Adrián Sánchez Sallán
(España) Editor en La Iberofonía, especialista en defensa y geopolítica. Combina su profesión como técnico en procesos industriales con sus estudios en el programa de Experto Universitario en Materialismo Político en el Instituto Beatriz Galindo – La Latina. Es portavoz del Ateneo Iberófono Juan Latino.
En un mundo donde la diversidad lingüística suele ir acompañada de fronteras invisibles, hay una excepción tan discreta como poderosa: el español y el portugués. Dos lenguas distintas, con trayectorias propias, que permiten algo poco común: entender al otro sin dejar de hablar la propia lengua, incluso cuando los interlocutores se encuentran a miles de kilómetros de distancia y en continentes diferentes.
No se trata de bilingüismo ni de traducción, sino de intercomprensión: la capacidad de comprender una lengua emparentada sin haberla estudiado formalmente. En el panorama global, no existe otro caso comparable. Español y portugués son las únicas lenguas que combinan una intercomprensión elevada con una presencia viva y cotidiana en varios continentes.
Ambas nacieron del latín en la Península Ibérica y durante siglos evolucionaron como lenguas vecinas. Más tarde, la historia las dispersó por América, África y Asia. Lo llamativo es que esa expansión global no quebró su cercanía esencial. A diferencia de otros grupos lingüísticos, la distancia geográfica no erosionó la afinidad entre estas dos lenguas.
Hoy, un lector hispanohablante puede aproximarse a un texto en portugués y captar gran parte del contenido sin aprendizaje previo. La experiencia es casi intuitiva: palabras reconocibles, estructuras familiares, una sensación constante de proximidad. En la lengua escrita, el grado de comprensión puede superar con facilidad el setenta por ciento. La oralidad presenta más obstáculos, sobre todo por las particularidades fonéticas del portugués, pero incluso ahí la adaptación suele ser rápida.
Existen otros casos de lenguas próximas que se entienden entre sí, pero casi siempre se limitan a espacios regionales concretos. Lo que vuelve excepcional la relación entre el español y el portugués es la combinación de millones de hablantes, estatus internacional, expansión intercontinental y comprensión mutua real. No hay otro par lingüístico que reúna todos estos factores al mismo tiempo.
Este vínculo constituye un capital cultural y comunicativo poco explotado. Podría facilitar intercambios educativos, circulación de ideas, cooperación científica y diálogo político sin necesidad de homogeneizar ni traducirlo todo. Sin embargo, con frecuencia se actúa como si la diferencia de idioma fuera una frontera infranqueable, ignorando la continuidad que existe en la práctica.
Reconocer la intercomprensión no implica diluir identidades ni borrar matices culturales. Implica aceptar que es posible entender sin hablar igual, y que la pluralidad no siempre es sinónimo de incomunicación.
En un escenario internacional cada vez más dominado por una sola lengua de poder, la relación entre el español y el portugués plantea una alternativa silenciosa pero estratégica. Más de ochocientos millones de personas comparten un espacio lingüístico intercontinental capaz de comunicarse sin intermediarios, pero rara vez actúan como tal. Tal vez el verdadero desafío no sea lingüístico, sino político: aprender a reconocerse, escucharse y proyectarse juntos en un mundo donde la comprensión también es una forma de poder.


