Oya planta cara en Salamanca a la limpieza étnica del aula catalana

El aula como trinchera silenciosa: Francisco Oya en los III encuentros de Vanguardia Española


La Iberofonía La Iberofonía

Equipo de edición de La Iberofonía, medio de comunicación del Ateneo Iberófono Juan Latino.

Como ya saben,  los III Encuentros de Vanguardia Española se celebran del 1 al 3 de mayo en el Monasterio de los Paúles (Santa Marta de Tormes) bajo un título que lo dice todo: “España contra Europa”.

En un programa que disecciona la pérdida de soberanía nacional —del campo a la industria, del agua a la identidad—, la jornada del sábado 2 de mayo reserva un espacio para denunciar “la espada de Damocles” del separatismo . Ahí, con el aula como trinchera y la experiencia como prueba de cargo, toma la palabra Francisco Oya. No va a debatir sobre hipótesis. Va a señalar a los responsables de una limpieza étnica silenciosa que él ya ha sufrido en carne propia.

A Francisco Oya no lo intentaron callar con argumentos. Lo intentaron callar con un expediente sancionador de 10 meses de sueldo, con escraches en la puerta de su instituto y con una dirección que permitió que se le colgaran pancartas acusándolo de “fascista” por el mero hecho de defender el bilingüismo.

Su delito fue enseñar Historia sin plegarse al relato nacionalista.

El testigo incómodo

Profesor de instituto en Cataluña durante 35 años y expresidente de “Profesores por el Bilingüismo”, Oya fue el primer docente al que la Generalitat intentó triturar administrativamente por señalar lo evidente: que en las aulas catalanas opera una xenofobia de baja intensidad disfrazada de pedagogía, donde el alumno castellanohablante es tratado como un problema a erradicar.

Lo que trae a los III Encuentros de Vanguardia Española en Salamanca no es teoría académica. Es el olor a linchamiento burocrático y acoso laboral sufrido en carne propia.

Aula: laboratorio de identidad forzosa

Mientras el nacionalismo catalán presume de “acogida”, Oya describe la realidad sin anestesia: se margina al disidente, se estigmatiza al que habla español en el recreo y se normaliza la idea de que hay alumnos de primera y de segunda según la lengua de sus padres.

Eso no es inmersión lingüística. Es ingeniería social con tufo étnico.

Por eso su intervención es una bofetada al relato buenista. Porque Oya no habla de leyes abstractas; habla de cómo se fabrica el odio a España en el pupitre de al lado. Su premisa es inapelable: Lo que se silencia con miedo en el aula termina pudriéndose en la calle.

En Salamanca no va a pedir permiso. Va a señalar con el dedo y a poner nombres al proceso. Cuando alguien que ya lo ha perdido todo —carrera, paz y reputación— toma la palabra, al debate se le acaban los eufemismos.


Para acudir a los III encuentros pinche AQUÍ

Artículos