Marcelino Lastra Muñiz
Licenciado en Derecho y máster en Dirección y Administración de Empresas, cuenta también con un diplomado en Dirección Comercial y Marketing. Su trayectoria profesional le ha permitido comprender la geopolítica desde una perspectiva práctica y empresarial. Preside la asociación Puertas Abiertas al Mundo Hispano (PAMH) y el Círculo Cultural Hispanista de Madrid. Se define como militante de la civilización hispana. Su pensamiento se articula en torno a valores como la verdad, la belleza, la solidaridad y la unidad. Combina formación académica con activismo cultural y filosófico de habla hispana.
El pasado 4 de enero, publiqué en este mismo medio la parte primera del presente artículo; sucedieron muchas cosas desde entonces. En esta segunda, no se analizará si lo sucedido fue una violación de la soberanía de un Estado, o no; si fue el inicio de la liberación del pueblo venezolano, incluidos los millones en el exterior por diferentes causas, o no; tampoco, si María Corina Machado actuó con dignidad, o la perdió al entregar a Trump el Nobel de la Paz. El objetivo de esta segunda entrega será tratar de comprender qué sucedió, como paso previo al avizoramiento de otros hechos en camino.
La historia de la humanidad ha mostrado en diferentes ocasiones que ciertos eventos conocidos sucedieron, pero no de la forma que nos contaron. Uno de los desafíos, pocas veces solucionado, es conocer la verdad acerca de un acontecimiento; por ejemplo, un asesinato; podemos verificar la existencia de una víctima y cómo murió, sin saber las circunstancias que confluyeron en el crimen y lo hicieron posible. Cuando el conflicto es entre Estados todo se vuelve más turbio, más opaco; todo se complica.
1.940, Francia cayó ante Alemania de manera fulgurante para una potencia como la suya; se consideraba que poseía el ejército más poderoso de su tiempo. En el Armisticio de Compiegne, Francia se rindió, buscando una salida pactada que permitiera conservar el Estado, mantener el orden social y, por supuesto, la posición de las élites; las mismas que prefirieron la rendición, ante el temor de una guerra larga que pudiera desembocar en una revolución social o un colapso del Estado, con el consiguiente perjuicio para ellas mismas.
1.938, Austria quedó anexada a la Alemania hitleriana sin dispararse un tiro: sin batallas, sin guerra real, lo que permitió que, nuevamente, sus oligarquías mantuvieran su estatus, integrándose en el nuevo régimen. Todo el proceso se había pactado de antemano ¿Soberanía, qué soberanía? Esta palabra sacrosanta se invoca en función de los intereses de los sectores dominantes; ¿clases?; sí, podemos denominarlos de esta forma.
Juana de Arco murió porque descubrió un pacto entre Francia e Inglaterra para <controlar> la duración de la guerra y no dañar a la banca genovesa; sin capital no había enfrentamiento y éste debía desenvolverse dentro de márgenes aceptables para el propio capital. Juana de Arco rompió ese equilibrio y reavivó la guerra, llevándose por delante el factor financiero de la misma, al poner sobre la mesa un elemento místico y popular absolutamente incontrolable. Fue capturada, enjuiciada y ejecutada rápidamente. El drama de su historia es que su muerte fue un alivio generalizado, no sólo para Inglaterra; todos necesitaban una guerra controlable, también Francia y, por supuesto, la banca genovesa. Juana de Arco fue víctima de un pacto, que explica muy bien la siguiente frase: <La guerra fue total para los campesinos y soldados, pero limitada para las élites financieras> El pacto incluía que la actividad financiera debía continuar al término del conflicto, y sobrevivir a las derrotas. Juana murió en la hoguera (1.431), a los 18 o 19 años, en un juicio fraudulento, que buscaba quitarla de en medio. El juicio se anuló 25 años después.
Los investigadores suelen utilizar un método para detectar las derrotas pactadas: Cuando el final de un conflicto preserva a las élites derrotadas, se evita una ocupación del territorio, se garantiza la continuidad institucional, y dicho conflicto se concluye con una negociación rápida, hay indicios racionales de que el resultado estaba acordado. Dos ejemplos: La Paz de París, de 1.898, entre España y EE.UU.; el Armisticio de Compiegne, de 1.940, analizado supra, entre Francia y Alemania. Otras señales de acuerdo previo: Cuando en el campo de batalla la parte perdedora se presenta insuficientemente preparada o actúa como si no lo estuviera. Las muertes inútiles acaecidas no serán consecuencia de un acto heroico, se tratará de un sacrificio controlado, de un ritual de guerra sin intención de ganar, sólo de manipular a la opinión pública. La pregunta perturbadora para un análisis razonable de los hechos, debería ser: ¿Por qué no hicieron lo evidente para vencer? Si no hay respuesta creíble, vuelven a surgir indicios racionales de un pacto previo.
