Ceuta, otra vez: la vieja lección que España se niega a aprender

De Perejil a Fnideq: veinticinco años de un mismo aviso que nadie en Madrid quiere escuchar


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Equipo de edición de La Iberofonía, medio de comunicación del Ateneo Iberófono Juan Latino.

Volvemos a estar aquí. Cadáveres flotando en el Estrecho, comercios con las persianas bajadas, vecinos organizando guardias en sus propios portales, y un Gobierno que llega tarde, como siempre llega tarde. No hace falta remontarse muy atrás para reconocer el patrón: en mayo de 2021 fueron más de ocho mil personas las que entraron en Ceuta en apenas 48 horas, después de que Rabat aflojara deliberadamente el control fronterizo como represalia por la hospitalización en España del líder del Frente Polisario, Brahim Ghali. Hoy, cinco años después, la cifra se ha multiplicado varias veces y el patrón se repite con una precisión casi ritual: Marruecos abre la mano, España se desborda, y el Gobierno de turno reacciona con la misma mezcla de improvisación y eufemismo diplomático.

Que esto vuelva a ocurrir no es una fatalidad meteorológica. Es una decisión. Y conviene decirlo sin rodeos: ningún Gobierno que se precie de defender la integridad del territorio nacional puede permitirse ser sorprendido dos veces por el mismo mecanismo de presión. Si en 2021 se pudo alegar inexperiencia ante una maniobra nueva, en 2026 ya no hay excusa posible. Se sabía que podía volver a pasar. Se sabía cómo. Y ha vuelto a pasar exactamente igual, solo que peor.

Una historia más vieja de lo que parece: el fantasma de Perejil

Quien quiera entender la dimensión real de lo que está en juego en Ceuta y Melilla no puede ignorar el precedente de julio de 2002, cuando un puñado de gendarmes marroquíes plantó su bandera en el islote de Perejil, un peñón deshabitado de apenas doscientos metros cuadrados frente a las costas ceutíes. España tuvo que enviar tropas para desalojarlos. El episodio, que hoy muchos recuerdan como una anécdota casi cómica, fue en realidad un mensaje perfectamente calculado: Rabat no reconoce como definitiva la soberanía española sobre Ceuta, Melilla, ni sobre los peñones e islotes adyacentes, y está dispuesto a probar, de tanto en tanto, hasta dónde puede llegar sin pagar un precio real.

Perejil fue un globo sonda con banderas y fusiles. Lo que estamos viendo ahora en el Tarajal es un globo sonda con seres humanos como material de presión, algo bastante más cínico y, para quien sepa leerlo, bastante más inquietante. Porque la pregunta que toda esta crisis debería obligarnos a hacer no es solo “cómo gestionamos esta oleada”, sino qué pasaría si mañana Rabat decidiera, en lugar de aflojar la vigilancia migratoria, reclamar abiertamente la soberanía de Ceuta y Melilla, como ya hace de manera creciente en su discurso oficial y en sus manuales escolares. No sería la primera vez que Marruecos organiza una movilización de población civil como instrumento de presión territorial: la Marcha Verde de 1975, con trescientos cincuenta mil marroquíes cruzando la frontera del Sáhara Occidental bajo bandera nacional, sigue siendo el manual de referencia de la diplomacia alauita para resolver disputas territoriales sin disparar un solo tiro. Conviene recordar, además, que entre aquella marea humana de banderas marroquíes y ejemplares del Corán también ondearon banderas estadounidenses, un detalle que muchos relatos oficiales omiten pero que refleja con precisión de quién partió el diseño de la operación: el propio Departamento de Estado norteamericano, con Henry Kissinger al frente, planificó y respaldó logísticamente la Marcha Verde, convencido de que un Sáhara marroquí convenía más a los intereses de Washington que uno bajo la órbita de una Argelia entonces alineada con el bloque soviético. No es descabellado preguntarse si lo que hemos visto estos días en Ceuta no es sino un ensayo, a pequeña escala y con otro pretexto, de esa misma lógica: la de una potencia regional que actúa, con cobertura o aquiescencia de sus socios atlánticos, allí donde España se muestra más débil.

¿Por qué ahora, y por qué con esta intensidad?

Aquí conviene no perder de vista el tablero más amplio. España atraviesa actualmente sus peores relaciones con Israel en toda la etapa democrática: sin embajadores en ninguna de las dos capitales desde hace más de un año, con el propio Gobierno español calificando de “genocidio” la actuación israelí en Gaza, con un embargo de armas en marcha y con Tel Aviv acusando abiertamente a Sánchez de “librar una guerra diplomática” contra el Estado judío. A ello se suma una relación cada vez más tensa con Washington, con España negándose a ceder sus bases para operaciones contra Irán y manteniendo posiciones divergentes de la Administración estadounidense en varios frentes de Oriente Medio.

