Adrián Sánchez Sallán
(España) Editor en La Iberofonía, especialista en defensa y geopolítica. Combina su profesión como técnico en procesos industriales con sus estudios en el programa de Experto Universitario en Materialismo Político en el Instituto Beatriz Galindo – La Latina. Es portavoz del Ateneo Iberófono Juan Latino.
Cuestionar la potencia militar de los Estados Unidos sería un ejercicio de estupidez supina. Con un presupuesto que roza los 900.000 millones de dólares, el Pentágono no tiene rival en la destrucción física. Sin embargo, si analizamos la historia con honestidad desde 1945, surge una realidad incómoda: Washington es imbatible en el combate, pero incapaz de imponer su paz. La realidad es que, en su etapa como hiperpotencia, EE. UU. nunca ha logrado cerrar con éxito un conflicto de gran escala actuando en solitario.
El cementerio de las victorias tácticas: Del sudeste asiático al Golfo Pérsico
Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, EE. UU. ha confundido sistemáticamente “borrar del mapa” a un enemigo con “ganar una guerra”. El rastro de sus intervenciones es un catálogo de objetivos incumplidos donde la superioridad tecnológica no ha servido para compensar la orfandad estratégica:
- Corea y Vietnam: El inicio del declive de la victoria total. En Corea, un empate técnico, aunque en 1968 y para deshonra de la Armada norte americana el USS Pueblo fue capturado por Corea del Norte convirtiendo a este en el único buque capturado y que sigue en poder norcoreano convertido en mueso en Pyongyang; Vietnam, una victoria táctica constante que terminó en una huida desesperada desde las azoteas de Saigón en 1975.
- Irak y Afganistán: El binomio del desastre del siglo XXI. En Irak (2003), la caída de Sadam generó un vacío que engendró al ISIS. En Afganistán (2021), tras 20 años y billones invertidos, los talibanes recuperaron el país en una semana.
- El enigma de Irán : La intervención actual contra Teherán es el ejemplo más depurado de esta ceguera. A día de hoy, nadie en el Pentágono ha sido capaz de definir el objetivo real. Sin una meta política, la operación se convierte en una quema de recursos que solo empuja a Irán hacia los BRICS.
Sangre por dividendos: La presión del sector armamentístico
Para el Complejo Industrial-Militar, una victoria rápida es un mal negocio. Las corporaciones de defensa ejercen una presión asfixiante a través de sus lobbies en el Congreso para mantener los conflictos activos. Una guerra que no termina es un éxito contable. El costo de esta rentabilidad es la perpetuación de la pérdida de vidas humanas para garantizar contratos milmillonarios. La paz es, para este sector, un escenario de lucro cesante.
El Laboratorio de Iberoamérica: Infiltración, Narcotráfico y el Muro Cubano
En Iberoamérica, el éxito de EE. UU. se ha medido en la infiltración institucional profunda. Se ha documentado que presidentes mexicanos como Díaz Ordaz o Echeverría fueron activos directos de la CIA bajo el código LITEMPO. En Chile, el derrocamiento de Salvador Allende (1973) sigue siendo el manual de cómo asfixiar una democracia para instalar una dictadura funcional a sus intereses.
Este patrón de amoralidad alcanzó su cénit con el escándalo Irán-Contra. Tras la aprobación de la Enmienda Boland, que prohibía al gobierno estadounidense financiar a los paramilitares nicaragüenses que combatían al gobierno sandinista, la administración Reagan recurrió a mecanismos clandestinos para sostener a la llamada “Contra”. Parte de esa financiación se obtuvo mediante la venta ilegal de armas a Irán —entonces sometido a embargo— desviando posteriormente esos fondos hacia las milicias antisandinistas.
Al mismo tiempo, diversas investigaciones periodísticas y judiciales señalaron que las redes logísticas utilizadas para abastecer a la Contra en Centroamérica coincidían con circuitos de tráfico de drogas vinculados al Cártel de Medellín. Figuras como el piloto Barry Seal, que operaba entre América Latina y Estados Unidos, se movían dentro de ese mismo entramado de operaciones encubiertas. El resultado fue que, en la práctica, el flujo de cocaína hacia territorio estadounidense fue tolerado dentro de un sistema clandestino cuyo objetivo prioritario era sostener la guerra contra el sandinismo.
