Elena Alonso
(España) Ha trabajado en los últimos años en el ámbito de la escritura y los procesos de creación, acompañando a dramaturgos y guionistas y desarrollando una trayectoria independiente. En la actualidad se dedica a la lectura en voz alta de clásicos españoles como forma de recuperar nuestra identidad. Recientemente ha vivido una conversión profunda al catolicismo, que ha transformado su manera de comprender la cultura, la palabra y su sentido dentro del mundo. Dirige el club de lectura ENVOZALTA, un espacio de lectura en voz alta concebido para acompañar a jóvenes y mayores y contribuir a la recuperación de valores fundamentales a través de los clásicos.
“Mis padres no me ayudaron a creer en Dios ni a tener patria.”
Crecí en España en los años 80, ajena a las dos cosas, como quien tiene en el armario una ropa que nunca se pone, pero que no tira nunca a la basura.
La bandera me parecía símbolo de fachas y racistas.
Y no entendía por qué tenía que haber fronteras ni por qué era imposible que convivieran todas las religiones y culturas del mundo en armonía.
En cuanto a la religión católica, no tenía ni idea de lo que era. Me habían bautizado y, a la edad de la primera comunión, sin haber ido nunca a misa, me dieron a elegir. Y sin saber lo que decía, porque no sabía lo que era, dije que no, que por una videoconsola no estaba bien hacer algo raro en una iglesia.
Así llegué a la edad adulta, sin patria y sin Dios.
El resultado fue una gran confusión y un tremendo vacío existencial que trataba de saciar en relaciones destructivas.
Confundía la promiscuidad con el empoderamiento y me desvivía por lograr éxito profesional.
Hasta que fui madre.
Entonces todo se dio la vuelta y lo que estaba arriba, se puso abajo.
Inmediatamente, me di cuenta de que lo más importante que podía hacer en esta vida no era tener un trabajo exitoso, sino cuidar a mis hijos.
Descubrí que podía amar a alguien hasta dar la vida sin dudarlo un segundo.
Y que lo que había llamado amor hasta entonces, no era amor, eran ganas de vomitar.
Abandoné todo.
Me entregué por completo a ser madre, primero de una niña y después de un niño.
La maternidad me ayudó a renunciar a la vocación que tenía y me regaló otra posibilidad: la de ser escritora.
Escribí una trilogía sobre lo que estaba descubriendo y vendí, sin editorial, miles de libros.
Había ganado al relato de destrucción de la familia y había conquistado un camino más fiel a mí misma, pero todavía no tenía ni patria ni Dios.
Cuando la mayor cumplió quince años, me encontré un libro de Marcelo Gullo en una librería.
Me llamó la atención primero por el título, Madre Patria, y después por la imagen de la portada: un mapa de España amenazado por flechas por todos sus flancos.
Al leer la sinopsis, me topé por primera vez con el concepto “Leyenda Negra.” Me causó gran impacto leer que “los españoles nos habíamos creído una historia escrita por nuestros enemigos y que nos avergonzábamos de un pasado del que deberíamos sentirnos orgullosos.”
Me compré el libro pensando que a mi pareja actual, una mujer limeña, le resultaría interesante, ya que en varias ocasiones se había quejado de que “los españoles les robáramos el oro y perturbáramos la paz de sus sublimes incas con nuestras cruces.”
El libro lo acabé leyendo yo, sobre todo animada por el rechazo que a ella le causó, incapaz de cuestionar, por aquel entonces, ese relato que yo también compartía.
Fue un impacto.
Del profesor pasé a otros historiadores y filósofos y llegué también a los sacerdotes, donde me parece que se completan todas las explicaciones geopolíticas.
Entendí que España es católica y me sentí profundamente reconocida en mi cultura.
Con gran alegría y emoción, me sentí orgullosa de nuestra religión y de nuestra historia.
“Fue como haberme creído huérfana toda la vida y abrazar por primera vez a mi madre y a mi padre, que me estaban esperando.”
Hoy voy a misa todos los domingos, rezo el rosario, estudio Historia de la Iglesia Católica y honro nuestra bandera.
A nivel más íntimo, este viraje ha logrado que descubra el amor a mi padre, un hombre al que no había visto hasta que tuve patria y con el que ahora tengo una relación entrañable y cercana.
Alguien de quien me siento orgullosa hija y con quien comparto el mal genio, el buen humor y el patriotismo.
En la actualidad me dedico a descubrir y leer clásicos españoles en voz alta a personas que no llegan a esos libros por su propia iniciativa.
Recuerdo así valores que estamos olvidando y consigo, además, que mis socios retomen el hábito de la lectura.
A lo largo de estas entregas, iré compartiendo mi viaje a la profundidad de todas estas ideas para que hagas conmigo el camino al corazón de la Patria y siempre hacia Dios.
Decía Cervantes:
“La verdad adelgaza y no quiebra, y siempre anda sobre la mentira como el aceite sobre el agua.”
No cabe la menor duda de que así es.
El futuro se presenta oscuro, pero también lleno de esperanza.
La luz y la verdad siempre triunfan.
Que Dios bendiga a España y a la Hispanidad.


