Román Hernández Suárez
(Colombia) Músico, arreglista y violinista en la Orquesta Sinfónica del Centro de Buenos Aires. Estudia Producción Musical en la Universidad Nacional de las Artes de Argentina y cursa el programa de Experto Universitario en Materialismo Político en el Instituto Beatriz Galindo. Se desempeña como secretario político de Vanguardia Colombiana, donde ha publicado artículos sobre filosofía política e historia.
La escolástica salmantina debe su nombre al claustro donde principalmente se desarrolló: la Universidad de Salamanca. Fue una vertiente renovadora de la escolástica medieval que combinó el rigor lógico del tomismo con aportes del escotismo y el nominalismo, principalmente entre los siglos XVI y XVII.
Representada por figuras como Francisco de Vitoria, Domingo de Soto, Juan de Mariana, Francisco Suárez, Luis de Molina, entre otros, integró la teología, la filosofía y el derecho en un sistema racional y sistemático que sentó las bases del derecho internacional moderno, defendió la soberanía popular y articuló una visión cristiana del orden político y moral en el contexto del Largo Siglo de Oro de hegemonía del Imperio Español (siglos XV al XVIII). Fue la base filosófica del proyecto civilizatorio hispánico de la monarquía católica universal. Es decir, en términos del materialismo político, fue la filosofía políticamente implantada en el mundo hispano durante nuestra época imperial hasta que tras la ruptura de las “independencias” lo comenzó a ser el liberalismo, que ha sido la filosofía o cosmovisión implantada políticamente desde el comienzo de nuestra vida republicana (y monárquica en España) hasta la actualidad.
Francisco Suárez es el máximo representante de la escolástica salmantina, siendo Disputationes Metaphysicae (Disputaciones metafísicas en español, Suárez [1597] 1960) su obra más influyente. Esta representa un punto de inflexión entre la filosofía escolástica y la moderna, y fue leída por Spinoza, Leibniz, Grocio, Pufendorf, entre otros; e incluso Heidegger reconoció su importancia.
Nosotros, como hispanos, somos herederos directos de esta tradición: la escolástica católica salmantina, entendida como la superación —con rupturas y continuidades— de lo griego, lo romano y las corrientes escolásticas previas. Se trata de una de las filosofías más racionales de la historia, pues en sus fundamentos —como lo afirma Cristo en la Biblia (Jn 8,32), desarrolla Santo Tomás y profundiza Francisco Suárez— está la idea de que solo la verdad nos hará libres, y que a la verdad se accede mediante el uso de la razón, que no se opone a la fe, sino que la complementa. La libertad es, entonces, el conocimiento de la verdad mediante el ejercicio racional orientado al bien común: “la búsqueda del bien, la verdad y la belleza”. Y la verdad es (para la misma tradición escolástica aristotélico-tomista) la coherencia o correspondencia entre el juicio (lo que se dice) y la realidad (lo que es) —un criterio bastante racionalista y materialista-realista—. Se puede resumir, también, en la siguiente frase de Aristóteles en su obra Metafísica, Libro IV (Γ), 1011b25–27: “Decir de lo que es que no es, o de lo que no es que es, es falso; decir de lo que es que es y de lo que no es que no es, es verdadero” (Aristóteles, 1994).
Según los salmantinos, el poder político proviene de Dios, pero reside primero en el pueblo, que lo delega en un gobernante. Dios es la fuente remota del poder, pero el pueblo es su fuente inmediata. Por tanto, el gobernante está obligado a procurar el bien común. Si actúa en contra del pueblo o del orden natural y divino del bien colectivo en favor de intereses particulares, se convierte en tirano. En tal caso, no hay obligación moral ni jurídica de obedecerlo, y el pueblo puede deponerlo, incluso por la fuerza. Esto hace de los escolásticos salmantinos precursores del contrato social, anticipando a pensadores modernos como Locke y Rousseau.
La escolástica católica —especialmente en su versión tardía, conocida como Segunda Escolástica— al haber sido la filosofía hegemónica y políticamente implantada en el Imperio Español, sobre todo a partir del siglo XVI, determinó el carácter imperial generador predominante de la expansión de la monarquía católica universal y constituyó la base filosófica, jurídica, política, teológica y moral del sistema imperial.