En suma: Es conveniente analizar los siguientes puntos: 1. Si hubo un enfrentamiento, o guerra corta, e inesperadamente concluyente. 2. Si se produjo un acuerdo, o un tratado, rápido y moderado. 3. Si la estrategia militar fue incoherente. 4. Si las élites salieron intactas tras la derrota. 5. Si se trata de controlar el relato mediante discursos públicos grandilocuentes sobre el honor, la dignidad, etc. 6. Si hay retraso en el conocimiento de documentación sensible, o la misma se presenta fragmentada.
Cuando varios de estos aspectos se cumplen, un investigador independiente y honesto dictaminaría que sobran indicios para considerar que lo sucedido fue un guión de teatro.
Si repasamos el caso Maduro y Venezuela, se cumplen cinco de los seis presupuestos, y el sexto no puede cumplirse, aun, por el escaso tiempo trascurrido.
Veamos: Delcy Rodríguez se habría reunido en Catar con EE.UU., bien directamente o con mediadores, lo que indica predisposición del régimen, o parte de él, a negociar una salida a la situación. La eficacia de la intervención estadounidense fue tan sorprendente como inexplicable, sobre todo por los antecedentes, bien podríamos llamarlos <crónica de una intervención anunciada>. Maduro fue capturado, sí, pero todo indica que el aparato chavista continúa intacto: las estructuras militares, judiciales, administrativas, siguen funcionando exactamente igual. Una de las características típicas de las rendiciones pactadas es el mantenimiento del sistema y la supresión de símbolos, ya sean personas o cosas: sigue el fondo y se maquilla la forma. Otra peculiaridad son las reformas que benefician a intereses foráneos y facilitan el orden interno preexistente, como las efectuadas recientemente por el gobierno venezolano. El control de la narrativa para salvar la imagen del régimen ante sus militantes, como acusar a elementos externos de desinformación, exigir y movilizarse por la liberación de Maduro, presumir de unidad y ausencia de fracturas, son otras señales recurrentes. Antes del secuestro o extracción, según los gustos, se preparó el terreno. Recordemos el hecho histórico siguiente:
15 de febrero de 1898, el crucero acorazado Maine se hundía en el puerto de La Habana <Recuerda el Maine. Al infierno con España> se convirtió en una consigna machacona -en inglés-, aderezada con viñetas, donde los españoles aparecían como los seres más aborrecibles del mundo. El New York Journal, del magnate Randolph Hearst, y El New York World, dirigido por Joseph Pulitzer, moldearon la opinión pública de EE.UU. y la prepararon para facilitar la declaración de guerra contra España; amarillismo puro; no había ninguna prueba de la acusación, no importaba; había que entrar en guerra fuera como fuese; los intereses de las dos grandes familias banqueras, los Rothschild y los Rockefeller convergían: Se necesitaban nuevos mercados a los que vender el excedente de producción, con posibilidad de nuevos créditos y sus correspondientes intereses; también se necesitaban grandes cantidades de azúcar a buen precio para abastecer las florecientes industrias farmacéutica y alimentaria. Se decidió que los territorios a conquistar con menor riesgo eran los españoles de las Antillas y el Pacífico. No es que el riesgo fuera menor: era nulo; sencillamente, porque los gobiernos de EE.UU. y España habían pactado la entrega de los territorios. Se han necesitado 120 años, aproximadamente, para saber la verdad. De generación en generación, a los españoles, cubanos, puertorriqueños, filipinos y guameños nos educaron en la mentira y, hoy, esa mentira continúa en los libros de texto. Veamos el proceso:
1. EE.UU. necesitaba nuevos mercados para colocar su excedente de producción, los Rothschild y Rockefeller nuevos clientes que compraran los excedentes citados a crédito; además, las farmacéuticas y alimentarias buscaban grandes cantidades de azúcar a menor costo.
2. La España de ultramar era la mejor opción; mínimo riesgo, ya que había un pacto entre las oligarquías de los gobiernos; el masón Sagasta presidía el Consejo de ministros.
