Jaime Goig
(España) Presidente del Ateneo Iberófono Juan Latino, político, comunicador y escritor con amplia experiencia en medios (Onda Cero, El País…). Ha sido director de comunicación en varias empresas españolas y ha desarrollado proyectos en sectores donde compiten marcas como Apple o Google. Su trayectoria combina información, narrativa y producción audiovisual. Actualmente estudia diversas disciplinas en el Instituto Beatriz Galindo – La Latina. Es editor en La Iberofonía.
Artículo de análisis. Información contrastada hasta el 4 de septiembre de 2026.
Todo empezó en Puerto de Sagunto
La historia no me llegó desde Nueva York, Washington o Tel Aviv. Me llegó desde casa.
Soy de El Puerto de Sagunto (Valencia – España). Por eso, cuando leí en El Puerto 46520 una denuncia relacionada con el festival que Elrow tiene previsto celebrar aquí, decidí detenerme y comprobar qué había detrás.
La información procedía de la Coordinadora de Apoyo al Pueblo Palestino del Camp de Morvedre, CAP Camp, que se presenta como un movimiento de solidaridad con Palestina y de apoyo al boicot contra el apartheid israelí. La existencia y la orientación de la plataforma pueden comprobarse en su página oficial.
El punto de partida era muy concreto. El próximo 31 de octubre de 2026, Puerto de Sagunto acogerá el elrow Horroween Festival Winamax: doce horas de música, tres escenarios y un aforo superior a 25.000 personas. El Ayuntamiento de Sagunto lo presentó como una propuesta de alcance internacional y anunció un descuento del 50 % para las personas empadronadas.
Era, por tanto, una gran “marca cultural” aterrizando en un espacio local, promocionada institucionalmente y conectada con el asociaciones del municipio (Federación de Peñas y Junta Fallera)
La denuncia sostenía que elrow pertenecía a un “fondo israelí”, KKR, relacionado con empresas que operan en Israel y en los territorios palestinos ocupados. Empecé a tirar del hilo.
Y la primera comprobación obligaba a corregir la afirmación inicial.
La primera corrección: KKR no es israelí
KKR no es un fondo israelí. Es una firma estadounidense de inversión y gestión de activos alternativos, fundada en Nueva York y cotizada en la Bolsa de Nueva York.
Aunque habitualmente se hable del “fondo KKR”, KKR es una gestora que administra distintos fondos y vehículos de inversión. Sus clientes incluyen fondos de pensiones, aseguradoras, patrimonios privados, fundaciones y fondos soberanos. La propia compañía declara cientos de miles de millones de dólares distribuidos entre capital privado, crédito, infraestructuras y bienes inmuebles. Puede consultarse en su información corporativa y en su página sobre la compañía.
La corrección no es menor. Presentar a KKR como israelí convierte una estructura compleja en una consigna inexacta y ofrece a las empresas señaladas una salida fácil: basta con demostrar que KKR tiene su sede en Nueva York para desacreditar el resto de la denuncia.
Pero la corrección no cerraba la historia. La abría.
Porque la cuestión verdaderamente interesante no era descubrir un fondo israelí escondido detrás de una gran marca cultural española.
El verdadero interés era el de comprender cómo esa marca había terminado integrada en un conglomerado internacional controlado por grandes capitales estadounidenses e Israelies; cómo el mismo inversor mantenía participaciones concretas en Israel y en empresas relacionadas con los asentamientos de Cisjordania; y cómo todo ello se insertaba en una alianza política, militar, tecnológica y económica entre Estados Unidos e Israel que no tiene nada de secreta.
No hace falta una conspiración. Basta con seguir la estructura de propiedad.
Primer hilo: de Fraga a elrow
El origen de elrow está muy lejos de Wall Street. Su historia se remonta a una familia aragonesa dedicada al ocio y al espectáculo desde el siglo XIX. De esa tradición surgieron el Club Florida 135, el Monegros Desert Festival y, en 2010, elrow, fundada por Cruz y Juan Arnau.
La historia oficial de elrow describe una empresa especializada en fiestas electrónicas inmersivas: música, decorados monumentales, actores, confeti, performances y una estética inmediatamente reconocible. La marca afirma haber atraído a más de seis millones de personas y haber desarrollado residencias o espectáculos en Ibiza, Madrid, Londres, Ámsterdam, Dubái y Las Vegas, entre muchas otras ciudades.
