María Casas
María Casas (México). Es docente universitaria, psicóloga, periodista, escritora y conferenciante. Ha desarrollado producción escrita y divulgativa en distintos formatos, y ha participado en diversos proyectos editoriales y mediáticos vinculados al bienestar integral y su trabajo ha sido reconocido por instituciones gubernamentales, educativas y del ámbito de la salud, destacando su aporte a la formación universitaria, la divulgación del conocimiento y la construcción sólida de puentes entre investigación, práctica profesional y comunidad.
Si bien a lo largo de los años ha habido un interés notable por el síntoma, entendiéndose éste como manifestación reveladora de una enfermedad, tal vez que como sociedad no alcancemos a dimensionar la magnitud de esta problemática, reside precisamente en la sub-información; el síntoma no puede mirarse por sí solo sin ahondar cuidadosamente en la historia y contexto(s) del sujeto en que se dio lugar.
Autoras como Celia Fernández Prieto señalan: “A través de la literatura damos voz a los muertos, a aquello que ya no está, y el niño que uno fue habla y el joven que uno fue también comienza a hablar y a pensar y se da una teatralización entre el yo de ahora y todos
los yo del pasado”.
Partiendo de esto, tal vez no se trate de luchar contra un síntoma, sino de escucharle para dotar de palabras y de sentido a quien uno fue y a lo que sucedió, abriendo la posibilidad al sujeto de convertirse en narrador de una historia que hasta el momento le había sido inalcanzable; pudiendo acceder a carencias afectivas, nostalgias y la dificultad latente de reconciliarse con el tiempo y las pérdidas que implican la propia evolución.
Así pues, el síntoma podría revelar al niño que no puede crecer, porque hacerlo implicaría revivir la pérdida original con la misma intensidad.
Santiago López Navia, reconocido poeta, profesor universitario, filólogo y cervantista español, recoge de forma magistral lo ya expresado en su libro de poemas “Canciones de Navidad del País de Nunca Jamás”:
No me pidáis que crezca. No hace falta
Para entender la fe o la trascendencia.
Si crezco, ¿dónde irá mi lealtad?,
¿dónde el sagrado imán de las promesas?
Si crezco, olvidaré, como vosotros.
Que un día, antes que niños, fuisteis pájaros.
La palabra trauma viene del griego y significa herir, lastimar. Refiere a una herida que además daña. El término es utilizado en psiquiatría y psicología clínica para indicar los efectos abrumadores de un estímulo que sobrepasa la habilidad de una persona para superarlo. Perrota, G (2019).
La infancia es una etapa del desarrollo humano caracterizada por una extrema vulnerabilidad; el niño depende profundamente de los adultos y de sus vínculos significativos (madres, padres, cuidadores) para sobrevivir física y emocionalmente.
La biografía del niño tal vez atesora sucesos que se tejieron sin una adecuada traducción emocional de la experiencia, porque el contexto de forma implícita o explícita imponía el silencio. Así, el niño eligió callar como estrategia de supervivencia (preservar el vínculo era más importante que expresar el dolor), con el impacto que esto podría tener en la forma en que se ve así mismo y al mundo, dando lugar a creencias (yo tengo la culpa; no puedo confiar en nadie; mis emociones son peligrosas; si hablo pierdo el amor…), suponiendo un importante obstáculo en lo que refiere al desarrollo emocional y a la capacidad de relacionarse de forma segura, lo que podría traducirse en forma de síntoma meses o años después.
En la obra “Alicia en el País de las Maravillas”, la figura de la Reina representa una figura significativa para el niño, siendo la expresión ¡qué le corten la cabeza!, un cállate, guarda silencio o un de esto no se habla. El precio de ello será la renuncia de partes esenciales de sí mismo (emociones, voz y autenticidad) y a consecuencia de ello y como estrategia para sobrevivir en un contexto emocionalmente amenazante, surgirán dos voces internas, cada una con una función específica: una de ellas aparentará normalidad (negará o apartará de la conciencia todo lo que pueda resultar peligroso o doloroso de reconocer.):
“Debería darte vergüenza”- dijo Alicia-una niña tan grande como tú, ponerte a llorar de esa manera. Deja de llorar, ¡te prohíbo que llores!”.
Otra voz representará la parte emocional que alerta, sufre y recuerda, recoge la evidencia (me he sentido triste, enfadado, con mucho miedo y muy solo):
“Pero lo cierto era que no podía evitarlo. Lloró litros y litros de lágrimas hasta que formó a su alrededor una auténtica piscina de varios palmos de altura que ocupaba la mitad del suelo”.
Lo que da lugar a un duelo interno que genera gran sufrimiento y confusión:
“Pero ya no me sirve de nada —pensó la pobre Alicia— jugar a ser dos personas. ¡Me he quedado tan pequeña que ya casi ni siquiera soy una!”».
Un puente para las palabras olvidadas
La poesía, las novelas, los cuentos, el cine, el teatro… pueden convertirse en recurso para devolver agencia al sujeto y alzar la voz a través de ellos, brindando un espacio que, lejos de agredir, contiene e integra las voces en su historia, favoreciendo el destierro de los monstruos del cuerpo y del plato. Alguna vez, Tim Burton se pronunció sobre la obra de Carroll:
“Todos se han limitado a mirar a Alicia como una niña a la que, simplemente, le suceden cosas extraordinarias, pero nadie se ha parado un segundo a preguntarse quién es esa niña”. Observación a mi juicio más que acertada y que invitaría a poner sobre la mesa cuando se habla de trastornos alimentarios.
“¿Quién fuiste tú, soñada Alicia, en la mirada de tu padre adoptivo? ¿Cómo dibujarte ahora? Amorosamente, desde luego, amorosa y tiernamente: amorosa como un perro (y perdonen ese símil tan prosaico, pero no se me ocurre un amor mundano más puro y perfecto), tierna como un cervatillo, educada con todos, con los altos y los bajos, con los solemnes y los grotescos, tanto el Rey como la Oruga, incluso cuando ella misma era hija de un Rey y vestía con ropas doradas, y también confiada, dispuesta a creer siempre hasta en los más disparatados imposibles, con esa confianza que sólo le es propia a los soñadores, curiosa, extremadamente curiosa y con la capacidad de diversión que nace sólo de las horas alegres de la infancia, cuando todo es nuevo y brillante y el pecado y el dolor no son más que meras palabras, palabras vacías que nada significan” (Carroll, 1887)


