Jesús D.Castillo
(México) Es escritor, obrero y empresario, además de militante de Vanguardia Mexicana. Es licenciado en Ingeniería Aeroespacial y autor de textos dedicados a la militancia de las Vanguardias Iberófonas Socialistas. Columnista en La República, donde aborda temas de política y filosofía desde una perspectiva socialista. Participa en talleres de lectura y debates filosófico-políticos, colaborando con figuras como Santiago Armesilla. Utiliza plataformas digitales para difundir ideas socialistas y fomentar el debate político.
He puesto más de una ocasión sobre la mesa la discusión sobre la revolución mexicana, lo que esta significa, y si su movimiento fue verdaderamente una revolución o un simple reacomodo de poder sobre la misma base. La respuesta es más compleja de lo que pudiéramos realmente deliberar, lo que sí es que conforme la investigación se va acrecentando, se nota más claramente que fue ese movimiento político el que marcaría la política nacional mexicana hasta el día de hoy.
Es un tema que requiere tomos completos para analizarse, pero tampoco nos volvamos locos queriendo hacer toda una obra materialista de la historia hoy; vayamos a bocados y cucharadas, como diría el gran Marcelo Gullo. Se puede desenmarañar poco a poco lo que buscamos con esta tesis tan fuerte que marcaría realmente un hito en la forma de ver nuestra propia historia, con lo que esto implica a nivel político, socioeconómico e incluso civilizatorio.
El tema de la revolución y sus detalles es complejo, insisto, no quiero ahondar en los detalles de batallas sino en su resultado político, aunque este ejercicio requerirá ir constantemente de atrás hacia delante, al presente y de nueva cuenta hacia atrás, marquemos un fenómeno que conocemos; Álvaro Obregón y los obregonistas son finalmente lo que se imponen políticamente en el país, incluso más que el mismo jefe supremo; Venustiano Carranza, los obregonistas fueron realmente lo que terminaron de darle forma a la constitución del 1917, lo que realmente hizo Carranza como iniciativa fue lanzar un documento supremo con una tónica liberal avanzada, fueron los obregonistas los que efectivamente le dieron el carácter social que se había estado buscando durante los años anteriores destacando los temas educativos (Art. 3), de la propiedad (Art. 27), laborales (Art. 123) y de la relaciones de la Iglesia (Art. 130). Porque sí, la asamblea que le dio forma a la Carta Magna fue en un 80% obregonista, las ideas socialistas fueron inspiradas en su forma más específica basadas en el Programa del Partido Socialdemócrata Alemán, el mismísimo Programa que había diseñado Kautsky, el mismo que había criticado Engels, y el mismo que fue la base del Programa de Gotha que había destruido críticamente Marx antes de morir; el Programa de Erfurt, el cual incluía; 1) La Constitución: Sufragio Universal, separación de Iglesia y Estado, elección de jueces, control parlamentario en política exterior; 2) Derechos de los individuos: devolución del poder, fuerzas armadas civiles, libertad de asociación y de opinión, igualdad de derechos; 3) Estado benefactor: asesoría legal, servicios médicos y de funeral gratuitos, educación gratuita en todos los niveles, incluido el superior. Estos servicios se pagarán con impuestos progresivos a la propiedad, el ingreso y las herencias. Abolición de los impuestos indirectos; 4) Condiciones de la clase trabajadora: jornada laboral de ocho horas, regulación de trabajo, derecho a formar sindicatos, seguro del trabajo pagado por el Estado y administrado por los trabajadores.