Es decir, elrow sí es una empresa creadora, productora y organizadora de acontecimientos. No es simplemente el nombre comercial que aparece en un cartel.
En 2017 se produjo el cambio decisivo: elrow se integró en Superstruct Entertainment mediante un acuerdo de inversión que permitió acelerar su expansión internacional. La propia web de elrow todavía menciona a Providence Equity Partners como respaldo financiero, pero esa referencia está desactualizada: Providence vendió posteriormente Superstruct.
Arquitectura financiera. En Superstruct aparece el segundo nivel de la madeja. Por favor no se pierdan , les aseguro que merece la pena.
Superstruct: convertir festivales en cartera de activos
Superstruct Entertainment fue creada en 2017 con una estrategia muy concreta: invertir en festivales, promotoras y marcas de entretenimiento en directo, mantener sus identidades particulares y conectarlas dentro de una plataforma internacional.
No funciona únicamente como una promotora tradicional. Es una agregadora de empresas culturales. Compra participaciones, proporciona financiación, centraliza determinados servicios y obtiene economías de escala en producción, proveedores, patrocinios, datos, alojamiento, contratación y expansión internacional.
La propia compañía se define como una “red de influencia” dentro de la “economía de la experiencia”. Poder Blando, Soft Power, de libro .También explica que ayuda a las marcas comerciales a conectar “a escala” con públicos apasionados dentro de un contexto cultural. No es una interpretación externa: es el lenguaje de su propia presentación corporativa.
Sus capacidades abarcan festivales, activaciones de patrocinio, producción, diseño de escenarios y alojamientos prémium, según explica en su historia empresarial.
En España y Portugal, el ecosistema ha incluido marcas como Sónar, Arenal Sound, FIB, Brunch Electronik, Resurrection Fest, Monegros, Granada Sound, Caudal Fest, Festival de les Arts, Madrid Salvaje, Morriña Fest y elrow, entre otras. Según datos publicados por El País, el grupo organizaba en la península ibérica 21 festivales con cerca de 1,5 millones de asistentes.
Su alcance no se limita a la música electrónica. Dentro de su red aparecen festivales de rock, metal, cultura urbana, pop, techno y formatos multigénero. La propia Superstruct presenta al Arenal Sound como un acontecimiento de 300.000 visitantes; atribuye a Sónar Barcelona una audiencia procedente de más de cien países, y cifra en 390.000 el público agregado de Brunch Electronik, con actividad en España, Portugal, Francia, Italia y ciudades como São Paulo.
En el resto de Europa y Australia, su red ha incluido nombres como Wacken Open Air, Parookaville, Defqon.1, Awakenings, Zwarte Cross, Boardmasters, Tinderbox, Øyafestivalen, Field Day y Mighty Hoopla. No todos los activos permanecen indefinidamente en la cartera: Superstruct ha vendido posteriormente festivales como Viña Rock o Sziget.
En enero de 2025 añadió además Boiler Room, una plataforma mundial de fiestas y retransmisiones musicales que había superado los mil millones de reproducciones en internet y organizado emisiones en 120 mercados durante el año anterior. La operación fue recogida por la publicación especializada IQ Magazine.
Esto amplía mucho el alcance del grupo. Superstruct no posee solamente recintos o festivales de temporada. También participa en una infraestructura audiovisual capaz de descubrir artistas, retransmitir escenas locales y convertir una pista de baile de cualquier ciudad en un producto “cultural global”.
Cuando Wall Street compró la fiesta
En junio de 2024, Providence anunció la venta de Superstruct a KKR. El comunicado de Providence confirmó la adquisición, mientras que el Financial Times situó el precio alrededor de 1.300 millones de euros.
En octubre de ese mismo año, CVC se incorporó como inversor junto a KKR. El comunicado oficial de CVC hablaba entonces de más de 80 festivales en diez países europeos y Australia.
Conviene distinguir correctamente a cada actor:
- Providence Equity Partners fue el principal respaldo financiero de Superstruct durante su primera etapa y vendió la compañía en 2024.
