Jesús D.Castillo
(México) Es escritor, obrero y empresario, además de militante de Vanguardia Mexicana. Es licenciado en Ingeniería Aeroespacial y autor de textos dedicados a la militancia de las Vanguardias Iberófonas Socialistas. Columnista en La República, donde aborda temas de política y filosofía desde una perspectiva socialista. Participa en talleres de lectura y debates filosófico-políticos, colaborando con figuras como Santiago Armesilla. Utiliza plataformas digitales para difundir ideas socialistas y fomentar el debate político.
Si las Moiras de la vida de las ideologías nefastas que lastran la acción revolucionaria de los pueblos existen, iríamos hasta el mismo inframundo por ellas para acabarlas; no podemos seguir permitiendo la acción de unas ideologías que nos mantienen en un estado crónico de inacción política. Y estos parecen ser, y son, el indigenismo y el hispanismo.
Desde Vanguardia Mexicana, si bien reconocemos la Leyenda Negra y sus consecuencias y luchamos contra ella, no es con otra intención que la de, primero, buscar la verdad, y segunda, construir hacia el futuro. Reconocemos que la base de un proyecto imperial como
lo supone la Iberofonía es los témpanos flotantes de lo que supuso la fragmentación de la Monarquía Hispánica, y no a partir del siglo XIX, sino desde 1640, con la fragmentación de lo hispano y lo luso. Ahora bien, una cosa es reconocer esto y otra muy diferente es
quedarse observando el pasado mientras el presente se va a la mierda y a nuestra gente la pisotean robándole hasta el último soplo de su alma.
El hispanismo realmente existente es precisamente uno de esos lastres que menciono arriba. Es un lastre pesadísimo que mantiene a cierto grupo de personas que parecen ver el pasado como una especie de reliquia intocable, y lo peor: aún luchan por una narrativa pasada y no presente, y, si cuando hablan del presente lo hacen desde un prisma occidentalista, están cerrando el círculo de lo que el enemigo histórico desea: que sus vasallos, esclavos y putillas le sean fieles al final.
Creen genuinamente (o perversamente) que la Monarquía Hispánica es una rama más de Occidente, sin embargo Carlos I no descansó en su lucha contra el cisma protestante (recordemos que Occidente proviene de una definición descrita por Lutero), Felipe II mantuvo una posición firme respecto a la protestantización de las Provincias Unidas —hoy Holanda— precisamente por una cuestión religiosa y secesionista. Y así lo hicieron los Austrias hasta donde se agotó la dinastía; incluso los Borbones, por inercia u otra cosa, lo hicieron: lucharon contra ese ente protestante anglo-germánico.
Los hispanistas de hoy se posicionan ante la realidad actual justamente del lado del enemigo, y, peor aún, a algunos les parece que España llegó a América a rescatar de la barbarie a los indios, siendo que fue más una síntesis que una imposición, y es una forma
de distorsión muy gorda respecto al imperio, al igual que los indigenistas. Y aquí es donde encontramos los puntos de conexión de todo esto: ambos parten de lo que supuestamente supuso el “imperialismo” español. Unos lo hacen desde el prisma supremacista de que así haya sido un saqueo y forcejeo religioso, también algunos que cuestionan el hecho de por qué no se convirtió en un coloniaje tipo belga, francés o inglés. Por otra parte, el indigenista parece ser que le gusta arrastrar lo que esto infligió; hablan de la herida
abierta, no hay más que leer a Galeano.
Ambos, perdidos, parten de un lugar equivocado; ambos parecen haberse enfocado más en temas socioculturales, pero a la hora de hacer algo verdaderamente revolucionario se quedan petrificados ante la dura realidad. El hispanista promedio de hoy mantiene la línea de contener las instituciones anglosajonas porque son cristianas, pone por encima unos ideales democráticos, y, sí que lo vi, se desvivieron por Trump en su momento por políticas anti-woke y demás; también estuvieron de acuerdo con el secuestro de Maduro en Venezuela. Ya en el periódico La Iberofonía se hizo un manifiesto posicionándonos contra dicha movida geopolítica estadounidense. También, por una extraña razón, apoyan el ataque estadounidense a Irán, simplemente dando bandazos de izquierdas indefinidas. Por su parte, el indigenismo ya sabemos de lo que parte: también de la gloria de un pasado que nunca vivió, de una época que no alcanza, sobre unas personas superiores en todo sentido. Y el tema aparte de estas ideologías es una cuestión de
izquierdas indefinidas, incluso algunas de derechas extravagantes [teología de la liberación], donde no proponen un proyecto definido contra el Estado. ¿Cómo, si muchas de ellas comen de ese Estado?
Así como Juan Miguel Zunzunegui como Pedro Salmerón son unos incompetentes políticos, porque por su parte Zunzunegui se posiciona como ciudadano del mundo, completamente cosmopolita liberal y, por tanto, con una cosmovisión política liberal anglosajona. Su contraparte, Salmerón, come del Estado mexicano, de un Estado que mantiene políticas [neo]liberales y subordinado a EE. UU., porque sí: MORENA baila al son que le impone el señor Trump. Ya se comentó en MORENA, el partido yorkino.
Mientras seguimos en esta debacle narrativa, retórico, la vida diaria de todo mexicano e iberófono se lleva con dificultad, viéndonos arrastrados por una inercia geopolítica, incluso doctrinal, ajena a nuestros propios intereses.
Mientras no construyamos una doctrina por y para nuestros intereses, junto con un partido de vanguardia, poco tenemos que decir en y al mundo; no tenemos la fuerza de dar un golpe en la mesa; cada uno de nosotros está divagando en cosas que no tienen ni pies ni cabeza. El más claro ejemplo está en la crítica que le damos tanto al liberal antimarxista Zunzunegui como al liberal antimarxista Salmerón, nombres conocidos en el ciberespacio, pero no en los libros de revolucionarios.


