Francisco Oya
(España) Profesor de Historia con 35 años de experiencia. Licenciado en Historia Contemporánea por la Universidad de Barcelona y diplomado en Teología y Filología por la misma institución y por la Facultad de Teología de Cataluña. Preside la Asociación de Profesores por el Bilingüismo (APB), pionera en la defensa del derecho a la enseñanza en lengua materna. Ha sido coordinador de Enseñanza del sindicato CSIF en Barcelona y autor de diversos informes sobre manuales escolares de Historia en Cataluña. Colabora habitualmente con medios como ABC, El Mundo, The Objective, La Tribuna del País Vasco o El Catalán.
En el calendario cristiano hay dos fiestas fundamentales: Navidad y Semana Santa. Y las dos han sufrido continuos ataques por parte de sectores que desean destruir la civilización surgida de la Iglesia y del mensaje cristiano.
En Navidad se celebra el nacimiento de Jesucristo, que para los cristianos no es un mero hombre santo o profeta, sino la segunda persona de la Santísima Trinidad. Pues el Dios cristiano es uno y trino: Padre, Hijo y Espíritu Santo. La Palabra, el Logos de Dios eterno e increado, tal como dice el Prólogo del Evangelio de Juan, que “se hizo hombre y acampó entre nosotros” (Jn, 1, 14). Así que Jesucristo es Dios encarnado en un cuerpo humano. Una sola persona y una doble naturaleza (divina y humana), tal como quedó establecido en el Concilio de Nicea del año 325, del que se ha celebrado recientemente el 1.700 aniversario.
Esta doctrina resulta algo único y singular en la Historia de las Religiones. Es cierto que en el hinduísmo existe el concepto teológico de avatar, que consiste en el descenso o encarnación de un dios (se trata de una religión politeísta), el cual suele ser habitualmente Visnú, en una criatura física, natural y sensible. El avatar más importante y conocido es Khrisna, pero no el único, ni mucho menos. Pues en el Hinduísmo, la divinidad (Siva, Visnú …) puede encarnarse en incontables avatares, que ni siquiera tienen que tener forma humana forzosamente, pues se han manifestado en forma de pez (Matsya), tortuga (Kurma), jabalí (Varaja), e incluso de forma mixta (el hombre-león Narasinja). Salvo en el caso de Khrisna, un personaje real mitificado a lo largo de siglos, todos estos avatares son seres puramente mitológicos, no se corresponden con auténticas figuras históricas, al contrario de lo que sucede con Jesús de Nazaret, cuya existencia histórica no admite discusión.

Por otro lado, estas sucesivas y casi rutinarias encarnaciones de la tradición hindú producen una cierta devaluación del concepto teológico de avatar. Nada que ver con la doctrina cristiana, en la cual la segunda persona de la Santísima Trinidad divina se encarna una única vez en el hombre histórico Jesús de Nazaret, verdadero Dios y verdadero hombre, portador del mensaje definitivo de salvación. Como dice el libro de los Hechos de los Apóstoles: “Ningún otro puede proporcionar la salvación, no hay otro nombre bajo el cielo concedido a los hombres que pueda salvarnos” (Hch 4, 12). Cuando la segunda persona de la Santísima Trinidad asume la naturaleza humana se produce un intercambio desigual y la naturaleza humana se eleva hacia Dios. En expresión de san Atanasio: “Dios se hizo hombre para que el hombre se hiciera Dios”.
Todo esto es lo que se celebra durante la Navidad, concentrado y sintetizado en la figura de ese pequeño niño recién nacido que es el centro de nuestros belenes, acompañado de María (madre de Jesucristo, por tanto, Madre de Dios) y de José. Lo cual resulta un tanto indigesto para el humanismo racionalista y materialista, tanto hoy como en los primeros siglos de la Iglesia.
Arrio (256 – 336) desarrolló una cristología opuesta a la del Concilio de Nicea. Según él, Jesucristo no es de la misma naturaleza divina que el Padre, sino un ser creado, subordinado a Dios Padre. Lo cual parecía a muchos eruditos más aceptable intelectualmente que la doctrina ortodoxa de la Encarnación. El arrianismo pareció en algunos momentos que acabaría imponiéndose. Los pueblos germánicos fueron evangelizados por misioneros arrianos. El reino visigodo de España, sin ir más lejos, fue arriano hasta la conversión del rey Recaredo en el 589.

