Jaime Goig
(España) Presidente del Ateneo Iberófono Juan Latino, político, comunicador y escritor con amplia experiencia en medios (Onda Cero, El País…). Ha sido director de comunicación en varias empresas españolas y ha desarrollado proyectos en sectores donde compiten marcas como Apple o Google. Su trayectoria combina información, narrativa y producción audiovisual. Actualmente estudia diversas disciplinas en el Instituto Beatriz Galindo – La Latina. Es editor en La Iberofonía.
Imaginemos, en un ejercicio de pura ficción –pero una ficción reveladora–, el siguiente escenario: un presidente de Estados Unidos, sea quien sea, decreta que el gobierno de España es una narcodictadura ilegítima que amenaza la estabilidad occidental. Que, siguiendo el libreto venezolano, una lluvia de misiles “quirúrgicos” y “democráticos” cae sobre Torrejón, sobre Rota, sobre Madrid. Que las tropas extranjeras, izando la bandera de la “libertad”, desfilan por la Castellana para “proteger a la población” y “restaurar el orden constitucional”.
¿Cuál sería, en este hipotético y terrible día, el grito unánime de aquellos que hoy se proclaman adalides de la patria y la soberanía nacional? Uno esperaría, lógicamente, un estruendo de indignación. Un llamamiento a la defensa del suelo patrio, una condena unánime de la agresión, un redescubrimiento ferviente de la importancia de la unidad frente al agresor. La realidad, sin embargo, sería más sórdida. Veamos.
Hoy, gran parte de la autopercibida como derecha patriótica española vive en un estado de perpetua indignación, por cierto, más que justificada en ocasiones: las permanentes cesiones de Sánchez al independentismo, los casos judiciales y de “presunta corrupción” que le rodean, las contínuas cesiones ante adversarios geopolíticos como Marruecos, la dilución de la soberanía nacional en un europeísmo de opereta, y un largo etcétera de acusaciones que probablemente sean ciertas. ¿Justifica este escenario una intervención militar extranjera? La respuesta, desde la dignidad más elemental de un país, es un no rotundo. Pero la pregunta correcta es otra: ¿la aceptarían esos mismos “patrioteros” si con ello lograran su objetivo primordial de desalojar a Sánchez del poder?
La hipótesis no es tan descabellada si observamos el presente. Hoy mismo, España está bajo presión de Washington para que aumente su gasto militar hasta niveles que su economía no puede sostener, bajo la amenaza de represalias comerciales. Es una coerción económica, no militar, pero el principio es el mismo: la sumisión de la política nacional a un dictado exterior. Y se escuchan, en ciertos sectores, voces que argumentan que debemos plegarnos, que “hay que ser un aliado fiable”, es decir, dócil. La soberanía económica, otro pilar de la independencia, se sacrifica en el altar de una alianza que, en este escenario hipotético, podría volverse en nuestra contra. Cuando el patriotismo se reduce a eslóganes vacíos y a enarbolar banderas en balcones, es fácil traicionar sus fundamentos por una victoria política partidista.
El verdadero patriotismo no es un disfraz que uno se pone para atacar al adversario interno y se quita para recibir al salvador externo. El verdadero patriotismo es la defensa inquebrantable de la soberanía nacional, sea quien sea el que la ejerza. Es entender que el “nosotros” de la nación es anterior y muy superior al “ellos” de la oposición política, a cualquier Constitución o componenda. Un patriota no puede, sin renegar de sí mismo, desear la humillación de su país, el bombardeo de sus ciudades o la ocupación de su territorio, aunque con ello crea librarse de un gobierno detestable. Eso no es patriotismo, es simple y miserable odio partidista disfrazado de amor a la patria.
Por tanto, si ese día imaginario llegara, veríamos el espectáculo más nauseabundo de la política española. Veríamos a los apóstoles de la Patria buscando, entre los escombros de Madrid, al general estadounidense de turno para ofrecerle sus servicios como “gobierno legítimo en la sombra”. Veríamos cómo su retórica inflamada sobre la integridad nacional se evapora, sustituida por discursos sobre “intervenciones necesarias para la estabilidad” y “la transición hacia la libertad”. Justificarían lo injustificable, perdonarían lo imperdonable, con tal de ver su bandera, no la rojigualda, sino la de su facción, ondeando en la Moncloa humeante.
La lección de esta ficción es una verdad cruda: para cierta derecha española, la patria no es el territorio, la historia que se desarrolla sobre el mismo y la comunidad de la que formamos parte. La patria es, sencillamente, ellos mismos en el poder. Todo lo demás –la soberanía, la bandera, el honor– son sólo instrumentos útiles para alcanzarlo, y obstáculos desechables cuando no sirven a ese fin. Frente a ese patriotismo de ocasión, sólo cabe el desprecio de quienes amamos a España, y no a amos extranjeros.


