Román Hernández Suárez
(Colombia) Músico, arreglista y violinista en la Orquesta Sinfónica del Centro de Buenos Aires. Estudia Producción Musical en la Universidad Nacional de las Artes de Argentina y cursa el programa de Experto Universitario en Materialismo Político en el Instituto Beatriz Galindo. Se desempeña como secretario político de Vanguardia Colombiana, donde ha publicado artículos sobre filosofía política e historia.
El preconteo de los resultados de las elecciones en Colombia del pasado 21 de junio ha dado como ganador al candidato de derecha liberal Abelardo de la Espriella.
Aunque el Consejo Nacional Electoral (CNE), que es la institución que determina oficialmente al ganador, aún no ha dado el veredicto final, pues todavía falta el proceso de escrutinio, que puede tomar semanas de verificación en diferentes tribunales e instancias regionales, nacionales e internacionales, nada está escrito sobre piedra hasta que el CNE dé la última palabra.
De cualquier manera, lo más probable es que el resultado sea el mismo debido al mínimo margen de error que suele arrojar el preconteo, razón por la cual la mayoría de los medios de comunicación ya están dando por ganador definitivo al candidato de Trump.
Iván Cepeda sería el “perdedor” de esta contienda, entre comillas porque el resultado es prácticamente un empate técnico y porque, de cualquier manera, ni Iván Cepeda ni el petrismo deberían sentirse como si hubieran perdido. En el fondo ganó Iván Cepeda y ganó Petro; ganó su fundamentalismo democrático, ganó la democracia liberal que ellos defienden. El resultado que vimos el pasado domingo es precisamente esa democracia liberal en ejercicio.
Todos estos meses de campaña, montajes, mentiras, compra de votos y manipulación son la democracia realmente existente. Ya desde Aristóteles, hace más de dos mil años, sabemos cuáles son sus males y cómo termina, como para que, al día de hoy, hayan tantos que se estén sorprendiendo de que la democracia sea lo que en efecto es.
No se trata de caer en el error de culpar al pueblo por ir hacia donde las clases dominantes (y el imperio dominante “EEUU e Israel”) lo dirigen y lo empujan. Esa es precisamente la trampa de la democracia burguesa: culpar al pueblo de las decisiones y acciones que toman las élites, que esconden sus intereses tras el velo de la falsa “voluntad popular”, cuando en realidad hacen lo contrario, hacen lo opuesto a lo que la inmensa mayoría del pueblo quiere.
Las clases dominantes, al controlar los medios de producción, controlan también la cultura y la ideología dominante de una gran parte de lo que llaman “pueblo” que, como vemos en este caso, no es la mayoría de la sociedad:
Tomando como base los datos del preconteo de la segunda vuelta presidencial de Colombia de 2026, había 41.421.973 ciudadanos habilitados para votar (censo electoral) y participaron 26.345.364 sufragantes, de los cuales 12.959.542 votaron por Abelardo de la Espriella y 12.708.712 por Iván Cepeda.
Votó el 63,6% del censo electoral y se abstuvo el 36,4 %.
Del total de votantes:
- Abelardo de la Espriella: 49,66 %.
- Iván Cepeda: 48,70 %.
- Votos en blanco, nulos y no marcados: aproximadamente 1,64 %.
Decimos que Abelardo de la Espriella obtuvo el 49,6 % de los votos (omitiendo los millones de votos comprados y obtenidos bajo algún tipo de coacción), pero la participación electoral fue cercana al 63 %, mientras que la abstención rondó el 36 %.
De quienes salieron a votar, aproximadamente la mitad lo hizo por la izquierda indefinida del candidato de Petro (también liberal, aunque más en lo social). Por lo tanto, en términos generales, no es la mayoría de la población la que ha decidido nada; en el mejor de los casos ha sido una tercera parte que, por ser una minoría muy ruidosa, muchos no perciben como tal.
Es decir, aunque ganó con casi el 50 % de los votos emitidos, en realidad recibió el apoyo de aproximadamente el 31,3 % de todos los ciudadanos habilitados para votar.
En palabras simples, si imaginamos 100 colombianos habilitados para votar:
- 31.3 votaron por Abelardo de la Espriella.
- 31 votaron por Iván Cepeda.
- 36.4 no votaron.
- 2 votaron en blanco, anularon o dejaron el voto sin marcar.
Y si tomamos en cuenta a los menores de edad y demás población no habilitada para votar, podemos decir que es aproximadamente el 24 % de la población total el que está decidiendo el destino de más de 53 millones de habitantes y ciudadanos del Estado colombiano.
Y esa “tercera” parte (entre comillas porque insistimos en que realmente es mucho menos gente) no representa al pueblo colombiano. Es una minoría que representa los intereses de las clases dominantes o las llamadas élites. Esa tercera parte solo es la expresión de los intereses y la voluntad de las clases dominantes que, al ser dueñas de los medios de producción, controlan el poder político, económico y armado, así tienen la capacidad de dirigir, conducir e incluso empujar a la población hacia donde están sus intereses, que no son precisamente los intereses de la inmensa mayoría del pueblo colombiano, sino intereses privados, particulares, individualistas.
No es que la gente sea tonta (aunque es verdad que hay mucha gente tonta e ingenua); es que, mientras la clase dominante de este país sea mafiosa, derechista, narcoterrateniente, anglófila, machista, homofóba, liberal en lo económico y “conservadora” en lo social, así mismo va a ser el pueblo colombiano por influencia. “La ideología de la clase dominante es la ideología dominante de cada época”, y la clase dominante colombiana es determinada, a su vez, por el Estado o el imperio dominante en el orden internacional.
