original: La inteligencia emocional-histórica (Editorial Planeta, 2010).

La definición del ingeniero Manuel Galán, de “metodología de la construcción de una civilización integradora” me ha parecido filosófica y científicamente decisiva en este momento (Como ingeniero no solo está construyendo puentes materiales sino espirituales y culturales) De acuerdo con este autor, fundador de la Asociación para la Promoción del Parlamento Global Hispano, se trata de un proceso donde una cultura, en lugar de ponerse a la defensiva frente a otras culturas, va asimilando y difundiendo todos los aportes culturales que son beneficiosos para el desarrollo de la civilización. Esta definición va en la misma línea de lo que aporta Gustavo Bueno sobre civilización/ imperio creador o constructor y civilización/ imperio depredador. Y en los dos casos se trata de un esfuerzo filosófico por comprender la nuestra propia.

Estas ideas me parecen históricamente decisivas. Circula mucha información, hay opiniones de toda forma y color, pero en el maremagnum de la sobrecomunicación lo que se está necesitando es detenerse a pensar, es decir, a procesar lo que llega en forma de bombardeo, y para eso se necesitan marcos teóricos no dogmáticos ni rígidos pero suficientemente claros, útiles, buenos, éticos. Estas definiciones me parece que reúnen esas características. No solo tienen alto poder explicativo para diferentes épocas, sino que son útiles ahora mismo, aplicables a cuestiones concretas. 

La civilización púnica

En 1872, un coleccionista, Alessandro Castellani, adquirió un collar de oro y vidrio fenicio de hace 2.500 años hecho en Etruria, una región histórica ubicada en lo que hoy es la parte de Italia que ocupan Toscana, Lacio y Umbría. La confederación de ciudades-Estado etruscas, ubicada sobre el mar Tirreno, era dominante allí por esa época, cuando Roma estaba controlada por un rey etrusco: ¿quién fabricaba collares fenicios? ¿había fenicios? ¿Qué hacían los fenicios allí? Después de todo eran originarios del Próximo Oriente, del Mediterráneo Oriental, lo que ahora es Líbano y parte de Siria, no del Mediterráneo Occidental -donde se encuentra el Mar Tirreno- entonces ¿qué hacía esta gente de Oriente en Occidente? 

La realidad es que los fenicios navegaban por las costas de Anatolia, Chipre, Creta, todo el Norte de África, Sicilia -donde fundaron Palermo-, las islas de Córcega y Cerdeña -que tienen costa sobre el mar Tirreno, donde se asentaron en Tharros y Karaly, la actual Cagliari-, y el Sureste de España, incluyendo las islas Baleares. Como los viajes eran largos, fundaron asentamientos donde hacer escala, y así aparecieron una Menfis fenicia -junto a la egipcia-, en el Norte de África, sobre la costa bañada por el Mediterráneo, Cirene, Leptis, Cartago y Tingis, actual Tánger, de orígenes míticos según los bereberes, porque -ahora lo sabemos gracias a estudios de ADN- adonde iban, los fenicios se mezclaban con la población local. Verdaderos polinizadores culturales, fundaron Gadir, hoy Cádiz, la ciudad más antigua de Occidente, hace 3.100 años; Malaka, actual Málaga, que ya existía hace 2.900 años; Qart Hadasht (Cartagena, en Murcia), con más de 2.200 años de antigüedad; entre estas dos, Abdrath o Abdera, en lo que hoy es el municipio de Adra en la provincia de Almería, con casi 2.800 años, situada estratégicamente entre las dos anteriores; Seksi, hoy Almuñécar, en Granada, con 2.800 años de existencia. 

Siglos después, harían lo mismo los griegos, que se sentían, en torno al Mediterráneo, como “ranas alrededor del charco”. Todavía usamos esa expresión. Púnicos y helenísticos llegaron a articularse alrededor de Estados que compitieron con Roma: si el discurrir histórico hubiera sido diferente, nuestra herencia de Cartago, Macedonia, -e incluso, Constantinopla- estarían más acentuadas, y nuestro vocabulario y gramática habrían evolucionado a partir de las lenguas koiné y púnica.

Comunidad lingüística, Estado y civilización

Razonando por analogía, cuántas veces hemos dicho o escrito: “Si los países hispanoamericanos formaran un solo Estado…” Dice un video de divulgación: “Para empezar este país sería el segundo más grande del mundo, su población representaria el 7,5% de la población mundial, con alrededor de 591 millones de personas, lo que lo convertiría en el tercer país más poblado de la Tierra, en lo económico, se convertiría en la cuarta economía más grande del mundo…”

Con la ventaja, además, de que no hay que innovar desde cero: esa unidad ya existió. En realidad, no es solamente un problema americano. También existió el Imperio romano, existió el Imperio de Carlos I y de los Austrias en Europa. Esto quiere decir que antes de llegar a plantear la reunificación de un Estado, hay que reflexionar sobre cuál es el eje que vertebra un Estado.

