Mariano José Utín
(Argentina) Es médico y docente del Instituto Beatriz Galindo (España). Divulgador del Materialismo Político, es responsable de Vanguardia Argentina para la Liberación, una organización orientada a la formación ideológica. Participa activamente en debates filosófico-políticos y colabora con figuras como Santiago Armesilla. En redes sociales promueve ideas socialistas y antiimperialistas con un enfoque iberófono. Tiene experiencia como comunicador en conferencias, pódcasts y plataformas digitales. Combina su labor médica con el activismo político e intelectual de habla hispana.
Si hay algo que podemos considerar novedoso y “positivo” en las relaciones internacionales, a partir de la irrupción del “Huracán” Trump 2.0, es el fin de la hipocresía. El fin de la hipocresía de eso que llamamos “Derecho internacional”. El mismísimo Trump acaba de “blanquear” de manera descarada el hecho de que no están interviniendo en Venezuela para la reinstauración de la “democracia” y “los DD.HH.”, sino que es para apoderarse del petróleo, insumo fundamental para el desarrollo de las fuerzas productivas en esta era de matriz energética de hidrocarburos fósiles.
Los que analizamos la realidad -o intentamos hacerlo- desde el Materialismo Político, tenemos en claro que el Derecho no es algo divino, eterno o naturalmente dado, sino el resultado de una construcción humana producto de las relaciones sociales de producción, en el marco de las relaciones de fuerzas dadas por las dialécticas de clases, Estados e imperios. Es decir, parafreseando a Perón -y para decirlo claramente- “La fuerza es el derecho de las bestias”…humanas; y es, precisamente, la fuerza organizada y convertida en Poder político institucionalizado quién configura la realidad política, el Derecho y el “orden”; porque “salvo el Poder, todo es ilusión”, como nos dice Lenin. ¿Y qué es el poder? El Poder es la facultad de una voluntad social de cambiar la realidad y de imponerla a otra/s voluntad/es.
De la misma manera en que el Derecho en cada país se constituye de esta forma, el Derecho Internacional, es a la vez, producto de la misma lógica.
En definitiva, lo que pretendo explicitar es que las normas y leyes se constituyen posteriormente a una imposición por la fuerza de una parte político-social sobre otra. Para dicha imposición se requiere Poder. Poder real, material, fáctico, concreto, político e histórico. Y esto lo podemos hacer más explícito aún si reconfiguramos la frase de Mao Zedong: “El Poder emana de quién o quiénes controlan la mente de quien controla la boca del fusil”. La reconfiguración de la frese del Gran Timonel no me pertenece, sino que es autoría de Santiago Armesilla.
Así es como lo comprenden las clases dominantes de los Estados soberanos y es así, desde ya, como lo comprenden y ejercen las que conducen los Imperios.
De esta manera, la ley y el orden político-social dentro de un Estado se construye a partir de una dictadura de clase (sea burguesa o proletaria), donde una clase social -que emerge como victoriosa en la lucha dialéctica de clases- se constituye como clase hegemónica y dominante, y oprime y subordina a otra. Sin embargo, para que esta clase consolide su hegemonía también debe tener el poder de imponerse en el frente externo. Es decir, construir Poder cuyo umbral iguale o supere en potencia la fuerza del poder externo ejercido por otros Estados y/o Imperios.
No obstante, para que la situación de ley y orden impuesta por el Poder coagule, se necesita imponer el “relato” que justifique ideológicamente dicha situación. Así, el bloque de clases dominantes anglocapitalistas de la máxima potencia imperial triunfante de la última guerra mundial, además de imponer un nuevo orden político, militar y económico (Acuerdos de Bretton-Woods desde 1944 y luego salida del Dólar del patrón oro en 1971 pero conservándolo como moneda de transacción internacional), impuso su propio “relato” ideológico liberal-burgués neokantiano de “libertad”, “paz perpetua”, “respeto a las soberanías de las naciones”, “derechos humanos”, etc; sustentados y amplificados por instituciones políticas “supranacionales” como la ONU o las ONG´s propias; como por las enormes plataformas culturales-comunicacionales (Hollywood, TV, libros, revistas diarios, agencias de noticias y RR.SS.).
Sin embargo, el orden político no es algo eterno, sino que es una construcción de clase que puede mutar según las necesidades y los intereses de la clase que los construye. Cuando ese “orden” ya no es más funcional a los intereses de esa clase, entonces ese orden debe romperse para construir otro orden que le sea funcional a esa clase.
Así, una facción -actualmente hegemónica y representada por Trump- de la clase burguesa dominante yanqui, completamente consciente de su pérdida de poder e influencia internacional frente a las potencias asiáticas de los BRICS (principalmente por el poderío de la República Popular China y su Socialismo con características propias), ha decidido tirar por la borda el viejo “orden” internacional de “un mundo basado en reglas”(“sus” reglas) para forzar -manu militari mediante- un “nuevo mundo basado en reglas”. Para esto está utilizando su poderío militar apabullante desatándolo sobre las distintas naciones haciéndonos entender que las soberanías nacionales son entelequias temporales y coyunturales que de ninguna manera están aseguradas. Tan es así que la administración Trump lleva 7 intervenciones militares (bombardeos en Yemen, Irán, Siria, Somalia, Jordania, Nigeria y ahora Venezuela) en menos de un año de gobierno. Y en este sentido, ya no se esconden detrás de un relato liberal “bienpensante”, sino que actúan sin tapujos imponiendo su voluntad de poder. La acción -por necesidad de clase- se antepone al “relato”, entendiendo que ya habrá tiempo, una vez consumados los hechos, para construir dicho “relato” que lo justifique.
Así las cosas, hoy el mundo está dividido en dos grandes bloques. Uno monopolar anglocapitalista imperial, autotitulado “occidente”, que está constituido básicamente por el liderazgo de EE.UU. y sus vasallos (Unión Europea, Gobiernos títeres de Hispanoamérica y Japón); y otro bloque, el llamado “multipolar” liderado por China y Rusia en el marco de los BRICS y la Asociación de Cooperación de Shanghai. Entre estos dos bloques se está desarrollando hoy la dialéctica de Imperios.
En este esquema de dialéctica interimperial de guerra interimperialista, en este “nuevo orden mundial”, las naciones de la iberofonía no tienen relevancia alguna. Sumidos como estamos en divisionismos estériles, sin desarrollo de las fuerzas productivas y sin Poder nacional real, somos simples presas de caza de las fuerzas imperiales en conflicto.
Bajo la subordinación del bloque anglocapitalista imperial, la iberofonía no tiene más destino que el de ser vasallos pasibles de saqueo y explotación. Bajo la integración con el bloque BRICS, la iberofonía tiene posibilidades de construir soberanía si actúa de manera unida, racional y prudente.
Nuestro desafío como nación-civilización iberófona está en marchar hacia la necesaria unión bajo paradigmas poscapitalistas para construir Poder. Esta es la única posibilidad si queremos dejar de ser, de una vez por todas, objetos de la Historia y pasar a ser sujetos protagonistas de la misma. Una vez más se nos impone una disyuntiva histórica de hierro: unidos o dominados.


