Marcelino Lastra Muñiz
Licenciado en Derecho y máster en Dirección y Administración de Empresas, cuenta también con un diplomado en Dirección Comercial y Marketing. Su trayectoria profesional le ha permitido comprender la geopolítica desde una perspectiva práctica y empresarial. Preside la asociación Puertas Abiertas al Mundo Hispano (PAMH) y el Círculo Cultural Hispanista de Madrid. Se define como militante de la civilización hispana. Su pensamiento se articula en torno a valores como la verdad, la belleza, la solidaridad y la unidad. Combina formación académica con activismo cultural y filosófico de habla hispana.
Hay figuras históricas que resultan más inquietantes que el adversario declarado. El enemigo exterior ocupa una posición comprensible: pertenece a otra comunidad política, defiende otros intereses y combate por ellos. Puede ser temible, injusto o implacable, pero existe en su conducta una lógica reconocible. El renegado es de otra categoría.
No es simplemente quien abandona una patria, adopta otra nacionalidad o se integra en otra cultura. Tampoco quien critica severamente los defectos de la sociedad de la que procede. Una civilización segura de sí misma no exige obediencia genealógica ni convierte los orígenes familiares en una obligación política.
El renegado aparece cuando la integración en un nuevo centro de poder exige algo más: demostrar la nueva pertenencia mediante el desprecio de la antigua. Entonces la asimilación deja de ser enriquecimiento y se transforma en negación: la necesidad de demostrar que ya no se pertenece
Existe una diferencia fundamental entre el emigrante integrado y el renegado. El primero puede amar profundamente al país que lo acogió sin necesidad de odiar al país del que procedieron sus padres. Puede convertirse en estadounidense, francés o alemán sin considerar inferiores a los pueblos de donde procede. Su nueva identidad se construye por agregación.
El renegado hace lo contrario. Su identidad se construye por amputación. No le basta con decir: <Ahora pertenezco aquí>. Necesita demostrar que <ya no es uno de aquellos>, y cuanto más perceptible es su procedencia, mayor puede resultar la tentación de sobreactuar la ruptura. Ahí comienza un antiguo mecanismo humano: la sobreactuación identitaria con el poder de acogida.
El recién incorporado se convierte en un celoso defensor de la ortodoxia porque necesita demostrar continuamente que merece estar dentro. No se limita a servir al nuevo poder. Necesita convencerlo de que ha roto definitivamente con el mundo anterior.
Marco Rubio representa la paradoja del hispano convertido en intérprete del poder estadounidense. Su figura resulta particularmente significativa. No porque un estadounidense de ascendencia cubana tenga obligación alguna de defender al Gobierno cubano; sería absurdo. La crítica al régimen político de Cuba puede ser legítima, y millones de cubanos y descendientes de cubanos la han realizado durante décadas. La cuestión civilizatoria es otra. Rubio representa a un hombre surgido de una comunidad hispana que ha alcanzado uno de los vértices del poder de Estados Unidos y desde allí interpreta el espacio caribeño e hispanoamericano con las categorías estratégicas de Washington. La paradoja adquiere entonces una enorme potencia simbólica: el descendiente del mundo subordinado termina administrando la política de la potencia dominante hacia ese mismo mundo, y esta figura no pertenece exclusivamente a Estados Unidos; todos los imperios la conocen.
El imperio descubre muy pronto que el intermediario perfecto no siempre es el funcionario llegado de la metrópoli. Es más eficaz quien conoce la lengua, los códigos culturales, las debilidades, los resentimientos y las fracturas internas de la sociedad sobre la que pretende ejercer influencia. El intermediario conoce aquello que el extranjero jamás podría conocer completamente. Por eso el renegado, cuando verdaderamente se produce la renegación, puede llegar a resultar más útil al poder que el dominador originario.
El enemigo exterior necesita mapas; el renegado conoce la casa; esta es probablemente la dimensión más profunda del fenómeno. El adversario contempla una civilización desde fuera; el renegado la conoce desde dentro; conoce sus palabras, sus símbolos, sus complejos, sus divisiones, sus heridas históricas. Sabe dónde presionar porque procede precisamente de allí.
