Elena Alonso
(España) Ha trabajado en los últimos años en el ámbito de la escritura y los procesos de creación, acompañando a dramaturgos y guionistas y desarrollando una trayectoria independiente. En la actualidad se dedica a la lectura en voz alta de clásicos españoles como forma de recuperar nuestra identidad. Recientemente ha vivido una conversión profunda al catolicismo, que ha transformado su manera de comprender la cultura, la palabra y su sentido dentro del mundo. Dirige el club de lectura ENVOZALTA, un espacio de lectura en voz alta concebido para acompañar a jóvenes y mayores y contribuir a la recuperación de valores fundamentales a través de los clásicos.

– Cristo y la samaritana
Hay una palabra muy antigua y muy bonita, usada por los Padres de la Iglesia¹ que aparece también en las traducciones clásicas de la Biblia. La palabra es longánime. Es una palabra que habla de un amor que no se cansa de esperar. Longánime viene del latín longanimis (longus = largo, animus = ánimo). Literalmente significa: “de ánimo largo”.
No es lo mismo que ser paciente. Una persona paciente soporta una dificultad. El que es longánime mantiene el corazón firme sin dejar de procurar el bien. Por eso, cuando la Biblia dice que Dios es longánime, quiere decir que nos espera siempre, que no se cansa y que con infinita paciencia, no pierde nunca la esperanza de encontrarnos.
El 8 de noviembre de 2025, tras el encuentro que había tenido con la Virgen María, entré en la Iglesia y viví mi primer encuentro con Dios.
Llevaba unos meses rezando el rosario por las noches sin saber lo que hacía y yendo a misa los domingos sin entender nada, pero segura y también contenta, de estar haciendo lo que debía hacer. No lo podía compartir con nadie, porque no conocía a ningún católico, así que era algo especial que vivía en intimidad, que me llenaba de una alegría nueva y que ninguna persona de mi entorno, comprendía.
Ese día, estaba en la sala de catequesis de la Parroquia de Santa Maria de Caná. Me había inscrito porque deseaba hacer la primera Comunión. No conocía el valor de los Sacramentos ni lo que significan, pero, por mediación de María, había nacido en mí un profundo anhelo de estar cerca de Dios. Tampoco sabía que en las circunstancias en las que entré en la iglesia, en una relación homosexual, no podría hacerla. Vivía con una mujer y eso era para mí una opción de lo más natural. Nunca me había planteado que pudiera tener una dimensión moral. No sabía nada de la doctrina católica.
Me acabo de dar cuenta de que no sabía esto cuando entré en la Iglesia y que tampoco lo sabía cuando cada domingo, después de Misa, me sentaba en esa sala a escuchar el Catecismo dirigiéndome hacia una Comunión con Cristo que no podría ser. Esto puede dar una idea de la dimensión de mi conversión y de lo sobrenatural que ha sido todo.
Vivía con una mujer a la que había pedido matrimonio. Y unos meses más tarde, había conocido a la Virgen María, había empezado rezar y a ir a misa los domingos. Dios no esperó a que ordenara mi vida para salir a mi encuentro. Salió a buscarme en medio de ella. Y eso… eso es exactamente la longanimidad de Dios y una verdad muy profunda del Evangelio que ahora conozco.
«Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido.»
(Evangelio según San Lucas 19, 10)
La Virgen, que me acompañaba todo el tiempo, no se detuvo en observaciones sobre mi vida, me cogió de la mano y empezó a llevarme. Pero, cuando me dejó en la iglesia y me acercó a su Hijo, ocurrió otra cosa.
La revelación del 8 de noviembre: orden y desorden

Ese día, el catequista nos había citado para charlar, exponer dudas… y decidí acudir. En la sala, empecé a hablar y empecé a llorar de pena. Me inundó una sensación de arrepentimiento profundo y a la vez, un amor inmenso me envolvía como si fuera levantada. Acogida por ese amor, pude ver mi vida entera como un completo desorden y a la vez, a la altura de la mirada de ese amor, la posibilidad de una vida mejor, en orden. Era consciente de que estaba teniendo un primer encuentro con el amor de Dios. Él miraba conmigo todo con infinita misericordia, sin juzgarme, pero con verdad.
El orden, desde la mirada de Dios, era orden y el desorden, desorden.
Me regaló esa revelación que marcaría mi vida a partir de ese momento. Sentí la clara invitación de Dios a dar un giro completo a mi vida y mi respuesta fue clara: hágase tu voluntad. Y supe que lo iba a hacer totalmente acompañada por Él.
