Jaime Goig
(España) Presidente del Ateneo Iberófono Juan Latino, político, comunicador y escritor con amplia experiencia en medios (Onda Cero, El País…). Ha sido director de comunicación en varias empresas españolas y ha desarrollado proyectos en sectores donde compiten marcas como Apple o Google. Su trayectoria combina información, narrativa y producción audiovisual. Actualmente estudia diversas disciplinas en el Instituto Beatriz Galindo – La Latina. Es editor en La Iberofonía.
Conviene empezar por la corte de plumillas de pesebre que, apenas se levantó la primera polvareda judicial, acudieron en procesión a sahumar al jefe con incienso de tertulia subvencionada. Lo presentaron como varón providencial, paladín de la limpieza pública, víctima de una conjura tenebrosa urdida por cloacas, togados y enemigos del progreso. Pero la mentira, cuando se fabrica deprisa, sale con las costuras torcidas; y esta vez no alcanzó siquiera a cruzar los platós antes de toparse con diligencias, informes, imputaciones y sumarios.
No hace falta nombrarlo. Hay miserias que ya no precisan carné de identidad. Basta recordar que llegó al poder envuelto en prédica de purificación, prometiendo barrer establos propios y ajenos con escoba de plata, y ha terminado convirtiendo la casa común en una corrala de allegados, favorecidos, intermediarios, parientes y supervivientes de burdel mediático. Venía a “limpiar la vida pública” y ha acabado demostrando que la regeneración, en manos de un oportunista, no es medicina sino máscara.
Dirige rodeado de un círculo familiar, orgánico e incondicional que comparece ante tribunales, informes policiales y sospechas con frecuencia litúrgica. Y, sin embargo, no se le arruga el gesto ni se le escapa la palabra dimisión. Exótica palabra, por cierto – como jaculatoria en mancebía-.
Porque el título de este artículo, aunque parezca hipérbole tabernaria, no nace de una metáfora sino de la sombra biográfica que se pretende barrer bajo la alfombra. Quien quiera entender la calidad moral del personaje puede empezar por mirar alrededor de la parentela, de esos negocios de luz roja que los aduladores del régimen fingen no ver mientras nos sermonean sobre decencia democrática, feminismo y preocupación por la dignidad de la mujer.
De ahí que la frase “el yerno del proxeneta” (que ya pertenece al imaginario común) haya alcanzado el estatus de muleta repetida de forma sistemática en tertulias, mentideros digitales y otros espacios, supuestamente conspiratorios que, al final, se han demostrado ciertos.
Y es que, el catálogo de escándalos resulta tan abundante que abruma. Está la consorte, cuya peripecia profesional parece arrancada de picaresca de despacho: cátedras sin silla, cartas de recomendación, empresas que florecen al calor de rescates públicos, contactos que se abren como puertas giratorias y un rastro de investigaciones por negocios demasiado próximos al lecho del poder. Está el hermano colocado (como quien coloca un relicario en la hornacina – y no como china en pipa de crack- no sean ustedes mal pensados). Está el antiguo valido de confianza, apartado del poder y arrastrando tras de sí un mercado de mascarillas, comisionistas y conseguidores que hicieron caja mientras la nación contaba muertos y respiradores.
Está también el aparato del partido, salpicado de esa grasa oscura que supuran las tramas cuando dejan de ser chascarrillo de barra y empiezan a oler a sumario. Antiguas fontaneras, secretarios de organización, asesores de confianza, periodistas y “manos derechas” aparecen entrando y saliendo de la pocilga como figurantes de una procesión invertida. Y, ahí, entra en escena la justicia amaestrada, esa que confunde independencia con servicio doméstico: fiscales elevados al altar del poder para terminar abrasados por el fuego; ex altos cargos enchufados en órganos constitucionales, consejos consultivos y empresas públicas con la naturalidad con la que la parentela se reparte la herencia antes de enterrar al difunto.
No hablamos ya de corrupción aislada, sino de una forma de gobierno. El poder deja de ser servicio para convertirse en apellido; deja de ser mandato para convertirse en botín; deja de ser responsabilidad para transformarse en coartada. Todo se reparte, se acomoda, se blanquea, se justifica. Lo que ayer era intolerable hoy se explica como persecución. Lo que ayer exigía dimisiones hoy se responde con ruedas de prensa, victimismo y campañas de agitación sentimental.
Y luego está la plaza pública, donde el gobernante se pasea como un emperador de cartón piedra, confundiendo la mayoría parlamentaria con bula pontificia. La amnistía que era imposible, inconstitucional e inmoral se volvió necesaria en cuanto un puñado de votos separatistas decidió el alquiler del trono. La sedición desapareció del Código Penal como desaparece una deuda incómoda en manos de un notario complaciente. La malversación fue retocada al gusto de quienes habían desafiado al Estado. Se pactó con fugados, se aceptaron mediadores extranjeros, se tragó con vocablos infames contra los jueces y se llamó convivencia a lo que no era sino dependencia aritmética.
“El yerno del proxeneta” se apoyó en los herederos del terror, blanqueando con votos lo que la sangre jamás debería comprar; gobernó una pandemia con comités espectrales y estados de alarma corregidos en los tribunales; convirtió el sondeo público en repostería de palacio; usó el avión oficial como si el cielo nacional fuese alfombra de Rajá; envolvió una crisis judicial en folletín doméstico, en carta lacrimógena al país, transformando el sumario familiar en consulta plebiscitaria de afectos.
A ello se suman episodios de aeropuerto, rescates empresariales, favores cruzados, silencios diplomáticos, virajes internacionales inexplicados y cesiones estratégicas ejecutadas con la opacidad de quien firma de noche lo que no se atreve a defender de día. Siempre la misma música: resistir, negar, acusar al adversario, presentarse como víctima y continuar un día más en el sillón.
Lo más grave no es que haya casos. Casos los hubo siempre, porque la política atrae al pícaro como la miel a la mosca. Lo verdaderamente devastador es la abolición de la vergüenza. Antes el corrupto, siquiera por instinto teatral, se tapaba la cara. Hoy comparece con gesto doctoral. Antes el escándalo producía dimisiones, apartamientos, silencios. Hoy produce comunicados, campañas, argumentarios y tertulianos con babero. La indecencia ha dejado de esconderse: se maquilla, se subvenciona y sale a predicar moral.
Bajo cada alfombra aparece una pelusa nueva. Bajo cada contrato, una llamada. Bajo cada nombramiento, una deuda. Bajo cada rectificación legislativa, una necesidad parlamentaria. Bajo cada gesto solemne, una conveniencia personal. El país entero asiste a una pedagogía inversa: se enseña a los ciudadanos que la palabra dada no obliga, que la ley puede doblarse si faltan votos, que la familia y el partido son prolongaciones naturales del Estado, que el poder no se abandona aunque alrededor arda todo.
Y la pregunta, incómoda como una mancha en mantel de gala, continúa suspendida sobre la vida pública: ¿Puede permanecer en el poder quien gobierna desde una biografía cercada por el lupanar, la corrupción, el favor, la sospecha y el sumario?
La respuesta no necesita editorial. Está a la vista. Se ha escrito en los boletines oficiales, en los autos judiciales, en las hemerotecas, en los silencios cómplices y en la sonrisa inmóvil de quien sabe que ya no le queda pudor que perder.


