Jaime Goig
(España) Presidente del Ateneo Iberófono Juan Latino, político, comunicador y escritor con amplia experiencia en medios (Onda Cero, El País…). Ha sido director de comunicación en varias empresas españolas y ha desarrollado proyectos en sectores donde compiten marcas como Apple o Google. Su trayectoria combina información, narrativa y producción audiovisual. Actualmente estudia diversas disciplinas en el Instituto Beatriz Galindo – La Latina. Es editor en La Iberofonía.
La XXVI edición de los Premios Defensa -enero de 2026- celebrada en la sede del Ministerio , vuelve a poner de relieve una cuestión recurrente en la relación entre poder político, Fuerzas Armadas y grandes medios de comunicación: el estrecho perímetro ideológico dentro del cual se reconoce y legitima el llamado “periodismo de defensa”. Bajo el lema de la lucha contra la desinformación y el fortalecimiento del vínculo entre sociedad y Ejército, los galardones han premiado trabajos y trayectorias que, lejos de introducir miradas realistas, refuerzan de forma casi unánime el marco narrativo institucional del propio Ministerio de Defensa.
El acto estuvo presidido por la ministra Margarita Robles, quien subrayó el “rigor” y la “profesionalidad” de los premiados, agradeciendo su contribución a visibilizar la labor de las Fuerzas Armadas en un contexto internacional marcado por la guerra y la inseguridad. Sin embargo, una lectura atenta de los trabajos reconocidos y de los medios a los que pertenecen sus autores revela un patrón claro de alineamiento con posicionamientos rusófobos (en lo relativo a Ucrania y al despliegue militar en Europa del Este) y falsarios en cuanto política interior.
Los premios han recaído en periodistas de EFE, El Español, Cadena SER y Telecinco, es decir, las principales agencias y grupos mediáticos del país, todos ellos caracterizados por una cobertura homogénea en materia de defensa, seguridad y política exterior apta sólo para reforzar una imagen profesionalizada, técnica y poco cuestionable de la política de Robles.
Resulta significativo que buena parte de los reconocimientos estén vinculados directa o indirectamente a la guerra en Ucrania, presentada de forma sistemática bajo una narrativa dicotómica y sin fisuras. El reportaje audiovisual sobre “dos años de invasión rusa”, la cobertura radiofónica del adiestramiento de la OTAN en Eslovaquia o el trabajo escrito desde una misión militar española en ese país reproducen sin matices el discurso euroatlántico dominante.
En este contexto, las palabras de Robles sobre el “respeto al orden jurídico internacional” por parte de las Fuerzas Armadas españolas funcionan menos como una afirmación contrastada que como un cierre discursivo: el premio reconoce la confirmación pública de un relato previamente consensuado. Algo similar ocurre con las intervenciones del secretario general de Política de Defensa, Juan Francisco Martínez Núñez, quien apeló a una “conciencia de defensa basada en valores”, sin precisar ni cuales son, ni desde donde se definen.
Incluso el ámbito académico-jurídico, representado por el premio concedido a Octavio Canseco por su estudio sobre el control de inversiones extranjeras en defensa, se mantiene dentro de los márgenes técnicos y administrativos, sin cuestionar la creciente imbricación entre industria militar y poder político.
Pero lo más sangrante es el premio concedido en la categoría de fotografía por el trabajo “Todos a una”, centrado en la actuación de las Fuerzas Armadas durante la DANA, trabajo que introduce un elemento particularmente problemático en el balance global de los Premios Defensa; y no tanto por la calidad técnica del reportaje gráfico —que no está en discusión—, sino por el uso institucional del reconocimiento como mecanismo de cierre narrativo sobre una gestión nefasta.
Durante los episodios más graves de la DANA, distintas administraciones autonómicas y locales señalaron retrasos en la activación de medios militares, falta de coordinación interministerial, una respuesta fragmentada, un abandono casi total por parte del ministerio de defensa y una obstrucción, que algunos califican de deliberada, en las tareas de auxilio. Estas críticas no procedieron únicamente de actores políticos, sino también de servicios de emergencia civiles, voluntarios y responsables municipales sobre el terreno.
Sin embargo, el relato que acaba siendo premiado no aborda estas negligencias, ni siquiera de forma tangencial. El foco se desplaza hacia la imagen del soldado en labores de ayuda, reconstrucción y asistencia, aislada del contexto decisional y operativo que condicionó esa intervención. El resultado es una representación visual eficaz, pero falsa, que despolitiza una actuación vergonzosa por parte de Robles.
Así, el Ministerio de Defensa consolida una lectura unidireccional: la de una presencia militar que, sin embargo, no existió, al menos tal y como es oficialmente relatada.
Una foto es muy socorrida: no contiene análisis de tiempos de respuesta, actuación de las cadenas de mando o responsabilidades administrativas. De este modo, el premio opera como una validación institucional, es decir, como tapa vergüenzas porque funciona como instrumento de recomposición del relato tras una crisis en la que el Ministerio estuvo muy lejos de estar a la altura. La fotografía premiada no desinforma, pero tampoco informa sobre aquello que estructuralmente falló, contribuyendo a una memoria visual selectiva que desplaza el foco de la gestión a una épica que brillo por su ausencia en la actuación ministerial.
La paradoja es evidente: en un contexto en el que se invoca la lucha contra la desinformación, se premia una representación que omite deliberadamente los elementos más discutidos de la actuación, reforzando una cultura de defensa basada más en la imagen y el consenso que en la rendición de cuentas.
En el tiempos de “los bulos”, el problema no parece ser la ausencia de información, sino la falta de rigor en los marcos desde los que se informa y se premia.


