Jesús D.Castillo
(México) Es escritor, obrero y empresario, además de militante de Vanguardia Mexicana. Es licenciado en Ingeniería Aeroespacial y autor de textos dedicados a la militancia de las Vanguardias Iberófonas Socialistas. Columnista en La República, donde aborda temas de política y filosofía desde una perspectiva socialista. Participa en talleres de lectura y debates filosófico-políticos, colaborando con figuras como Santiago Armesilla. Utiliza plataformas digitales para difundir ideas socialistas y fomentar el debate político.
Es sumamente interesante cómo los mexicanos —y esto a lo mejor se puede extrapolar a otras latitudes de la Iberofonía, pero sobre todo en México y, mayormente, en el norte: en los estados de Baja California, Sonora (bueno, Sonora no tanto), Chihuahua, Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas, incluso también en la Ciudad de México y en Guadalajara un poco— son unos fervientes fanáticos del fútbol americano. Y no tiene nada de malo eso. El problema radica en la anglofilia del deporte y su contexto. Porque si bien ser fan o que te guste un deporte como tal no es el problema, el problema es adorar y fetichizar todo lo que haya alrededor de ese deporte. Porque la NFL es un deporte imperial por parte de EE. UU., y obviamente está para generar dinero. Claro, dentro del sistema de producción capitalista y dentro del corazón del imperio anglosajón, evidentemente está hecho para hacer dinero, nada más que para hacer dinero.
Pero la reflexión profunda respecto a esto es el orgullo que sentimos los mexicanos porque tal o cual mexicano juegue en la Liga Nacional de Fútbol angloamericano, la NFL. Es interesante: ¿por qué los mexicanos nos hemos visto achicados por los gringos? Nos han querido achicar, nos han querido hacer pequeñitos y nos han querido, ni siquiera que adoremos, sino que tengamos una buena percepción de nosotros mismos, haciéndonos ver como seres humanos incapaces. Y lo que hiela la sangre y desespera es la conformidad del mero hecho de sentirnos orgullosos de tener un jugador en la NFL y, claro, enorgullecernos de vender aguacate en toneladas hacia Estados Unidos. Algo que se ve peligrosamente aturdido, precisamente porque otro país iberófono, el Perú, también está vendiendo aguacate en este momento y el precio del aguacate en México se ha desplomado. Pero lo raro es cómo nos seguimos enorgulleciendo de vender aguacate a Estados Unidos.
Claro, orgullosamente vendemos aguacate, pero no tenemos la capacidad de crear computadoras, televisiones, vehículos en una industria automotriz pujante. No tenemos una forma de hacer acero, no tenemos industria farmacéutica, no tenemos industria médica, no tenemos una industria para lo más básico de nuestras necesidades primordiales de la vida diaria. No tenemos absolutamente nada para poder desarrollarnos como país, y no es que no haya recursos naturales o personas capaces, sino que no hay políticas adecuadas para que ello ocurra. Y si las hubo con el PRI, fue mera administración del imperio con un margen de maniobra industrialista, menos hoy con el Trump recargado que gobierna, ahora sí, América. Y nos paramos el cuello de que vendemos aguacate a Estados Unidos, en un evento, con políticas indefinidas, las cuales te hacen ver, y lo comparto, que obviamente nunca vamos a salir del hoyo
vendiendo aguacate. Mucha gente lo defiende porque deja un derrame económico muy grande —que no deja de ser cierto—, pero así nos tienen sometidos: subordinados ideológica, cultural, comercial e industrialmente a los intereses de Estados Unidos.
Obviamente eres un mexicano orgulloso, un orgullo que se dibuja desde los intereses de Estados Unidos, en los cuales tú te sientes orgulloso de cosas superfluas, sin mucha relevancia e importancia a nivel histórico, sin dejar marca en la historia, sin dejarhuella. Y sí, tu orgullo está basado también en la supuesta superioridad que tienes tú al estar cerca de Estados Unidos respecto a tus hermanos iberófonos del sur, es decir, todos los iberoamericanos. Porque sí, existe un desprecio por parte de los mexicanos hacia Iberoamérica, y la forma más fácil de verlo es precisamente en que Bad Bunny —me gusta decirle Conejito Malo— se va a presentar el día del Súper Tazón. ¿Cuántos mexicanos dijeron o se quejaron de que no estuviera un artista angloamericano en dicha posición, en lugar de sentir un orgullo profundo por Benito Antonio —un reconocido puertorriqueño, iberófono, a nivel mundial—, por ser el primer hispano en un evento en el corazón del imperio angloamericano en el que se va a presentar?
Que sea un tipo de música que a ti no te parezca, que no te guste o lo que sea, eso es independiente al orgullo que pueda sentir uno, porque un hispanoamericano ha rebasado y ha sido más famoso y más importante que muchos en el corazón del imperio, y eso es algo que debería hacernos sentir orgullosos a todos los iberoamericanos. Y lo verdaderamente fundamental, lo que realmente da valor a esta persona, a este cantante, es lo que dijo en su momento: que los estadounidenses tenían cierto tiempo para aprender español para entenderle al escucharlo en su concierto. Es decir, él pone por delante su idioma, su civilización, su gente, y esa gente somos nosotros. Y por lo mismo, nosotros debemos sentirnos orgullosos junto con él y por él.
Y es que no se trata solamente de ser orgullosamente mexicano y que un mexicano juegue en la liga de fútbol americano de la NFL, ni de vender aguacate. El problema radica en que no hay una mentalidad imperial por parte de los mexicanos, para nosotros formar una liga de fútbol para nosotros. No se trata de exportar jugadores, o de exportar ingenieros o científicos; se trata de que se queden aquí y de que nosotros
construyamos lo que merecemos verdaderamente. Se trata de que la NFL mexicana, o mejor dicho la LFA, sea la que organice un evento de magnitud global, no un Súper Tazón, sino un Súper Cazo: El Pitufo –el cazo más grande del mundo, en Michoacán–.
Y, aparte de eso, no se trata de exportar aguacates; se trata de exportar productos de industrias de punta hacia el exterior del mundo. Eso sería un verdadero orgullo, y no ser un exportador de monocultivo crónico, mano de obra calificada, subordinado a Estados Unidos.


