No hay parto sin dolor, ni hortera que no babee en inglés. El caso de la FIFA

Más allá del fútbol, la polémica lingüística revela los desafíos de una comunidad hispánica que aún no ha transformado su peso demográfico en influencia cultural e institucional


Marcelino Lastra Muñiz Marcelino Lastra Muñiz

Licenciado en Derecho y máster en Dirección y Administración de Empresas, cuenta también con un diplomado en Dirección Comercial y Marketing. Su trayectoria profesional le ha permitido comprender la geopolítica desde una perspectiva práctica y empresarial. Preside la asociación Puertas Abiertas al Mundo Hispano (PAMH) y el Círculo Cultural Hispanista de Madrid. Se define como militante de la civilización hispana. Su pensamiento se articula en torno a valores como la verdad, la belleza, la solidaridad y la unidad. Combina formación académica con activismo cultural y filosófico de habla hispana.

Dice la FIFA que no tiene suficientes traductores de las diferentes lenguas presentes en el mundial de fútbol, así que: las ruedas de prensa se darán en inglés, únicamente. Esta institución, siempre sospechosa de manipularlo todo (digo sospechosa, Dios me libre de asegurarlo) ha dado un paso más para alinearse con la cultura más decadente del panorama actual. Las plutocracias anglosajonas encamadas con Sión tratan de salvar los muebles, sea como sea. De la misma forma que en geopolítica sólo les queda Iberoamérica y su influencia corrupta sobre las oligarquías de los países de dicha región, en el resto de los rubros detentadores del poder apenas les quedan dos balas: el dólar, junto a los mecanismos del sistema financiero y el inglés, con el correspondiente monopolio de las publicaciones de todo tipo; un científico fuera de serie quedará expulsado del circuito y de cualquier posibilidad de reconocimiento si no publica en inglés; el inglés no es un idioma, es un mecanismo de chantaje; no es nuevo, es su modelo civilizatorio.

El inglés nunca fue el idioma de la ciencia, como tanto homínido próximo al encefalograma plano gusta proclamar; tampoco el de la cultura, ni el de la literatura, ni el de la filosofía, ni el de nada, de nada. Es un idioma más que utiliza el poder de manera abyecta. Sí, lo es, el de las élites de medio pelo que, por haber ido de jóvenes a estudiar a Irlanda, Londres, EE.UU., al Instituto británico o similares, gustan presumir de ello, como aquellos pequeñoburgueses de tiempo atrás, que alardeaban de lo poco que tenían como si fuera oro en paño.

Sí, el inglés es el idioma del chantaje y del saqueo institucionalizado. El mayor narcotraficante del mundo comía con cubiertos de plata en comedores atendidos por innumerables servidores cuidadosos de no alzar mucho la mirada. El narcotráfico es una de las actividades más lucrativas del mundo. El que se siente en la cima de su poder tendrá a sus pies a jueces, policías, gobernantes; a quien quiera; por las buenas, o por las malas. El mayor narcotraficante del mundo nunca habló español; no, no fue Pablo Escobar, ni el Chapo Guzmán; frío, frío. El más grande narcotraficante de toda la historia se sentó en el Palacio de Buckingham y tenía nombre de mujer, o sea, era mujer, ya que en esa época lo de la autopercepción no se llevaba. Tenía fama de puritana; la hipocresía libera un desparpajo especial para maridar con la depravación. Sí, hablo de la reina Victoria; la misma que creo el HSBC para volcar al sistema financiero el inmenso flujo monetario proveniente del tráfico de opio. Gente de bien, como podemos observar. 

Las plutocracias angloparlantes gustan verse en el espejo como la luz del mundo, y lo son: la luz de Lucifer. El actual ocupante de la Casa Blanca dijo hace poco en el Congreso que había que expulsar a todos los inmigrantes de EE.UU. Una congresista le replicó cómo podía decir eso alguien que había sido inmigrante y cuya esposa no sabía hablar inglés. El interpelado, haciendo gala de la <dignidad> de su cargo, dio la espalda a quien se dirigía a él.

Sólo les queda el dólar y el inglés. Las lenguas son mucho más que herramientas de comunicación. En el mundo actual, son instrumentos de poder; como lo es la moneda o la potencia militar. El problema es cómo utiliza tales herramientas el poderoso. La plutocracia que habla inglés tuvo el honor de utilizar la bomba atómica por partida doble ¿Recuerdan la foto de la niña vietnamita fotografiada en 1972 (creo recordar) tras un ataque con napalm por los civilizadores que hablan inglés? El napalm queda adherido al cuerpo, aunque se apaguen las llamas, y las quemaduras pueden penetrar hasta el hueso ¿Han oído hablar de las dioxinas de altísima toxicidad que sufrieron los vietnamitas, y las enfermedades crónicas nacidas a su rebufo sufridas por varias generaciones a causa del agente naranja?

