La Iberofonía
Equipo de edición de La Iberofonía, medio de comunicación del Ateneo Iberófono Juan Latino.
En contraposición a la concepción popular de que en la Segunda Guerra Mundial hubo un bloque ganador, la realidad histórica apunta a un único gran beneficiario estructural: Estados Unidos. Mientras el resto de las potencias veían sus fábricas y carreteras reducidas a escombros, Estados Unidos permaneció a salvo, protegido por dos océanos y alejado del frente. Su superioridad era tal que acaparaba cerca del 50% de la producción mundial con apenas el 5% de la población. Ante semejante capacidad productiva, el gran interrogante era cómo mantener en marcha esa maquinaria y enriquecerse a escala global. Sin embargo, en este plan maestro existía un inconveniente fundamental: la expansión internacional de las ideas comunistas. Para Washington, cada país que adoptaba este sistema representaba un mercado cerrado, un espacio donde ya no podían proyectar su excedente industrial. Por ello, Estados Unidos no dudó en someter a cualquier país que hablase de comunismo, financiando oposición, guerras, golpes de Estado y, especialmente en Hispanoamérica, auténticos crímenes, asesinatos y sabotajes como los del Plan Cóndor. Aprendiendo de la historia y de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos se dio cuenta de que la mejor forma de someter a un pueblo no es en la guerra que también, sino en la propaganda. Por tanto, tomaron prestadas las ideas de Joseph Goebbels, ministro de propaganda alemán. Desde entonces, se encargaron de que la creación, a escala industrial, de propaganda anticomunista fuese un objetivo fundamental e irrenunciable. Se amparan en tres principios fundamentales: el principio de simplificación y enemigo único, el principio de vulgarización y el principio de orquestación.
Por ejemplo, el principio de simplificación y enemigo único se aplica al reducir toda la complejidad de un país a una sola figura villanizada, (véanse así los antiguos líderes de de la antigua URSS) o como cuando se personifica a todo un Estado en la figura del «ayatolá» o de un líder concreto para canalizar el rechazo en un único objetivo mediático. El principio de vulgarización se ejemplifica al transformar dinámicas geopolíticas y económicas complejas en consignas simples y emocionales adaptadas al menor nivel intelectual posible, buscando llegar a la totalidad de la población, como presentar conflictos internacionales como una mera «lucha entre la libertad y la tiranía». Por último, el principio de orquestación se observa en la repetición constante y coordinada de estos mismos relatos a través de cadenas de televisión, prensa, cine y redes sociales, hasta que la narrativa deseada se convierte en una verdad asumida por la opinión pública.
Hacia la propaganda actual, pongamos el ejemplo de la guerra con Irán. Antes de hablar de propaganda, es necesario comprender el contexto iraní, donde una vez más, Estados Unidos es un actor fundamental. Las raíces de este conflicto se remontan a 1953 con la Operación TPAJAX, un golpe de Estado orquestado por la CIA y el MI6 británico para derrocar al primer ministro democrático Mohammad Mosaddegh —que había nacionalizado el petróleo— y colocar en el poder al Sha Mohammad Reza Pahlevi. La posterior y brutal represión de su policía secreta (SAVAK) y la sumisión del Sha a los intereses occidentales destruyeron la vía democrática y allanaron el terreno para que la revolución de 1979 derivase en la actual teocracia.
Una vez comprendido esto, volvemos a la actualidad. ¿Cuántas veces has oído hablar de la brutal represión ejercida por parte del ayatolá hacia civiles? Pues bien, el 6 de abril de 2026, Donald Trump nos confirmó que Estados Unidos financió y armó a grupos opositores dentro de Irán. En este contexto, la cosa cambia, entenderán ustedes que no es lo mismo lidiar con protestas civiles que con grupos armados. El modus operandi es sencillo: se arma a la oposición, se congelan fondos iraníes, se sanciona, se crean artificialmente protestas y, cuando estas llegan, se bombardea masivamente con cifras infladas, mentiras e ideas demostradas falsas como la incapacidad de las mujeres para no ponerse el velo, todo esto gracias al monopolio mediático estadounidense.
Una vez que ya han creado una imagen horrible de Irán, se aplica un concepto importantísimo a la hora de hacer propaganda, la hiperrealidad, forzando a la gente a confundir la realidad con la representación de esta. ¿Qué quiero decir con esto? la Casa Blanca comienza a publicar vídeos de bombardeos con estética de videojuego, estilo GTA, buscando que la gente no se alarme con la guerra. El formato ya nos condiciona, nos llega una visión falsa, viral y ultraestética de la guerra normalizándola y deshumanizándola.
Comprender los engranajes de la hegemonía y de la propaganda estadounidense nos exige trascender el relato unidimensional que dictan los centros de poder occidentales. Ser conscientes de operaciones históricas como la de Irán en 1953 o descodificar las estéticas hiperrealistas con las que se normaliza el conflicto actual no es un ejercicio teórico abstracto, sino una herramienta de defensa política indispensable. Solo desde la conciencia crítica, la defensa de la soberanía de los pueblos y la firme resistencia ante el bloque globalista e imperialista podremos construir un horizonte verdaderamente emancipador y libre de injerencias anglosionistas.
Por pedirme que no toque el contenido, he dejado intacto un pequeño error: “de de la antigua URSS” lleva un “de” repetido, y “la guerra que también” parece necesitar una coma. Si quieres, corrijo esos dos detalles.


