La Iberofonía
Equipo de edición de La Iberofonía, medio de comunicación del Ateneo Iberófono Juan Latino.
Donald Trump ha vuelto a situar a Irán ante el mismo escenario retórico que se repite desde finales de febrero: acuerdo inmediato o castigo militar devastador. La fórmula ha cambiado de intensidad, de destinatario y de contexto, pero el patrón se mantiene. En apenas cuatro meses de guerra, el presidente estadounidense ha anunciado, insinuado o reactivado al menos una docena de respuestas contundentes contra Teherán, sus infraestructuras, sus fuerzas armadas o los actores vinculados al control del estrecho de Ormuz.
La ironía es que, mientras la Casa Blanca presenta cada advertencia como si fuera el último aviso, el conflicto sigue avanzando entre amenazas máximas, negociaciones indirectas, treguas frágiles, bloqueos marítimos y choques internos en Washington. El 3 de junio, la Cámara de Representantes de EE. UU. aprobó una resolución para intentar frenar la intervención militar contra Irán, con cuatro republicanos uniéndose a los demócratas. La medida, aunque de efecto limitado, refleja el desgaste político de una guerra que ya ha entrado en su cuarto mes.
La primera gran advertencia llegó el 1 de marzo, cuando Trump avisó de que cualquier represalia iraní recibiría una respuesta con una fuerza “nunca vista”. Desde entonces, el lenguaje presidencial ha oscilado entre la amenaza militar clásica y la hipérbole apocalíptica. En abril, llegó a advertir de que la “civilización” iraní podía morir si Teherán no aceptaba sus exigencias, al tiempo que se hablaba de ataques contra centrales eléctricas y puentes.
El problema para Trump no es solo Irán, sino la acumulación de amenazas incumplidas, aplazadas o parcialmente ejecutadas. La Casa Blanca ha defendido la operación militar bajo el marco de la llamada Operation Epic Fury, presentada como una campaña de fuerza abrumadora contra el régimen iraní. En sus propios comunicados, la Administración presume de miles de salidas aéreas y miles de objetivos atacados, con un lenguaje de “fuerza implacable” y “poder decisivo” que acompaña la narrativa presidencial.
Sin embargo, esa exhibición de fuerza convive con un segundo mensaje: el de la negociación. A finales de mayo y comienzos de junio, Trump alternó advertencias de nuevos golpes con declaraciones sobre la posibilidad de un acuerdo. Reuters informó el 3 de junio de que el presidente aseguró que Irán había aceptado no tener armas nucleares, aunque también mantuvo abierta la opción de nuevas medidas militares si no se cerraba un pacto.
El estrecho de Ormuz se ha convertido en el núcleo de esa oscilación. El 4 de mayo, Trump anunció que EE. UU. ayudaría a sacar barcos atrapados en la zona y advirtió de que cualquier interferencia sería tratada “con fuerza”. Irán respondió avisando de que las fuerzas estadounidenses serían atacadas si entraban en el estrecho.
La escalada retórica llegó incluso a Omán, aliado tradicional de Washington y mediador habitual entre EE. UU. e Irán. Trump amenazó con “volar” a Omán si no se comportaba en relación con el control del estrecho, después de informaciones sobre conversaciones entre Mascate y Teherán para gestionar peajes marítimos.
La cuenta de “doce veces” no funciona como una cifra cerrada de ataques ejecutados, sino como el registro de una dinámica: Trump ha convertido la amenaza de destrucción en herramienta recurrente. Primero amenaza con arrasar, después abre la puerta a un acuerdo, luego denuncia que Irán gana tiempo, después vuelve a advertir que no quedará nada. CBS recogió en mayo una de esas frases: si los dirigentes iraníes no se movían rápido hacia un acuerdo, “no quedaría nada de ellos”.
El resultado es un conflicto sostenido sobre una contradicción permanente: Washington quiere aparecer como vencedor militar y como árbitro de la paz al mismo tiempo. Trump necesita presentar la campaña como una demostración de fuerza, pero también necesita una salida negociada que reduzca el coste económico, energético y político de la guerra. La votación en la Cámara muestra que incluso dentro del Partido Republicano empieza a haber inquietud por una intervención prolongada sin autorización clara del Congreso.
Así, el titular irónico resume una realidad política: Trump no ha destruido Irán doce veces, pero sí ha anunciado una y otra vez que estaba dispuesto a hacerlo. La amenaza ya no aparece como excepción, sino como método. Y cada nueva advertencia reduce el margen entre la presión diplomática, la guerra abierta y el desgaste interno de una presidencia que intenta vender como control estratégico lo que cada vez se parece más a una escalada difícil de cerrar.