- KKR encabeza desde entonces el consorcio propietario. Es el inversor principal y el centro de las campañas de boicot.
- CVC entró posteriormente en el capital como socio minoritario. Su presencia es relevante para conocer la propiedad de Superstruct, pero no constituye por sí misma el vínculo con Israel analizado en este artículo.
- Carlyle aparece en las informaciones financieras como acreedor o financiador, no como propietario documentado de Superstruct.
- CPP Investments, el gestor de las pensiones públicas canadienses, no participa en Superstruct. Su papel aparece en otra rama distinta: es socio de KKR en AVIV, la compañía que controla la plataforma israelí Yad2.
¡Atención! Porque en breve comienza el espectáculo.
Tres cadenas que no debemos confundir
Llegados a este punto, conviene separar las tres cadenas que forman la madeja:
- Cadena de propiedad cultural: elrow → Superstruct Entertainment → consorcio encabezado por KKR, con CVC como inversor minoritario.
- Cadena de inversiones controvertidas: KKR y CPP Investments → AVIV → Yad2 → Acción inmobiliaria en Israel y en asentamientos de la Cisjordania ocupada.
- Cadena geopolítica: Gobierno de Estados Unidos → cooperación militar, económica, tecnológica, diplomática y de inteligencia → Estado de Israel. (Lo iremos viendo).
Las tres cadenas se cruzan, pero no son idénticas.
KKR no es el Gobierno estadounidense. Superstruct no es KKR. elrow no es Superstruct.
Pero separar jurídicamente las sociedades tampoco significa que no exista una relación económica. El capital privado funciona precisamente mediante participaciones escalonadas, fondos, filiales y empresas de cartera.
El vínculo más comprometido: AVIV y Yad2
La conexión empresarial más concreta entre KKR e Israel no se encuentra en una teoría sobre sus simpatías políticas. Se encuentra en AVIV y Yad2.
Hasta abril de 2025, KKR y CPP Investments eran accionistas de Axel Springer, uno de los principales conglomerados mediáticos de Alemania y Europa, editor de cabeceras como Bild y Die Welt y propietario entonces de medios internacionales como Politico y Business Insider.
A Axel Springer ya le dedicamos algo de atención en mi artículo Martín Varsavsky, el hombre de Sión (II parte). Como ven todo queda en casa (en la de Israel).
Tras una reestructuración, ambos inversores salieron del negocio periodístico de Axel Springer, pero pasaron a ser los propietarios mayoritarios de sus negocios de anuncios clasificados, entre ellos AVIV. Axel Springer conservó un 10 %.
La operación está documentada en el comunicado de Axel Springer y fue confirmada por Reuters.
AVIV se presenta como una de las grandes empresas tecnológicas inmobiliarias de Europa. Opera en Francia, Alemania, Bélgica e Israel. En su página corporativa identifica expresamente a KKR y CPP Investments como sus grandes inversores e incluye entre sus marcas a Yad2, el principal portal israelí de anuncios clasificados para viviendas, automóviles y empleo.
Una investigación difundida por The Intercept y recogida por el Business & Human Rights Resource Centre afirmó haber localizado miles de viviendas anunciadas para venta o alquiler en asentamientos israelíes de Cisjordania. Más de un millar corresponderían, según esa investigación, a anuncios pagados por agencias inmobiliarias.
La secuencia documentada, por tanto, es esta:
KKR participa en el control de Superstruct y, separadamente, KKR y CPP Investments son propietarios mayoritarios de AVIV, grupo al que pertenece Yad2, la plataforma que maneja inmuebles situados en asentamientos israelíes dentro del territorio palestino ocupado.
Eso constituye una relación económica verificable y no puede reducirse a una asociación imaginaria.
Tecnología israelí, centros de datos y defensa
Yad2 no es la única presencia de KKR en Israel. La propia firma explica que su estrategia de inversión tecnológica se dirige a empresas de software, ciberseguridad, finanzas, datos e internet de Norteamérica, Europa e Israel. Puede comprobarse en la descripción de su división Tech Growth.
En 2024, KKR encabezó una ronda de financiación de 130 millones de dólares en Guesty, empresa israelí dedicada al software de gestión de alojamientos turísticos. La operación fue anunciada por Guesty y confirmada por Reuters.
