Vladimir Boroa
(Chile) Vladimir Boroa es escritor, poeta y profesor de Lengua y Literatura de Chile. Titulado en la Universidad de Playa Ancha. Ha publicado dos libros de poesía: Escatología, poemas para un holocausto nuclear (2020) y Herrumbre o Del nacer (2024). Forma parte de Vanguardia Comunista de Chile desde 2021, donde ha colaborado en la redacción de efemérides y en la elaboración del programa político.
Ceremoniosos y narcisistas, alzan símbolos que aglomeran glorias hace siglos ya superadas. Repiten «viva España» como mantra, sin proponer proyectos materialmente efectivos, ni pensamiento crítico ante sus cánticos anacrónicos. Levantan en discursos un fetichismo identitario que tiende a engrosar las filas del fascismo nacionalista más aberrante posible. Se miran ante un espejo de hace siglos, se tatúan la Cruz de Borgoña, sueñan humedamente con los tercios españoles así como un hispanazi con la división azul, juegan con el Imperio Español en Age of Empires. Son frikis. Son impotentes contra la realidad actual. Nostálgicos inútiles para nuestro presente. A primera impresión parecieran amigos; a la segunda, solo queda parafrasear a Marx: se debe ser críticamente despiadado, más que contra los enemigos declarados, contra nuestros supuestos aliados.
No es para nadie sorpresa de que se haya engrosado una comunidad y un ciberespacio iberófonos o hispanos a estas alturas. Era inevitable. La lengua española es una de las más habladas sobre la tierra, y respecto a la portuguesa, ambas son mutuamente comprensibles sin suponer esfuerzo alguno, siendo en el territorio digital donde se volvieron a solidificar en una sola comunidad virtual (si acaso alguna vez estuvieron separadas la una de la otra).
Pero con el avance del pensamiento iberófono que día a día se construye, organizado políticamente y con miras en una aún más estrecha unión, otros movimientos han surgido (o nos preceden como momias) lanzando consignas engañosas y folclóricas, que terminan por convertir un discurso político en un discurso primitivo y estático, que se reduce a mera contemplación histórica, nutrido de brillante palabrería hispanofílica.
Ya resulta casi un pleonasmo adjetivar al hispanismo de onanista. Sabemos quienes son; sabemos cómo piensan. Conocemos de sobremanera su impotencia ante la realidad. Refugiados en la academia, mostrando cuan grandes fuimos y no cuan grandes podemos ser; o bien, ante una pantalla, comentando de manera superficial hazañas de un imperio que no cabe en nuestro tiempo. Como ratas, ambos. Hablamos de este hispanismo autorreferente, obsesionado con mirarse a sí mismo. Un hispanismo onfalístico, romántico y estéril para las luchas actualmente necesarias. Hablar con un hispanista es hablar con un huesero que se afana en la osamenta muerta, nunca con reconstruir una entidad política real como cuerpo ante el mundo multipolar.
Para joder un poco más: el hispanismo es un pensamiento ahistórico, tranquilizador, purista y estático, que no comprende el flujo histórico de los pueblos a lo largo del tiempo, ni los procesos sociales que a través de él han surgido; se trata de una invocación que evita el presente mediante una retórica que roza en un heroicismo de vitrina que jamás otorgará propuestas realmente transformadoras para los pueblos hispanos o iberófonos.
¿Cuál es el problema? que una estética sin praxis está sentenciada a heredar el fracaso, a ser un superficial fotograma en la larguísima cinta cinematográfica de la Historia, en la cual ninguno de nuestros pueblos será heróico. Los discursos de nostalgia son mera contemplación fetichista, sin ánimos de transformación. Mientras otras civilizaciones se convierten en infranqueables protagonistas de un filme, los hispanistas se conforman con seguir mostrando una película vieja que ya nadie recuerda. ¿Que importancia tuvo el hispanismo ante la invasión gringa en Venezuela, violando toda soberanía territorial? ¿Qué hizo el hispanismo por Venezuela antes de esta intervención gringa? ¿Que hizo el hispanismo ante todas las intervenciones gringas? Silencio. Nada. Como un latinoamericanista.
Y es que el gran problema de este tipo de hispanismo inválido y contemplativo es su impotencia: decora mucho pero no transforma nada. La realidad de aquello que llamamos hispanidad está repleta de dialécticas: no sabemos si somos hijos de dios, de españoles, de indios o de la chingada. Esta disyuntiva a muchos hispanistas les ofende, ya que consideran que lo español es un ente que todo lo abarca, sin comprender siquiera la compleja realidad material de los pueblos de hispanoamérica. Son tan limitados como los latinoamericanistas.
Si queremos (y debemos) realizar un proyecto conjunto con los pueblos iberófonos, empecemos por deserotizar la narrativa hispana, y reemplazarla por una identidad viva, dinámica y real. Ya no hay espacio en el presente para el Imperio español, que con sus pros y contra, su auge y su caída, nos heredó un pensamiento y una lengua. En palabras de Gustavo Bueno: El Imperio Español era un barco que naufragó, y todos los países que formaron parte de él son leños de ese barco.
Comencemos entonces a construir a partir de esos leños una nueva realidad. El barco ya está hundido. Hay que avisar eso a los hispanistas masturbatorios.
Se debe, para una verdadera revolución, arrancar del museo nuestras tradiciones y devolverlas al conflicto: a la economía, a la política, a la soberanía cultural, a la organización concreta de los pueblos. Organizar la rabia. Politizar a Dios. No pedir por favor que se nos recuerde como civilización: contruir, o morir en el basurero de la Historia.
Un hispanismo momificado es tan inamovible en su futilidad en el tablero geopolítico como lo es el fetichismo que desde los estados unidos se fabrica hacia los llamados pueblos latinoamericanos: pura pose vacía, latinismo hollywoodense, morenismo discursivo, agitación de vitrina. En esencia, hispanismo y latinoamericanismo son iguales de impotentes: adolecen de un fetichismo casi pornográfico sobre una realidad en la que se muestran inútiles: muestran mucho, y no saben qué hacer más que mostrar mucho.
Cómo sea, cuando esas ratas llamadas hispanistas (tan ratas como los latinoamericanistas) salgan de la academia y alteren la realidad, por fin podrán llamarse aliados; pero, por ahora, consideraremos que una rata es una rata, aunque venga de una biblioteca.