De ahí, que los grandes sistemas de dominación hayan intentado formar élites locales identificadas intelectual y emocionalmente con el centro imperial. No era necesario que aquellas élites dejaran de parecerse al mundo de procedencia; era más importante que contemplaran sus propias sociedades con los ojos del centro dominador: esta es la colonización profunda.
La conquista territorial puede durar años. La conquista económica, un siglo, pero la conquista antropológica alcanza su perfección cuando el dominado comienza a mirar a los suyos con la perspectiva del dominador; entonces, el imperio puede incluso retirarse físicamente, al dejar tras de sí algo mucho más eficaz que un ejército: la subordinación convertida en virtud.
El renegado civilizatorio desarrolla además una extraordinaria capacidad para transformar la subordinación en superioridad moral. El poder al que sirve deja de aparecer ante sus ojos como un poder histórico concreto, con intereses concretos, contradicciones concretas y episodios concretos de dominación: se convierte en portador de valores universales. Sus intervenciones son defensa de la libertad; sus presiones son defensa de la democracia; sus sanciones defensa del derecho; sus intereses estratégicos defensa del orden. Mientras tanto, cuando el mundo de procedencia intenta defender su autonomía, aparecen inmediatamente otras palabras: populismo, autoritarismo, atraso, corrupción, irracionalidad, nacionalismo.
Algo puede ser verdad. Precisamente por eso el mecanismo resulta tan eficaz: la dominación raramente necesita inventarlo todo; le basta con seleccionar cuidadosamente qué defectos del adversario convierte en absolutos y qué defectos propios transforma en excepciones: el renegado ha aprendido perfectamente esa gramática. No se reniega de los gobiernos: se reniega de los pueblos.
Aquí aparece una distinción imprescindible. Criticar a Maduro no significa renegar de Venezuela. Criticar al Gobierno cubano no significa renegar de Cuba. Criticar al sandinismo no significa despreciar Nicaragua. Combatir una dictadura tampoco convierte a nadie en renegado.
El salto se produce cuando, bajo el pretexto de combatir un gobierno, se acepta que una potencia exterior posee una especie de derecho tutelar sobre otra sociedad; es entonces cuando aparece la mentalidad colonial.
¿Quién tiene derecho a decidir el destino último de un pueblo? Si la respuesta acaba siendo Washington, Londres, París, Moscú o Pekín, hemos abandonado el principio de soberanía y hemos entrado nuevamente en la lógica imperial, y resulta particularmente doloroso cuando quien legitima esa tutela procede precisamente del pueblo sobre el cual pretende ejercerse.
El renegado necesita despreciar, porque hay todavía una dimensión psicológica más profunda. Quien abandona verdaderamente una pertenencia no siempre necesita hablar de ella. Quien necesita negarla constantemente demuestra paradójicamente que todavía está luchando contra ella dentro de sí mismo. Por eso el renegado suele mostrar una agresividad que el extranjero auténtico ni siquiera necesita.
El extranjero dirá: <Ellos son diferentes>. El renegado necesitará decir: <Yo no soy como ellos>; la diferencia es gigantesca desde un punto de vista civilizatorio. La primera frase marca una distancia; la segunda revela una vergüenza, y cuando esa vergüenza alcanza dimensión política, puede convertirse en algo más grave: la utilización del poder adquirido para demostrar que se ha dejado definitivamente atrás los propios orígenes.
Entonces aparece una de las figuras más tristes de la historia humana: el hombre que asciende individualmente mientras aprende a mirar hacia abajo colectivamente.
La Hispanidad tiene un problema de élites. Este tristefenómeno adquiere una importancia clave para comprender los dos últimos siglos de nuestra historia. Una civilización no desaparece sólo cuando pierde guerras. Tampoco cuando pierde territorios: puede reconstruirse. El peligro comienza cuando pierde la confianza de sus propias élites: cuando sus intelectuales consideran provinciano lo propio y universal lo extranjero. Cuando sus dirigentes conocen perfectamente las categorías políticas producidas en Washington, París o Londres, pero desconocen las tradiciones intelectuales de su propia civilización. Cuando las clases dirigentes sienten que ascender significa alejarse culturalmente de sus pueblos. Cuando hablar como el centro del poder proporciona prestigio y hablar desde la periferia produce vergüenza. Entonces se ha producido algo más grave que una derrota geopolítica: una derrota antropológica. El centro imperial ya no necesita imponer constantemente su visión. La periferia comienza a reproducirla espontáneamente.
