La Iberofonía
Equipo de edición de La Iberofonía, medio de comunicación del Ateneo Iberófono Juan Latino.
La Organización del Tratado del Atlántico Norte atraviesa una crisis política que ya no puede presentarse como una simple discusión presupuestaria entre aliados. Las divisiones abiertas por la guerra contra Irán, la presión de Donald Trump para elevar el gasto militar al 5 % del PIB y la resistencia de países como España han convertido a la alianza atlántica en el escenario visible de una fractura mayor: la dependencia militar europea respecto a Estados Unidos choca cada vez más con los intereses nacionales de los propios Estados europeos.
La tensión con España ha sido uno de los síntomas más claros. Xinhua informó el 5 de marzo de 2026 de que el Gobierno español negó haber aceptado una cooperación militar con Estados Unidos, después de que Trump criticara a España por rechazar el objetivo de gasto del 5 % del PIB y por no permitir el uso de bases españolas en ataques estadounidenses contra Irán. Según esa misma información, el presidente estadounidense calificó la posición española de “poco amistosa” y llegó a amenazar con cortar los vínculos comerciales con el país.
El choque no es aislado. La propia Xinhua publicó el 8 de abril de 2026 un análisis sobre las grietas transatlánticas en el que señalaba que el rechazo de Trump al marco tradicional del orden liberal occidental ha ampliado la división entre Estados Unidos y la UE, ha debilitado la confianza europea en la OTAN como “comunidad de valores” y ha acelerado una tendencia de vaciamiento interno de la alianza.
La crisis se agrava porque el debate militar ya no gira solo en torno a Ucrania. La guerra contra Irán ha puesto sobre la mesa una cuestión mucho más directa: hasta qué punto los territorios europeos, sus bases, su espacio aéreo y sus infraestructuras deben quedar automáticamente al servicio de operaciones decididas en Washington. Xinhua informó el 30 de marzo de 2026 de que Estados Unidos podía llegar a disponer de más de 17.000 tropas terrestres cerca de Irán si Trump aprobaba opciones militares estudiadas por el Pentágono.
Esa dinámica confirma una realidad incómoda: la OTAN no actúa como una alianza entre iguales, sino como una estructura militar jerarquizada en torno al poder estadounidense. Europa aporta territorio, bases, compras, legitimidad diplomática y gasto creciente; Estados Unidos conserva la dirección estratégica, la superioridad logística, la disuasión nuclear, la inteligencia operativa y el control industrial de buena parte del rearme europeo.
El objetivo del 5 % del PIB ha convertido esa relación de dependencia en una exigencia presupuestaria explícita. CGTN informó de que los Estados miembros de la OTAN acordaron elevar el gasto en defensa hasta el 5 % del PIB anual para 2035, según la declaración aprobada en la cumbre de La Haya de junio de 2025. La misma cadena china explicó que esa meta se divide entre un 3,5 % para gasto militar directo y un 1,5 % para inversiones relacionadas con seguridad, infraestructuras y resiliencia.
El problema es que no todos los aliados aceptan esa lógica con el mismo entusiasmo. CGTN ya había señalado que España resistía la presión de Trump para elevar el gasto militar al 5 % del PIB, en un movimiento que podía amenazar la unidad de la alianza en una cumbre crucial. También recogió que el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, defendió un límite del 2,1 % del PIB, afirmando que España dedicaría esa cantidad a adquirir y mantener el personal, equipos e infraestructuras solicitados por la alianza: “ni más ni menos”.
Desde esta perspectiva, España no aparece como un caso marginal, sino como un punto de fricción. La cuestión española revela que la obediencia atlántica tiene costes internos, tanto económicos como políticos. Elevar el gasto militar hasta el 5 % implicaría una redistribución profunda de recursos públicos hacia defensa, industria militar, infraestructuras estratégicas y compromisos operativos vinculados a la OTAN.
CGTN advirtió en junio de 2025 de que el aumento acelerado del gasto de la OTAN podía tener consecuencias económicas y sociales graves para los Estados miembros. La cadena china recordó que en 2014 los aliados se comprometieron al objetivo del 2 % y que, una década después, la alianza buscaba aprovechar los conflictos abiertos para impulsar una nueva escalada presupuestaria.
