Jaime Goig
(España) Presidente del Ateneo Iberófono Juan Latino, político, comunicador y escritor con amplia experiencia en medios (Onda Cero, El País…). Ha sido director de comunicación en varias empresas españolas y ha desarrollado proyectos en sectores donde compiten marcas como Apple o Google. Su trayectoria combina información, narrativa y producción audiovisual. Actualmente estudia diversas disciplinas en el Instituto Beatriz Galindo – La Latina. Es editor en La Iberofonía.
Durante el pasado marzo, Trump ha ganado tantas veces la guerra de Irán que ha sido complicado llevarle la cuenta. En un ejercicio de inconsistencia narrativa difícil de replicar incluso en laboratorio, Donald Trump logró ganar, perder, volver a ganar, pedir ayuda, rechazarla y volver a declarar victoria en un lapso de menos de treinta días, todo ello sin que el mapa estratégico experimentara cambios proporcionales a tal despliegue retórico.
El 3 de marzo, la guerra ya estaba resuelta. “We won the war (Hemos ganado la guerra)”, anunció con la contundencia de quien no contempla matices. Cuatro días después, el 7, la victoria se consolidó: “We defeated Iran (Hemos derrotado a Irán)”. El conflicto parecía cerrado, archivado y listo para su estudio en academias militares. Sin embargo, el 9 de marzo se introdujo un elemento novedoso: “We must attack Iran (Debemos atacar a Irán)”. La guerra, aparentemente ganada, requería ser iniciada. En la misma jornada, el cierre volvió a activarse: “The war is ending almost completely, and very beautifully (La guerra está terminando casi por completo, y de forma muy hermosa)”. La guerra no solo terminaba, sino que lo hacía con una estética digna de mención.
El 12 de marzo se produjo el primer ajuste técnico: “We did win, but we haven’t won completely yet (Sí ganamos, pero todavía no hemos ganado completamente)”. La victoria existía, pero no del todo. Era una victoria en proceso, una categoría intermedia entre el éxito total y la necesidad de seguir insistiendo. El 13 de marzo se corrigió la ambigüedad: “We won the war (Hemos ganado la guerra)”. Sin matices, sin reservas. Victoria plena. Un día después, el 14, la situación adquirió un tono más operativo: “Please help us (Por favor, ayúdennos)”. La guerra ganada empezó a necesitar asistencia.
El 15 de marzo, la petición se transformó en advertencia: “If you don’t help us, I will certainly remember it (Si no nos ayudan, lo recordaré sin duda)”. La victoria, ahora, implicó memoria selectiva. El 16 de marzo se produjo uno de los giros más sofisticados del mes: “Actually, we don’t need any help at all (En realidad, no necesitamos ayuda en absoluto)”, seguido de “I was just testing to see who’s listening to me (Solo estaba probando para ver quién me escucha)”. La petición de ayuda se reconvirtió en experimento sociológico. En el mismo día, la amenaza regresó: “If NATO doesn’t help, they will suffer something very bad (Si la OTAN no ayuda, sufrirán algo muy malo)”.
El 17 de marzo, la relación con la NATO entró en una fase de redefinición: “We neither need nor want NATO’s help (Ni necesitamos ni queremos la ayuda de la OTAN)”. La organización dejó de ser necesaria y deseada. En paralelo, se abrió otro frente institucional: “I don’t need Congressional approval to withdraw from NATO (No necesito aprobación del Congreso para retirarme de la OTAN)”. La guerra en Irán comenzó a expandirse hacia el perímetro atlántico.
El 18 de marzo, el foco se desplazó hacia el Golfo: “Our allies must cooperate in reopening the Strait of Hormuz (Nuestros aliados deben cooperar para reabrir el estrecho de Ormuz)”. El estrecho de Ormuz pasó a ser el nuevo eje estratégico. El 19, la exigencia se intensificó: “US allies need to get a grip – step up and help open the Strait of Hormuz (Los aliados de EE. UU. deben reaccionar, dar un paso al frente y ayudar a abrir el estrecho de Ormuz)”. La reapertura del estrecho se convirtió en prueba de compromiso. El 20 de marzo, la diplomacia se simplificó: “NATO are cowards (La OTAN son unos cobardes)”.
El 21 de marzo introdujo una nueva variable: “We don’t use it, we don’t need to open it (No lo usamos, no necesitamos abrirlo)”. El estrecho que debía abrirse dejó de ser necesario. El 22 de marzo, la guerra recuperó su fase terminal: “This is the last time. I will give Iran 48 hours (Esta es la última vez. Daré a Irán 48 horas)” y, en un cierre contundente, “Iran is Dead (Irán está muerto)”. La historia pareció concluir de nuevo. El 23 de marzo, sin embargo, se concedió una prórroga: “We are giving them more time (Les estamos dando más tiempo)”. El final definitivo quedó aplazado.
El 24 de marzo, la narrativa regresó al punto de partida: “The war is nearing its end (La guerra está llegando a su fin)”. El 25, la guerra que terminaba se encontró en fase de diálogo: “We are still negotiating (Seguimos negociando)”. El 26, el adversario cambió de estado: “Iran is begging for peace. They gave us a gift. We will give them more time (Irán está suplicando la paz. Nos han dado un regalo. Les daremos más tiempo)”.
El 27 de marzo, la diplomacia alcanzó niveles óptimos: “Talks with Iran are going very well (Las conversaciones con Irán van muy bien)”. El 28, el final volvió a estar próximo: “War will be over soon (La guerra terminará pronto)”. El 29, la estrategia se abrió a la contingencia: “Maybe we take Kharg island, maybe we dont (Quizá tomemos la isla de Kharg, quizá no)”. La toma de la isla quedó en suspenso. El 30, la amenaza energética se situó en primer plano: “Open the Strait or we will obliterate all energy infrastructure and oil wells (Abran el estrecho o destruiremos toda la infraestructura energética y los pozos petrolíferos)”. El estrecho volvió a ser imprescindible. El 31 de marzo, finalmente, se cerró el círculo: “We dont need the strait, we got plenty of oil. Get it yourself UK (No necesitamos el estrecho, tenemos mucho petróleo. Consíganlo ustedes mismos, Reino Unido)”.
A lo largo de este recorrido, la guerra fue ganada, terminada, reabierta, negociada y redefinida en múltiples ocasiones sin que el lenguaje lograra estabilizar una versión definitiva de los hechos. La secuencia no reveló tanto la evolución del conflicto como la elasticidad del relato, capaz de adaptarse en tiempo real a necesidades tácticas, impulsos comunicativos o reajustes estratégicos. La victoria dejó de ser un punto de llegada para convertirse en un recurso retórico reutilizable.
Así cada declaración no sustituyó a la anterior, sino que la superpuso, generando una acumulación de finales, amenazas y aperturas que convivieron sin la posibilidad de resolverse. La guerra de Schrödinger.


