FÚTBOL, HISPANIDAD Y GEOPOLÍTICA. LA COPA DEL MUNDO DE 2026 Y EL IMPULSO DEL PROYECTO HISPANISTA (I)

El Mundial 2026 impulsó la lengua y la unidad hispánicas, pero una campaña mediática anglosajona buscó enfrentar a España y Argentina tras la final


Francisco Oya Francisco Oya

(España) Profesor de Historia con 35 años de experiencia. Licenciado en Historia Contemporánea por la Universidad de Barcelona y diplomado en Teología y Filología por la misma institución y por la Facultad de Teología de Cataluña. Preside la Asociación de Profesores por el Bilingüismo (APB), pionera en la defensa del derecho a la enseñanza en lengua materna. Ha sido coordinador de Enseñanza del sindicato CSIF en Barcelona y autor de diversos informes sobre manuales escolares de Historia en Cataluña. Colabora habitualmente con medios como ABC, El Mundo, The Objective, La Tribuna del País Vasco o El Catalán.

El mayor espectáculo del mundo.

El fútbol es el deporte más popular del mundo, el que mueve más dinero y más pasiones. El Campeonato Mundial de Selecciones Nacionales es el mayor acontecimiento deportivo del planeta, por encima de las olimpiadas, pues estas diluyen la atención sobre innumerables prácticas deportivas, mientras que en el Mundial se concentra todo el interés. La final entre España y Argentina fue vista por 2.200 millones de espectadores en todo el mundo, una cifra ciertamente desmesurada y que ha batido todos los récords de audiencia para una confrontación deportiva.

La selección española con la copa del mundo

El triunfo final tiene también repercusiones económicas muy positivas para el campeón de un Mundial, según recoge Ethic. Las exportaciones aumentan entre cinco y seis puntos tras la victoria. El país crece, durante el medio año posterior a la final, casi medio punto más de lo que habría crecido sin el título, lo cual supone 8.000 millones de euros en el caso de España.

El supremo triunfo en el deporte rey, como se le denomina, provoca también una gigantesca inyección de autoestima nacional en el país agraciado y es un elemento fundamental del llamado “poder blando” de los Estados. Pues resulta un fantástico instrumento de proyección internacional, influye en las relaciones entre Estados y tiene un extraordinario papel en la construcción de narrativas globales. No resulta extraño, por tanto, que haya sido analizado recientemente en un seminario promovido por el Centro Superior de Estudios de la Defensa Nacional (CESEDEN).

El hecho de que llegaran a la final dos países hispánicos fue una noticia extraordinariamente positiva para el hispanismo político, con la vista puesta en el objetivo de una futura reunificación del mundo hispánico, en el marco de la revolución geopolítica que se está produciendo ante nuestros ojos, con el fin del mundo unipolar. También supuso un impulso para la lengua española, uno de los principales activos del proyecto hispanista, como se vio en la rueda de prensa previa a la gran final, en la cual técnicos y jugadores, españoles y argentinos, se expresaron en lengua española, obligando a los periodistas extranjeros a recurrir a la traducción simultánea. Un acto de justicia poética, sin duda alguna, pues la FIFA, al principio del campeonato, intentó prohibir las preguntas en español en las ruedas de prensa, incluso en las sedes situadas en territorio mejicano. Lo cual desató la indignación general y provocó la respuesta de asociaciones como Alianza por el Español o el Protocolo de Santa Pola. Finalmente, la FIFA tuvo que dar marcha atrás.

                                                    Scaloni en la rueda de prensa previa a la gran final

Una final hispánica desaprovechada.

Conscientes del extraordinario escaparate que suponía la gran final para la promoción de los objetivos hispanistas, se había hecho hincapié en que, ganara quien ganara, se trataba de un triunfo hispánico, por los cual debían evitarse cualquier tipo de violencia o actitudes fuera de lugar. En las redes sociales hubo muchas llamadas a la hermandad hispano-argentina, incluso con imágenes elaboradas por inteligencia artificial. El insigne historiador Marcelo Gullo recordó que España y Argentina son dos fracciones, entre más de 20, de una única nación fragmentada en el s. XIX por intereses extranjeros.