3. Se fabricó una guerra amañada con final acordado ya que la ciudadanía española no habría aceptado, por las buenas, perder parte del territorio nacional
4. Se enardeció a la opinión pública estadounidense, acusando falsamente a España de un acto considerado de guerra, demonizando al país y a los españoles: Había que vengar a los 266 marinos muertos en el Maine
5. Guerra con final pactado
6. Creación de un relato para justificar la derrota española y ensalzar la victoria estadounidense.
Podríamos analizar, punto por punto, la estrategia seguida entonces y veríamos la similitud, casi matemática, con lo acaecido en Venezuela. Prefiero que Uds. mismos hagan el ejercicio; observarán que los tiempos cambian, pero los métodos de manipulación permanecen ¿Por qué? Seguramente, porque les funciona.
Finalmente, dos preguntas pertinentes e incómodas en extremo: Una, ¿estará incluido Maduro en el acuerdo?; dos, ¿desde cuándo existirá el pacto? Respecto a la primera, cuesta pensar que una persona salga a escena como lo hizo Maduro; con algo en la cabeza semejante a un gorro, más propio de un personaje animado de la factoría Disney que de un hombre en su sano juicio; felicitando, además, el año nuevo, y dando las buenas noches a sus captores, y en el idioma de estos últimos; poca dignidad para un revolucionario. Hay que felicitar al guionista y al jefe de vestuario y caracterización: el resultado no pudo ser más extravagante, llamémoslo así. Tampoco faltan quienes les pareció una película llena de ternura. En cualquier caso, serán los acontecimientos futuros, junto a una aguda interpretación de los mismos, los que pueden disipar las tinieblas del momento presente. Las espadas siguen el alto.
¿En qué momento se forjó el pacto? Es conveniente cierta retrospección: El 23 de enero de 2.019, Juan Guaidó juró públicamente como presidente encargado de Venezuela, y lo hizo 61 años después de la caída de Marcos Pérez Jiménez, en 1.958. Diez días antes, el servicio de inteligencia venezolano (SEBIN) lo detuvo en Caracas; la detención apenas duró una hora. Guaidó no volvió a ser detenido, a pesar de representar -al menos, formalmente- un riesgo serio para la legitimidad y estabilidad del régimen. Se ordenó su captura y procesos judiciales; nunca se detuvo. La versión de los medios, llamados occidentales, afirmaron que <no se logró detenerlo>. Dicen que los servicios de inteligencia cubanos son de los mejores del mundo, adiestrados por la Stasi; poca eficacia demostraron en el caso Guaidó.
María Corina Machado solicitó recurrentemente la intervención de EE.UU. en Venezuela; no la detuvieron más que una vez, el 10 de enero de 2.014, y por breve tiempo. Sufrió amenazas, procesos judiciales, inhabilitación política, pero no visitó la cárcel, salvo en la breve ocasión ya citada; y consiguió viajar a Oslo de manera rocambolesca, según dicen. Como afirmaría un castizo: < ¡Menos mal que la inteligencia cubana es de las mejores del mundo, porque si no!> Las dos personas encargada-supuestamente- de dinamitar el régimen convivieron con él, con el beneplácito de él, sin demasiadas incomodidades, dada la naturaleza subversiva de su misión (sí, subversiva para el régimen en el poder) En vez de ir por los cabecillas, Maduro y los suyos decidieron encarcelar a los segundones, invirtiendo las tácticas de guerra desde que existe el mundo; y llenaron las prisiones de personas irrelevantes políticamente hablando. Todo de una lógica aplastante.
La gente del campo sabe que para recolectar, primero hay que sembrar y, antes, aun, preparar el terreno. Al final, pasa igual con todo; no sé si me explico.
Los investigadores tienen por delante una labor crucial: Averiguar el papel de los procesos llamados revolucionarios de Hispanoamérica, y hacerlo con honestidad -si no es pedir demasiado- arrojando por el inodoro el fundamentalismo ideológico. Algo sí hemos aprendido: Sabemos quiénes han sido, y siguen siendo, los ganadores de los juegos malabares de estos aprendices de brujo, que presumen de querer transformar el mundo y no paran de vanagloriarse de ello, y caminan ¡hacia la victoria siempre!, no de derrota en derrota, sino de tomadura de pelo en tomadura de pelo.
Hay que poner la verdad -su búsqueda- en el frontispicio de nuestro quehacer más elevado. Hay un problema, y es que la verdad es incompatible con el dogmatismo de las ideologías.