No es lo mismo un Estado común que una lengua común

Una lengua común -el español- define una comunidad lingüística, el uso de una koiné, por analogía con los griegos; pero no condiciona la formación de un Estado. Ni siquiera los valores, costumbres, tradiciones y estilo de vida. Todo esto es, más bien, lo que caracteriza la dimensión objetiva de un grupo étnico. Cuando nuestros antepasados del siglo XIX vieron que se perdía la unidad política, razonaron: “bueno, conservemos lo que nos hace una familia; la lengua, la religión, el origen, las costumbres”. Pero no todos razonaban ni razonan así, porque incluso para ser un grupo étnico, y por lo menos, una comunidad lingüística, tiene que haber una dimensión subjetiva. Cuando no hay conciencia de formar parte del grupo étnico, de la comunidad lingüística, el potencial que podría representar la identidad común, se diluye. Vemos grupos entre los cuales, el gentilicio “hispano” despierta rechazo. Se sienten parte de una cultura “universal” indefinida.

No es lo mismo una lengua común que una civilización común

En una época en que el Estado nación es reemplazado, -con más posibilidades geopolíticas-, por el Estado civilización -los ejemplos abundan; China, Uzbekistán, Turquía, Irán, etc.-, podríamos pensar que nosotros tenemos una oportunidad. Pero la civilización -que es la cultura en un cierto grado de evolución- también tiene su dimensión objetiva o material, que une, y su dimensión subjetiva o espiritual, que une. No alcanza con tener valores, estilo de vida, y costumbres comunes derivadas de la misma matriz. En Nuestra América el desarrollo material no une, porque es desigual y contradictorio, desde el momento que es dirigido desde afuera. El pacto oligárquico no es entre una oligarquía continental y una oligarquía que domina el orden económico internacional,  sino de cada oligarquía regional por separado con los representantes de un orden económico internacional cada vez más centralizado. Son pactos desiguales pero necesarios -desde el punto de vista oligárquico- para que cada una pueda mantener el control sobre un territorio y unos recursos desde una interpretación de la realidad para la cual, la población local es más bien lo que estorba, lo que habría que reducir a su mínima expresión. Mientras las economías europeas y asiáticas están integradas en más de un 60%, mientras la densidad demográfica en Europa es de unos 80 habitantes por km2, la asiática de 156 h/km2, e incluso la africana -considerando que África es el continente más grande del mundo-, de 50 h/km2, la nuestra es de 33 h/km2, y nuestra integración regional, del 15%. Somos también la región donde peor repartida está la riqueza. Y todo esto es clave en el desarrollo de la civilización, que como he sostenido en otras oportunidades, requiere escala demográfica, productiva, urbana, logística, y sinergia, cooperación, coordinación, planificación, solidaridad.

Lo anterior quizá no determina pero condiciona fuertemente al conjunto de la sociedad en lo espiritual. Y es que, como se sabe, los grupos ideológicamente hegemónicos, producto del mismo sistema, no unen. Confunden, desorientan y dividen. Manipulan, desde que configuraron las primeras relaciones clientelares. Somos, por esto mismo, la región inestable, polarizada, y más violenta del mundo, con vínculos sociales e institucionales que se deterioran. Con sorpresa descubrimos que la lógica intervencionista sigue siendo la misma del siglo XIX. Para las élites, Hispanoamérica es una región pobre por naturaleza de la cual hay que desconectarse, incluso mentalmente. Por eso las élites se sienten parte de una identidad “universal” indefinida. Por eso ven con buenos ojos que Hispanoamérica sea gobernada desde afuera.

No es lo mismo una comunidad lingüística -y diplomática- que un bloque estratégico

En esta civilización donde el desarrollo material no une, donde el desarrollo espiritual no une, es muy difícil que grupos hegemónicos y población identifiquen y defiendan intereses estratégicos. La tendencia consiste en sumarse a los intereses estratégicos de otros, con toda clase de justificaciones. Plataformas diplomáticas desde las cuales se podría operar, existen: a partir de la fundación, en 1879, de la Asociación Unión Latino-Americana, fueron surgiendo, a lo largo del siglo XX, las organizaciones que forman el sistema latinoamericano; a partir de la fundación, en 1885-1886, de la Asociación Unión Ibero-Americana, los organismos que forman el sistema iberoamericano. Pero no es lo mismo tener plataformas diplomáticas -a las cuales los noticieros ni siquiera prestan atención- que un bloque estratégico propiamente dicho.

Conclusión:

Un bloque estratégico sí podría dar origen a un Estado común. Pero para eso hay que superar los obstáculos reseñados más arriba. Con esto cierro esta nota y al mismo tiempo la dejo abierta, ya que no hay espacio disponible aquí, en este momento, para analizar el por qué. Lo trataremos en una nueva nota.

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