ARGENTINA Y EL CONSENSO LIBERAL

La larga guerra del capital contra la Argentina industrial


Mariano José Utín Mariano José Utín

(Argentina) Es médico y docente del Instituto Beatriz Galindo (España). Divulgador del Materialismo Político, es responsable de Vanguardia Argentina para la Liberación, una organización orientada a la formación ideológica. Participa activamente en debates filosófico-políticos y colabora con figuras como Santiago Armesilla. En redes sociales promueve ideas socialistas y antiimperialistas con un enfoque iberófono. Tiene experiencia como comunicador en conferencias, pódcasts y plataformas digitales. Combina su labor médica con el activismo político e intelectual de habla hispana.

La Argentina, hoy por hoy (y muy a pesar del narcicismo de su clase dominante vernácula cipaya), tiene poca relevancia a nivel internacional; salvo por el hecho de que los ojos de la oligarquía financiera mundial -y de su prensa adicta- se han posado sobre ella para observar atentamente de qué manera evoluciona el experimento económico-político ultraliberal que lleva ya casi 24 meses de vida.

Algún desprevenido podrá pensar que lo que ocurre hoy en Argentina es una “locura” pasajera, una anomalía del sistema. Pero en realidad se trata de un proceso de vieja data que se puede retrotraer medio siglo atrás (e incluso más).

Pero, para no irnos hasta los inicios de “la independencia” dónde la nueva nación desgajada del Imperio Español nació endeudada con la banca londinense que financió dicha “gesta” (como ocurrió con otras naciones hermanas iberoamericanas), podemos fijar como inicio de este ciclo de decadencia argentina actual el año 1975, ya que en dicho año ocurre un hecho significativo: “El Rodrigazo”, el cual implicó la friolera de reducción del 45% al 23% en la participación obrera de la riqueza nacional. Este es el parteaguas en donde se rompe el empate catastrófico entre el capital y el trabajo a favor del primero.

Este hecho debe enmarcarse dentro de un cuadro de situación internacional caracterizado por los evidentes signos de agotamiento a nivel global del modelo de acumulación capitalista caracterizado por el “Estado de Bienestar” de posguerra, en donde el capital -el gran capital, sobre todo- buscó comenzar a recuperar las pérdidas acaecidas por la caída de su tasa de ganancia liberándose de los condicionantes políticos y sociales que dicha construcción política (el Estado de Bienestar keynesiano) había instituido. Podemos fijar, entonces, en esa década el punto espacio-temporal en que el hecho material económico capitalista – la pérdida de la tasa de ganancia del capital – lleva al Capital global a imponerle al sector del trabajo una guerra abierta.

Es así como en el Cono Sur de nuestro continente, primero en el Chile de Pinochet y luego en la Argentina, se inaugura el ciclo poítico-económico de reformas liberales globales. Liberación de precios, apertura económica, libre circulación de capital, deuda por exceso de liquidez de petro-dólares, financiarización creciente de la economía, privatizaciones, estatizaciones de pasivos privados, etc., combinadas con estancamiento o reducción salarial, reformulación del mundo del trabajo a través de dispersión de las cadenas del valor y de relocalización del capital, ataque a los sindicatos, etc. serán los primeros signos distintivos de un cambio de época y de un rediseño de las sociedades políticas que muchos aún no vislumbraban ni entendían y que se extenderían y profundizarían en las siguientes décadas a caballo del colapso de la URSS y del bloque socialista (que funcionaba como freno al avance de la explotación capitalista),y del desarrollo explosivo de las telecomunicaciones y de las nuevas tecnologías.

Esto tendrá su correlato en una economía periférica como la Argentina con el agravante de sumar a este contexto global del desempeño del capital de la época, el fin de ciclo del modelo local de desarrollo capitalista nacional que había impulsado la industrialización por sustitución de importaciones cuarenta años atrás.

Dicho correlato (como dijimos más arriba) fue “El Rodrigazo”, un mega paquete de medidas liberales gubernamental que implicó un aumento descomunal de las tarifas y de los precios de bienes y servicios con congelamiento de los sueldos que generó una devaluación brutal de la moneda y del poder adquisitivo de la clase trabajadora y su ulterior respuesta social, una inmensa pueblada nacional con el nombre del apellido del ministro de economía del tercer gobierno peronista: Celestino Rodrigo, quién aplicó dichas medidas liberales que generaron ese alzamiento popular como respuesta al daño social infligido por dicho shock liberalizador.

Por lo tanto, lo que hoy vemos con Milei no es un hecho aislado, sino un capítulo más, -el actual-, de un experimento económico, político, social y cultural que comenzó hace medio siglo, por lo menos, y que consistió -y consiste- en el desarme del proyecto industrialista-desarrollista basado en una fallida burguesía nacional y una fallida alianza de clases.

La breve irrupción del radicalismo y luego del peronismo como expresiones nacionales y respuestas incompletas en el siglo XX contra el consenso liberal de los fundadores, había encontrado su límite histórico.

