La Iberofonía
Equipo de edición de La Iberofonía, medio de comunicación del Ateneo Iberófono Juan Latino.
Donald Trump lanzó este martes una propuesta que mezcla la broma con la provocación geopolítica: convertir a Venezuela en el estado 51 de Estados Unidos. «Hagámoslo el estado 51 y, en vez de un presidente, celebraremos una elección a gobernador», dijo el mandatario durante un mitin de campaña en Corpus Christi, Texas, en apoyo a los candidatos republicanos de cara a las elecciones de medio mandato.
La frase, pronunciada en tono festivo ante sus seguidores, llega en un momento especialmente delicado para las relaciones entre Washington y Caracas. El mismo día de su declaración, estaba previsto que Trump, acompañado del secretario de Estado, Marco Rubio, visitara un buque cargado con petróleo venezolano que había atracado en uno de los puertos de Texas.
Durante su intervención, el presidente estadounidense también agradeció al Gobierno de Venezuela la firma de un acuerdo que otorga a la empresa North American Blue Energy Partners (NABEP) concesiones sobre 17 yacimientos petroleros del país. El dato resulta clave para entender el contexto de sus palabras: mientras bromea públicamente con anexionar el territorio venezolano, su Administración consolida en paralelo el acceso de una compañía estadounidense a recursos energéticos estratégicos del país caribeño.
La combinación de ambos hechos —la broma sobre la estatalidad y el acuerdo petrolero firmado el mismo día— no es casual en términos de lectura política. Venezuela posee las mayores reservas de petróleo probadas del mundo, un recurso que ha sido objeto de disputa, sanciones y presión diplomática por parte de Washington durante años. Que un mandatario estadounidense sugiera, aunque sea en clave de humor de mitin, que ese país debería perder su condición de nación soberana y pasar a depender de un gobernador en lugar de un presidente, se enmarca en una larga tradición de injerencismo estadounidense sobre los recursos naturales de la región.
No es la primera vez que Trump combina declaraciones provocadoras sobre la soberanía de otros países con movimientos económicos concretos. El patrón —comentario informal que normaliza una idea de dominio territorial, seguido de acuerdos que consolidan intereses materiales— se ha repetido en distintos frentes de su política exterior.
La pregunta que queda abierta es hasta qué punto estas declaraciones, por más que se presenten como bromas electorales, reflejan una intención real de presión sobre la soberanía venezolana, en un contexto donde el control de los yacimientos petroleros del país ya está, de facto, empezando a cambiar de manos.