Infantino -así se apellida el actual presidente de la FIFA- cree saber a quien debe pleitesía, y ha reeditado la genuflexión que en 2024 ejecutaron Francia, Alemania e Italia para evitar que el Senado brasileño aprobara la reforma educativa que incluía la obligatoriedad del español, junto con el inglés, en los últimos cursos de secundaria ¿Por qué fue una genuflexión? La tríada <Fralita> (de Francia, Alemania e Italia) lo que realmente defendió fue la pervivencia del inglés como lengua hegemónica. Fueron unos vergonzosos peones de la lengua del chantaje; como el <niñito> Infantino; ya saben aquello de las etimologías. No le pidan carácter a quien todavía no ha crecido: ¡pobre Infantino!; el chiquilín que ha convertido una maquinaria de poder, como es la FIFA en mera <filfa> al servicio de un poder que se niega a morir.      

Hemos visto de pasada la mugre que envuelve los ámbitos del poder. Ahora bien, desde una perspectiva civilizatoria, que es como se ha de analizar también el suceso, el interés no reside tanto en una rueda de prensa concreta como en lo que revela sobre las jerarquías culturales implícitas del sistema internacional contemporáneo.

Decía antes que los idiomas son instrumentos de poder. Las civilizaciones no se sostienen únicamente sobre ejércitos, economías o tecnologías; también lo hacen sobre las lenguas. La lengua determina qué conocimientos circulan; quién fija los marcos conceptuales; qué cultura se considera central y cuál periférica; qué comunidades históricas o políticas se perciben como sujetos históricos y cuáles como simples mercados. Por eso todas las grandes civilizaciones han protegido sus lenguas: no es una cuestión sentimental, sino estructural de supervivencia.

Lo llamativo es que el español no es una lengua minoritaria; es una de las principales lenguas del planeta: Más de 500 millones de hablantes nativos, con presencia en Europa, América, África y Asia. Además, lengua principal de buena parte de la élite futbolística mundial, con numerosos campeones mundiales y continentales. Sin embargo, frecuentemente se la trata como una lengua regional o secundaria. Civilizatoriamente esto es una anomalía, y lo es no porque el español sea pequeño, sino porque su peso numérico y reconocimiento institucional no siempre coinciden. La pregunta es ¿por qué? Y toca ahora desnudar nuestras vergüenzas.

La angloesfera actúa como un sistema bastante integrado y coordinado.

Cuando un británico, un estadounidense, un canadiense o un australiano utilizan el inglés, perciben que forman parte de algo común; en cambio, los países hispanos solemos actuar como Estados aislados, con objetivos dispares, y sin una estrategia lingüística conjunta.

La consecuencia está a la vista: el español tiene una masa demográfica enorme, pero una capacidad de influencia muy inferior a la que debiera corresponderle. Hay población de sobra, pero carecemos de articulación institucional.

Hoy, el fútbol es mucho más que un deporte: es un reflejo del orden mundial; probablemente sea el fenómeno cultural más global del planeta. Por eso funciona como un espejo del sistema internacional de poder.

Si en un evento futbolístico mundial, donde hay jugadores hispanohablantes, hay periodistas hispanohablantes, y hay cientos de millones de espectadores hispanohablantes y, aun así, el inglés aparece como lengua de referencia obligada, no estamos ante un problema deportivo, sino ante la posición dominante de la angloesfera en el ámbito cultural del sistema global. Y esto, no sólo por su presión chantajista -que la ejerce sin titubear- también por nuestra dejación indolente, incluso cómplice.

El asunto clave no es si un futbolista habla inglés o español. El verdadero problema civilizatorio surge cuando una comunidad histórica empieza a asumir que debe expresarse siempre en la lengua de otro para que la escuchen o la tomen en serio.

Cuando eso ocurre, la lengua propia deja de percibirse como vehículo de universalidad y pasa a percibirse como un instrumento meramente local.

Este es uno de los primeros síntomas de pérdida de confianza cultural. Y este es el instrumento perfectamente utilizado por el chantaje anglosajón: romper la confianza en nosotros mismos, algo que, por lo que se ve, consiguen fácilmente.

A mi entender, y siendo muy consciente de que la lengua es la única arma de elevada potencia que tenemos, la conclusión civilizatoria sería la siguiente: la fuerza del español no depende de que la FIFA cambie un protocolo o su presidente sea más o menos <Infantino>. Depende de que los países hispanos actuemos como una comunidad civilizatoria consciente de su dimensión.

Mientras 20 países compartamos una lengua, pero no la defendamos de manera coordinada en las Universidades, en la ciencia, en los organismos internacionales, en los medios de comunicación, en grandes eventos globales, el peso real del español será inferior al peso que le corresponde.

El mundo hispano posee una de las mayores comunidades lingüísticas de la Tierra, pero seguimos sin actuar con la cohesión suficiente para que ese peso demográfico se traduzca automáticamente en influencia cultural e institucional. Y esa es una vergüenza que llevamos sobre nuestras espaldas.

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