Elena Alonso
(España) Ha trabajado en los últimos años en el ámbito de la escritura y los procesos de creación, acompañando a dramaturgos y guionistas y desarrollando una trayectoria independiente. En la actualidad se dedica a la lectura en voz alta de clásicos españoles como forma de recuperar nuestra identidad. Recientemente ha vivido una conversión profunda al catolicismo, que ha transformado su manera de comprender la cultura, la palabra y su sentido dentro del mundo. Dirige el club de lectura ENVOZALTA, un espacio de lectura en voz alta concebido para acompañar a jóvenes y mayores y contribuir a la recuperación de valores fundamentales a través de los clásicos.
Este no es un artículo.
Lo que aquí comienza inaugura una serie acerca de un descubrimiento: el de una mujer que, al acercarse por curiosidad a la historia de su país, termina encontrándose con algo mucho más profundo de lo que esperaba: Dios.
En estas entregas, compartirá con nosotros el proceso de cómo la historia de España, su patria, se convirtió en el espejo donde, por primera vez, dejó de verse como una huérfana de la modernidad para reconocerse como heredera de la fe y la tradición católica.
Un diario de descubrimiento entre la historia de España, la memoria olvidada y una pregunta que atraviesa todo el relato: ¿qué ocurre cuando uno se encuentra, por primera vez, con Dios?
Bienvenidos a las primeras páginas de este renacer.
Los pueblos que olvidan a Dios no tardan en sentir la consecuencia de su extravío.”
– Gabriel García Moreno.
Los hombres que no conocen a Dios no tardan en sufrir la consecuencia de su orfandad.
– Elena Alonso
Lo que hoy conocemos como “el encuentro entre dos mundos”, hace referencia al que se dio entre los españoles del s. XV con los indios de América. Pero el título en esta historia, se prolonga hasta el s. XXI, donde los primeros misioneros se encuentran, quinientos años más tarde, con una mujer española.
Hubiera sido inimaginable para los franciscanos, los dominicos o los jesuitas del s. XV suponer que su labor evangelizadora no acabaría en el Nuevo Mundo, sino que se prolongaría hasta el s. XXI en la misma tierra de la que zarparon. Porque, en España, una mujer ajena completamente al mundo cristiano, se iba a encontrar por primera vez, a través de ellos, con la realidad descomunal de la Iglesia católica.
La razón fue España. Lo primero fue España.
Nuestra heroína estaba adentrándose, por curiosidad, en la historia de su país, en las grandes hazañas del Imperio español, que supuso un cambio radical en el rumbo de la historia del mundo.
El relato oficial sobre el descubrimiento de América solo muestra lagunas cuando uno se adentra un poco en las teorías negro-legendarias que acusan a España de haber causado un daño terrible a aquellos pueblos.
La verdad, que se demuestra en los yacimientos arqueológicos y se describe en los cuadernos de viaje de la época, confirma que la América precolombina, antes de los españoles, era lo más parecido al infierno.
¿Ante quién se inclinaban en América antes de arrodillarse ante Cristo? ¿Ante quién se inclinaba esa mujer a la que vamos a conocer, ajena a la Iglesia, creyéndose muy libre, quinientos años después? ¿A quién ofrecían esos pueblos mexicas la sangre de tantas almas para que volviera a salir el sol, las lágrimas de miles de niños para que lloviera?¿A quién obedecía nuestra protagonista entregando su cuerpo a quien fuera, porque la dueña de su cuerpo era solo ella? ¿Quién se regocijaba en sus lágrimas, cuando el vacío de Dios no se llenaba a fuerza de sacrificar su propio corazón a invitados que no se quedaban en su fiesta? Dame de vivir– dejaba escrito en su libro de poemas – Dame de beber. Ponme la vida aquí. – Arañando puertas que no se iban a abrir. Mendigando pan una y otra vez, una y otra vez.
“Vino una mujer de Samaria a sacar agua; y Jesús le dijo: Dame de beber. Pues sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar de comer. La mujer samaritana le dijo: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana? Porque judíos y samaritanos no se tratan entre sí. Respondió Jesús y le dijo: Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva.