Esto significó el comienzo del desarme del proyecto industrialista argentino por sustitución de importaciones motorizado desde el Estado burgués que va desde Pinedo en la década del 30, pasando por las dos presidencias de Perón, luego Frondizi y una sucesión de dictaduras liberales que no se animaron a tanto, para iniciar su conclusión -una vez muerto Perón en 1974- con el primer shock liberalizador de Celestino Rodrigo. Esta destrucción de la matriz industrial fue luego continuada y profundizada por José Alfredo Martínez de Hoz en plena dictadura burguesa genocida 1976-1983, vuelta a profundizar con el ciclo menemista, para ya en este siglo desembocar en el ciclo macrista y el actual de Milei.

El Rodrigazo fue el punto de quiebre de la alianza nacional entre el capital y el trabajo dónde se enterró el proyecto industrialista que nunca terminó de despegar, y el momento dónde el bloque de clases dominante renunció finalmente a ser la dirección de una nación soberana (en los términos burgueses) para abrazar sus intereses inmediatos y particulares, y terminó por alinearse y entretejerse con los intereses del capital transnacional hegemonizados por la anglósfera y subordinándose a éste, dejando a la deriva en el camino un tendal compuesto principalmente por amplios sectores de la clase trabajadora y la parte más débil de una burguesía PyMe (Pequeña y Mediana Industria).

Cabe aclarar que en el período kirchnerista en la primera década y media del presente siglo, si bien hubo una leve mejora en los índices de reparto de la riqueza, el proceso liberalizador nunca fue erradicado y nunca se logró torcer el rumbo del mismo. Se intentó revivir un precario modelo de sustitución de importaciones apostando a una lumpenburguesía criolla rapaz (y ya totalmente entregada al anglocapitalismo imperial depredador) combinado con un modelo de exportación de commodities aprovechando los precios internacionales de los mismos, y el panorama político regional e internacional (gobiernos regionales afines y un imperio estadounidense ocupado en guerras lejanas fuera del continente), pero no hubo una real decisión ni planificación de un modelo industrial integral.

Por lo tanto, podemos ver que el fin de las experiencias populares (radicalismo-peronismo-desarrollismo) significaron la reimplantación con fuerza de la hegemonía liberal. Una hegemonía que en rigor nunca fue desterrada y que, ante el fracaso tibiamente igualador de las experiencias populares, simplemente fue reinstaurada con mayor fuerza por el bloque de clases dominantes aupadas por el imperio anglocapitalista depredador.

Así, Argentina no dejó de correr la misma suerte que las de sus hermanas repúblicas iberoamericanas y de ser un país que -proyecto industrialista-desarrollista burgués mediante, aunque fallido- presumía hace 50 años de tener una industria pujante con pleno empleo de calidad, una clase obrera organizada, una cultura y una ciencia de excelencia basada en el sistema público estatal de enseñanza que le dio a la nación cinco premios Nobel y colocó a la Argentina en el lugar de ser el único país de iberoamérica en dominar el ciclo completo de la energía nuclear; pasamos a ser este país que tenemos hoy, caracterizado por repartidores de pizzas a domicilio en motitos o bicicletas destartaladas, choferes de Uber, jóvenes que llegan a los últimos años de escuela secundaria con déficit para leer, redactar e interpretar textos (denotando una crisis educativa sin precedentes dónde las escuelas primarias se vieron convertidas en merenderos y la secundarias en guarderías de adolescentes), masas de desarrapados viviendo en villas miserias con problemas de hambre y de infraestructuras, una informalidad laboral que sobrepasa al 45% de la masa laboral en actividad, desocupación galopante (más de 275.000 despidos desde que asumió Milei) encubierta por trabajos precarios de plataformas, cierres masivos de empresas (en Argentina cierran 30 empresas por día desde que asumió Milei), sueldos que no llegan a completar la canasta básica de una familia tipo, jubilados con haberes de indigencia (y encima apaleados por la fuerza pública), un sistema de salud pública al borde del colapso, fuga de científicos al exterior, docentes con salarios de hambre…y una lista interminable de calamidades.

En la Era en que la productividad social del trabajo humano está rompiendo todos los límites conocidos gracias a una economía planificada como la China socialista; las clases dominantes vernáculas han decidido emanciparse de la suerte de su nación denotando su esencia cosmopolita-capitalista (y por ende su falta de conciencia nacional) e ir contra la Historia, contra sus intereses estratégicos de largo plazo y aliarse con la potencia anglocapitalista decadente. Y mientras esto sucede, la clase obrera nacional vapuleada, fragmentada y rota en mil pedazos, ni siquiera tiene conciencia de sí y sus direcciones parecen correr sin sentido como gallinas decapitadas ante el nuevo “tsunami” liberal mileísta.

De esta manera, la destrucción de la Argentina industrial es la destrucción de la posibilidad de soberanía y de la viabilidad de nuestra comunidad para su recurrencia. Esto nos condena a ser una nación formal corriendo la misma suerte que la gran mayoría de las naciones de la iberofonía, que en los hechos se reduce a un territorio poblado por unos pocos millones de sujetos alienados, subordinado al interés de la clase dominante imperialista de la potencia anglocapitalista del hemisferio en maridaje con un bloque de clases dominantes local. Una Argentina neocolonial, minera y pastoril sacrificada en el altar del consenso liberal.

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