KKR también respalda a Global Technical Realty, una plataforma europea de centros de datos que incluye una instalación en Tel Aviv. La propia compañía reconoce el respaldo de KKR en su página sobre sus inversores y enumera Tel Aviv entre sus localizaciones.
En el terreno industrial, KKR adquirió en 2023 CIRCOR International, fabricante estadounidense de sistemas de control de fluidos para mercados industriales, aeroespaciales y de defensa. La operación y la actividad de la empresa aparecen en el comunicado de CIRCOR.
¿Comienzan ustedes a ver la relación geopolítica?
Los movimientos de boicot han utilizado estas inversiones para hablar de vínculos de KKR con la tecnología israelí, los centros de datos y la industria armamentística. Y no puede negarse: la descripción general es correcta.
También resulta revelador, aunque no probatorio de una operación política concreta, que KKR nombrase en 2025 al general retirado David Petraeus, antiguo director de la CIA y excomandante del Mando Central estadounidense, presidente de KKR para Oriente Próximo. Petraeus ya presidía el KKR Global Institute, encargado de analizar riesgos geopolíticos y apoyar la expansión internacional de la firma. El nombramiento está recogido en el comunicado de KKR.
Esto demuestra que la geopolítica no es un asunto exterior a las inversiones, sino una capacidad integrada dentro de su estructura corporativa.
Canadá entra en la madeja, pero por otra puerta
Canadá aparece a través de CPP Investments, que comparte con KKR la propiedad mayoritaria de AVIV.
CPP Investments administra los activos del Canada Pension Plan: es decir, ahorros procedentes de las aportaciones de trabajadores y empresas canadienses.
El Gobierno canadiense se escuda en que CPP Investments rinde cuentas ante el Parlamento y los ministros de Finanzas, pero se gobierna de manera independiente y opera a distancia de los gobiernos. Su mandato legal es maximizar la rentabilidad sin asumir un riesgo indebido.
Por tanto:
CPP Investments no controla Superstruct ni elrow pero es socio de KKR en la empresa que controla AVIV y Yad2.
Canadá no completa una cadena jerárquica Estados Unidos–Canadá–Israel. Lo que muestra es algo distinto: cómo el ahorro de millones de ciudadanos puede circular a través de fondos institucionales, asociarse con una gestora estadounidense y terminar invertido en plataformas que operan en mercados políticamente controvertidos.
El capital es transnacional, pero la responsabilidad suele quedar fragmentada entre gestores, fondos, consejos de administración, filiales y plataformas.
No se líen ustedes con la madeja societaria: el hilo es más sencillo de seguir de lo que parece. Elrow forma parte de Superstruct; Superstruct está controlada por KKR, con CVC como coinversor; y KKR, después de haber sido accionista de Axel Springer y acordar la separación de sus negocios, controla ahora junto a CPP Investments AVIV, el grupo en el que se integra Yad2. El vínculo entre el negocio mundial de los festivales la plataforma inmobiliaria no es sólo operativo o cultural: es geopolítico y financiero.
El eje Estados Unidos–Israel no es una hipótesis
La relación entre Estados Unidos e Israel no necesita ser deducida a partir de KKR. Está documentada mediante tratados, presupuestos, acuerdos militares y declaraciones conjuntas.
En la Declaración de Jerusalén sobre la Asociación Estratégica, firmada en julio de 2022, ambos gobiernos reafirmaron:
- el compromiso estadounidense con la seguridad de Israel y con el mantenimiento de su superioridad militar cualitativa;
- la aplicación del memorando de ayuda militar por 38.000 millones de dólares para el periodo 2019-2028;
- la cooperación en defensa antimisiles, sistemas láser, inteligencia, ciberseguridad, inteligencia artificial y tecnologías estratégicas;
- la consideración de la seguridad de Israel como un interés relevante para la seguridad nacional estadounidense;
- y la voluntad de ambos países de combatir las campañas de boicot y deslegitimación contra Israel.
Israel no tiene con Estados Unidos un tratado de defensa mutua equivalente al de los miembros de la OTAN. Sin embargo, figura como aliado principal no perteneciente a la Alianza Atlántica y disfruta de acceso privilegiado a armamento y tecnología estadounidenses.
