El fundamentalismo científico, las ciencias y la filosofía

Por qué absolutizar la ciencia conduce a una mitología moderna y empobrece la comprensión racional de la realidad.


Román Hernández Suárez Román Hernández Suárez

(Colombia) Músico, arreglista y violinista en la Orquesta Sinfónica del Centro de Buenos Aires. Estudia Producción Musical en la Universidad Nacional de las Artes de Argentina y cursa el programa de Experto Universitario en Materialismo Político en el Instituto Beatriz Galindo. Se desempeña como secretario político de Vanguardia Colombiana, donde ha publicado artículos sobre filosofía política e historia.

El fundamentalismo cientifico (el cientificismo) es uno de los grandes males de nuestro tiempo junto al fundamentalismo religioso, el fundamentalismo democrático y el fundamentalismo economicista de libre mercado.

Suponer que la ciencia es el único método para alcanzar verdades es una proposición que no puede ser establecida ni demostrada por el método científico. 

Que solo hay que creer en aquello científicamente demostrable no es demostrable científicamente.

Que solo las ciencias nos dan conocimiento fiable no es un conocimiento que se pueda sacar de ninguna ciencia.

Las ciencias no están segregadas de la dialéctica de clases, Estados e imperios, y de las sociedades políticas en las que se desarrollan. 

Por eso, mayor cantidad de papers no significa nada. Creer que hay “ciencias independientes” de la vida política y de las ideologías es un mero idealismo sin ningún sustento racional.

Muchos científicos terminan haciendo filosofía creyendo que hacen “ciencia” por ser incapaces de entender el hecho tan sencillo (pero tan pasado por alto) de que las ciencias solo saben de su campo y no pueden explicar otros, que el saber mucho de un tema no te hace experto en otros porque las ciencias son saberes específicos, categoriales, concretos, y no son conmensurables ni reducibles unas a otras. Solo la filosofía es un saber genérico, general, intercategorial, transcategorial, que relaciona los demás saberes, los organiza, contrasta y categoriza (como Aristóteles distinguiendo tipos de saberes según su fin y su modo de verdad, o Santo Tomás de Aquino bajo las coordenadas de su tiempo clasificando los saberes en ciencias de la naturaleza, del hombre y de Dios, o Gustavo Bueno clasificando saberes de primer o segundo grado, y saberes categoríalmente “abiertos” o “cerrados” en su famosa ‘Teoría del cierre categorial’ en la que está basado este análisis).

Por eso solo se puede tener una idea o explicación de la realidad en su totalidad desde la filosofía.

Como lo decía Edmund Husserl “La subjetividad que produce la ciencia objetiva no puede ser, a su vez, objeto de dicha ciencia”.

Las ciencias no son los únicos saberes racionales, la filosofía, las humanidades, los saberes técnicos y artesanales también son racionales en su propia escala, aunque no sean ciencias en sentido estricto de la palabra.

Otro error del cientificismo es creer que una verdad científica es una verdad absoluta; las verdades absolutas no existen, existen las verdades concretas, objetivas e historicas, pero siempre inmanentes a un campo categorial concreto, a su propia materia y a su propio criterio de verdad. Esto no niega la posibilidad de existencia de verdades subjetuales, aunque sí niega el subjetivismo. Todo criterio subjetivo está a su vez determinado también por cuestiones objetivas-objetuales (esto da para otro artículo).

Pero la cereza del pastel son los que ven a “la ciencia” (que no existe en singular sino siempre en plural, las ciencias) como una especie de “magia” que todo lo puede en acto o en potencia, donde todo lo que no se puede hacer hoy solo es cuestión de tiempo y desarrollo para hacerlo posible en el futuro, como si con suficiente tiempo y desarrollo la “ciencia” podrá violar todas las leyes objetivas que rigen la realidad; por ejemplo, viajar en el tiempo, teletransportarse, construir naves que se moverán a la velocidad de la luz, resucitar gente del pasado o transferir la mente (no ya el cerebro, la mente) a otro cuerpo, burlando así el principio de Symploké donde no todo se puede conectar con todo.

