SED DE DIOS IV

La pedagogía de Dios.


Elena Alonso Elena Alonso

(España) Ha trabajado en los últimos años en el ámbito de la escritura y los procesos de creación, acompañando a dramaturgos y guionistas y desarrollando una trayectoria independiente. En la actualidad se dedica a la lectura en voz alta de clásicos españoles como forma de recuperar nuestra identidad. Recientemente ha vivido una conversión profunda al catolicismo, que ha transformado su manera de comprender la cultura, la palabra y su sentido dentro del mundo. Dirige el club de lectura ENVOZALTA, un espacio de lectura en voz alta concebido para acompañar a jóvenes y mayores y contribuir a la recuperación de valores fundamentales a través de los clásicos.

Lo primero que vio América cuando llegaron los españoles fue un altar.

Antes de que en América hubiera una universidad o una catedral, antes incluso de que existiera una ciudad, hubo una misa.

En 1494, un sacerdote elevó por primera vez el Cuerpo de Cristo sobre un continente que nunca había escuchado el nombre de Dios. Aquella primera misa documentada, celebrada en La Isabela el 6 de enero de 1494, marcó el verdadero comienzo del Imperio Español.

Dios pudo haber llevado el Evangelio al Nuevo Mundo de muchas maneras, sin embargo, los primeros misioneros descubrieron muy pronto que, antes de comprender el misterio de la Eucaristía, había una verdad que un corazón humano era capaz de reconocer: el abrazo de una madre.

La Virgen fue la gran mediadora en la Evangelización. Los misioneros llevaron desde el principio una profunda devoción mariana.  Cuando mostraban una imagen de la Virgen María, estaban enseñando que Dios se había hecho hombre, nacido de una mujer. No era solamente una imagen bonita, era una catequesis sobre la Encarnación del Hijo de Dios. Por eso, María fue comprendida inmediatamente no como una diosa, sino como una Madre que introduce en la familia de Dios.

La Iglesia enseña que María no sustituye a Cristo, sino que nos lleva a Cristo, nos lleva a Dios. Como dijo en las bodas de Caná, justo al inicio de la vida pública de Jesús:

«Haced lo que Él os diga.»
(Evangelio según San Juan 2, 5)

Mientras estudiaba la evangelización de América comprendí, con asombro, que Dios había seguido conmigo exactamente el mismo camino.

Mi vida sin Dios.

«Os digo que habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.»

(Evangelio según San Lucas 15, 7)

He tenido que borrar y redactar de nuevo varias veces esta parte del artículo. Todavía me cuesta entender lo que ha pasado y mirar hacia atrás con cariño, con confianza, no en mí, sino en Dios. Miro atrás con rabia, buscando culpables de mi orfandad. Porque el ego nos hace buscar culpables fuera de nosotros, y, no sólo nos hace eso, sino que absurdamente nos creemos liberados por ello. Cometo un error, porque Dios no nos mira así, no nos apunta culpándonos.

Lo que Dios permite es un misterio para nosotros. No podemos entenderle, por más que lo intentemos, porque es Dios, y Dios es Misterio, y el Misterio nos supera. Así, nos queda la opción de fiarnos de Él, de confiar en Él, y descubrir, así, la bondad de Dios.

Cuando nos encuentra, Dios solo se alegra (me viene a la mente esa parábola del Evangelio según san Lucas del “hijo pródigo”, que, en el momento en que el padre avista de lejos al hijo perdido, según el evangelista, “se le conmovieron las entrañas”. No puedo imaginar una alegría interior mejor descrita que esa. A mí me conmueve profundamente el imaginar cómo interiormente se sintió el padre al recobrar a ese hijo perdido). Dios no nos llama por nuestros errores, para recriminarnos, para aleccionarnos. Nos llama simplemente por nuestro nombre. No le importa lo que hayamos hecho, porque nos ama infinitamente por encima de eso; sólo le importa habernos encontrado, recuperarnos, y que permanezcamos en Él, que no nos vayamos nunca más de Él, del amor de Dios.

Hasta los cuarenta y tres años, viví una vida muy desordenada según la Iglesia. Yo no conocía la Palabra de Dios ni la doctrina católica. Ignoraba el significado de la castidad y del matrimonio, simplemente porque nadie me lo había explicado.

Mis padres nunca me hablaron de Dios. Nunca me hablaron de sexualidad.