La mujer le dijo: Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo. ¿De dónde, pues, tienes el agua viva? ¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del cual bebieron él, sus hijos y sus ganados?
Respondió Jesús y le dijo: Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna.
La mujer le dijo: Señor, dame esa agua, para que no tenga yo sed, ni venga aquí a sacarla.”
(Evangelio de san Juan 4, 7-10)
1487. Veinte mil corazones arrancados en solo cuatro días antes de que llegaran los españoles en la inauguración del templo mayor de Tenochtitlán. Máquinas de matar para consolidar el poder mexica. Una logística de la muerte industrial. Los arqueólogos estiman que en diecinueve altares simultáneos ejecutaban a una persona cada dos minutos; jornadas de diez horas sin descanso.
Esa es la cosmovisión mesoamericana que encuentran los españoles. Y ante el terrible escenario, irrumpen con un Dios que perdona todo, que no exige sacrificios, que se sacrifica por nosotros y para el cual, todos somos hijos Suyos.
No es extraño suponer, que a la mujer le impresionara, como a los indios, este Dios.
1493. Cristóbal Colón organiza su segundo viaje a América. Los Reyes Fernando II de Aragón e Isabel I de Castilla quieren que la expedición tenga también un carácter religioso. Por eso envían al monje benedictino, Bernardo Boyl, como responsable de la primera misión evangelizadora en las Indias. Viajan con él varios religiosos benedictinos y otros clérigos. La evangelización formó parte esencial de la empresa desde el principio.
Lo impresionante de estos hombres es que no eran exploradores ni conquistadores. Eran monjes acostumbrados a la vida de convento. Y, aun así, se embarcaron rumbo a un mundo del que no se sabía nada, sin saber si volverían. Meses de travesía, enfermedades, peligros…para dar a conocer el Evangelio en tierras desconocidas, para llevar la Palabra de Dios a las gentes del Nuevo Mundo.
La mujer entendió que tuvieron que ser hombres de una valentía extraordinaria, movidos por un amor que ella no conocía. ¿Quién da su vida por contar algo a alguien? ¿Cómo pudieron explicar la idea de Dios? Con amor, ella piensa que solo pudo ser con amor.
Dicen algunos: “¡Qué pesados los españoles, que tuvieron que irrumpir con su evangelización! ¿Por qué no los dejaron en paz con su cultura, con su religión?” Dicen eso los que no conocen a Dios, los que necesitan evangelización. También dicen que lo hicieron violentamente. Pero los primeros en denunciar abusos fueron precisamente los religiosos. Y ya hemos visto que violencia era, precisamente, la que aquellos pueblos padecían bajo el poder de los grupos a los que estaban sometidos.
Había desorden, conflictos y los primeros años, también abusos contra los indígenas. Los frailes pensaban que aquello dificultaba gravemente la evangelización.
Sus testimonios motivaron la redacción de las Leyes de Indias, por las que se establecía que los indígenas eran hombres libres y súbditos de la Corona, no esclavos. Estaba estrictamente prohibido su maltrato, y se ordenaba que fueran tratados “amorosamente”.
El latido de una nueva identidad comenzaba a forjarse en el interior de la mujer, conmovida por la nobleza de esos hombres que, mientras gramaticalizaban lenguas indígenas y fundaban hospitales y universidades para españoles e indios, tejían un solo destino para todos bajo el sello del Imperio Español.
Resulta evidente que estos hitos patrióticos preparaban el terreno para el despertar de la fe en nuestra protagonista, quien vislumbraba en la arquitectura espiritual católica un orden asombroso y divino para todas las cosas.
España, 2021, Gerona, Cataluña.
