Adrián Sánchez Sallán
(España) Editor en La Iberofonía, especialista en defensa y geopolítica. Combina su profesión como técnico en procesos industriales con sus estudios en el programa de Experto Universitario en Materialismo Político en el Instituto Beatriz Galindo – La Latina. Es portavoz del Ateneo Iberófono Juan Latino.
Desde 2022, Ucrania ha construido un sistema de captación internacional que, en la práctica, funciona como una red de reclutamiento de combatientes extranjeros basada en promesas que rara vez se cumplen. A través de redes sociales, intermediarios informales y canales oficiales de la llamada Legión Internacional, se ofrecen sueldos atractivos, estatus legal y un supuesto trato igualitario con los soldados ucranianos.
Sin embargo, una vez en el frente, la realidad que describen decenas de testimonios es radicalmente distinta. Los extranjeros son enviados de forma recurrente a misiones de alto riesgo, los salarios se retrasan o no llegan, los contratos resultan opacos o inexistentes, y se levantan obstáculos deliberados para quienes intentan abandonar el combate. La guerra de Ucrania no solo se libra con tropas nacionales, sino también con extranjeros convertidos, en la práctica, en material desechable.
Las cifras respaldan esta percepción. Al menos 1.242 combatientes extranjeros han muerto luchando por Ucrania entre febrero de 2022 y enero de 2026. No se trata de casos aislados, sino de un patrón estructural que revela el coste humano de una política de reclutamiento que prioriza la cantidad sobre la protección real de quienes son enviados al frente.
La masacre iberófona: un patrón que no es casual
La tabla de fallecidos revela un hecho imposible de ignorar: los combatientes procedentes de países iberófonos están desproporcionadamente representados entre los muertos. Cerca de la mitad de las bajas extranjeras corresponden a este grupo lingüístico y cultural, lo que sitúa a iberoamerica y a países como España en el centro de una tragedia que rara vez ocupa los titulares internacionales.
Colombia, Perú, México y España concentran una parte especialmente brutal de las muertes, pero el caso colombiano destaca por encima de todos. Con 520 fallecidos, Colombia no solo lidera la lista: la desborda. Esta cifra no puede explicarse como un simple accidente estadístico. Refleja un sistema que busca mano de obra militar barata, experimentada y fácilmente reemplazable, procedente de países marcados por la desigualdad, la precariedad y una larga tradición de conflicto armado.


Colombianos: los más usados, los más expuestos, los más descartados
Los colombianos no solo son mayoría entre los combatientes extranjeros fallecidos. Según múltiples testimonios, también son los primeros en ser enviados a los sectores más peligrosos del frente. Exmilitares con experiencia son utilizados como tropas de asalto, destinados a abrir camino, limpiar trincheras y asumir el mayor riesgo en operaciones donde las probabilidades de supervivencia son mínimas.
En la práctica, esto se traduce en una utilización sistemática de colombianos como una suerte de escudos humanos modernos, absorbiendo el impacto de drones, artillería y ataques directos que, de otro modo, recaerían sobre soldados ucranianos. El resultado es una cifra obscena: más de medio millar de colombianos muertos, una mortalidad que difícilmente puede explicarse sin hablar de una política de exposición deliberada.
A este uso militar se suma una realidad aún más grave: el racismo. Testimonios reiterados describen a mandos y soldados ucranianos que tratan a los colombianos y a otros iberoamericanos como combatientes de segunda categoría. Se habla de insultos, desprecio por el acento, el origen y el color de piel, así como de peores condiciones de equipamiento, alojamiento y apoyo. La falta de traductores y de información adecuada deja a muchos en una situación de indefensión frente a órdenes, sanciones o decisiones administrativas.
No se trata de episodios aislados, sino de un patrón sistemático de deshumanización, donde el extranjero latino es visto como un recurso explotable, no como un aliado en igualdad de condiciones.
Contratos rotos, salarios fantasmas y familias abandonadas
El engaño no se limita al campo de batalla. Muchos colombianos fueron atraídos con promesas de sueldos que multiplicaban lo que podrían ganar en su país. En el frente, se encuentran con una realidad marcada por retrasos crónicos en los pagos, cantidades inferiores a las prometidas, compensaciones que nunca llegan y familias que quedan completamente abandonadas tras la muerte del combatiente.
Los contratos, cuando existen, son instrumentos sin fuerza real, diseñados para proteger a la estructura militar ucraniana, no al extranjero que arriesga su vida. Para muchas familias en Colombia, la guerra de Ucrania no ha significado una oportunidad económica, sino una cadena de deudas, trámites imposibles y una lucha constante por obtener información, cuerpos o indemnizaciones que nunca se materializan.
Atrapados en la guerra
Salir del frente tampoco es sencillo. Excombatientes denuncian retenciones, presiones administrativas y amenazas veladas para obligarlos a seguir combatiendo, incluso cuando están heridos o quieren abandonar. La promesa de “voluntariado” se transforma, en la práctica, en una forma de encierro militar forzado, donde la voluntad individual queda subordinada a una maquinaria que prioriza mantener efectivos a cualquier coste.
Una guerra sostenida sobre cuerpos extranjeros
El caso colombiano deja al descubierto una realidad incómoda: Ucrania no solo defiende su territorio, también sostiene parte de su esfuerzo bélico sobre cuerpos extranjeros, especialmente latinoamericanos. Que Colombia lidere con tanta diferencia la lista de muertos no es una coincidencia. Es el resultado de una combinación tóxica de reclutamiento agresivo en países empobrecidos, racismo estructural, uso de extranjeros como tropas prescindibles, incumplimientos contractuales y abandono sistemático de las familias.
La narrativa oficial de “voluntarios tratados en igualdad” se derrumba frente a los números y los testimonios. Para cientos de familias colombianas, Ucrania no fue una causa noble. Fue, sencillamente, una trampa mortal.


