Elena Alonso
(España) Ha trabajado en los últimos años en el ámbito de la escritura y los procesos de creación, acompañando a dramaturgos y guionistas y desarrollando una trayectoria independiente. En la actualidad se dedica a la lectura en voz alta de clásicos españoles como forma de recuperar nuestra identidad. Recientemente ha vivido una conversión profunda al catolicismo, que ha transformado su manera de comprender la cultura, la palabra y su sentido dentro del mundo. Dirige el club de lectura ENVOZALTA, un espacio de lectura en voz alta concebido para acompañar a jóvenes y mayores y contribuir a la recuperación de valores fundamentales a través de los clásicos.
Los niños duermen. Estoy en la cama profundamente triste, acostada al lado de la mujer con la que vivo. Empiezo a llorar. Siento un profundo vacío. No es soledad. No es miedo. No es preocupación. Es orfandad. Me sobrecoge el dolor agudísimo de una gran ausencia. Siento con desgarradora claridad que me falta Dios. La conciencia de reconocer esta falta por primera vez, se me clava en el corazón. Me encojo. No conozco a Dios. Lloro como una niña que ha perdido a su padre, que no tiene madre. Digo en voz alta: “Me lo han quitado. Me han quitado lo que más importa”. Me hago pequeña en la cama. Lloro. No encuentro ningún consuelo. No lo hay. Intento sentir la presencia de Dios, aunque sea un poquito… y no encuentro nada. Solo estoy yo. Lloro. Me encojo. Cierro los ojos profundamente triste. Pienso en los indios de América, en los misioneros, en la reina Isabel. Me quedo dormida como una criatura perdida, resignada ya a su propio extravío.
“Cuando uno grita, el Señor lo escucha
y lo libra de sus angustias.
El afligido invocó al Señor y Él lo escuchó”.
(Salmo 33,7)
Gerona, verano de 2024
Yo compré ese libro porque pensaba que le podría interesar a ella. Abordaba la conquista de América desde una perspectiva totalmente diferente a lo que habíamos estudiado en el colegio. Siendo ella limeña, supuse que le tendría que resultar interesante. En cuanto a mi propio interés, no lo tenía. Una cosa era América, y otra España, hasta ahí se extendía mi mapa mental.
Lo encontré en El Corte Inglés por casualidad. Estaba mirando libros cuando una portada me llamó la atención: sobre un fondo blanco, un mapa de España de color rojo, rodeado de flechas. Aquella imagen de una España amenazada no me afectaba; yo era una ‘ciudadana del mundo’. Lo importante, para mí, era la humanidad en general. Pensaba que solo los fachas creían en la patria. Yo prefería un mundo sin fronteras, donde todas las culturas y religiones convivieran en perfecta simbiosis.
Así que encontré ese libro, Madre Patria, de Marcelo Gullo y decidí fotografiar la contraportada para enseñárselo al volver a casa, por si le apetecía leerlo.
- -Mira, dice que: ”los españoles se han creído la historia de España e Hispanoamérica que escribieron sus enemigos tradicionales, y se avergüenzan de un pasado del que deberían sentirse orgullosos”.
- -¡Qué horror! Los españoles nos conquistaron, violaron todo lo que quisieron y nos robaron todo el oro.
- -Pero, mira, aquí pone otra cosa: dice que fundaron hospitales y universidades, y que en ellas acogían a los indios.
- -Quien ha escrito eso miente, se lo está inventando.
- -Pues parece que es un destacado doctor en política y escritor argentino. Además, es argentino; si fuera español…
- -Los españoles mataron y robaron y nadie les pidió que vinieran. Aquí había una cultura antes y ellos impusieron su fucking catolicismo.
- -Pero aquí dice que: “Hernán Cortés no fue el conquistador de México, sino el libertador de cientos de pueblos indígenas que estaban sometidos al imperialismo más feroz que ha conocido la humanidad, el de los aztecas.”
- -No me interesa.
Así que me lo compré yo.
Madrid. 00:15. Primavera de 2026.
Dos años más tarde.
He pasado la tarde en el retiro de una ¹Congregación Mariana de la que soy simpatizante desde hace tres meses. Entré en ella gracias a mi director espiritual, ² diácono permanente de la Iglesia Católica. Nos reunimos una vez al mes para rezar juntos el Rosario y acompañar a Jesús en la Adoración. Recibimos formación impartida por un sacerdote —estos meses, sobre la vida de distintos santos—. Celebramos la misa y terminamos merendando juntos.
Lo que más me gusta es la Adoración. Se expone el Santísimo Sacramento, la forma consagrada se coloca en un objeto precioso. Hoy lo miraba y me parecía algo de otro mundo, sobrenatural. Es todo dorado. Parece el sol, pero dentro no tiene fuego, tiene a Jesús. Con Él dentro, se convierte en un milagro. Lo invisible, se hace visible.
“Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto». Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre”.
(Evangelio de Juan, capítulo 20, versículo 29)
Después de exponerse el Santísimo Sacramento para su adoración, esperamos de rodillas y un ³ministro nos bendice con Él, luego lo reserva en el Sagrario. “Dios Espíritu Santo, Santísima Trinidad, que eres un solo Dios, Cristo pan de vida, Dios y hombre verdadero, Dios oculto, Dios en medio de nosotros”. Él se expone, y vivimos el privilegio de quedarnos delante. Durante una hora, puedes hablarle, puedes esperar que Él te hable a ti. Hay quien escribe, quien lee, quien se arrodilla y hay quien llora… Yo quería hoy contarle algo que me preocupa, no tengo mucho dinero; pero cada vez que intentaba hablar con Él, se me cerraba la boca y el pensamiento; Al final lo único que he hecho, ha sido quedarme todo ese tiempo en la oración más simple: “El me mira, yo le miro”. Me la enseñó el otro día el Cura de Ars.