Hoy día existe un arrianismo difuso en las iglesias cristianas, incluida la católica. Así, Jesús es visto como un maestro bueno, un maravilloso ejemplo, un mártir por una causa noble. Y la Virgen María una encantadora muchacha judía que encaró de forma valiente y animosa un embarazo no planificado. Este arrianismo diluido tiene la ventaja de que puede ser compartido incluso por los ateos y los creyentes de otras religiones. Con lo cual se favorece el ecumenismo y el diálogo con todos, todos, todos. Y los funcionarios clericales de la Iglesia Católica no tienen que violentarse y pasar malos ratos defendiendo la doctrina católica tradicional (Santísima Trinidad, Jesucristo verdadero Dios y verdadero hombre, no digamos el nacimiento virginal …). Vaya, que todo son ventajas.
Este arrianismo implícito puede expresarse a veces de manera tosca pero absolutamente directa, por individuos con poca paciencia ante las sutilezas de la teología. Un amigo me comentó en una ocasión que estaba convencido de que “Jesús era un tío cojonudo. Pero de ninguna manera Dios, ¡qué barbaridad!” El problema es que de ningún tío, por cojonudo que sea, puede esperarse la salvación y la vida eterna. Pero si hablamos de Dios es otra cosa.
Para este arrianismo la Navidad resulta un tanto incómoda, pues no tiene mucha justificación, desde su punto de vista, este derroche de solemnidad para celebrar el nacimiento de alguien que, a fin de cuentas, está hecho de la misma pasta que todos los demás seres humanos. Así que pone todo su empeño en devaluar la Navidad, con el resultado de promover el descreimiento entre los fieles católicos. El arrianismo antiguo, al menos, tenía la pretensión de hacer el mensaje cristiano más digerible al mundo pagano, aunque hubiera que adaptarlo y deformarlo.
El puritanismo protestante también ha sido un gran enemigo de la Navidad. El reformador suizo Ulrico Zuinglio era absolutamente contrario a esas celebraciones, con el peregrino argumento de que no estaban mencionadas en los textos bíblicos. En 1643, bajo la dictadura de Cromwell, el Parlamento inglés promulgó una ley por la que se prohibían las celebraciones navideñas y se obligaba a “tratar el periodo de diciembre con solemnidad y humillación, ya que cualquier celebración es una incitación a la lujuria y la gula, con el insulto adicional de que se hace en nombre del nacimiento de Cristo”. En 1647 se reiteró la prohibición, que afectaba a los dulces, los villancicos, los grandes banquetes y el alcohol. El día de Navidad se convirtió en laborable, con el argumento de que era una fiesta papista. La prohibición duró hasta después de la muerte de Cromwell, pues sólo fue levantada en 1660 con la subida al trono de Carlos II. En Escocia la prohibición fue más exitosa, pues logró minimizar la Navidad hasta bien entrado el siglo XX: ¡hasta 1958 no se recuperó la Navidad como día festivo! Este encono contra la Navidad también atravesó el Atlántico, pues en 1659, la colonia de la Bahía de Massachusetts prohibió formalmente la celebración de la Navidad, castigando a cualquiera que se tomara el día libre.
La Revolución Francesa de 1789, modelo de las revoluciones liberales que se producirían durante el s. XIX, también prohibió la Navidad como parte de un amplio programa de descristianización para someter o destruir la Iglesia Católica. Dicho programa incluyó la promoción de cultos laicos (la diosa Razón, el Ser Supremo), calendarios republicanos con fiestas laicas, anticlericalismo radical (incluyendo la ejecución de los sacerdotes que se negaran a firmar la Constitución Civil del Clero), confiscación de bienes de la Iglesia, supresión de órdenes religiosas y destrucción de iconografía religiosa.
La Revolución Rusa de 1917, modelo de los regímenes socialistas del siglo XX, también prohibió la celebración de la Navidad para promover el ateísmo desde una visión muy negativa de la religión como “opio del pueblo”. Pero, al principio, el día de Navidad siguió siendo festivo, hasta la muerte de Lenin en 1924. Las tradiciones navideñas rusas se cancelaban o se distorsionaban. Por ejemplo, los villancicos tradicionales fueron sustituidos por otros que cantaban al comunismo y a Lenin; la estrella roja comunista desplazaba a la estrella de Belén, etc. En 1935 Stalin “rehabilitó” el abeto de Navidad, aunque descristianizado, que había estado perseguido desde 1924, y se promovieron adornos con símbolos comunistas. Por tanto, a partir de ese momento los símbolos navideños no fueron prohibidos, pero sí “resignificados”.