En la Iglesia, ni ese día ni los que siguieron, acusó nadie mi orientación sexual, no me juzgaron, no me rechazaron; al revés. Me sentí acogida, acompañada y querida de verdad. Pero ese amor no consistía en decirme que todo estaba bien y que todo valía si no hacía daño a nadie. Como una madre, la Iglesia no me confirmó en mi desorden, pero tampoco me abandonó en él. Me explicó que la relación en la que yo vivía no era conforme al plan de Dios. No se me presionó ni me dijo nadie lo que tenía que hacer. Simplemente se me mostró la Verdad y me quedé al lado de la Verdad. Nadie conocía las decisiones tan importantes que muy pronto iba a tomar, guiada por Dios.
La Verdad fue más importantes en mi casa esos días que la tristeza, las acusaciones, el miedo, la extrañeza, la sensación de culpa, el dolor… Entendí que el orden de Dios está por encima de todo, y que no me estaba quitando nada. Me estaba devolviendo aquello para lo que había sido creada. Una vida en orden por primera vez, en un orden natural, el de Dios.
Qué ocurre cuando una sociedad pierde la idea de que el cuerpo tiene un significado.
Cuando una persona o una cultura descubre a Cristo, no reciben simplemente un nuevo código moral; reciben una nueva comprensión de la dignidad humana y de la libertad original.
El cristianismo no es una lista de renuncias, sino el descubrimiento de un bien tan grande que relativiza todo lo demás. Cuando una persona está convencida de haber encontrado la verdad, ya no puede vivir exactamente igual que antes. No porque alguien la obligue desde fuera, sino porque ha cambiado su manera de comprender quién es Dios, quién es ella misma y cómo quiere vivir.
El catolicismo no empezó para mí como una moral, sino como el encuentro con la verdad. Después esa verdad tuvo, lógicamente, consecuencias concretas en mi vida. La verdad de Dios que se me reveló: orden y desorden, me llevó a separarme de una mujer con la que tenía una relación muy bonita, a vivir en castidad después de una vida de promiscuidad, a recibir los sacramentos y a bautizar a mi hijo. Y, a partir de entonces, a llevar una vida piadosa, devota, tratando de ser fiel a los Mandamientos de Dios, algo que no es nada fácil de practicar.
El cristianismo no conquistó el Imperio romano principalmente por los milagros o por la filosofía. Los cristianos no eran más fuertes, ni más numerosos. Impactaron porque vivían de una manera radicalmente distinta, que hacía preguntarse a los demás ¿Qué descubrieron estas personas para vivir así? No era ¿Qué estaba prohibido? Sino el ejemplo de una vida que respondía a un orden que ellos desconocían.
Para escribir este artículo he leído varios textos de los Padres de la Iglesia —entre ellos la Carta a Diogneto y el Apologético de Tertuliano—, así como autores contemporáneos del mundo romano, como Juvenal. Hay un texto que me ha conmovido especialmente: la Carta a Diogneto, un escrito anónimo del siglo II, perteneciente a la generación inmediatamente posterior a los Apóstoles. No sabemos con certeza quién fue Diogneto ni quién escribió la carta. Suponemos que su autor era un cristiano culto y bien formado que responde a un amigo pagano interesado en conocer la fe cristiana.
Ha sido profundamente conmovedor la familiaridad con la que me he encontrado con esos primeros cristianos, reconocer las mismas verdades que, dos mil años después, también han salido a mi encuentro. Me impresiona reconocerme en ellos tantos siglos después. Y al leer que muchas veces preferían perder la vida antes que renunciar a su fe, me he dado cuenta de que ni siquiera en la intimidad de mi casa podría rendir culto a otro dios, porque sería dolorosísimo. Y si algún día me obligaran públicamente, como a esos primeros mártires cristianos, a hacerlo, tendría que responder: No puedo. Y asumir las consecuencias.
Pero no fue sólo su fidelidad a Cristo lo que me impresionó. También la forma en que entendían el cuerpo y la sexualidad me resultó sorprendentemente cercana. Por ejemplo, al referirse a las costumbres de los primeros cristianos, dice el autor: “Comparten la mesa, pero no el lecho.”
Para un romano del siglo II esta era una afirmación revolucionaria. La frase contrapone dos cosas:la mesa simboliza la hospitalidad, la amistad. El lecho simboliza las relaciones sexuales. El autor está diciendo: Los cristianos son generosos con sus bienes, con su tiempo, pero no consideran la sexualidad como algo que se comparte indiscriminadamente. No está diciendo que fueran fríos o puritanos. No dice: Los cristianos no tienen relaciones sexuales.
