Mohamed Douhri
(República del Rif) Máster en Comunicación Internacional (Universidad de Cádiz, 2018). Refugiado político rifeño (septiembre de 2024). Técnico superior en Integración Social y Mediación Intercultural en la provincia de Barcelona (2023-hasta la actualidad).
Desde la perspectiva u óptica rifeña, sería muy útil hacer un preámbulo histórico encaminado a cuestionar la postura establecida por el relato oficialista de la Corte marroquí y sus cronistas allegados.
El sultán alauí Mohamed V en Córcega
El 20 de agosto en 1953, se montó un teatrillo premeditado en Rabat (cuando solo era la capital del Sultanato Cherifiano Alauí) entre las Fuerzas Colonizadoras Francesas y sus proyegidos, sultanes de Marruecos, para “secuestrar” a Mohamed V y llévarlo a la Isla Francesa de Córcega. Secuestro ¿Cómo se puede secuestrar a una persona que lleva consigo hasta 30 mujeres de su harén? Montaje: “blanco y en botella, leche”.
Esa fecha, el 20 de agosto, es considerada desde entonces en Marruecos como fiesta nacional, bajo la denominación “Revolución del Rey y el Pueblo”. Resulta comprensible si se observa desde la perspectiva de los súbditos de la dinastía alauí, en el poder desde 1666 principalmente en el interior del actual Marruecos, con la excepción de los territorios rifeños y saharauis, donde existían únicamente vínculos de carácter religioso y de alcance limitado con determinadas tribus.
Era de esperar que este suceso fuera considerado de ese modo, pues los nacionalistas marroquíes del Partido Istiqlal —mal llamados “muyahidines”, combatientes del denominado Frente de Liberación Nacional marroquí—, liderados por Abbas El Fassi, no cesaban de demostrar un apego y un apoyo incondicionales a la dinastía alauí.
Acuerdo de Aix-les-Bains, cerca de París, en 1955
Fue la antesala de lo que, un año después, ocurriría en Madrid. En ese contexto se reunieron el “secuestrado” —más bien chantajeado, o incluso calificado por algunos como “traidor del pueblo marroquí”— Mohamed V; los pesos pesados del Partido Istiqlal; el dirigente “socialista”, más tarde opositor del régimen marroquí y asesinado en París en 1965, Mehdi Ben Barka; y representantes del poder colonizador francés, encabezados por su primer ministro de la época, Edgar Faure.
Este último, tras firmar el acuerdo —considerado por algunos como injusto y contrario a la voluntad del pueblo marroquí—, cuando aún no se abordaba la situación de los territorios rifeños y saharauis bajo presencia española, pronunció una frase que, según estas interpretaciones, muchos marroquíes desconocen: «Acabamos de conceder a Marruecos la independencia dentro de una interdependencia.»
Acuerdo de Madrid del 7 de abril de 1956
Se veía venir, a la luz de lo firmado un año antes en París. Era casi imposible que el general Francisco Franco no cediera ante probables presiones francesas y estadounidenses —ya fuera para facilitar la normalización internacional de España y su ingreso en la Organización de las Naciones Unidas, o para evitar un eventual acercamiento de la Unión Soviética al estrecho de Gibraltar en el supuesto de una devolución de la independencia al Rif—.
En ese contexto, se habría permitido la firma de una cesión considerada ilegal e ilegítima del territorio rifeño a un poder que no estaba implantado de forma efectiva sobre el terreno. Cuando comenzó la ocupación en la segunda década del siglo XX, existían estructuras políticas propias en la región, como la denominada República del Rif, que se consideraba representante de un pueblo libre y soberano.
Este proceso se produjo tras los acuerdos internacionales previos que habían definido el reparto de influencias en la zona, especialmente los alcanzados en la Conferencia de Algeciras, que sentaron las bases para la posterior intervención y administración del territorio.

Como acabamos de afirmar, se habría vulnerado el derecho internacional, en particular el derecho del pueblo rifeño a decidir sobre su futuro mediante un referéndum de autodeterminación. Este principio fue reconocido en el marco fundacional de la Organización de las Naciones Unidas, creada en 1945 y consolidado posteriormente en sus instrumentos y resoluciones sobre descolonización. Se trata de un mecanismo concebido para dar voz y voto a los pueblos colonizados con el fin de que puedan decidir sobre su porvenir político.
Al hilo de lo expuesto, se sostiene que el pueblo rifeño quedó completamente marginado, con la única presencia de dos traidores: Mohamed ben Mizzian, jefe de la denominada Guardia Mora franquista, en representación del territorio del Rif central-oriental; y Abdelkhalek Torres, colaborador del Estado español en Tetuán, en representación del Rif occidental.
Pues sí, señorías, se dictaminó una anexión ilegal e ilegítima, o, dicho de otro modo, una segunda ocupación del territorio rifeño por parte del régimen marroquí.
Durante estos ya agotados setenta años, la ocupación marroquí, impuesta contra la voluntad de nuestro pueblo rifeño, ha resultado mucho más terrible y brutal que la española. La memoria colectiva rifeña evoca, con sangre y torturas, episodios y acontecimientos imborrables que se han transmitido de generación en generación, mientras todo ello se desarrollaba bajo el silencio y la complicidad total a nivel internacional.
En resumidas cuentas, en los tiempos actuales se percibe un renacimiento del espíritu soberanista rifeño, impulsado por los esfuerzos de los militantes del Partido Nacional Rifeño, especialmente en la diáspora europea y, en particular, en España.
Concluyemos con esta pregunta más que lógica y pertinente:
¿Está el Estado español dispuesto a hacer prevalecer el Tratado de Montevideo, que ratificó, en favor de una cesión remedial para la eventual independencia del territorio rifeño, tal como hizo Portugal con su antigua colonia de Timor Oriental, tras su anexión por parte de Indonesia?


