La Iberofonía
Equipo de edición de La Iberofonía, medio de comunicación del Ateneo Iberófono Juan Latino.
Nazaret Martín no encaja en el perfil decorativo con el que tantas veces se utiliza el mundo rural en el debate público. No aparece como postal amable, ni como voz pintoresca, ni como simple testimonio de la llamada España vaciada. Su interés está precisamente en lo contrario: es una ganadera y agricultora en activo que ha convertido su vida diaria en el campo en una plataforma de comunicación política, social y cultural.
Desde Torre de Don Miguel, en la Sierra de Gata, Nazaret Martín se ha consolidado como una de las voces rurales con mayor presencia en redes. Su canal de YouTube, Nazaret Martín C., reúne cientos de miles de seguidores y muestra de forma directa el trabajo con animales, la vida ganadera, los problemas de las explotaciones familiares, el papel de los mastines, la dureza de las campañas, los partos, los costes, la burocracia y la relación diaria con un territorio que no se entiende desde un despacho. Libertad Digital la describió ya en 2023 como una de las figuras más reconocibles del mundo “agroinfluencer”, vinculada a la ganadería de la Sierra de Gata y a un municipio de apenas unos cientos de habitantes.
Ese dato cambia la naturaleza de su participación en los III Encuentros de Vanguardia Española. No se trata de una intervención sobre “el campo” en abstracto, sino de una intervención desde una posición material concreta: quien trabaja, produce, cuida animales, depende de los costes, soporta normas y ve cómo las decisiones políticas aterrizan en el barro de cada día.
La relevancia de Nazaret Martín no procede solo de su oficio, sino de haber sabido convertirlo en relato público. En YouTube e Instagram no se limita a enseñar escenas rurales agradables; ha construido una narrativa propia sobre la supervivencia de las explotaciones familiares, la presión normativa, la relación entre turismo rural y trabajo ganadero, el papel de los perros de guarda, la lana, la burocracia, los precios y el cansancio físico y mental de una profesión que no se detiene. El Huffington Post recogía recientemente una de sus reflexiones sobre la ganadería como actividad sin tregua, con trabajo constante durante todo el año y con una presión que afecta a la salud y a la vida personal.
Ahí está la clave: Nazaret Martín no representa una nostalgia rural; representa una fricción real entre producción, regulación y supervivencia.
Su presencia en los III Encuentros de Vanguardia Española, dentro del marco España contra Europa, permite abrir una pregunta muy concreta: quién decide sobre el territorio que produce. Porque cuando se habla de soberanía no basta con hablar de leyes, fronteras o instituciones. Hay una soberanía más elemental: la de poder alimentar, criar, trabajar, mantener explotaciones familiares, transmitir oficios y sostener población en zonas que no pueden convertirse simplemente en decorado turístico o reserva sentimental.
Nazaret Martín aporta además un elemento generacional importante. No es la voz de un mundo rural congelado en el pasado. Es una mujer joven que maneja redes, cámara, edición, comunicación digital y lenguaje directo. Esa mezcla rompe el tópico del campo como atraso. Su figura muestra otra cosa: un mundo rural tecnológicamente comunicativo, políticamente consciente y capaz de disputar su imagen pública.
En ese punto, su papel puede ser especialmente útil para el encuentro. El campo suele aparecer en los discursos políticos como problema a gestionar: despoblación, ayudas, subvenciones, infraestructuras. Nazaret Martín puede desplazar el enfoque hacia una formulación más dura: el campo como base productiva sin la cual un país pierde autonomía material.
La cuestión no es si el mundo rural debe recibir más atención. La cuestión es si España puede seguir considerándose soberana mientras quienes producen alimentos, mantienen ganado, conservan territorio y sostienen pueblos quedan sometidos a márgenes imposibles, normas ajenas, precios ruinosos o decisiones tomadas lejos del lugar donde se trabaja.
También por eso importa su faceta de creadora de contenido. Su capacidad para reunir una audiencia amplia alrededor de escenas de ganadería, campo y vida rural demuestra que existe interés social, pero también que el relato dominante puede ser disputado desde abajo. Un vídeo sobre mastines, partos, ovejas, lana o explotación familiar puede tener más fuerza pedagógica que muchos informes institucionales. En 2025, por ejemplo, varios medios recogieron sus consejos sobre cómo comportarse ante mastines en zonas ganaderas, subrayando la necesidad de disfrutar del medio rural sin perjudicar a quienes viven y trabajan allí todo el año.
Esa es una de sus aportaciones más claras: traduce la vida rural sin domesticarla. No la convierte en decorado amable para consumo urbano. La muestra con sus conflictos, sus reglas internas, sus durezas y sus límites.
En Salamanca, Nazaret Martín puede introducir una idea incómoda: el campo no es periferia, es termómetro. Lo que allí ocurre —pérdida de rentabilidad, dependencia normativa, abandono institucional, sustitución de productores por intermediarios, presión sobre pequeñas explotaciones— anticipa problemas que después alcanzan al conjunto del país. Primero se vacía el campo. Después se vacía la capacidad de decidir.
Por eso su intervención no debería leerse como una cuota rural dentro del cartel, sino como una pieza necesaria para entender el trasfondo material del lema España contra Europa. Si el conflicto se plantea en términos de soberanía, el territorio productivo no puede quedar al margen. Y si se habla de poder, hay que empezar por una pregunta elemental: quién puede seguir produciendo y bajo qué condiciones.
Nazaret Martín llega a ese debate con una ventaja evidente: no necesita impostar cercanía con el terreno. Viene de él. Lo trabaja. Lo graba. Lo cuenta. Lo defiende. Y lo convierte en una conversación pública que ya no puede ser reducida al folclore ni al lamento.
En los III Encuentros de Vanguardia Española, su intervención puede servir para recordar algo que demasiadas veces se olvida: un país que pierde el control sobre su campo empieza a perder el control sobre sí mismo.


