Erick Tosar
(México) Licenciado en Organización de Personal Empresarial, columnista del medio independiente mexicano Revolución 2.0 y crítico de cine para la revista digital Cine O’culto (2018-2019). Creador de contenido para YouTube enfocado principalmente en el análisis y crítica de cine, tomando como coordenadas la historia de México, la historia en general, el materialismo filosófico de Gustavo Bueno y las perspectivas del materialismo político fundado en Vanguardia Iberófona, desde una perspectiva crítica social mexicana.
En México, el capo más buscado por Estados Unidos, Nemesio Oseguera Cervantes (alias, el Mencho), fue abatido el 26 de febrero del 2026, dejando un hueco de poder que como todo mexicano sabe, no tardará en ser llenado.
Su “entronización” como el más alto mando del Cártel Jalisco Nueva Generación se dió (como no podía ser de otra forma), a la sombra de toda institución política mexicana. Y cabe considerar que cuando se trata de organizaciones delictivas de este tipo, intuitivamente estas optan por las formas más eficientes de organización “política”.
En el caso de los carteles, su sistema de justicia es tajante y sin trámites: “Ojo por ojo, diente por diente”, sin juicios, sin abogados, ni papeles. De la misma manera, sus “presidencias” no se darán por votos con partidos internos representándolos, sino que se darán tautológicamente por los resultados que el candidato y miembro del cártel reporte:
“Este es el mejor, por ende es el más apto”.
Entonces, su poder es absoluto y con efectos de inmediatez, pero así también lo son sus instituciones ya sea de justicia, financieras, comerciales, etc. Todo esto, claro, frente y contra el complejísimo proceso de las instituciones del Estado mexicano en todos sus niveles, al punto de que México es blanco de quejas por su excesiva “burocratización” de todo.
Las narco burguesías, son en muchos casos, comparadas y citadas como monarquías simplemente como analogía coloquial para enfatizar el poder de sus líderes. Pero hay algo que no se puede perder de vista y es el hecho de que los mismos gobiernos mexicanos, quieren una tajada de esas riquezas y privilegios venidos de la inmediatez de las narco instituciones.
Debido al opaco y secreto juego de colaboración que existe entre las “monarquías del narco” y los políticos federal-estatales mexicanos, se sabe al menos, que el político mexicano desearía no frenarse para llenar sus bolsillos en exceso. Sin embargo, el político mexicano debe portar la máscara de rectitud que su cargo exige y vestirse de corbata, negando cualquier acusación que le manche el nombre.
El político mexicano lleva al menos 200 años, no sólo citando al pueblo como su núcleo de poder, sino también sacralizando dicho poder si este se pone en favor del pueblo. Tal verborrea, es incomprensible para el político mexicano que la usa como estrategia para ganar votos.
Solo hay que dar un vistazo al inicio de la historia del México independiente, para darse cuenta que en el llamado “país azteca”, jamás se ha entendido aquello de la “democracia representativa” y es muy claro el por qué: las sociedades prehispánicas, así como el virreinato de la Nueva España, jamás conocieron tal cosa como la “democracia representativa”. Y dicha metodología (democracia representativa), es ajena totalmente al carácter del poblador de México, y esta no podría haber sido concebida desde su esencia, es decir desde su estructura. Núcleo, cuerpo y curso.
El primer formato de gobierno independiente de México, fue prudentemente un imperio tremendamente fugaz a cargo de Agustín de Iturbide. Pero de inmediato, debido al vacío de poder, la preocupada elite mexicana, se decantó por el republicanismo impulsado desde la Europa “liberal”, que como es bien sabido, nace en la famosa “Fuga de Varennes” en el marco de la revolución francesa.
La misma historia de transmisión y propagación del republicanismo francés, es la respuesta a la gran pregunta “¿Por qué México es incapaz de llevar a cabo una república de manera efectiva?”. Y es que la elaboración de una república liberal nacida de la revolución francesa, es una opción construida en respuesta a un problema francés, pero de ninguna manera lo es para un México independiente, quién viene con toda la inercia de las instituciones del imperio español del que se desprendió.
El republicanismo no está gestado ni ajustado al contexto español del siglo XIX, porque (permítaseme el humor) son países diferentes. Sin embargo, no es baladí señalar la diferencia entre España y Francia, ya que el sesgo de creer que un republicanismo francés puede hacer prosperar a un reino español emancipado como México, tiene su origen en la misma Francia, ya que el pilar de esta revolución es aquella de la “fraternidad de los pueblos”, impactada en el famoso lema “liberté, égalité, fraternité” (libertad, igualdad, fraternidad) impulsada por Maximilien de Robespierre. Es decir, la fatal creencia de que la humanidad es un bloque que debe llegar a la prosperidad, atenta contra la terca realidad que contiene el mismo motor de la historia: nos referimos a la dialéctica de clases, estados e imperios.
Al acabar muerto en Padilla Tamaulipas quién habría sido el primer emperador mexicano, Agustín de Iturbide, se organizan las primeras elecciones federales dando como ganador a José Miguel Ramón Adaucto Fernández y Félix, apodado “Guadalupe Victoria”. Sin embargo, después del sorprendentemente estable término de 4 años del primer presidente de México, el candidato favorito para llenar la silla presidencial, era nada más y nada menos que uno de los próceres mexicanos por antonomasia y figura insurgente destacada: Vicente Guerrero, quién al perder las elecciones contra su candidato rival, Manuel Gómez Pedraza, le arrebata la presidencia por las armas, claro no sin el apoyo de Joel Roberts Poinsett y de su facción masónica. México parece no entender de qué se trata la República.