El Council on Foreign Relations calcula que Israel ha recibido más de 300.000 millones de dólares de ayuda estadounidense desde su creación, ajustados por inflación. El acuerdo ordinario vigente contempla 3.800 millones anuales hasta 2028, de los que 500 millones se destinan a defensa antimisiles. Desde octubre de 2023 se aprobaron además paquetes extraordinarios.
La relación también es económica. El acuerdo de libre comercio entre Estados Unidos e Israel entró en vigor en 1985 y fue el primer tratado de este tipo firmado por Estados Unidos. En 2024, el comercio bilateral de mercancías superó los 37.000 millones de dólares.
Por tanto, la existencia de un eje estratégico Estados Unidos–Israel no es una teoría conspirativa ni una valoración moral: es una política oficial, estable, presupuestada y públicamente declarada por ambos Estados.
Otra cuestión es cómo se relaciona ese eje con KKR.
KKR no es una extensión administrativa de la Casa Blanca. No existe prueba alguna de que el Gobierno estadounidense o el israelí ordenaran la compra de Superstruct.
La relación es más estructural: KKR pertenece al centro financiero del hegemón estadounidense, invierte en industrias estratégicas y en compañías israelíes, participa en una plataforma relacionada con el mercado inmobiliario de los asentamientos y controla, a través de Superstruct, una parte considerable de la infraestructura del ocio de la UE y de eso que se ha dado en llamar occidente.
La autonomía como cortafuegos
Los festivales acusados de complicidad con Israel han respondido que conservan su autonomía artística y operativa. No hay razón para negar automáticamente esa afirmación.
Sónar explicó que su relación con Superstruct es administrativa, que mantiene el control de la producción, la comunicación y la programación, y que nunca ha enviado dinero directamente a KKR. Según el festival, todos sus beneficios, una vez cubiertos los costes, se reinvierten en futuras ediciones.
Boiler Room sostiene igualmente que ningún inversor ha condicionado su línea editorial, reafirma su posición propalestina y recuerda que sus trabajadores no tenían derechos de propiedad ni voto cuando DICE vendió la empresa a Superstruct..
Pero la autonomía operativa no elimina la propiedad económica.
Aunque un festival reinvierta sus beneficios y no reparta un dividendo directo, esas inversiones pueden aumentar su audiencia, su rentabilidad futura y el valor de la empresa. El propietario puede obtener rendimiento mediante la revalorización y posterior venta del activo, aunque no reciba un porcentaje identificable de cada entrada. De hecho ya ha ocurrido, como demuestra el caso de Booiler Room
Por eso pueden ser ciertas simultáneamente dos afirmaciones:
No existe evidencia de que el dinero de una entrada de Sónar o elrow sea transferido directamente a Israel, pero la actividad de esos festivales contribuye al valor de una compañía participada por KKR.
La autonomía también puede funcionar como un cortafuegos reputacional. El fondo asegura que no programa; el festival asegura que no invierte; Superstruct asegura que no es una plataforma política. Cada declaración puede ser cierta dentro de su ámbito jurídico, mientras la responsabilidad del conjunto se vuelve difícil de localizar.
Por qué se producen los boicots
Los boicots no surgieron porque se demostrase que Sónar, elrow o Boiler Room organizaban directamente campañas del Gobierno israelí. Surgieron a partir de una concepción más amplia de la responsabilidad económica: la idea de que artistas, públicos e instituciones no deben aportar valor, prestigio o normalidad a estructuras empresariales cuyos propietarios mantengan inversiones consideradas cómplices de vulneraciones de derechos humanos.
La campaña palestina PACBI (Palestinian Campaign for the Academic and Cultural Boycott of Israel) integrante del movimiento BDS (Boicot, Desinversión y Sanciones) llamó al boicot de Sónar y utilizó el término artwashing: el empleo de la cultura para blanquear o suavizar la percepción de actividades políticas o económicas controvertidas.
Sus demandas incluían que los festivales:
- se distanciaran de las inversiones de KKR;
- adoptaran políticas éticas de programación, patrocinios y asociaciones;
- aplicaran las directrices del boicot cultural palestino;
- y rechazaran acuerdos con compañías consideradas prioritarias por BDS.
