Soberanía en el siglo XXI: poder, chips y software

Sin microelectrónica propia, no hay independencia, ni unidad iberófona, ni futuro político


Jaime Díez Jaime Díez

(España) Pasó su infancia en Barcelona y se trasladó a Madrid con su familia, donde terminó sus estudios. Hispano. Miembro de las Vanguardias Iberófonas, maestro de obras, en continua formación en economía, materialismo político y análisis geopolítico.

En el debate sobre la construcción de soberanía nacional y la resistencia a la dominación imperial, dos perspectivas han ganado atención en ciertos círculos intelectuales y políticos. Por un lado, Marcelo Gullo en su obra La Insubordinación Fundante argumenta que el desarrollo industrial autónomo y la insubordinación cultural son elementos esenciales para escapar de la subordinación política y lograr la soberanía y la riqueza de un país. Por otro, Santiago Armesilla unifica ideas, esgrime la teoría de Marcelo Gullo y otros filósofos y agrega, entre otros elementos, la necesidad de la posesión de armas nucleares como un factor disuasorio primordial que garantizaría la independencia y la riqueza de un país que podría así permitir una unidad con una suma de fuerzas tal que le permitiría transformarse en un imperio generador, como elemento tecnológico que desarrolle al máximo las fuerzas productivas.

El factor de la microelectrónica, los sistemas operativos y el dominio orbital

Sin embargo, habría que agregar dos nuevos factores. Países como Pakistán, India e incluso Francia, poseedores tanto de industria significativa como de arsenales nucleares, demuestran que estos factores, aunque importantes, no impiden un alto grado de subordinación política, económica o estratégica al poder de Estados Unidos y sus aliados. Evidentemente, al no poseer la bomba nuclear ni una industria propia, Venezuela, a pesar de sus recursos y de una retórica antiimperialista, ha sucumbido finalmente a enormes presiones y sanciones estadounidenses, evidenciando que tampoco mediante el control de recursos estratégicos (petróleo) ni mediante alianzas alternativas ha conseguido tener un escudo suficiente. Tampoco desarrolló nunca un programa orbital propio que le permitiese espiar a los países enemigos ni desarrollar un sistema de comunicaciones soberano.

¿Qué elementos, entonces, marcan la diferencia en el siglo XXI? La clave de la soberanía plena parece haber desplazado su centro de gravedad hacia un nuevo dominio: la soberanía tecnológica integral, específicamente en el campo del hardware, el software y el control del espacio ultraterrestre. Es aquí donde naciones como China, Rusia y Corea del Norte han construido diques de contención más efectivos contra la hegemonía estadounidense, extendiendo su autonomía desde la Tierra hasta la órbita.

La posesión de armas nucleares es, sin duda, un poderoso elemento disuasivo contra una agresión militar directa. Actúa como un “seguro de vida” geopolítico. Pero en un mundo de guerras híbridas, sanciones económicas asfixiantes, control de flujos financieros, dominación cultural y dependencia estratégica de constelaciones satelitales extranjeras, la bomba, las materias primas y la industria son instrumentos necesarios pero no suficientes. Pakistán e India, en su rivalidad mutua, dependen en gran medida de alianzas, financiación, tecnología estadounidense y de sistemas de posicionamiento y comunicaciones como el GPS estadounidense. Francia, potencia nuclear e industrial, permanece anclada en la arquitectura de seguridad (OTAN), en los sistemas financieros liderados por Washington y en infraestructuras espaciales compartidas que limitan su autonomía estratégica. Su capacidad de acción independiente está severamente limitada por realidades más profundas.

La desconexión terrestre y orbital

La otra barrera contra la subordinación en la era de la información es la capacidad de desconectarse —o al menos, de operar— fuera de los ecosistemas digitales y espaciales controlados desde Silicon Valley, las agencias de seguridad y empresas como SpaceX (Starlink). Esto implica:

  1. Sistemas Operativos Soberanos: Desarrollar y adoptar masivamente sistemas operativos alternativos a Windows, macOS, iOS y Android, pero también sistemas operativos de tiempo real (RTOS) seguros y certificados para el control de satélites, vehículos de lanzamiento y estaciones terrestres. Rusia promueve Astra Linux y otros sistemas basados en Linux para su administración y ejército. Corea del Norte tiene su sistema Red Star OS. China avanza rápidamente con HarmonyOS (Hongmeng) de Huawei, KylinOS y sistemas dedicados a su programa espacial y de defensa. Sin un sistema operativo soberano que gestione desde los dispositivos móviles hasta los centros de control de satélites, la cadena de mando digital permanece vulnerable.
  2. Microelectrónica y Fabricación de Hardware Crítico: Desde los chips semiconductores (el campo donde la guerra con China es más feroz) hasta los terminales móviles, ordenadores y, crucialmente, los componentes electrónicos resistentes a la radiación (rad-hard) para satélites y sistemas aeroespaciales. China lucha por alcanzar la autosuficiencia en semiconductores a través de colosales inversiones estatales (iniciativa “Made in China 2025”). Sin esta capacidad, no solo el software propio corre en máquinas controlables desde el exterior, sino que tampoco se podrán construir constelaciones satelitales independientes para comunicaciones, inteligencia, posicionamiento y navegación (como el sistema chino Beidou o el ruso GLONASS), quedando a merced del GPS estadounidense y de constelaciones comerciales que pueden ser militarizadas o negadas en un conflicto.
  3. Infraestructura de Red Autónoma: Tener un internet soberano o, al menos, la capacidad de aislar la red nacional y mantener servicios críticos funcionando. El “Gran Cortafuegos” chino no es solo una herramienta de censura, sino también un mecanismo de protección y control de los flujos de información. Rusia ha realizado pruebas exitosas de desconexión de la internet global. Esta autonomía se potencia exponencialmente con una infraestructura satelital propia que provea banda ancha segura (ej: el proyecto chino GuoWang) y canales de comunicación reservados para el Estado, incluso si los cables submarinos son cortados o intervenidos.
  4. Dominio Aeroespacial Soberano: Poseer y operar una constelación propia de satélites de comunicaciones, observación de la Tierra, inteligencia señales (SIGINT) y posicionamiento global, controlados por software soberano y construidos con microelectrónica de origen seguro. Esto completa el triángulo de la soberanía del siglo XXI: Tierra, Ciberespacio y Órbita. Un país sin acceso garantizado a estos servicios orbitales autónomos es estratégicamente ciego, sordo y mudo en una crisis mayor. La capacidad de lanzamiento propio (cohetes) y de fabricación satelital completa la independencia en este dominio.

Este cuatrinomio —software, hardware, red y órbita— constituye el “cerebro, sistema nervioso y ojos en el cielo” de un Estado moderno. Quien controle estos elementos controlará, de manera efectiva, la economía, la comunicación, la logística, la inteligencia, la navegación global y, en última instancia, la capacidad de un país para tomar decisiones autónomas. Las sanciones estadounidenses que paralizan economías funcionan porque bloquean el acceso a los sistemas de pago (SWIFT), al software de diseño (CAD), a los componentes electrónicos esenciales, a las plataformas de comunicación y pueden negar o degradar servicios de posicionamiento y comunicaciones satelitales.

Venezuela, por el contrario, adoleció de una profunda vulnerabilidad tecnológica y aeroespacial. Su economía, hiperdependiente del petróleo, nunca desarrolló una base industrial diversificada, menos aún de alta tecnología o capacidades espaciales propias. Siguió operando en la lógica del siglo XX (control de recursos materiales) mientras el poder hegemónico se trasladaba al siglo XXI (control de información, plataformas y del espacio cercano). Cuando llegó la presión, no tenía un ecosistema digital ni una infraestructura orbital alternativa donde refugiarse. Su infraestructura crítica siguió dependiendo del software y hardware de EEUU y de los servicios satelitales extranjeros, haciéndola vulnerable al espionaje, interferencias, fuga de cerebros y a la potencial interrupción de servicios de geolocalización y comunicaciones por satélite esenciales para su industria petrolera y seguridad nacional.

Por lo tanto, la lección para nuestras naciones iberófonas que aspiran a su insubordinación fundante en el siglo XXI es clara: la bomba nuclear, la cultura y la industria protegen pero no completamente; la soberanía llegará si le agregamos a la ecuación, al menos, una variante fundamental: El desarrollo de una propia microelectrónica con los sistemas operativos asociados a la misma, y la construcción de un dominio aeroespacial autónomo. Sin esto último, un país puede tener el arma más poderosa, pero su sistema financiero puede ser bloqueado, sus comunicaciones espiadas o cortadas, su industria paralizada, su población influenciada y sus movimientos militares rastreados desde el espacio a través de plataformas digitales y satelitales extranjeras. Sería un gigante nuclear, industrial y científico-cultural con pies de barro.

La soberanía no se juega sólo en los altos hornos, en las fábricas, en los centros de enseñanza o en los silos de misiles, sino en los laboratorios de microelectrónica, en los centros de desarrollo de software, en las salas de control de satélites y en las fábricas de cohetes. China lo entendió y está en una carrera por la primacía en IA, está desarrollando un ordenador cuántico y ha construido el sistema Beidou como alternativa al GPS, además de avanzar en su estación espacial y en una constelación de comunicaciones segura. Rusia, a pesar de sus contradicciones internas, actúa en la misma línea con GLONASS y su programa espacial militar. Corea del Norte, en su aislamiento forzoso, tuvo que construir el suyo propio. Para cualquier proyecto nacional de liberación, el primer paso hacia la soberanía, unidad y riqueza contará también con una fábrica de chips, un sistema operativo viable, una constelación de satélites propia y una capacidad de lanzamiento autónoma que le permita desarrollar sus propias IAs, una nueva capacidad de defensa y una independencia estratégica integral frente al mayor imperio pirata que ha existido.

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