[…] la ciudad de Salamanca era la Silicon Valley de la época, donde la original asimilación de la obra de Tomás de Aquino dio lugar a un nuevo “sistema nervioso” para el mundo. Al proyecto colombino, validado en Salamanca, le siguió la cartografía que hizo posible la primera vuelta al mundo y una revolución científica en innumerables campos. Los sabios de esta Atenas castellana sentaron las bases de la astronomía, la física, el derecho internacional y hasta la economía de la Edad Moderna (Insua, 2026).
Esto se refleja en la formación de la élite eclesiástica y administrativa: el establecimiento de universidades en el Imperio —como las de Salamanca, Alcalá, Lima, México, Bogotá, Quito, Córdoba, Chuquisaca, etc.— siendo las universidades americanas injertos (o esquejes) institucionales de Salamanca y Alcalá. Sus estatutos y planes de estudio reproducen la estructura medieval-tomista salmantina y formaban a las élites en categorías escolásticas. Esto incluía a teólogos, juristas, obispos, misioneros y también a funcionarios civiles, quienes eran educados en las artes del Trivium (gramática, retórica y lógica-dialéctica) y del Quadrivium (aritmética, geometría, música y astronomía) bajo esquemas escolásticos, preparándolos para las denominadas ciencias superiores: filosofía, teología, derecho y medicina.
Estas universidades estaban abiertas tanto a peninsulares como a indígenas, así como a negros, mestizos y mulatos, sin distinción de etnia-raza (aunque sí de clase social, y no siendo esclavos sino súbditos plenos de la Corona española). Los principales pensadores del mundo conocido eran leídos y estudiados masivamente y había además una producción intelectual americana de alto nivel técnico.
Hablamos en serio de un alto nivel técnico en la América hispana (siglos XVI–XVIII), no de curiosidades locales, y los casos son muchos, son sólidos, sistemáticos y comparables con Europa, donde, a su vez, eran leídas y reimpresas las producciones americanas, influyéndose recíprocamente. Un ejemplo destacado de esta influencia e inclusión fue el franciscano Jerónimo Valera, mestizo natural de Chachapoyas (Perú), autor del Commentarii ac quaestiones in universam Aristotelis ac Subtilis Doctoris J. Duns Scoti logicam (Lima, 1610), considerada la primera obra filosófica escrita por un criollo en el Perú virreinal. Otro caso notable fue el de Juan de Espinosa Medrano (Calcauso, 1629 – Cusco, 1688), conocido como el Lunarejo, clérigo mestizo, catedrático, predicador, escritor y dramaturgo del Virreinato del Perú, quien dominaba el español, el quechua, el latín, el griego y el hebreo. Fue apodado por sus contemporáneos “Doctor Sublime”, “Demóstenes indiano”, “Fénix criollo” y “Tertuliano de la América”. Autor del Apologético en favor de Don Luis de Góngora (1662), el primer texto de crítica literaria escrito en América, es considerado una de las tres figuras más importantes de la literatura barroca hispanoamericana del siglo XVII, junto a los novohispanos Sor Juana Inés de la Cruz y Carlos de Sigüenza y Góngora.
Los escolásticos de la Escuela de Salamanca fueron pioneros en pensar un derecho de gentes (ius gentium) aplicable universalmente, incluso entre cristianos y pueblos indígenas. Por ejemplo, Francisco de Vitoria defendió que los indígenas americanos tenían tantos derechos naturales y políticos como los españoles peninsulares. También se esforzaron en regular ética y moralmente los sistemas económicos (como la encomienda, el comercio de esclavos, etc.). Muchas críticas al maltrato indígena nacieron desde dentro del marco escolástico, críticas que eran tomadas tan en serio por las autoridades españolas que lograron detener la conquista de América para realizar la Junta de Valladolid (1550-1551), célebre debate en el Colegio de San Gregorio de la entonces capital de España, dentro de la llamada “polémica de los naturales”, que sirvió para actualizar las Leyes de Indias, frenando la conquista de América durante un año por orden del emperador Carlos I. Tras este debate, se cambió el modelo de conquista: se sustituyeron las expediciones militares y violentas por un enfoque de pacificación y poblamiento, como prueban las ordenanzas de 1573 de Felipe II, que priorizaron la labor evangelizadora de los religiosos católicos y misioneros sobre la conquista militar. Surgieron nuevas leyes, se consolidó la figura del llamado entonces “protector de indios” para garantizar integridad y buen trato de las poblaciones nativas, y se sentaron las bases del llamado “Derecho de gentes”. Para algunos, el derecho internacional público, como disciplina, surgió en dicha Junta de Valladolid.