Esto pasa porque algunos no pueden aceptar el hecho de que hay cosas que son totalmente imposibles y por más que las ciencias avancen nunca las podrán hacer:

Un triángulo es por definición un polígono de tres lados, y por más que avancen las ciencias nunca podrían hacer que un triángulo tenga cinco lados, ni en un millón de años de avances científicos podrán hacerlo, porque hay cosas que sencillamente son ontologicamente imposibles. 

Lo que hacen las ciencias es buscar entender esas leyes objetivas de la realidad para operar con ellas y manipularlas a su favor, pero siempre dentro de los límites de lo posible.

Por otro lado también es un error negar la importancia de las ciencias, y eso lo vemos en muchos “filósofos” que creen que no necesitan partir de las ciencias existentes para hacer filosofía y por eso no les interesa ni el álgebra, la aritmética, la geometría, la física, la química, astronomía, la geología y todos los saberes científicos sin los cuales es imposible hacer filosofía verdadera. 

No es por nada que Platón cuando fundó su escuela de filosofía en Atenas puso un letrero en la puerta que decía “que no entre aquí quien no sepa geometría”, porque sabía bien que la filosofía no es la madre de las ciencias sino que es hija de ellas, que depende enteramente de las ciencias para constituirse y no se puede hacer filosofía verdadera de espaldas a ellas, aunque la filosofía ya no es una ciencia ni una “superciencia”. 

Como ya se ha dicho, LA CIENCIA (esas mayúsculas hipostasian) no existe: existen las ciencias, siempre en plural, y son inconmensurables, es decir, no son reducibles unas a otras. Cada una se ocupa de un campo específico y no puede explicar a las demás. No se puede explicar la geología en términos de la mecánica cuántica, ni explicar la astronomía y el movimiento de los astros en términos químicos. Aunque puedan relacionarse de alguna manera y complementarse, nunca podrían reducirse unas a otras. 

Si se pudiera explicar la química en términos de la aritmética, entonces no sería necesaria la química y bastaría solo con la aritmética para entender los fenómenos químicos. Lo mismo ocurre cuando se pretende reducir la psicología a la neurología, como si lo que sucede en la mente pudiera reducirse a los procesos termodinámicos que ocurren en las neuronas, aunque ciertamente estén relacionados. 

Por eso, la llamada “teoría del todo” a la que muchos científicos como Steven Hawking le dedican su vida, se parece más a la búsqueda de la piedra filosofal o al flogisto de los alquimistas que a un proyecto científico real: así como la piedra filosofal prometía resolver muchos problemas distintos con una sola sustancia, y el flogisto pretendía explicar todos los fenómenos de la combustión con un único principio, la “teoría del todo” busca una explicación única para realidades muy diferentes y en escalas muy distintas, que, en los hechos, no pueden reducirse a una sola. 

Así, podría decirse que Steven Hawking, al no partir de una cosmovisión materialista ni de una filosofía correcta, orientó gran parte de su vida y sus esfuerzos hacia un ideal imposible de cumplirse.

Dicho todo esto, es necesario afirmar con claridad que la crítica al cientificismo no es una crítica a las ciencias, sino precisamente su defensa frente a su deformación ideológica. Las ciencias son imprescindibles para conocer y transformar el mundo, pero no agotan la racionalidad ni constituyen por sí solas una visión total de la realidad. Cuando se las absolutiza, se las saca de su campo propio y se las convierte en metafísica encubierta, dejan de ser ciencias y pasan a funcionar como mitología moderna y sofisticada.

La filosofía, lejos de oponerse a las ciencias, solo puede existir a partir de ellas, pero no para someterse a una en particular ni para disolverse en ninguna, sino para pensar sus límites, sus relaciones, sus conflictos y sus presupuestos ontológicos y políticos. Sin ciencias no hay filosofía posible; pero sin filosofía, las ciencias quedan ciegas respecto de su propio alcance, sus condiciones de posibilidad y sus implicaciones reales.

Frente al cientificismo ingenuo y al anticientificismo igualmente vacío, la única salida racional es reconocer la pluralidad irreductible de las ciencias (como de la realidad misma), su inserción histórica y política, y la necesidad de una filosofía materialista que, sin hipostasiar “LA CIENCIA”, sea capaz de dar cuenta del conjunto de la realidad sin caer ni en el mito del saber absoluto ni en el relativismo subjetivista. Solo así es posible una comprensión verdaderamente racional del mundo en que vivimos.

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