Jesús D.Castillo
(México) Es escritor, obrero y empresario, además de militante de Vanguardia Mexicana. Es licenciado en Ingeniería Aeroespacial y autor de textos dedicados a la militancia de las Vanguardias Iberófonas Socialistas. Columnista en La República, donde aborda temas de política y filosofía desde una perspectiva socialista. Participa en talleres de lectura y debates filosófico-políticos, colaborando con figuras como Santiago Armesilla. Utiliza plataformas digitales para difundir ideas socialistas y fomentar el debate político.
La idea principal que he sacado del libro —aunque aún me quede leerlo nuevamente y sacar conclusiones más detalladas— es el tema de México frente al mundo, de Crítica de la razón liberal. La política mexicana se ha visto afectada desde 1821 por una serie de fenómenos externos al mismo México. Los planes y programas han sido más consecuencia de políticas extranjeras que propias.
México se ha visto arrastrado por la inercia de la historia universal ajena a lo que pudiera hacer de sí para sí. La dialéctica de clases, Estados e imperios ha hecho de México un simple campo de batalla de estas luchas, por lo que en realidad no se ha tenido una verdadera política, no digamos ya centrífuga, sino que ni siquiera soberana.
Hoy se lucha contra el neoliberalismo. MORENA se posiciona fuertemente contra el neoliberalismo. Surge como consecuencia la doctrina obradorista —si es que le podemos llamar doctrina, que no creo que lo sea—, que plantea principalmente el humanismo mexicano; ese planteamiento lleva a poner en el mismo lugar a criminales que a personas que se ganan la vida a rajatabla por solo un plato de lentejas.
Pero el problema radica en que el neoliberalismo es el resultado natural del liberalismo clásico, es decir, una cuestión ideológica que se va formando fuera del mismo México, y este se ve arrastrado por las inercias de las relaciones internacionales y la geopolítica.
No es que Carlos Salinas de Gortari haya implantado el neoliberalismo en México por su propia voluntad política, sino que es la consecuencia de una compleja dialéctica entre imperios, y con la caída del muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética sería su fin más natural.
Al igual que el maravilloso PRI industrial, industrialista, proteccionista y desarrollista, que establece un Estado del bienestar, o una socialdemocracia muy bien organizada. Claro que no se le niega la acción política, doctrinal, económica y social que haya establecido Lázaro Cárdenas con su objetivo, pero también este y sus políticas se ven arrastrados por una serie de acciones imperiales muy particulares, de choque entre dos imperios, y México siempre se ha posicionado en favor de su padrastro Sam para que continúe su hegemonía hemisférica y de supremo líder y protector de América.
La socialdemocracia termina de cuajar en el periodo de reconstrucción de posguerra, y no es casualidad que estos hayan sido los años del Milagro Mexicano. Al agotarse la reconstrucción y con los nuevos planes imperiales neoliberales, el PRI y sus políticas también se ven, curiosamente, agotadas.
Como aquel sujeto que se ve arrastrado más por la reacción y la supervivencia que por ejercer lo que verdaderamente desea en la vida, México se ha visto envuelto en la reacción y supervivencia de su propia existencia más que en volverse un verdadero actor que tenga una voz y presencia real en el mundo.
Por ello, Andrés Manuel López Obrador y hoy Claudia Sheinbaum son parte de una corriente geopolítica de la cual están coaccionados inevitablemente, porque han decidido entrar en las instituciones trazadas por el enemigo histórico y, al mismo tiempo, admirarlo e imitarlo: los Estados Unidos.
Si lo sucedido el pasado 22 de febrero en Jalisco no es más que parte del “reset” geopolítico estadounidense, queda claro lo explicado anteriormente. Tanto así que incluso las políticas domésticas están siendo implementadas, cuestionadas o saboteadas por el poder imperial estadounidense.
¿Dónde está entonces la soberanía de los pueblos, expuesta miles de veces por los mandatarios?
Eso sí, el mundo ardiendo y aquí, en México, peleándose por cuestiones de diputaciones plurinominales. Cosas de las democracias liberales burguesas.
No se pueden lavar los trapos sucios en casa, menos aún plantear una potente y efectiva política exterior


