Tractoradas como respuesta a la Agenda 2030

Tratados de libre comercio y desamparo estatal: la urgencia de una alternativa real frente al agotamiento del modelo europeo.


Nazaret Martín Calvo Nazaret Martín Calvo

(España) Es una ganadera del norte de Extremadura conocida por su labor de divulgación en redes sociales sobre los principales problemas que afectan a su sector. Comparte su día a día en el campo para visibilizar la realidad de la vida rural y desmitificar prejuicios sobre el mundo rural. Además de su labor ganadera, es graduada en Derecho y técnico superior en Administración y Finanzas, combinando sus estudios con su vocación por la vida rural.

Por todos es sabido que la capital española se ha llenado de tractores recientemente con motivo de una nueva protesta llevada a cabo por una parte del sector agrícola y ganadero español, a la cual han acudido miles de agricultores y ganaderos del país para reivindicar, entre otras cosas, mejores condiciones para el campo, una flexibilización de la normativa comunitaria y
frenar los recortes de la P.A.C. (Política Agraria Común), la Agenda 2030 y el acuerdo UE-MERCOSUR.

Una de las consignas más escuchadas en la manifestación y leída en diversas pancartas fue: “Sin el campo, la ciudad no come”. Lo cual es cierto, ya que del campo, es decir, de la explotación de la naturaleza a través de las actividades agrícolas y ganaderas, es de donde proceden los alimentos. Pero, ¿de qué campo van a proceder a partir de ahora la mayor parte de los alimentos consumidos en los países comunitarios? La ejecución de los diversos tratados de libre comercio que la Unión Europea ha suscrito hasta ahora con países extracomunitarios permite, precisamente, la importación de alimentos a la U.E. provenientes de territorios productores en el ámbito agro-ganadero cada año más competentes, más mecanizados, con mejor tecnología de cara al futuro y con mayor ductilidad productiva y legislativa, como es el caso de Brasil (con Mercosur), Marruecos (en virtud del Acuerdo Euromediterráneo de Asociación UE-Marruecos) o Ucrania (a través de la Zona de Libre Comercio de Alcance Amplio y Profundo).

El descontento con las políticas comunitarias reina actualmente en el campo español, como resulta evidente, y cada vez son más frecuentes las protestas en este contexto, no solo en España, sino en varios países que forman parte de la Unión Europea, como son Francia, Alemania, Bélgica u Holanda. Sin embargo, nada debería sorprender sobre la costumbre comunitaria de celebración de nuevos tratados de libre comercio con países extracomunitarios, pues esta ha sido la tendencia de las políticas de la Unión Europea, al menos, durante las última décadas.

La Agenda 2030 es la extensión de la Agenda 2000, que a su vez es la extensión de la Reforma MacSharry del año 1992, todo lo cual tiene precedentes en la Conferencia de Stresa de 1958, donde se creó la Política Agraria Común, estableciendo a partir de ese momento normas agrarias comunes para todos los Estados miembros, ya que hasta entonces cada Estado mantuvo su propia política agraria. De aquella forma se homogeneizaron las políticas agrarias de los países miembros de la U.E. hasta el día de hoy, pasando por varias reformas. En otras palabras: la Unión
Europea viene desmantelando el sector primario de los países miembros desde hace décadas (prueba de ello es la falta del debido proteccionismo del mercado comunitario), e incluso podría decirse, si cabe, durante toda la existencia de la propia Unión Europea, con lo cual, resulta poco
sorprendente – que no injusto – el hecho de que se lleven a todo tipo de acuerdos de libre comercio que perjudican y llevan a la completa ruina y desamparo al sector primario, fundamentalmente agrícola y ganadero, lo cual se acentúa y es cada vez más notable y menos sutil con cada nueva
“reconversión” de las políticas agrarias comunitarias

Lo que sí resulta sorprendente es que algunas de las peticiones o reivindicaciones de una buena parte de los agricultores y ganaderos versen sobre una reforma o cambio político de la Unión Europea. Los problemas no se cambian: se resuelven, se acaba con ellos, se erradican y eliminan de raíz para que no vuelvan a aparecer, por lo que no resulta demasiado plausible exigir un cambio en una organización cuyo principal objetivo – sino de iure, sí de facto – desde sus inicios no ha sido otro que el de frenar el avance del potencial europeo y particularmente del potencial productor español. Asimismo, teniendo en cuenta que, como se ha mencionado en las líneas precedentes, parece ser que la tendencia en las políticas comunitarias y de los políticos comunitarios es justo la contraria a las peticiones de las voces reivindicativas del campo europeo, difícilmente podrá darse, al menos a corto plazo, una reversión de las inclinaciones de la U.E. para la celebración de más y mayores tratados de libre comercio que, como mínimo, dificultan e incluso frenan la posibilidad de competencia comercial internacional.

Para finalizar, resulta interesante mencionar el refrán español de “a grandes males, grandes remedios”. El campo europeo debe tomar una decisión: continuar utilizando los mismo métodos de protesta contra la devastación que la Unión Europea está engendrando en el sector primario comunitario, muchos de ellos probadamente fracasados en el pasado, o comenzar a exigir un cambio real, un cambio de sistema o de organización internacional que realmente implique una salida, una alternativa a la decadencia incontenible de una Comunidad Europea que está procurando que, muy probablemente, los sectores de la agricultura y la ganadería en los países de la Unión estén viviendo sus últimos días.

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