Y en esa relación de miradas, de reconocimiento, de amor, Jesús hace lo que tiene que hacer en nuestra vida y en nuestro corazón.
Gerona, 2025. Después de varios meses leyendo y escuchando a historiadores en defensa de la Hispanidad.
Es agotador insistir con este tema en casa, pero no puedo dejar de hacerlo. Nos está haciendo daño a las dos. Varias veces me he propuesto callarme, dejarla en paz. Me ha pedido que no le cuente más cosas, que no le interesa, que no quiere saber, que ella tiene una opinión y punto. Pero yo leo, investigo. Defiendo que no tiene el mismo derecho que yo a dar su opinión porque yo estoy estudiando y ella no. Ella sigue pensado lo mismo que hace tres meses, antes de conocer por mí tantas cosas increíbles que hicieron los españoles en América, que no son opiniones sino hechos. Mientras yo leo, ella se entretiene hablando con sus amigas de Lima o mirando vídeos del cosmos en Instagram.
Me pongo muy nerviosa, muy intolerante, muy pesada. No soy capaz de respetar su deseo a seguir creyendo una mentira. Me parece mal. A veces lloro de la pena que me dan las mentiras sobre España.
Leo Naufragios, de 1527, el asombroso diario del español Cabeza de Vaca, que relata cómo cuatro hombres, despojados de todo salvo de su fe y su ingenio, conquistaron un continente, no con las armas, sino transformándose en los primeros exploradores del Nuevo Mundo:
“Aquella misma noche que llegamos vinieron unos indios a Castillo, y dijéronle que estaban muy malos de la cabeza, rogándole que los curase; y después que los hubo santiguado y encomendado a Dios, en aquel punto los indios dijeron que todo el mal se les había quitado”.
Leo Hechos de los apóstoles en América, un libro de José María Iraburu. A través de la recopilación de numerosas biografías y fragmentos de diarios de los primeros misioneros, se trasluce la gesta que supuso la evangelización en América:
“Así las cosas, los misioneros, ante el mundo nuevo de las Indias, oscilaban continuamente entre la admiración y el espanto, pero, en todo caso, intentaban la evangelización con una esperanza muy cierta, tan cierta que puede hoy causar sorpresa. El optimismo evangelizador de Colón- «No puede haber más más mejor gente, luego los harán cristianos» parece ser el pensamiento dominante de los conquistadores y evangelizadores. Nunca se dijeron los misioneros «no hay nada que hacer», al ver los males de aquel mundo. Nunca se les ve espantados del mal, sino compadecidos. Y desde el primer momento predicaron el Evangelio, absolutamente convencidos de que la gracia de Cristo iba a hacer el milagro”.
Pasan los meses, la obsesión por la historia de España no se me pasa, crece. Descubro un día que mi padre, con el que no tenía una relación muy estrecha, es también conocedor de la Leyenda Negra y comenzamos a intercambiar vídeos y publicaciones. La patria nos acerca. La patria es el padre. Lugar de antepasados, herencia, origen.
Mi vida ya no es igual. Me compro una bandera de España, me la ato a la muñeca. Cuando vuelvo a casa de recoger a los niños del colegio, en un pueblo de Gerona lleno de banderas independentistas, bajo las ventanas y subo el volumen para escuchar a José Manuel Soto cantar:
“Soy español, heredero de Sancho y Quijote
Mis costumbres que no me las toquen
Soy olivo, soy viña y cielo
Soy montaña, soy volcán, soy poema, soy refrán
Soy Buscón, soy don Juan, soy torero”.
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Ya llevaba dentro el amor a la patria. El encuentro con Dios estaba cerca… pero antes, la Virgen —de la que yo no sabía absolutamente nada— tenía que salir a mi encuentro. Y lo hizo en un pequeño pueblo de Cantabria: San Sebastián de Garabandal.
¹ Una Congregación Mariana es una asociación de fieles católicos que se reúnen con un objetivo común: llevar una vida espiritual siguiendo el ejemplo de la Virgen María, practicando las obras de misericordia y realizando obras de apostolado.
Surgieron especialmente a partir del siglo XVI, impulsadas por la Compañía de Jesús (los jesuitas), para laicos y estudiantes.
² Un diácono permanente de la Iglesia Católica es un varón ordenado (recibe el Sacramento del Orden) que ejerce el ministerio (= servicio) de forma estable, sin ser paso previo al sacerdocio.
Su función es servir a la comunidad: puede proclamar el Evangelio, predicar, celebrar bautizos y matrimonios, y realizar labores pastorales y caritativas (representa en la Iglesia Católica el servicio a los pobres, a los necesitados), pero no puede celebrar la Eucaristía ni confesar.
³ En la Iglesia Católica, un ministro (del lat. minister, sirviente o criado, a partir de la raíz minus, menor; sería “el que sirve”) es la persona, varón, que ha recibido el Sacramento del Orden, encargo para servir en funciones religiosas, como celebrar sacramentos, predicar o guiar a la comunidad, y atender al pueblo en sus necesidades.