Lo que vemos claramente es que una Carta Magna mexicana basada en los programas socialdemócratas alemanes termina formando lo que sus principios doctrinales políticos dictan: un poder socialdemócrata capitalista, que sí vela por intereses sociales muy particulares, pero nunca otorga a la masa popular mexicana un poder real. Se ha discutido mucho que la doctrina marxista no había llegado a México por diferentes cuestiones, pero sí llegaron los programas alemanes; no veo por qué Marx no haya llegado también al país, aunque también es cierto que, desde el poder geopolítico anglosajón, sí se toleraba que programas como el de Erfurt o el de Gotha fueran implementados en un vecino geopolíticamente tan importante como lo es México, pero jamás una doctrina marxista. Si el Estado Mexicano se construye sobre la base que criticó Engels ya en su texto sobre que la producción capitalista es colectiva, social y no individual; es claro que los arquitectos de la Revolución institucionalizada construían un horizonte al igual que Díaz; liberal, capitalista y protegiendo la propiedad privada, que si bien la producción de capital es social, sus beneficios eran privados, privatizados, apropiados por una clase capitalista que se coloca en la cúspide de la pirámide en su estructura y dentro de la arquitectura que el mismo Estado edifico; la desigualdad que tanto caracteriza a nuestro país. Así como el capitalismo tampoco es ausencia de planes y programas económicos, sino que es realmente pura planificación económica, solo que, en gran parte descentralizada, en ciertos momentos anárquica. Lo que se deja de fuera casi siempre en los análisis políticos del país es la ausencia de las Relaciones Internacionales, y cómo el Umbral de Poder se va imponiendo en la dialéctica de Estados e Imperios; los movimientos obreros internacionales del siglo XIX, la Revolución Soviética en Rusia, los movimientos marxistas en el mundo, y el mismo movimiento no revolucionario pero sí social en México fueron empujando a los grandes capitales a negociar, domesticar y conciliar las contradicciones de clase que el sistema de producción capitalista va edificando, y que no deja de germinar en su seno contantemente. Por ello, el Estado mexicano se edifica como un Estado del bienestar que las mismas condiciones de poder internacional permitían, también tolerando y conciliando las contradicciones de clase que existían. Es decir, el modo de producción capitalista necesariamente tuvo que adoptar medidas y relaciones sociales socialistas para poder sobrevivir a la dialéctica de clases, Estados e imperios que las izquierdas, tanto la comunista, asiática como la socialdemócrata, impulsaron a escala prácticamente universal; en México no es la excepción, sino que lo suficientemente evidente. Concluyendo en algo fundamental, es la esencia sólida que marca nuestro destino como nación, el carácter social que edifica la ya institucionalizada revolución mexicana, primero con el PNR, y después en su evolución, con el PRI, es meramente en la medida de lo posible a lo que la política y las relaciones de poder permitían y toleraban, una Estado del bienestar, no revolucionario, y manteniendo una relación de vasallaje al imperio anglosajón. Un carácter social no marxista, ni obrero, ni proletario, o al menos sólo en lo que el sistema de producción capitalista toleraba, permitía y conciliaba. Por ello, el PRI se forma y se consolida como un poder liberal corporativo capitalista, sin dudas, basado en la doctrina socialdemócrata alemana. Y esta parte del análisis nos da una base sólida para ver con ojos críticos el nuevo poder hegemónico en el país: Morena. Un poder con un fuerte carácter social, pero nunca disputando la estructura, ni la arquitectura, ni la base del sistema de producción económico capitalista con las relaciones de poder internacionales, y menos en un ambiente de grandes cambios geopolíticos con EE. UU., perdiendo fuerza y temiendo por su propia existencia.
La crítica debe hacerse a tiempo; no hay que dejarse llevar por la mala costumbre de criticar sólo después de consumados los hechos.
—Mao Zedong
La crítica que se haga a cómo ha operado nuestro Estado mexicano no es con la intención de solo señalar, sino de señalar para corregir; si no tenemos el ojo crítico para ver lo que se está haciendo mal, entonces vamos por la vida sin darnos cuenta de hacia dónde vamos.
El mismo Engels señala en su crítica del Programa de Erfurt soluciones que nos ofrecen una perspectiva a tomar en cuenta, 1) la reivindicación de la concentración de todo el poder político en manos de la representación de todo el pueblo; 2) el proletario no puede utilizar más que la forma de república única e indivisa; 3) la elevación del proletario como clase nacional y su dictadura llevaría una existencia de gran burguesía y otras clases, es decir, un Estado poli clasista, pero con predominio proletario; 4) toda producción de capital socialista debe hacerse en beneficio de toda la sociedad política mexicana. La maduración política de nuestro país implica reconocernos como lo que somos, una clara colonia anglosajona, un país donde prima más la acumulación de capital, un país donde la élite política mexicana es burguesa, siendo parte de la misma estructura, y un país donde al trabajador se le desprecia, se le pauperiza y se le instrumentaliza. El pueblo de este país está olvidado, se le adormece, se le mata poco a poco, se le llama para ser objeto de la democracia; no su sujeto activo sino pasivo, se le invoca para ser actor de su destino, olvidándolo, vaya paradoja. Sí, Calles, los obregonistas y finalmente la élite política mexicana basaron la construcción del país en un programa muy concreto: el Programa Alemán de Erfurt. No veo cómo existen todavía argumentos a favor de la existencia de una Revolución Mexicana, con toda la extensión de la palabra, al menos desde las coordenadas del Materialismo Político; no los hay.
¡Concentración de todo el poder político en manos de la representación de TODO el pueblo!
¡Un dique más se ha puesto a destruir el Estado mexicano liberal capitalista, que ha utilizado la “Revolución” fetichizándola!


