David de Quevedo
(España) Es investigador en los campos de la filosofía, la política y la historia general. Estudiante del grado en Filosofía por la UNED, ha publicado artículos en medios como La Razón Comunista y SAENAL, donde aborda temas desde una perspectiva crítica y materialista. Colabora activamente con el grupo editorial de LaRepública.es. Es miembro de la asociación cultural Vanguardia Española. Su trabajo combina análisis teórico con compromiso político. Participa regularmente en actividades de formación y divulgación en el ámbito hispánico.
La geopolítica es una disciplina extraordinaria en el más puro sentido etimológico de la palabra, y es que con relación a Estados Unidos nada es ordinario ni seguro. Ser enemigo del Tío Sam significa correr riesgos claros, pero ser amigo no aleja de la letalidad; y las naciones que componen a estos últimos se verán obligadas a reconsiderar sus relaciones ─y sus admiraciones─ por el país de la libertad.
Seamos claros: Estados Unidos es un colosal artífice de apariencias en las relaciones geopolíticas, y en sus alianzas sabe exactamente hasta dónde llegar con un miembro internacional. El objetivo rotundo del cual jamás han apartado su fijación es mantener su hegemonía a cualquier precio, y lo que les es útil o no, se convierte en la vara de medición de sus actuaciones por el globo. Tras el atrevimiento de adentrarse en las tierras de Venezuela para
llevarse a Nicolás Maduro y juzgarle en suelo estadounidense, y tras apropiarse de la industria petrolera venezolana, parece que el próximo objetivo que Estados Unidos necesita para sustentar su fortaleza a futuro es la gran isla de Groenlandia. ¿Pero por qué una isla cubierta por glaciares,
alejada de todo movimiento humano y falta de atractivo turístico goza ahora de una importancia de primer orden?
Se prevé que para mediados de siglo, aproximadamente para 2050-2060, el polo norte perderá de forma definitiva su capa de hielo más firme, posibilitando más ampliamente el tráfico comercial y de materias primas por zona polar. Actualmente el Paso del Noroeste, extendido entre el Estrecho de Bering y el Mar de Labrador durante 5.700km ─unos 4.000km más corto para los buques que si optan por el Canal de Panamá─, comprende un núcleo fronterizo entre tres naciones: Estados Unidos, Canadá y Dinamarca. Y es precisamente este paso el interés que tiene Donald Trump para hacerse con la isla de Groenlandia. Arrebatarle la isla a Dinamarca garantizaría tres cosas: la primera, dominar la mitad occidental del Polo Norte en materia de
tránsito de buques que opten por atravesar el Paso del Noroeste debido a su corta distancia en comparación con el Canal de Panamá o con el Estrecho de Magallanes. La segunda, ser competitivos frente a la Ruta del Mar del Norte ─la mitad oriental del Polo Norte─, un tránsito por el que China y Rusia están apostando desde hace más de una década para envío de mercancías, en su mayor parte dentro de las fronteras marítimas rusas, y que dará lugar a
competencias geopolíticas una vez el hielo se derrita en los veranos polares del norte. Y tercero, petróleo. Se estima que Groenlandia posee enormes reservas petroleras ─en torno a 30 mil millones de barriles según algunos diarios─, de gas natural, y un porcentaje interesante de tierras raras. El problema de la topografía groenlandesa es que se estima que las mayores reservas de petróleo se encuentran bajo densas capas de glaciar, lo que encarece su extracción. De manera aproximada el 80% de la isla es un glaciar compacto y de gran profundidad.
No obstante y tras la aclaración de los tres motivos principales por los que Estados Unidos necesita Groenlandia, ¿qué cabe esperar del gobierno danés? Copenhague y Nuuk han afirmado en varias ocasiones que Groenlandia no está en venta, además de apuntar a las clásicas afirmaciones como que la ocupación estadounidense supondría la violación del Derecho
Internacional y de los postulados del Tratado del Atlántico Norte, elaborado este último en la ciudad de Washington el 4 de abril de 1949. Naturalmente los Estados optan por la prudencia en cuanto a conflictos y agresiones de miembros mundiales más poderosos que ellos, siendo lo más probable que, si se da el arrebato de la isla de Groenlandia a Dinamarca por parte de los Estados Unidos, el resto de miembros de la OTAN, y pese al Artículo 5 del reglamento, decidan no intervenir en el conflicto. Incluso es altamente probable que Dinamarca tampoco mueva un dedo. ¿Quién se va a enfrentar a Estados Unidos en una escalada de acontecimientos? ¿Quién va a poner en riesgo su integridad frente a un actor que, debido a su magno poder y debido a la dependencia que sus huestes tienen de él, puede causar estragos si el arrojo se comete? ¿Dinamarca va a hacer eso? ¿Dinamarca va a atreverse a liderar una decisión geopolítica anti-OTAN que busque arrastrar a otros miembros hacia la salida de la misma? La OTAN no es un acuerdo de países soberanos iguales, eso es un rótulo que queda bello sobre el papel. La
realidad efectiva geopolítica es que los Estados miembro de la Organización del Tratado del Atlántico Norte son los esbirros de una nación que hace y deshace entuertos para garantizar su buen orden, su eutaxia en términos de Aristóteles.
Pues lo que guía a Estados Unidos nunca ha sido la expansión de la democracia, esta solo es un eslogan-herramienta que valida su forma de política expansiva frente a otros modelos más o menos competitivos. Tampoco les ha guiado la liberación de pueblos en un estado de
sometimiento. Mucho menos la libertad, término abstracto donde los haya. Lo que siempre ha movido a Estado Unidos son las decisiones que le lleven a perpetuar su hegemonía mundial, y si para ello tiene que arrasar a un Estado miembro de su séquito como Dinamarca, no dudará en hacerlo mientras el resto, con toda probabilidad, se limiten a observar y a anunciar que las
mismas acciones violan los mismos derechos de siempre y por los que nadie con más fortaleza internacional paga absolutamente nada.
Que Dinamarca se prepare, pues la realidad geopolítica apunta a que nada garantiza que Groenlandia vaya a seguir formando parte de la corona danesa en cuanto Estados Unidos decida mover ficha.