He llegado por casualidad a esta ciudad medieval. Es estrecha y oscura. A ojos vista está amenazada por una evidente invasión; inmigración, barrios completamente islamizados, independentismo, banderas de Cataluña en casi todos los balcones, paredes pintadas con banderas de España tachadas. Se respira amenaza e intranquilidad. He empezado a estudiar la historia de España en América, la leyenda negra. En mi corazón, se está prendiendo, inesperadamente, la llama del patriotismo. Vivo con mis dos hijos y con una mujer con la que tengo una relación hace dos años. Los niños son de dos padres diferentes. Nadie entiende mi interés repentino por España. Me compro mi primera pulsera con la bandera rojigualda. Es un orgullo pasearla por estas calles, enseñarla en los establecimientos al pagar, al levantar una taza de café.
“En todo el resto de la Tierra se ha juzgado como antinatural matar y se ha matado sabiendo que se cometía un crimen. Sólo el azteca mataba movido por gusto y por mandato de su dios Huichilobos, siempre sediento de sangre”.
-José Vasconcelos
En mi vida, el sacrificio he sido yo. Yo me he ofrecido a ese príncipe de los demonios, al mismo que se ofrecían vírgenes para la inauguración del templo de Tláloc.(1) No tengo relación con Dios. Nadie me ha hablado nunca de la Virgen María ni de Jesús.
Nunca me he casado, nunca me han pedido matrimonio. Nunca he oído una misa, ni en un bautizo ni en una boda. En España, hace cincuenta años que hemos roto con la Iglesia y que ya no creemos en Dios. Mucha gente no se casa y no se bautizan los niños. Se les ponen nombres que no son de aquí, ni de este país, ni de esta cultura, ni de esta tradición: Noa, Zoe, Nahla, Newen. Cuando imagino esa España católica, pienso que no es algo mío, que pertenece a otra gente, a otro mundo, que no soy yo.
Durante siglos, gracias a los preceptos de la Iglesia, se nos ha protegido de la voracidad sexual. Movidos solo por el placer, hoy en nuestras naciones sin Dios, nos dejamos arrastrar por el apetito sexual. Somos como perros en celo, nos entregamos al mejor candidato a golpe de click. Vamos a aliviar nuestra sed a un pozo seco lleno de tierra nada más. Como no tengo Dios, mi cuerpo es mío y hago lo que quiero con él. Si no hago daño a nadie, entonces ¿qué más da? Es lo normal. Es mi vida, ¿a quién le importa, si no conozco la diferencia entre el bien y el mal? Es mi cuerpo y en mi cuerpo mando yo.
“El sacrificio humano era esencial en la religión azteca”.
La libertad sexual es esencial en la religión postmodernista, en la ideología woke.
Todo vale, decían los mayas, los aztecas, porque mi Dios me pide sacrificios y yo obedezco a mi Dios, que se complace en los cuerpos que decapito y que abro por la mitad.
Todo vale, me digo a mí mismo que soy como Dios. Me satisface arrancarme el corazón y ofrecerme para la voracidad. Quiero calmar mi apetito. Me da placer pero no llena mi vacío ni calma mi sed.
“Los pueblos que olvidan a Dios no tardan en sentir la consecuencia de su extravío.”
– Gabriel García Moreno.
Las hombres que no conocen a Dios no tardan en sufrir la consecuencia de su orfandad.
– Elena Alonso
Gerona. 00:30
Los niños ya duermen. Estoy en la cama profundamente triste. Estoy acostada al lado de mi pareja. Las lágrimas empiezan a correr por mis mejillas. Siento un profundo vacío. No es soledad, no es miedo. Es orfandad. Me sobrecoge el dolor agudísimo de una gran ausencia. Me falta Dios. La conciencia de reconocer esta falta por primera vez, se me clava en el corazón. Me encojo. No conozco a Dios. Lloro como una niña que ha perdido a su padre, que no tiene madre. Digo en voz alta: “Me lo han quitado. Me han quitado lo que más importa.” Me hago pequeña en la cama, lloro sin consuelo. Pienso en los indios de América, en los jesuitas, en los dominicos, en los franciscanos y en la reina Isabel.
Referencias:
- *Historia General de las Cosas de Nueva España (Códice Florentino) de Fray Bernardino de Sahagún.
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