Más de setenta artistas firmaron una carta contra las relaciones empresariales del propietario de Sónar con Cisjordania, según informó The Guardian. PACBI afirmó que decenas de participantes acabaron retirándose.
Las protestas se extendieron a Field Day, Mighty Hoopla, Boiler Room, Viña Rock, Resurrection Fest, FIB, Monegros y otros acontecimientos relacionados con Superstruct. No todas las campañas tuvieron el mismo alcance ni todas las acusaciones mostraron el mismo grado de precisión.
Superstruct respondió que la inversión permite sostener festivales, pagar a artistas y mantener miles de empleos en un momento de fuerte aumento de los costes. También defendió que opera de forma independiente y que sus accionistas respaldan su misión. Su respuesta fue recogida por Access All Areas.
El conflicto presenta, por tanto, dos lógicas enfrentadas.
Para los festivales, la responsabilidad debe atribuirse a quien toma la decisión concreta: el equipo que programa, contrata o patrocina. Para los promotores del boicot, la propiedad es suficiente porque la actividad sostiene el valor económico y reputacional del grupo.
Los boicots utilizan precisamente la vulnerabilidad más importante de un festival: su dependencia de la confianza de artistas y público. Una fábrica puede seguir produciendo mientras recibe críticas. Un acontecimiento de este tipo pierde una parte esencial de su producto cuando sus artistas se retiran o su comunidad deja de identificarse con él.
¿Ha funcionado el boicot?
Hay indicios de impacto, pero no una contabilidad pública que permita atribuir cada decisión empresarial exclusivamente a las protestas.
En 2026 Superstruct vendió Viña Rock y Sziget, realizó cambios en su dirección y solicitó una ampliación de crédito. Algunos artistas cancelaron actuaciones y determinadas ediciones afrontaron campañas de devolución de entradas.
Sin embargo, las compañías niegan que la ampliación financiera responda a una crisis provocada por el boicot y señalan que el mercado de la música en directo continúa creciendo. Sónar, además, mantuvo cifras elevadas de asistencia pese a la controversia.
La formulación rigurosa no es decir que el boicot haya hundido a KKR o a Superstruct. No lo ha hecho.
Lo que sí ha conseguido es convertir la identidad de los propietarios en una variable económica relevante. Ha introducido un riesgo que los fondos quizá no habían calculado suficientemente: que artistas y espectadores investiguen no solo quién organiza un festival, sino quién posee la sociedad que posee a la empresa organizadora.
La cultura ha dejado de ser un activo reputacional pasivo. También puede trasladar hacia arriba el coste reputacional de sus propietarios.
Lo que puede afirmarse
Después de seguir la madeja, estas son las conclusiones que considero demostradas:
- elrow forma parte de Superstruct Entertainment desde 2017.
- Superstruct está controlada por un consorcio encabezado por la gestora estadounidense KKR, con CVC como inversor minoritario.
- KKR y el fondo de pensiones canadiense CPP Investments son propietarios mayoritarios de AVIV.
- AVIV incluye entre sus negocios a la plataforma israelí Yad2.
- Yad2 ha alojado anuncios de viviendas situadas en asentamientos israelíes de la Cisjordania ocupada, algunos de ellos de pago según la investigación publicada.
- KKR mantiene inversiones en el sector tecnológico israelí y posee compañías relacionadas con infraestructuras de datos y con la industria aeroespacial y de defensa.
- Estados Unidos e Israel mantienen una alianza oficial y extraordinariamente profunda en los ámbitos militar, económico, tecnológico, diplomático y de inteligencia.
- Superstruct controla una parte muy importante de la infraestructura europea de festivales y se describe a sí misma como una “red de influencia” (poder blando) sobre experiencias culturales y audiencias.
Estas distinciones no debilitan la investigación. La fortalecen. La crítica resulta mucho más difícil de descartar cuando no necesita exageraciones.
No aparece una cadena de mando que parta de Israel y termine en una cabina de música. Aparece algo más complejo: una estructura de propiedad cultural dominada por capital financiero estadounidense, un conjunto de inversiones económicas en Israel y una alianza estratégica entre Washington y Tel Aviv que existe con independencia de esas inversiones.
