¿ES LA TERCERA GUERRA MUNDIAL UN ESCENARIO TAN IMPENSABLE PARA EL MUNDO?

Por Alfonso Díaz Cerrón


La Iberofonía La Iberofonía

Equipo de edición de La Iberofonía, medio de comunicación del Ateneo Iberófono Juan Latino.

Han transcurrido ya 81 años desde que finalizara la Segunda Guerra Mundial, cuyas consecuencias, entre otras muchas, fueron dejar un reguero de entre 70 y 85 millones de personas fallecidas, que en aquel entonces representaban aproximadamente del 3% al 4% de la población mundial.

Si hacemos paralelismos con la situación actual y nos situamos en el Período de Entreguerras, entre los años 1931 y 1939 existían 10 conflictos internacionales de repercusión considerable, tales como: la Guerra del Chaco entre Bolivia y Paraguay (1932-1935), la invasión japonesa de Manchuria (1931-1932), la cual fue sucedida por la Segunda Guerra Sino-Japonesa (1937-1945), la Guerra de Abisinia o Segunda Guerra Ítalo-Etíope (1935-1936), la invasión italiana de Albania (1939), la Guerra Civil española (1936-1939), la Batalla del Lago Jasán y la Batalla de Jaljin Gol en la frontera entre la URSS y Mongolia y el régimen títere japonés de Manchukuo (1939), la primera parte de la Guerra Civil China (1927-1937), la Guerra Húngaro-Eslovaca tras los Acuerdos de Múnich de 1938 y la posterior invasión y ocupación alemana de Checoslovaquia (1939), y la Guerra Colombo-Peruana (1932-1933).

Por otra parte, en la actualidad la situación no es particularmente halagüeña si la comparamos con la década de los 30 del siglo pasado, ya que, a fecha de agosto de 2026, existen incluso más conflictos activos de alta intensidad de los que existían en aquel entonces. Los más destacables serían los siguientes: la guerra entre Rusia y Ucrania, iniciada en 2022; la guerra entre Israel y Palestina, iniciada en 2023, y el conflicto ampliado al sur del Líbano entre las fuerzas de Hezbolá y las FDI de Israel; el conflicto regional entre Irán y EE. UU., iniciado con menor intensidad en 2025 con los bombardeos de instalaciones nucleares iraníes como Fordow o Natanz y recrudecido en 2026 tras el asesinato del ayatolá Alí Jamenei; la guerra civil de Yemen entre los hutíes y las fuerzas gubernamentales; la guerra civil sudanesa entre el Ejército de Sudán y las Fuerzas de Apoyo Rápido; el conflicto en el este de la República Democrática del Congo entre el grupo terrorista M23, apoyado por Ruanda, y el Gobierno congoleño; los conflictos entre los diferentes gobiernos soberanistas del Sahel contra filiales del Estado Islámico y Al Qaeda; la guerra entre el Gobierno somalí y el grupo terrorista Al-Shabaab, también fiel a Al Qaeda; el conflicto entre las fuerzas separatistas tigrayanas y el Gobierno etíope; la guerra civil birmana entre la junta militar gobernante y las Fuerzas de Defensa del Pueblo y otras milicias de etnias específicas; y los conflictos fronterizos entre Pakistán y Afganistán, y entre Pakistán e India.

Si contabilizamos los conflictos y guerras previamente enumerados, el resultado es un total de 12, ligeramente superior al escenario planteado para el final del Período de Entreguerras. No obstante, no es baladí destacar que ningún conflicto expuesto de la actualidad es comparable, en nivel de importancia histórica, militar y geopolítica, con la Segunda Guerra Sino-Japonesa. Por otra parte, desde el inicio de la Guerra Fría ha sido habitual que en el mundo hubiera un número considerable de guerras regionales sin que eso implicara una conflagración mundial.

Pues bien, sobre la base de todo lo planteado, pudiera parecer que estamos en un momento de la historia no tan diferente al que precedió a la Segunda Guerra Mundial. Debido a ello, me hago constantemente la siguiente pregunta: ¿cuál será la chispa que incendiará la pradera y que servirá de detonante para la Tercera Guerra Mundial, si es que sucede? La mayoría de analistas geopolíticos coincide en que, si China invadiera la isla de Taiwán —territorio que, dicho sea de paso, está reconocido como país soberano únicamente por 12 Estados, de los cuales solo Paraguay es de tamaño medio— mientras se mantengan activas al menos la guerra de Ucrania, la guerra de Gaza y la guerra de Irán, esto podría ser un desencadenante muy claro de una posible Tercera Guerra Mundial.

Pero todavía hay más: teniendo en cuenta que Rusia y Corea del Norte han firmado un Acuerdo de Asistencia Mutua, y que Corea del Norte está apoyando el esfuerzo bélico ruso en Ucrania con un máximo de 50.000 soldados sobre el terreno, no se puede dejar de alertar de que la Guerra de Corea (1950-1953) sigue activa y, en realidad, nunca quedó completamente cerrada, pese al establecimiento de las fronteras de ambas Coreas en el paralelo 38.

Esto quiere decir que, si esa guerra latente se reabriera, podría suponer un nuevo conflicto que, sumado a una eventual guerra en Taiwán entre China y EE. UU., enfrentaría de forma directa y abierta a Rusia y a la Unión Europea, debido al artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte, que obliga a asistir a un miembro que se encuentre en estado de guerra, y al artículo 4 del Tratado de Asociación Estratégica Integral entre la República Popular Democrática de Corea y la Federación de Rusia, que, de forma homóloga al artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte, indica que si Rusia o Corea del Norte entran en guerra con un tercero, se asistirán militarmente.