Pero sería demasiado fácil convertir al renegado simplemente en un villano; civilizatoriamente representa algo más profundo. Representa una civilización que ha dejado de ser suficientemente atractiva para una parte de sus propios hijos, por eso su existencia constituye también una acusación contra todos, contra nosotros mismos: ¿Por qué una persona procedente del mundo hispano puede encontrar mayor prestigio en distanciarse de él que en reivindicarlo? ¿Por qué nuestras propias élites han aprendido durante generaciones que modernizarse significa imitar? ¿Por qué España e Hispanoamérica han sido incapaces de construir durante dos siglos un espacio suficientemente articulado para que sus élites no necesiten buscar permanentemente centros exteriores de legitimación? El renegado tiene responsabilidad individual, pero la proliferación de renegados revela una enfermedad colectiva. Una civilización fuerte puede perder individuos; una civilización debilitada produce élites que consideran una promoción personal haber dejado de pertenecer espiritualmente a ella.
Conviene llegar aquí a una precisión fundamental: la Hispanidad no puede convertirse en una doctrina de sangre, sería traicionar su propia historia. Durante siglos incorporó europeos, amerindios, africanos, asiáticos y mestizos de innumerables combinaciones. Precisamente su singularidad histórica estuvo en construir pertenencias que podían trascender la genealogía. Por ello nadie debe una posición política determinada a sus antepasados. La obligación es mucho más profunda y mucho más libre: no despreciar aquello que nos hizo posibles.
Se puede combatir políticamente a Cuba sin odiar a Cuba. Se puede ser estadounidense sin despreciar Hispanoamérica. Se puede defender los intereses nacionales de Estados Unidos sin considerar que los pueblos hispanos constituyen un espacio natural de tutela estadounidense. Y se puede discrepar radicalmente de nuestra propia civilización sin desear verla subordinada. Esta diferencia separa al crítico del renegado. El crítico quiere corregir su casa, el renegado necesita demostrar que nunca perteneció verdaderamente a ella.
La dominación perfecta no llega cuando el conquistador entra en la capital, ni siquiera cuando controla sus instituciones, sino cuando consigue algo mucho más extraordinario: que los descendientes de los sometidos administren la subordinación y la llamen emancipación. Cuando eso ocurre, el imperio ha conseguido que la periferia produzca sus propios guardianes; ya no necesita hablar siempre con voz extranjera. Puede hablar español, llevar apellido español, proceder de La Habana, Caracas, Bogotá, Ciudad de México o San Juan. Puede incluso recordar orgullosamente a sus padres y abuelos. La cuestión decisiva no será la genealogía; es desde dónde contempla el mundo. Una civilización termina de ser derrotada no cuando otro pueblo la desprecia —eso ha ocurrido innumerables veces en la historia—, sino cuando una parte de sus propias élites aprende a contemplarla con el desprecio de otros.
La Hispanidad necesita recuperar algo elemental: el derecho a mirarse con sus propios ojos; porque mientras un pueblo necesite la mirada ajena para juzgarse a sí mismo, continuará siendo periférico aunque formalmente sea independiente; y cuando finalmente recupere esa mirada, el renegado dejará de resultar admirable, útil o prestigioso; quedará reducido a lo que civilizatoriamente siempre fue: no el hombre que consiguió pertenecer a dos mundos, sino el que, pudiendo haberlos unido, necesitó despreciar uno para que el otro lo aceptase.
Es renegado quien acepta que otro poder, otra potencia, invada su territorio porque está disconforme con su gobierno. Así pensaban los afrancesados, y lo continuaron haciendo porque sólo veían virtudes en un déspota y tirano que destruyó su patria. Es renegado quien dice amarla, pero le pone condiciones. Ese está a un paso de convertirse en otro Marco Rubio. Cuidado con los renegados inadvertidos.
La Hispanidad sufre de ataques por todos sus flancos; toca defenderla.