En eso me descubro parecida a tantos hombres y mujeres de América antes de que llegaran los primeros misioneros. No habían oído todavía el anuncio de Cristo, y, solo después de recibirlo, comenzaron a mirar todo de otro modo.

Mis padres se divorciaron cuando yo tenía seis años y aprendí que una familia se deshace con la facilidad con la que se cierra una ventana.

Sin principios morales, entregué mi virginidad sin comprender el valor que tenía. Y empecé a acumular en seguida desencuentros con hombres. Más tarde también con mujeres, porque sin Dios, la medida del bien de las cosas era mi deseo por ellas. Esa era también mi idea de la libertad. Vivía sin saber qué era bueno y qué era malo. Creyéndome muy libre y siendo totalmente presa y esclava de mis pasiones. La única autoridad era mi deseo.

A los cuarenta y tres años, estaba espiritualmente quebrada, pero no me daba cuenta.

Una vez, mi madre, al poco tiempo de mi conversión a la fe católica, me dijo que mucha gente no cree en Dios y, sin embargo, no se desordena tanto como yo. Pensé que también hay muchos que, buscando llenar un vacío que no se sacia con nada, caen en profundas depresiones, o desarrollan una adicción, o se quitan la vida sin entender lo que ha pasado.

María

Entonces, una tarde, viviendo con una mujer y con dos hijos de dos padres distintos, la Virgen María vino a por mí directamente, sin intermediarios. Como una madre que, viendo que su hijo no regresa a casa, sale en su búsqueda por los caminos, hasta que lo encuentra y lo lleva consigo de regreso.

Supe que era Ella, porque no sabía nada de Ella. La Virgen María no existía antes de esa tarde, no tenía nada que ver conmigo; era una superstición.

Y, de pronto, sin que nadie me contara nada, sin ninguna catequesis, sin ninguna conversación, y sin ninguna duda, experimenté que la Virgen María es real, que me miraba y me quería muchísimo. Y, entonces, no había forma de parar de llorar y de sonreír, de llorar y de sonreír…

Su amor fue inmediatamente correspondido por mí. Dentro de mi corazón, se prendió una luz donde, hasta entonces, solo había oscuridad. La Virgen me invitaba a seguirla, y la seguí.

Empecé a hablar de Ella a todo el mundo.

La Virgen existe! – decía.

Les contaba que estaba con Ella, que me había encontrado. Repetía que era real, de verdad, que nos quiere, que es nuestra Madre. Intentaba encontrar a alguien que creyera en Ella, pero todavía no conocía a ningún católico. Recuerdo que miraba las cadenitas de oro de algunos conocidos, y, si llevaban a la Virgen al cuello, la señalaba: “es la Virgen”, les decía ilusionada. Y no sabía qué más decir, porque yo quería que me contaran cosas de Ella, pero nadie me contó nada ese verano.

Nunca había rezado. No me sabía ninguna oración. Tampoco tenía ninguna estampita con su imagen. Tenía su amor y el quererla, y esa era mi manera de rezar con Ella.

Dejé de escuchar programas de política y, en su lugar, la Virgen inspiró en mí el anhelo de recibir educación espiritual. Puso en mi corazón el deseo de acudir a la Iglesia Católica. Y todo lo que Ella me indicaba era Verdad.

Durante esos meses, la relación con María era un reino que se situaba por encima de todas las cosas. La Virgen velaba mi entendimiento, quiero decir, me dejaba llevar, no me daba cuenta de que no entendía lo que estaba pasando. Estaba con María y me dirigía a la Iglesia Católica.

Fue más tarde, a los meses de mi conversión, cuando me di cuenta de que todo era sobrenatural.

Creo que, ese verano, mi familia no me tomaba en serio. Supongo que era tan extraño que no le daban importancia. Además, vivíamos en Cataluña, no iba a misa todavía, porque quería que fuera en español.

Entonces vino la primera sorpresa: repentinamente, decidimos mudarnos a Madrid, mi ciudad natal, de la que me había marchado dieciséis años antes con la intención de no volver. La Virgen María me indicó que, en Madrid, desde la primera semana, iríamos a misa todos los domingos.

El día siete de septiembre, entrábamos, mi hijo de nueve años y yo, por primera vez, en la parroquia de Santa María de Caná, en Pozuelo de Alarcón.

La primera Misa.