Sin embargo, pese a todo, se podría argumentar que los tratados muchas veces se incumplen o se interpretan a conveniencia. Como sucedió precisamente en la guerra del Nagorno Karabaj entre Armenia y Azerbaiyán, en la cual Rusia, en virtud del Tratado de Seguridad Colectiva firmado entre diversos países del espacio postsoviético, estaba en teoría obligada a intervenir en el conflicto en favor de Armenia, que es miembro de la OTSC. Lo que sucedió en realidad en este caso fue que Rusia efectivamente “asistió” a Armenia, pero de forma muy tangencial, simplemente mediando y estableciendo fuerzas de paz en el terreno. Básicamente, este fue un caso de reinterpretación a conveniencia del tratado, ya que, como el Nagorno Karabaj es territorio azerí oficialmente, Rusia argumentó, y no sin razón, que la invocación armenia del tratado no procedía en este caso.

Continuando con la posibilidad de una guerra en Taiwán entre EE. UU. y China, hay que decir que la República Popular China ha mantenido de forma innegociable la política de una sola China como baluarte de su política exterior desde el éxito de la revolución comunista en 1949. En este sentido, la reunificación para China es algo que sin duda puede esperar, pero que tarde o temprano deberá concluirse, ya sea de forma pacífica o violenta.

Actualmente, en el ámbito comercial, Taiwán depende considerablemente de China. En el plano de las importaciones taiwanesas, aproximadamente un 20% de las mismas procede de China, y en el plano de las exportaciones taiwanesas, aproximadamente el 30% de las mismas tiene a China como destino. Sin embargo, EE. UU. es ya un socio de Taiwán más relevante que China por el lado de las exportaciones, representando este destino algo más del 30% de las exportaciones taiwanesas.

Si Taiwán sigue por ese camino y EE. UU. se convierte en su socio principal por bastante diferencia, tanto por el lado de las importaciones como de las exportaciones, es muy posible que la reunificación pacífica que desea el Gobierno chino se complique considerablemente. Como es lógico, cuanto menos dependa económicamente la isla de Taiwán de China continental, más probable será que Taiwán sea menos renuente a una reunificación pacífica si China presionara mucho con el asunto, entre otras cosas porque tendría menos que perder si China anulara todo el comercio con la isla. De cualquier forma, la reunificación pacífica sigue siendo un sueño improbable mientras el PDP (Partido Progresista Democrático) se mantenga en el poder, ya que este partido es abiertamente separatista, y si no proclama la “República de Taiwán” es por miedo a que Pekín inicie una guerra de anexión forzosa. Diferente sería la situación de ganar el Guomintang las elecciones, cuya líder actual, Cheng Li-wen, promueve abiertamente la reconciliación con el continente y afirma sin despeinarse que Putin no es un dictador.

En lo que respecta a la OTAN, se vende a sí misma como una alianza inquebrantable que no dará su brazo a torcer frente a las amenazas existenciales que suponen los “regímenes autoritarios”, y más concretamente China y Rusia. No hay que dejar de preguntarse si esa mercadotecnia geopolítica es una realidad palmaria o si, en realidad, la OTAN no es más que un tigre de papel que parece muy fuerte a simple vista, pero que, si rascas un poco, sería derrotado con mayor facilidad de lo que parece en el campo de batalla real.

Hoy en día, lo que podemos saber con certeza es que existe un equilibrio geopolítico y un “orden internacional basado en reglas” establecido en Bretton Woods, nucleado en torno a instituciones creadas por EE. UU. y en su beneficio, así como en torno al “todopoderoso dólar estadounidense”. Pero, como es natural, potencias regionales como China, Rusia, Irán, India, Sudáfrica, Indonesia y Brasil —todas ellas países del grupo BRICS+— aspiran a generar un orden internacional menos basado en instituciones en beneficio de los estadounidenses, y donde cada vez más transacciones internacionales se realicen en otras divisas aparte del dólar. Es decir, son potencias que, sin perjuicio de las lealtades que puedan profesar y con independencia del sistema que apliquen en su suelo, por lo general tienen una imagen más favorable de la regionalización del mundo y del mundo multipolar (esto es, regionalización del poder), frente al hegemonismo norteamericano que poco a poco el mundo va superando y que se impuso en 1991, tras la caída de la URSS y la exitosa Tormenta del Desierto en Irak, donde prácticamente todo el mundo se plegó a las indicaciones y deseos de Estados Unidos.

Si superamos o no la Trampa de Tucídides en este periodo de transición en el que China se convierte en primera potencia mundial desbancando a EE. UU. es una incógnita que, sinceramente, yo no me atrevo a resolver, pero lo que está claro es que en relación con esta cuestión pivotarán las relaciones internacionales en el medio plazo, y es evidente que si tenemos o no una Tercera Guerra Mundial dependerá principalmente de estos dos actores con incidencia global.

Para concluir este artículo, diremos que una Tercera Guerra Mundial, pese a todo lo expuesto, sigue siendo un escenario bastante improbable, ya que, si bien la diplomacia actual es muy dinámica y los procesos de paz tienden a estancarse porque nadie logra imponer sus exigencias, también es verdad que los diplomáticos están en contacto continuo gracias a los avances que han experimentado las telecomunicaciones en las últimas décadas. Por todo ello, un conflicto que podría implicar, quizá y solo quizá, la destrucción mutua asegurada (la guerra termonuclear es en realidad solo una posibilidad, y no una realidad inevitable incluso en una Tercera Guerra Mundial) es un escenario que la diplomacia de los diferentes actores globales va a tender, si no a evitar por completo, sí a posponer lo máximo posible.

Artículos