De este modo, la lógica de la Guerra Fría llevó a Washington a aceptar un coste moral enorme: permitir que redes asociadas al narcotráfico operaran mientras estas contribuyeran indirectamente a financiar la desestabilización de Centroamérica
Hoy, este asedio se recrudece sobre Venezuela, donde el estrangulamiento financiero es maquillado mediáticamente mientras Washington busca el control del petróleo. Pero el gran desafío histórico sigue siendo Cuba. Tras el anuncio de la administración Trump de retomar una ofensiva total contra la isla, el historial de fracasos de la inteligencia americana vuelve al primer plano.
La Red Avispa (Wasp Network) fue el golpe más humillante para el espionaje estadounidense: agentes cubanos infiltrados en Florida lograron desarticular la campaña de atentados terroristas que en 1997 golpeó los complejos hoteleros de La Habana (como el Hotel Copacabana, donde murió el turista Fabio Di Celmo). Estos agentes operaron bajo las narices del FBI para frenar ataques financiados por grupos extremistas que buscaban colapsar el turismo. Este fracaso en la contención se suma a la obsesión histórica por eliminar a Fidel Castro. Tras varios intentos de magnicidio frustrados, la inteligencia americana tuvo que aceptar su derrota operativa y dar paso, por pura resignación, a la “Operación Matar de Viejo a Fidel Castro”. El tiempo terminó siendo el único agente capaz de cumplir la misión que el Pentágono y la CIA nunca pudieron ejecutar.
África: El patrón del “Caos Útil” y el desastre de Benghazi
En África, la intervención estadounidense ha seguido un patrón de desestabilización por recursos. Desde el asesinato de Patrice Lumumba en el Congo (1961) hasta el desastre de Libia (2011) guerra en la que se acabo con el regimen de Muamar el Gadafi que hasta hace muy poco tiempo era recibido en europa con los brazos abiertos repartiendo dinero en inversiones, uno de los proyectos que generó mayor preocupación en Washington fue su propuesta de crear una moneda panafricana respaldada por oro, que amenazaba la hegemonía del dólar en la región. Bajo el pretexto de una “protección civil”, EE. UU. convirtió a la nación más próspera de África en un estado fallido. Este “caos útil” se volvió contra Washington en el atentado de Benghazi (2012), donde el embajador Chris Stevens murió a manos de las mismas milicias que la intervención había empoderado. Benghazi quedó como el símbolo de la negligencia estratégica: la incapacidad de proteger a sus propios diplomáticos en el incendio que ellos mismos provocaron.
El Pentágono de Celuloide frente al modelo de los BRICS
¿Cómo sobrevive el mito de la invencibilidad? A través del control del relato. Como analizamos en nuestro anterior artículo sobre las redes sociales como sistemas de armas, Hollywood ha jugado un papel esencial en la construcción del mito de la invencibilidad estadounidense. Películas como First Blood Part II, Black Hawk Down, American Sniper o incluso Top Gun, Black Hawk Down o Transformers llegaron a contaron con la colaboración directa del Pentágono, que proporcionó equipamiento militar y asesoría técnica a cambio de influir en la narrativa. El resultado ha sido una poderosa herramienta cultural que refuerza la imagen de superioridad militar incluso en conflictos cuyo desenlace político fue mucho más ambiguo y las RRSS ganan la “batalla cognitiva”, transformando agresiones en misiones de salvación. Mientras tanto, China y los BRICS avanzan con infraestructura. Mientras Washington envía misiles y agentes encubiertos, Pekín llega a paises con necesidades de desarrollo para construir lo que la gente realmente necesita.
El fin de la impunidad del mazo
EE. UU. es un imperio que puede destruir cualquier búnker, pero no ha sabido construir una plaza pública desde la caida del muro. Mientras la política exterior siga secuestrada por el beneficio corporativo de las armas y la orfandad de objetivos políticos, el gigante seguirá perdiendo la pelea por el título. En el siglo XXI, si no eres capaz de imponer tu paz, tu guerra solo es ruido, gasto y ceniza.