Cuando los españoles fundaban una ciudad no comenzaban levantando un palacio. Ni una fortaleza. Ni un mercado. Levantaban un altar. La ciudad nacía alrededor de la Eucaristía. Esto responde a una mentalidad profundamente medieval: Cristo debía habitar primero la ciudad. Después, vendría todo lo demás, las casas, las tiendas…. Para un español del siglo XV, eso era perfectamente lógico. Hoy pensamos que una ciudad comienza cuando se levantan las casas, los comercios… Ellos pensaban que comenzaba cuando se levantaba un altar.

Muchos siglos antes de que yo atravesara por primera vez la puerta de una iglesia, otros españoles habían atravesado el océano para llevar la misma misa a un continente entero, y el Señor se había servido de la Virgen María para llevar al Nuevo Mundo la Eucaristía.

Las primeras expediciones y los primeros misioneros fundaban iglesias y conventos dedicados a la Virgen. Rezaban el Rosario, celebraban sus fiestas y enseñaban a los nuevos cristianos a acudir a María como Madre de Dios y Madre de la Iglesia.

Cuando entré por primera vez en una iglesia no sabía absolutamente nada. No sabía quién era Jesús. No entendía nada de la misa. No sabía rezar un Padrenuestro. Ni siquiera conocía a una sola persona católica.

Solo conocía a una persona: la Virgen María.

Durante mucho tiempo, pensé que aquello había sido una rareza de mi conversión. Hoy creo que no. Creo que Dios estaba repitiendo conmigo una pedagogía muy antigua, la misma con la que la Iglesia evangelizó un continente entero.

Madrid, 7 de septiembre de 2025.

Santa María de Caná es una parroquia con muchísima afluencia, probablemente, la que más de toda España. Al acercarnos esa mañana a la puerta, la puerta se abrió sola. Lo primero que me impactó fue que nadie nos mirara. Nadie me preguntó quién era, si era la primera vez que entraba en una Iglesia, cómo vivía. La sensación de bienvenida fue  muy inesperada.

La Iglesia nos acogía por completo, como no lo había hecho antes nadie. Porque yo comprendía que esa iglesia representaba a toda la Iglesia, y me sentía acogida por toda Ella. En ningún lugar me había sentido igual, ni en mi casa, ni en mi entorno, en ningún sitio.

Lo segundo que me causó una fuerte impresión fue la cantidad de gente. No había sitio para sentarse. Había personas en todos los bancos, y de pie en los pasillos. Gente incluso en los escalones del altar, con niños. Otros, por detrás de las flores, y mucha gente que se quedaba fuera, escuchando a través de altavoces.

Una vez dentro, sin lugar para sentarnos, sintiéndonos vergonzosos y torpes, nos dirigimos de la mano a un pasillo lateral, y allí, en un rinconcito, pegados a la pared, nos quedamos esperando como los demás. Mirando hacia la cruz, como ellos, sin saber lo que estábamos mirando ni quién se encontraba allí.

Empezó la misa y no entendimos nada, ni una palabra. Pero, por dentro, yo sentía como un grito de alegría, como cuando te estás acercando a alguien que quieres mucho y sabes que pronto le vas a dar un abrazo.

Como no sabíamos lo que había que hacer, mirábamos de reojo a los demás, y copiábamos todos sus movimientos. Durante las oraciones, nos quedábamos en silencio, y yo intentaba entender lo que decían. Hacia el final, toda la iglesia se arrodilló a la vez e inclinó la cabeza. Y yo sentí una impresión por dentro difícil de explicar, como un soplido sobre una herida, cuando de pequeño te hacías daño. Nos estábamos arrodillando sin saberlo, por primera vez, ante Jesús en el milagro de la Eucaristía.

Salimos de la Iglesia muy contentos, distintos.

– “La verdad es que me ha gustado”. –

dijo Julianillo al salir.

Desde ese día, empezamos a asistir a misa todos los domingos.

Dios comenzó por María; podía haber descendido del cielo como un adulto. No quiso. Quiso necesitar a una Madre. La Iglesia, al evangelizar, recorrió ese mismo camino que quinientos años después de llegar a América, estaba siguiendo conmigo. Yo no conocí primero a Dios. Encontré una Madre. Ella me llevó hasta la Iglesia. Y allí, me halló su Hijo.

« De Maria numquam satis. » ¹

De María nunca se dirá bastante. »)


Bibliografía: *María en el centro de la evangelización latinoamericana. El lugar de la Virgen en la reflexión pastoral de Monseñor Farrell, de Hernán Antonio Acosta.

¹San Bernardo de Claraval (1090-1153) Doctor Mariano y Doctor de la Iglesia.

Notas del teólogo Eduardo Francisco Pironio.

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