El mexicano, quién desde antes de Cristo siempre había funcionado a través de monarquías y quién jamás conoció tal cosa como la “democracia representativa” sino hasta meses después de las independencias, era vulnerable a ver en las presidencias, no un servicio al pueblo como lo pretende el republicanismo, sino como la oportunidad de sentarse en el trono ahora que la monarquía no estaba. Al momento de faltar la monarquía, podemos pensar en un arco de medio punto que al perder su respectiva clave (aquella piedra que se sienta en el centro y punto más álgido del arco), no hace más que derrumbar el resto del arco. La élite mexicana no entendería la democracia representativa sino como la oportunidad de subir al trono al menos por unos años, cosa que no podría haber sucedido a falta de los correspondientes títulos nobiliarios y estirpe. La democracia en México se convierte entonces en el concurso por una codiciada corona conceptual.
El desorden y pelea por la silla presidencial a pocos años de haberse dado la “independencia”, dió origen a absurdos como aquel del presidente José Villalpando, quién ocupó el cargo como presidente interino por 7 días, teniendo por única vez en la historia los tres poderes de la Unión a su disposición (tres poderes venidos desde la famosa obra francesa revolucionaria El espíritu de las leyes de Montesquieu).
Sus días de presidencia fueron interrumpidos a balazos, en favor de otro candidato, Anastasio Bustamante, quién en la historia se levantó en armas contra el prócer Vicente Guerrero.
Posterior a esto, quedan tres presidentes al mismo tiempo en un suceso llamado “el Triunvirato”, el cual dura 9 días y da paso a la presidencia de Bustamante la cual tiene que ser interrumpida tras dos años en el poder, para pelear contra Antonio López de Santana dejando a Melchor Múrquiz como interino por 5 meses, para después regresar a la presidencia y ser derrocado y exiliado a Europa.
Hablando de Antonio López de Santa Ana, este también llega a la presidencia a pesar de haber sido cazado por otro presidente y se queda en el poder por 30 años, teniendo como estrella en su frente, el cargo de haber perdido el territorio mexicano de Texas.
Y si procedemos a describir y relatar las historias de las presidencias mexicanas, habrá un punto (como sucede en esta columna), que todo se vuelve irrisorio por la nula cohesión política que tiene México durante el siglo XIX, no solo por las entradas y salidas a la presidencia, sino porque México pasa también por la invasión estadounidense de 1847, la mencionada pérdida del territorio mexicano, la dictadura de Santa Ana (quien es un héroe o villano dependiendo de la década), las intervenciones francesas, el intento de instalar un segundo imperio, la dictadura de Porfirio Díaz, la guerra para su derrocamiento, llamada “revolución mexicana”, el asesinato vil del instigador de dicha revolución y presidente de México Francisco Madero, sucedido por un presidente que estuvo en el cargo por 45 minutos (Pedro Lascuráin), su reemplazo por la dictadura militar fugaz de Victoriano Huerta, los sucesivos presidentes (que también están tratando de eliminarse entre ellos), etc, etc, etc. Para por fin, llegar a la muy estable y cuestionable dictadura de 70 años del partido político más exitoso de México, el PRI, resultado de tan aplaudida ”revolución mexicana”.
En México, los cargos correspondientes a la monarquía, tuvieron continuidad siendo ocupados por civiles y militares bajo metodologías de “democracia representativa”, las cuales, como mencionamos antes, no son otra cosa que acceder al trono ya que el rey se ha ido.
Y esto es visible ya que el político mexicano, desde que maneja el ajeno método republicano, no ha dejado de ser un absolutista, excesivo, pomposo, excéntrico y déspota que trata de vivir como lo que cree que es un rey, cargo al que el criollo independentista siempre codició acceder y que defenderá con violencia y a toda costa. Por esa razón, el político mexicano, de alguna manera envidia la soltura e inmediatez con la que el narco-burgués opera sus cargos, y eso es porque el narco-burgués puede autodenominarse “Rey” sin el menor de los problemas.
México no entiende la democracia representativa porque la habría importado desde un contexto ajeno. Para el político mexicano, cualquier medio (presidencia) era válido para acceder a la única forma de política que había conocido por siglos y siglos: la monarquía.
Una solución política endémica de Francia (como lo es la República liberal francesa, ajena a los problemas de un México en formación durante ese trepidante siglo XIX mexicano), al ser echada fuera de su hábitat podría o morir o causar un desastre. Y supone lo mismo que si un sujeto bebiera toda una botella de cloro como solución a una infección, debido a que el cloro desinfecta.
Por esto, la tradición política de México que se hereda desde el primer disparo que emite Vicente Guerrero contra Manuel Gómez Pedraza, no ha dejado de contemplar el acceso a la presidencia como el vehículo para ser el rey a como dé lugar.
El político mexicano, hoy, ha perdido de vista que el propósito de la presidencia era reemplazar al trono, pero aún queda esa inercia por aspirar a ser la realeza por algunos años o incluso minutos.
Por el trono, el mexicano es capaz de hacerse el rey por medio del crimen, por el crimen, o el rey del mismo crimen.