Marruecos, mientras tanto, ha profundizado exactamente en la dirección contraria, consolidándose como el socio preferente de ambas potencias en el norte de África: reconocimiento estadounidense de su soberanía sobre el Sáhara Occidental desde 2020 a cambio de normalizar relaciones con Israel ese mismo año, tres planes militares anuales consecutivos firmados con las Fuerzas de Defensa israelíes, fabricación de drones militares israelíes en suelo marroquí, un nuevo centro de formación militar conjunto con Estados Unidos en Tan Tan, y ahora un memorando de minerales críticos firmado con Washington que se solapa con aguas que España reclama por Canarias. Rabat ha sabido convertirse, en apenas un lustro, en el aliado indispensable de Washington y Tel Aviv en la región, precisamente en el mismo periodo en que Madrid se distanciaba de ambos. En ese contexto, no parece casual que sea precisamente ahora, con España más aislada que nunca de sus aliados tradicionales en el eje atlántico, quizas o simplemente nunca lo fueron, cuando Rabat decide volver a agitar la palanca migratoria. Cabe preguntarse, y no como ejercicio de paranoia sino como simple análisis de intereses cruzados, si Marruecos no está siendo utilizado, consciente o inconscientemente, como instrumento de desgaste frente a un Gobierno español que se ha distanciado tanto de Tel Aviv como de Washington en momentos clave. Un Gobierno debilitado en sus alianzas exteriores es, por definición, un Gobierno con menos margen para responder con firmeza a un vecino que conoce perfectamente sus puntos débiles y que, además, cuenta con la cobertura tácita de quienes hoy consideran a España un socio incómodo.

El Estrecho, la pieza que nadie quiere nombrar

Hay una razón de fondo, más antigua que Gaza y que cualquier embargo de armas, que explica por qué Washington necesita a Marruecos como aliado privilegiado en esta esquina del mapa: el control del Estrecho de Gibraltar, uno de los pasos marítimos más estratégicos del planeta, por el que transita una parte sustancial del comercio mundial y de los cables submarinos que conectan Europa, África y América. Quien controla ambas orillas del Estrecho controla, de facto, la puerta entre el Atlántico y el Mediterráneo. Y en ese tablero, Marruecos y Gibraltar ofrecen a Washington algo que España, atlantista pero cada vez más díscola, ya no ofrece con la misma docilidad: una base sólida, complaciente y sin fisuras políticas internas en la orilla sur.

Lo verdaderamente insólito es que sea precisamente España, y no Marruecos, quien debería jugar esta partida de mano ganadora. Pocos países en el mundo disfrutan de una posición geoestratégica tan envidiable como la española: puente natural entre dos continentes, bisagra entre dos mares, con Ceuta, Melilla y Canarias como avanzadillas atlántico-mediterráneas que cualquier potencia mundial envidiaría tener. Un país que supiera leer su propio mapa debería estar negociando desde una posición de fuerza, no mendigando estabilidad migratoria a cambio de mirar hacia otro lado. Pero los sucesivos ejecutivos españoles, de uno y otro signo, llevan décadas sin querer ver esa baza, o sin que les interese jugarla: es más cómodo gestionar crisis migratorias con parches diplomáticos que construir una política de Estado que ponga en valor lo que España realmente tiene sobre la mesa. Mientras Madrid mira para otro lado, Rabat sí sabe exactamente lo que vale su posición, y la vende al mejor postor.

La responsabilidad de gobernar

Nada de esto exime a Rabat de su responsabilidad directa y deliberada en la gestión de sus fronteras, ni convierte a Marruecos en una simple marioneta de intereses ajenos: el régimen alauita tiene su propia agenda, sus propias ambiciones territoriales sobre Ceuta y Melilla, y sus propios intereses en mantener a España en un estado de dependencia y vulnerabilidad migratoria permanente. Pero tampoco exime al Gobierno de España de la responsabilidad de haber llegado, otra vez, tarde y desarmado a una crisis anunciada. Se puede debatir sobre las causas últimas de la debilidad exterior española. Lo que no admite debate es que, cuando las fronteras de la Nación se desbordan por segunda vez en cinco años con el mismo mecanismo y el mismo actor detrás, hay un fracaso de Estado que ningún comunicado tranquilizador puede disimular.

España necesita, con urgencia, una política de fronteras que no dependa de la buena voluntad de Rabat, y una política exterior que no la deje aislada precisamente cuando más necesita aliados. Ceuta y Melilla no son un problema periférico ni un asunto menor de gestión migratoria: son la frontera sur de Europa y, cada vez más, el termómetro de hasta qué punto España sigue siendo capaz de defender lo que es suyo.


Editorial de La Iberofonía.

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