Por eso no se puede hacer ningún análisis serio sin reconocer que este resultado no es un fenómeno nacional. El resultado es solo la expresión colombiana de un proyecto geopolítico cuyos indicios ya pudimos ver en el Honduras Gate y que está detrás de la reconfiguración geopolítica regional (Perú, Bolivia, Argentina, Chile, Ecuador, etc.), donde están ganando candidatos que tienen los mismos discursos y patrones que Milei y Bukele, que obedecen a los mismos intereses y a los mismos poderes que Abelardo de la Espriella.
Mientras el hegemón regional sea Estados Unidos y nuestra clase dominante nacional sea esta alianza entre terratenientes, capitales financieros, narcoparamilitares, banqueros, rentistas y sectores ganaderos, quien mejor defienda esos intereses será quien más apoyo mediático, más popularidad y más probabilidades de ganar tendrá.
Y esto va a ser así una y otra vez, con algunas oscilaciones pendulares, no necesariamente hacia una toma de conciencia, sino por causa del hartazgo o del desgaste que, cada cierto tiempo, sufrirán los sectores que se hagan con el poder. Eso generará rechazo y hará que la gente vote por cualquier otra cosa que crean que no pertenece a la misma “casta” o “élite”, pero lo único que conseguirá será que esa misma “casta” cambie de rostro, de disfraz, de colores o de títere, que siempre es desechable.
Porque a quienes de verdad tienen el poder en Colombia y en el continente no los vota nadie. A lo mucho, y en el mejor de los casos, los votarán los colombianos con nacionalidad norteamericana, como aquellos que desde Miami votaron por Trump y después por Abelardo.
Por todo lo dicho, el perdedor no ha sido realmente el petrismo, ni la izquierda, el verdadero perdedor es el Estado colombiano. Pero desde antes de las elecciones. Y aunque hubiera ganado Iván Cepeda, igual habríamos perdido porque los problemas de Colombia no se iban a resolver con sus recetas de más “derechos humanos”, con más “democracia” ni más “paz total” (que ni era paz ni era total). Como tampoco se van a resolver con más libre mercado, ni con más sumisión a Estados Unidos e Israel, ni con más “valores tradicionales”, recetas de la derecha liberal.
Los votantes de Abelardo tampoco deberían celebrar mucho ni cantar victoria, pues tampoco se va a acabar nada de lo que creen que enfrentan. No se acabarán ni el narcotráfico, ni los grupos armados, ni el aborto, ni la ideología trans, ni la destrucción de sus “valores tradicionales”, porque esos son consecuencias, no causas.
Son consecuencias del modo de producción, del modelo económico que el mismo Abelardo de la Espriella defiende. Al primar la lógica del capital, el valor de cambio, el librecambismo como dogma económico y los derechos individuales-privados por encima de los derechos colectivos; no pueden esperar otro resultado que no sea el “liberalismo social” contra el que creen luchar mientras sigan apoyando el “liberalismo económico” que lo causa y sostiene.
Así como la llegada del petrismo fue producto del fracaso del uribismo, evidenciado en las numerosas protestas que hubo durante el gobierno de Iván Duque, con el gobierno de Abelardo de la Espriella ya sabemos lo que se viene. Es tan similar a Álvaro Uribe que seguramente pocas diferencias habrá entre sus gobiernos.
Por lo tanto, nos esperan cuatro años de reformas y ajustes contra la clase trabajadora, más sumisión a intereses anglosionistas y capitales extranjeros, y seguramente muchísimos escándalos de corrupción que generarán en el pueblo colombiano mucha indignación, mucha manifestación y mucho estallido social, pero muy poca capacidad de respuesta y organización real. Y eso es así por la faceta sociológica de la modernidad capitalista: escasa disciplina, individualismo exacerbado, crisis recurrentes y una tendencia permanente al estallido espontáneo; sin método, sin rigor, sin cohesión sólida y sin capacidad de arraigo profundo. Del mismo modo que razonan, actúan porque del mismo modo en que producen, razonan.
Tenemos casi todas las condiciones para una situación revolucionaria: malestar social, inestabilidad geopolítica, crisis de las élites, movilización de las masas y, lo más importante, relaciones de producción incompatibles con el desarrollo de nuestras fuerzas productivas. En otras palabras, es imposible desarrollar todo nuestro potencial industrial, agrícola, tecnocientífico y militar teniendo a la clase dominante que tenemos y a Estados Unidos como potencia hegemónica de la región. Su proyecto e intereses vitales dependen de mantenernos en el atraso, en el subdesarrollo, en el caos de la violencia y el narcotrafico.
Por eso, a pesar de tener las condiciones para una situación revolucionaria, todavía carecemos de aquello que convierte el descontento social en fuerza histórica efectiva: organización, disciplina y cohesión en torno a un proyecto sólido de largo aliento.
Como diría Marx:
“La clase obrera posee ya un elemento de triunfo: el número. Pero el número no pesa en la balanza si no está unido por la asociación y guiado por el saber”.
Y desde Vanguardia Colombiana decimos que ese “unidos por la asociación” son las Vanguardias Iberófonas, y ese “guiado por el saber” es el Materialismo Político.