El triunfo del capitalismo, apoyado en la ideología liberal producto de la revoluciones francesa y norteamericana, desembocaría después de la Segunda Guerra Mundial (1939 – 45) en las sociedades de consumo de masas para los países centrales del sistema, singularmente EE. UU. Las fechas navideñas fueron vistas como una oportunidad inmejorable para promover entre las masas una auténtica orgía de consumo masivo a base de compras, comilonas, regalos y viajes, acompañada de un sentimentalismo empalagoso y orquestada por imágenes de Papá Noel de inequívoco sabor yanki, cuya imagen había sido remodelada en campañas comerciales de la Coca-Cola. Todo lo cual, evidentemente, implica una trivialización brutal del mensaje central de la Navidad, ahogado por la marea consumista.

El actual globalismo, promovido por el capital financiero internacional, también es un enemigo de la Navidad y promueve consignas que son divulgadas obedientemente por los dirigentes europeos y los principales medios de comunicación. Así, se cancelan mercadillos navideños y conciertos de villancicos, incluso se evita pronunciar el vocablo “Navidad”, sustituido en boca de dirigentes políticos y en documentos oficiales por unas vaporosas e innominables “Fiestas”. El argumento es la “multiculturalidad” y “no ofender a otras comunidades religiosas” (singularmente los musulmanes). Dicho argumento es absolutamente falaz, puesto que a los musulmanes normales no les molesta la visión de la simbología cristiana, de hecho en el Corán se considera a Jesús como profeta y en los países islámicos se venera a la Virgen María. En el metro de Teherán se ha inaugurado recientemente una estación dedicada precisamente a la Virgen María , algo impensable en los países occidentales cristianos. Es cierto que elementos yihadistas han atentado contra mercadillos navideños en diversas ciudades europeas en los últimos años, pero dichos ataques se producen en cualquier escenario y eliminar los mercadillos, evidentemente, no los va a detener. Por lo demás, es el globalismo quien ha inundado las ciudades europeas de musulmanes con la intención de ir desarticulando las identidades nacionales y diluir la religión cristiana, promoviendo una sincrética Religión de la Humanidad -o, como mínimo, una ONU de las religiones– que facilitaría un gobierno mundial.
La burocracia de la Unión Europea se ha mostrado como una seguidora fiel de estos planteamientos globalistas. En el año 2021 se redactó una guía que instaba a no pronunciar la palabra “Navidad”, sino definir este periodo como “Fiestas”. La justificación que se dio fue “Ilustrar la diversidad cultural de Europa y destacar la naturaleza inclusiva de la Comisión Europea con respecto a todos los modos de vida y creencias de los ciudadanos europeos”, así como “no dar por sentado que todo el mundo es cristiano” .
También es seguidora fiel de estos planteamientos la patética izquierda caniche internacional, y destacadamente la española (en la que se incluye el PSOE – PSC) que se ha convertido, en expresión de Marcelo Gullo, en la mano de obra más barata del capitalismo financiero internacional. Estos apóstoles del proletariado se dedican a incendiar belenes y a promover versiones blasfemas de teatro popular navideño en las que se deslizan siempre los delirios woke.

También hay que incluir en el catálogo de enemigos de la Navidad a los separatistas vascos y catalanes. En Cataluña se están promoviendo belenes separatistas ‘ sin que las autoridades eclesiásticas hayan dicho esta boca es mía. Este tipo de planteamientos ha producido un proceso de descristianización acelerado en las dos regiones españolas tradicionalmente más católicas (Cataluña y las Vascongadas) que son, en estos momentos, las más secularizadas de España.
En resumidas cuentas, son enemigos de la Navidad y, por consiguiente, del mensaje central cristiano: el arrianismo moderno, el puritanismo protestante anglo, el liberalismo, el comunismo, el consumismo capitalista, el capitalismo financiero internacional globalista, la burocracia europeísta, el yihadismo, la izquierda caniche, la ideología de género, los supremacistas vascos y catalanes. Todos acechando como lobos, cual émulos de Herodes, a este recién nacido al que desearían destruir como uno más de los 73 millones de niños abortados anualmente en nuestro mundo.
Aparte de ser una cuestión relativa a la fe personal, la Navidad ha producido tradiciones culturales muy representativas de la Civilización Hispánica que los españoles de ambos hemisferios no podemos dejarnos arrebatar. Está en juego, en última instancia, la posibilidad de reunificar al Mundo Hispánico en su integridad, y ello con independencia de la fe personal de cada cual. Por ello, los enemigos de la Navidad son y serán enemigos del movimiento hispanista.