A pesar de ello, el final del partido tras el triunfo de España señaló la intensificación de una virulenta campaña antiargentina, promovida especialmente por medios anglosajones, que acusaron a los jugadores argentinos de violencia antideportiva a la vez que censuraban la pancarta que exhibieron durante la semifinal contra Inglaterra, con la justa reivindicación “Malvinas argentinas”. De hecho, desde Inglaterra se pidió que los jugadores implicados fueran sancionados privándoles de jugar la final contra España. Se acusó a Argentina de ser un país racista con el peregrino argumento de no tener negros en su selección nacional. Incluso el actor norteamericano Samuel Jackson se hizo eco de estas delirantes acusaciones. Es evidente que se ha tratado de crear división y enfrentamiento entre España y Argentina por parte de medios anglosajones, y algunos medios hispanoamericanos han mordido el anzuelo. No ha sido así, en general, en España y Argentina, donde ha prevalecido la mesura y no se han intentado descalificaciones al rival. Aún así, lo cierto es que la imagen de Argentina como país ha quedado muy deteriorada a nivel internacional, en buena medida por las actitudes irresponsables de algunos de sus jugadores. Así que vale la pena analizarlas para evitar que se repitan en el futuro, transmutando triunfos deportivos en campañas de descrédito. Con ello no sólo pierde Argentina sino la causa común de la Hispanidad.

En cualquier caso, nunca hay que perder de vista que el anglosionismo impulsa permanentemente el enfrentamiento entre los países hispánicos (divide et impera) y ha promovido históricamente su fragmentación. Y para ello aprovecha cualquier oportunidad, aunque sea cogida por los pelos. Por ejemplo, las acusaciones de juego sucio hacia jugadores y aficionados argentinos por parte de los medios británicos adolecen de una absoluta incoherencia si recordamos que los hooligans ingleses han sido tristemente célebres en todo el mundo por su agresividad, racismo, violencia, destrucción y consumo desenfrenado de alcohol antes, durante y después de los partidos. Sembraron el terror en los estadios europeos durante décadas. El punto álgido se produjo el 29 de mayo de 1985 durante la final de la Copa de Europa entre el Liverpool y la Juventus en el estadio Heysel de Bruselas. Los incidentes creados por los ingleses provocaron una avalancha en la que perecieron 39 aficionados y se produjeron 600 heridos, la mayoría italianos. El 11 de ese mismo mes, en el Estadio de Valley Parade (Bradford, Inglaterra) habían muerto 56 personas y 265 resultaron heridas. La UEFA aplicó una sanción sin precedentes a raíz de la tragedia de Bruselas: expulsó de las competiciones europeas a todos los clubes ingleses por un periodo de cinco años, con el doble de castigo para el Liverpool.

Es evidente que la selección argentina es, históricamente, un equipo muy competitivo. De las 23 ediciones que se han jugado de la Copa del Mundo, ha llegado a la final en 7 ocasiones, es decir, casi una de cada tres. Aunque sólo se ha impuesto en 3 finales. Los jugadores argentinos poseen cierta tendencia innata a usar picardía y astucia (otros lo llamarían marrullería) para llevarse el gato al agua en los partidos, incluso a costa de engañar al árbitro. Paradigma de ello es la famosa Mano de Dios, cuando Maradona en el Mundial de 1986, contra Inglaterra, marcó un gol con la mano, simulando un cabezazo, que subió al marcador. Otra marrullería célebre es cuando, desde el banquillo argentino, les dieron agua con somníferos a sus rivales brasileños durante el partido del Mundial de 1990, según recoge As.

Hay quien considera que esa actitud procede de la numerosa inmigración italiana en Argentina desde el siglo XIX. Y, efectivamente, durante muchísimos años los equipos y la selección italiana fueron el paradigma de la bronca futbolística continuada y una inventiva inagotable en triquiñuelas. Aunque también es verdad que dicha actitud por parte de sus jugadores se mitigó muchísimo a partir de los años 80.

Artículos