Está diciendo que el cuerpo tiene una dignidad propia y que la unión sexual pertenece al matrimonio. Es una nueva comprensión del cuerpo. Deja de ser algo de lo que puedo disponer a mi antojo para ser alguien y de alguien. El cuerpo para los cristianos del siglo I y del siglo XXI es templo de Dios.
Después de una vida sexual tan desordenada y vacía, ¿cómo no me iba a conmover esto?
¿Y por qué era tan llamativo en Roma? ¿Y por qué sigue siendo llamativo hoy?
El contexto romano al que llega Jesús era muy distinto del que solemos imaginar y bastante parecido al de hoy. No significa que todos los romanos llevaran una vida desenfrenada. Había matrimonios fieles y personas virtuosas, como hoy. Pero existían costumbres que socialmente eran aceptadas que no están muy alejadas de las actuales.
Por ejemplo: El marido podía mantener relaciones con esclavas sin que eso se considerara adulterio. La prostitución era legal y muy extendida. El divorcio era relativamente frecuente. Las relaciones homosexuales masculinas eran socialmente aceptadas en determinados contextos. El cuerpo del esclavo no era visto como inviolable. Se había perdido el pudor, había mucha infidelidad. Un afán desmedido por el lujo. El recién nacido podía ser abandonado por decisión del padre.
Hoy en día, no hace falta acudir a un prostíbulo ni violar a una esclava, porque la sexualidad se ofrece gratuitamente en aplicaciones que están totalmente normalizadas. Muchas personas ya no se casan y encadenan una relación tras otra. Cuando fructifica un compromiso, es muy habitual que se rompa cuando nacen los hijos. Ya no se abandonan niños en los caminos, como en la época romana, costumbre que se conocía por el nombre de “exposición de bebés” que consistía en dejar en un camino o donde fuera a un hijo no deseado, exponiéndole así a morir de hambre, o a ser devorado por algún animal, o recogido por alguien para hacerlo esclavo después. Hoy no abandonamos a niños en los caminos, pero pretenden que normalicemos el asesinato de un bebé en el vientre de su madre.
Y entonces aparece una novedad absoluta. Jesús dice: “El cuerpo de la mujer tiene la misma dignidad que el del hombre. El esclavo tiene la misma dignidad que su amo. El niño recién nacido tiene la misma dignidad que el adulto. Porque todos han sido creados a imagen de Dios.”
Eso era revolucionario. No sólo religiosamente, también socialmente.
Jesús nos ha dejado a los cristianos algo sobre la dignidad del cuerpo que transforma nuestra manera de amar. Nos enseña a mirarnos con una dignidad que antes no conocíamos. La historia de los primeros cristianos y nuestra propia experiencia coinciden de una forma muy profunda.
Ésa no es sólo una enseñanza moral. Es un encuentro que tiene como consecuencia un cambio de mirada sobre el ser humano. Y eso, precisamente, es lo que los primeros cristianos estaban anunciando al mundo romano.
San Pablo dijo, después de su caída camino a Damasco, en su persecución contra los cristianos:: Cristo me encontró. San Agustín repite: Siempre estuviste ahí y yo no lo sabía. Y yo tengo la sensación de los dos, por un lado hay un derrumbe de las propias certezas y por otro un descubrimiento de que Dios ha estado siempre a mi lado, aunque yo no lo notara y más bien, por ignorancia, le ignorara.
A mí me ha convencido el catolicismo, el cristianismo en la Iglesia Católica. No he dicho: me ha emocionado, me ha consolado el encuentro con Dios, no. He dicho: me ha convencido.
No dejé una vida para encontrar a Dios.
Encontré a Dios y entonces comprendí qué vida quería vivir
¹Los Padres de la Iglesia son los primeros escritores y pensadores cristianos (siglos I-VIII) cuyas enseñanzas fueron fundamentales para la formación de la doctrina cristiana.
Fuentes consultadas:
- Carta a Diogneto (autor anónimo, siglo II).
- Tertuliano, Apologético (Apologeticum).
- Juvenal, Sátiras (especialmente la Sátira II y la Sátira VI, donde critica la corrupción moral, el adulterio, el lujo y las costumbres de la Roma imperial).
- Peter Brown, El cuerpo y la sociedad. Los cristianos y la renuncia sexual.
- Rodney Stark, La expansión del cristianismo
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