Jesús superó las contradicciones por elevación, creando un paradigma nuevo

Del sacrificio pagano a la dignidad de la persona: la arquitectura espiritual que fundó la identidad hispana y hoy juzga la crueldad del mundo moderno


Marcelino Lastra Muñiz Marcelino Lastra Muñiz

Licenciado en Derecho y máster en Dirección y Administración de Empresas, cuenta también con un diplomado en Dirección Comercial y Marketing. Su trayectoria profesional le ha permitido comprender la geopolítica desde una perspectiva práctica y empresarial. Preside la asociación Puertas Abiertas al Mundo Hispano (PAMH) y el Círculo Cultural Hispanista de Madrid. Se define como militante de la civilización hispana. Su pensamiento se articula en torno a valores como la verdad, la belleza, la solidaridad y la unidad. Combina formación académica con activismo cultural y filosófico de habla hispana.

Para entender el impacto civilizatorio de la asunción del cristianismo católico por los visigodos en el III Concilio de Toledo (569), es necesaria una exégesis de la figura de Jesús.

Estamos ante el punto axial que reconfigura la historia humana. Este análisis no es catequesis ni apologética: es la interpretación estructural de su impacto sobre la forma de concebir el poder, la persona, la ley, el tiempo y la comunidad. Jesús no fundó un imperio, ni redactó leyes, ni creó una burocracia; sin embargo, ninguna civilización posterior podrá pensarse sin Él. Su irrupción no fue un episodio religioso más: fue una mutación antropológica

La persona como absoluto

Antes de Jesús, las civilizaciones -incluso las más desarrolladas- entendían a la persona como parte del cosmos o miembro de un clan, engranaje del Estado o instrumento del destino. Jesús trajo consigo el valor infinito del individuo independientemente de su función, de su fuerza, de su utilidad o de su pertenencia, sino por ser persona. Este principio es la raíz de la dignidad humana, de los derechos subjetivos, del límite al poder y de la igualdad moral. Salamanca no habría nacido sin este principio.

El poder invertido: la autoridad como servicio

Jesús redefine el poder desde dentro: “El que quiera ser el primero, que me sirva” No se trata de moral privada, es principio civilizatorio: el poder no se legitima dominando; la autoridad no se impone por la fuerza; la grandeza se mide por el cuidado del otro. Con este giro se forjará la crítica al despotismo; la noción del poder limitado o la sospecha permanente frente al absolutismo.

La ley transfigurada: de norma externa a conciencia

Jesús no abolió la ley, la interiorizó: Del castigo a la intención; de la letra al espíritu; del control externo a la conciencia. Civilizatoriamente implicó que el orden social ya no pudiera fundamentarse sólo en la coerción. A partir de entonces, nacerá la responsabilidad personal, la culpa interior, la ética de la intención y la primacía de la conciencia. Sin esto no habrá sujeto moderno ni límite legítimo al Estado.

El perdón como arquitectura histórica

Jesús introdujo algo inédito: El perdón como principio de recomienzo; no como olvido, sino como superación del ciclo de violencia: “Perdona setenta veces siete”, “Ama a tus enemigos”. Esto rompe la venganza tribal; la justicia puramente retributiva; la historia como repetición sangrienta. Por tanto, a partir de entonces, nacerá la posibilidad de reconciliación; la política del perdón; la historia abierta. El Camino de Santiago y la Gran Perdonanza serán aplicaciones de este principio.

El sacrificio final: fin del sacrificio humano

La cruz no es la glorificación del dolor; es la abolición del sacrificio como método político o religioso. Hasta entonces la cohesión social exigía víctimas; a partir de Jesús, nadie más debe morir para que la comunidad exista; se funda: la condena moral al chivo expiatorio; la crítica a la violencia considerada necesaria; la sacralidad de toda vida.

Las civilizaciones que olvidan esto, regresan al sacrificio.

El tiempo reconfigurado: historia con sentido

Jesús quiebra el tiempo cíclico: rompe con el eterno retorno y la subsiguiente idea del destino cerrado. Introduce un tiempo lineal y abierto, que implica la existencia de un comienzo, de que hay promesa, hay cumplimiento y esperanza. Lo que hará posible: el progreso moral, la responsabilidad histórica, la idea de misión, la esperanza colectiva. Sin esto, la historia sería un mero acontecer.

Comunidad sin frontera absoluta

Jesús crea una comunidad nueva: No estará fundamentada en la sangre, ni en la etnia, ni en el territorio compartido; a esta comunidad se entrará por adhesión libre. Se fundará, así, la universalidad; la integración sin uniformidad; la igualdad radical; la hospitalidad como deber. Será el suelo del derecho de gentes, del mestizaje y de la dignidad universal.

Jesús frente al mundo contemporáneo

El mundo actual ha heredado sus categorías, pero las ha vaciado: Hoy se redactan derechos sin fundamento; se habla de dignidad sin sacralidad; de perdón sin responsabilidad; de poder sin servicio; de técnica sin límite. Jesús no es una alternativa política concreta, es criterio de juicio.

Cada civilización se mide por su trato al débil, por cómo ejerce el poder, por cómo gestiona el perdón, por cómo protege la conciencia

En suma: Jesús de Nazaret introdujo la persona como absoluto, el poder como servicio, la ley como conciencia, el perdón como arquitectura del tiempo; el fin del sacrificio humano, la historia como esperanza, la comunidad universal. No fundó un sistema; hace posible que los sistemas no devoren al hombre. Jesús no organizó el mundo: impidió que el mundo justificara su crueldad: exactamente, lo que han hecho millones de personas comprendiendo la actuación del Estado en la eutanasia de Noelia; exactamente, lo que hacen millones y millones de humanos aprobando el asesinato en masa de los palestinos de Gaza o Cisjordania, precisamente por quienes se burlan y blasfeman sobre Jesús, orando a su antidios, para que el mundo se destruya y se acelere, así, la llegada del rey de las tinieblas, al que ellos llaman mesías. Cada vez que una civilización olvida a Jesús vuelve al sacrificio, al dominio y al miedo, como en el caso Epstein, donde, nuevamente, quienes lo abjuran y aborrecen nos han demostrado que el paganismo nunca desapareció de la faz de la tierra, como algunos hemos advertido. Nuestra civilización hispana no puede, no debe olvidar a Jesús: Él nos enseña a vivir. Jesús no es una figuran del pasado. Es el criterio silencioso con el que toda civilización -también la nuestra- acaba siendo juzgada.

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