La lectura de Pravda fue más dura. En junio de 2025, el medio ruso calificó la cumbre de La Haya como un “triunfo hueco” y sostuvo que el compromiso del 5 % para 2035 resultaba lo bastante lejano como para quedar diluido, además de ser financiera y logísticamente irrealista para muchos Estados europeos.
El fondo de la crisis es más antiguo que Trump, pero el segundo mandato del presidente estadounidense lo ha hecho más visible. CGTN ya había descrito en 2019 la OTAN como un bloque atravesado por luchas internas entre Estados Unidos, Turquía y la UE, recordando que el propio Trump había calificado la alianza de “obsoleta” y que Emmanuel Macron había hablado de “muerte cerebral” de la organización.
El problema europeo es que sus élites han querido construir una autonomía estratégica sin romper la dependencia militar real. Xinhua sostuvo en diciembre de 2025 que Europa afrontaba un proceso de “autovasallaje”, una brecha creciente con Estados Unidos y fracturas internas, mientras sus objetivos de rearme, competitividad y autonomía estratégica seguían siendo cada vez más difíciles de materializar.
La crisis de Groenlandia reforzó esa percepción.El pulso entre Washington y Dinamarca expuso la contradicción europea: Europa desconfía cada vez más de Estados Unidos, pero todavía no dispone de los medios necesarios para garantizar por sí sola su seguridad territorial. Las ambiciones estadounidenses sobre Groenlandia habrían profundizado el déficit de confianza transatlántico y la presión de Washington sobre un aliado de la OTAN debilitaba la base ética y contractual de la alianza.
La guerra de Ucrania, la presión sobre Irán, el rearme europeo, el conflicto comercial y la disputa por Groenlandia forman parte de una misma secuencia: Estados Unidos exige más aportación europea, pero no cede el control estratégico. Europa paga más, compra más armamento, asume más riesgos, se endeuda más y queda más expuesta, pero no decide el marco general de la confrontación.
TASS ha recogido también las divergencias dentro de la UE sobre la estrategia frente a Rusia y Ucrania. El primer ministro eslovaco, Robert Fico, afirmó que la Unión Europea “no puede debilitar a Rusia” y que no tiene nada que ofrecer en términos de paz, acusando a los países europeos de hablar solo en clave de guerra. Esa posición refleja que, incluso dentro del espacio europeo, no existe una única lectura sobre el rumbo militar impuesto por la dinámica atlántica.
La OTAN queda así atrapada en una contradicción fundamental. Si Europa obedece plenamente a Washington, consolida su papel como retaguardia militar, mercado cautivo y plataforma territorial de Estados Unidos. Si intenta emanciparse, descubre que carece de mando común, industria suficiente, disuasión nuclear autónoma, inteligencia integrada y voluntad política compartida.
El resultado es una alianza formalmente ampliada, pero políticamente más frágil. La entrada de nuevos miembros no ha eliminado las diferencias de intereses. Al contrario, ha aumentado la complejidad interna de un bloque donde conviven Estados dispuestos a escalar contra Rusia, Gobiernos que temen el coste económico del rearme, países que rechazan verse arrastrados a una guerra contra Irán y capitales que siguen esperando que Washington garantice su seguridad sin imponerles todos sus objetivos.
España ocupa en esta coyuntura un lugar especialmente relevante. Su resistencia al 5 %, su negativa a facilitar determinadas operaciones vinculadas a Irán y su defensa de un umbral propio de gasto militar muestran que la disciplina atlántica ya no opera sin fricciones. No es una ruptura con la OTAN, pero sí una señal de que el margen de obediencia automática se estrecha cuando la guerra, el gasto y la soberanía territorial entran en conflicto directo.
La encrucijada es clara. La OTAN puede reforzar su estructura de subordinación bajo mando estadounidense, obligando a Europa a financiar más intensamente una estrategia que no controla. O puede entrar en una fase de crisis prolongada, en la que cada Estado empiece a medir hasta dónde está dispuesto a comprometer sus recursos, sus bases, su espacio aéreo y su estabilidad interna en nombre de decisiones tomadas fuera de su propio marco nacional.
En definitiva, la OTAN no se enfrenta solo a un problema de gasto militar. Se enfrenta a una pregunta de soberanía: quién decide la guerra, quién paga la factura, quién pone el territorio y quién asume las consecuencias.