El poder blando: quién es dueño de la pista
Joseph Nye definió el poder blando como la capacidad de obtener determinados resultados mediante la atracción y la persuasión, en lugar de recurrir a la coerción o al pago. La cultura, los valores políticos, la educación, los medios de comunicación y la imagen internacional son algunos de sus principales recursos. Su formulación puede consultarse en este trabajo de la Harvard Kennedy School.
El viejo poder blando exportaba Hollywood, música, universidades, estilos de vida y productos culturales estadounidenses. El nuevo modelo puede dar un paso más: comprar las empresas, plataformas y redes mediante las cuales se produce y distribuye la cultura local de otros países.
No hace falta sustituir a los artistas españoles por estadounidenses. Tampoco es necesario convertir un escenario en un mitin político. El poder reside en disponer de capacidad para condicionar los presupuestos, el ritmo de adquisiciones, los patrocinios, la continuidad de las marcas, las plataformas de retransmisión, los datos de millones de asistentes y los canales de acceso a artistas y audiencias.
La propia Superstruct utiliza la expresión “red de influencia” (no se tapan) y ofrece a las grandes marcas comerciales acceso a públicos definidos por su edad, sus gustos, su identidad cultural y sus hábitos de consumo. Esa capacidad es comercial en su formulación inmediata, pero política en sus efectos.
Los festivales no venden solamente actuaciones. Venden pertenencia, identidad, libertad, transgresión, diversidad, sostenibilidad, comunidad y experiencia colectiva. Son espacios particularmente valiosos para que una empresa se presente ante públicos jóvenes dentro de un entorno emocionalmente favorable.
Ahí aparece la posibilidad de amortiguar, disimular o legitimar intereses corporativos vinculados con sectores controvertidos. La distancia entre la experiencia y la estructura financiera funciona como un aislante reputacional. En el cartel aparece el nombre de una marca; no el de una gestora de capital privado, una compañía de defensa o una plataforma inmobiliaria israelí.
La fiesta está abajo. El capital está arriba. Entre ambos hay suficientes sociedades como para que cada nivel pueda alegar que las decisiones controvertidas pertenecen al siguiente.
Por eso la cuestión afecta directamente a la Iberofonía. No se trata de defender una cultura encerrada dentro de sus fronteras ni de afirmar que toda inversión extranjera sea ilegítima. La cultura siempre ha circulado y siempre ha necesitado financiación. El problema aparece cuando las infraestructuras mediante las cuales una sociedad celebra, descubre artistas, construye identidad y se representa a sí misma quedan concentradas en manos de gestoras cuyo tamaño y diversificación dificultan exigirles una responsabilidad coherente.
La propiedad intelectual no significa necesariamente controlar cada canción. Significa tener la capacidad de comprar, vender, ampliar, endeudar o cerrar los espacios donde esas canciones llegan al público. También permite beneficiarse del prestigio de marcas que hablan de libertad, diversidad o rebeldía mientras sus propietarios participan simultáneamente en negocios de defensa, infraestructuras estratégicas, tecnología y operaciones geopolíticamente repugnantes.
Y es aquí, al final, donde la investigación regresa a Puerto de Sagunto. El festival anunciado para la ciudad no es el centro de esta historia, sino la puerta por la que entramos en ella. Una información local me permitió sacar a la palestra una red que conduce hacia algunos de los mayores festivales europeos, hacia Wall Street, hacia el ahorro de los pensionistas canadienses, hacia una la plataforma que maneja inmuebles situados en asentamientos israelíes dentro del territorio palestino ocupado y hacia la alianza estratégica entre Estados Unidos e Israel.
No encontré un fondo israelí escondido (como de tapadillo) detrás de una fiesta. Encontré algo mucho peor, más complejo y más significativo: la capacidad del capital financiero estadounidense para apropiarse de infraestructuras ajenas e incorporarlas a un ecosistema económico conectado con los intereses de Israel, principal aliado de Washington en Oriente Próximo.
Eso no es conspiración. Es estructura.
Y cuando hablamos de poder blando, la pregunta ya no es únicamente qué música queremos bailar.
La pregunta es quién es dueño de la pista.


