Laura Vergara Ceballos
(Argentina) es periodista de investigación, locutora y escritora especializada en sectas, sociedades secretas y estructuras de manipulación. Es autora del libro Harry Potter, ¿delator del temeroso mundo de las sectas? y ha sido la primera periodista en desvelar las actuaciones de la secta sionista Jabad Lubavitch. Cuenta además con una amplia producción de artículos de investigación, conferencias e intervenciones en diversos canales (televisión,YouTube, podcasts..) centradas en el análisis de redes de poder y grupos de influencia.
Llevo años siguiendo la ruta del fútbol y siempre llego al mismo lugar: al ruido de la tribuna le sigue el silencio de lo que nadie quiere nombrar. Ahora escribo esto porque el Mundial 2026 se viene y Estados Unidos será el centro, y no puedo dejar de pensar en lo que pasa cuando las cámaras apuntan a la cancha y todo lo demás queda en off. Veo a ICE (Immigration and Customs Enforcement-Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos) moviéndose con la doctrina de Trump como manual, veo redadas que se anuncian como seguridad del evento mientras afuera del estadio hay familias enteras contando las horas para que no les golpeen la puerta. Extranjero, latino, piel morena: en ese contexto pasás a ser sospechoso por existir. Y el Mundial, que debería ser de todos, se juega sobre un tablero donde el derecho a circular, a trabajar, a no vivir con miedo, queda suspendido por treinta días de show.
No es la primera vez. Italia ya nos dio la muestra cuando las cenas VIP del fútbol terminaron en causas judiciales por prostitución de jóvenes usadas como moneda de cambio entre empresarios y jugadores. Lo llamaron escándalo, yo lo llamo sistema. El glamour del deporte funciona como fachada perfecta porque nadie mira dos veces cuando hay luces, champán y nombres famosos en la lista. Y cuando el mundo entero mira para otro lado es cuando se activan las células que operan en la sombra. Lo aprendimos con Qatar 2022, con los muertos en las obras que nadie contabilizó, con la ley de kafala que convirtió trabajadores migrantes en objetos, con las disidencias reprimidas mientras se vendía tolerancia para exportar. Y lo aprendimos antes, mucho antes, con Argentina 78. Yo repito esa fecha porque duele: mientras el país cantaba que eran 25 millones de argentinos, en los sótanos se torturaba, se desaparecía gente. El balón rodaba y la cultura de la muerte también. Un Mundial no cambia regímenes, los blanquea. Les da música, fuegos artificiales y una foto con el trofeo para tapar lo que pasa fuera de foco.
Ahora mirá lo que se viene en 2026. Cuarenta y ocho selecciones, dieciséis ciudades, millones de turistas que no hablan el idioma, que llegan con euforia y alcohol y cero red de contención. Ese es el escenario ideal para la trata de personas, para la prostitución VIP que se vende como “experiencia exclusiva” para ejecutivos con tarjeta black. Es el escenario ideal para el narcotráfico que necesita flujo de gente y dinero para mover rutas y lavar. Es el escenario ideal para el secuestro y el abuso, porque la vulnerabilidad del turista es el terreno que estas redes llevan años estudiando. Y todo ocurre mientras el estadio retumba, mientras los relatores gritan un gol, mientras el mundo está distraído.
Y en el medio aparecen ellos: Messi, Mbappé, las figuras globales que se convierten en anzuelo. Paquetes de decenas de miles de dólares que prometen “cena con leyendas”, “acceso a vestuarios”, “viví el Mundial como un VIP”. Ese anzuelo va directo a las altas clases sociales, a los que pueden pagar para sentirse parte de algo único. Pero mientras se vende exclusividad, se oculta lo esencial: que ese mismo evento tapa la violación sistemática de derechos que el mundo no quiere ver. Como tapó Qatar. Como tapó Argentina 78 en plena dictadura. La pelota no es inocente cuando se usa para que no mires al costado.
No escribo esto porque esté contra el fútbol. Como mujer he visitado una cancha de fútbol y experimenté la emoción de ser parte de una hinchada llena de pasión y euforia como el club Belgrano de Córdoba, sé lo que significa que se te ponga la piel de gallina cuando baja la popular. Escribo porque no quiero ser cómplice por silencio. Porque sé que cuando el ruido de la tribuna tapa todo, pasan cosas que no deberían pasar. Persecución, trata, narcotráfico, abusos. Todo envuelto en los colores de una pelota y vendido como fiesta global. Y si no lo digo ahora, si no lo escribo antes de que empiece el partido, después va a ser tarde. Que el 2026 no nos encuentre aplaudiendo sin preguntar. Que la pelota no tape la sangre.


