Santiago Armesilla
(España) Doctor en Economía Política por la Universidad Complutense de Madrid con sobresaliente cum laude y doctorando en Filosofía por la Universidad de Salamanca. Licenciado en Ciencias Políticas, cuenta con dos másteres: en Análisis Político y en Formación del Profesorado. Ha sido investigador posdoctoral en el CONICET (UBA) y ha desarrollado una amplia carrera docente e investigadora. Es autor de varios libros, entre ellos Lenin. El gran error que hizo caer la URSS (Almuzara). Desde 2024 es rector del Instituto Beatriz Galindo – La Latina.
Karl Marx es, probablemente, la figura filosófica y política más calumniada de los últimos dos siglos. Entre los tópicos más repetidos por sus detractores, dos han calado especialmente en el ámbito de habla hispana gracias a la difusión que les dio el filósofo social-liberal y anticomunista Antonio Escohotado, que en paz descanse: que Marx nunca trabajó, que fue un vago, y que dejó morir de hambre a sus hijos. En el presente artículo, firmado conjuntamente por ambos autores y apoyado en las biografías académicas de Sven-Eric Liedman y Heinrich Gemkow —así como en el vídeo que Santiago Armesilla dedicó a este mismo asunto, elaborado a partir de una investigación original de David de Quevedo—, desmienten ambas acusaciones, que no son sino Leyenda Negra Anticomunista.
Origen familiar y una curiosa genealogía
Karl Heinrich Marx nació en Tréveris, una pequeña ciudad prusiana cerca de la frontera con Luxemburgo, el 5 de mayo de 1818. Su familia era de origen judío askenazi, con varios rabinos entre sus antepasados —su tío Samuel era el rabino mayor de la ciudad—. Su madre, Henriette, procedía de Nimega, en los Países Bajos, de otra familia judía askenazi neerlandesa, y jamás llegó a hablar ni escribir alemán con fluidez. Una tía de Marx, Sofía, se casó con Lión Philips, abuelo del fundador de la empresa Philips. De ocho hermanos, solo Marx y tres de sus hermanas sobrevivieron a la tuberculosis que asoló a la familia; esa misma enfermedad dejó a Marx una salud pulmonar frágil de por vida, que influiría en que muriera a los 64 años.
Su padre, Heinrich, abogado formado en Francia, prosperó económicamente en Tréveris, pero vio peligrar su estatus cuando Prusia se anexionó la ciudad en 1814. Aquí conviene una digresión histórica curiosa: Tréveris fue territorio del Imperio Español en dos ocasiones, de 1630 a 1632 y de 1635 a 1645. Durante el siglo XVII, su elector fue Karl Kaspar von der Leyen, de la Casa de Leyen, familia de la alta nobleza germánica cuyos orígenes se remontan al siglo X. El último miembro distinguido de esa casa, Heiko von der Leyen, se casó con Úrsula Albrecht, quien, al adoptar el apellido de su marido, es hoy conocida como Úrsula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea desde diciembre de 2019. Un hilo genealógico que une, sin pretenderlo, la ciudad natal de Marx con una de las figuras más visibles del liberalismo institucional europeo contemporáneo.
Para evitar las restricciones laborales que pesaban sobre los judíos en Prusia —que limitaban su acceso a cargos públicos y académicos—, Heinrich convirtió a toda la familia al luteranismo, religión de Estado prusiana, aunque la mayoría de los habitantes de Tréveris eran católicos. Karl fue bautizado en 1825, con siete años, pero nunca fue creyente y se declaró ateo desde que tuvo uso de razón. Heinrich, gran admirador de la Revolución Francesa y de la Ilustración —adherido a la izquierda jacobina, la primera generación de las izquierdas políticamente definidas según la caracterización de Gustavo Bueno en El mito de la izquierda (2003)—, inculcó a su hijo esa valoración positiva del legado revolucionario. En enero de 1834, en plena Tréveris prusiana, padre e hijo participaron en unos festejos donde la ciudad sacó a la calle la bandera tricolor francesa y entonó La Marsellesa, en un ambiente que también celebró la Revolución de 1830. Heinrich y Karl mantuvieron siempre una relación de profundo cariño intelectual; cuando Heinrich murió de tuberculosis en 1838, con 61 años, Marx llevó grabada esa pérdida el resto de su vida, guardando siempre en su abrigo un daguerrotipo de su padre —el mismo que se encontró entre sus pertenencias cuando él mismo falleció.
Formación filosófica y el amor de su vida
Antes de la universidad, Marx estudió en el gymnasium Friedrich Wilhelm de Tréveris, donde su director, Johan Hugo Wyttenbach —historiador, librero y otro jacobino convencido, seguidor de Rousseau y de Kant—, ejerció de mentor. A los 17 años, Marx dominaba ya latín y griego, y escribía poesía filosófica que mezclaba ateísmo, materialismo y una sensibilidad muy poco convencional para su edad, como muestra este poema de juventud:
Kant y Fichte se elevan al cielo azul / buscando alguna tierra lejana / yo solo busco captar lo profundo y verdadero / ¡lo que me encuentro en la calle!
Fue también en esa época cuando conoció a Jenny von Westphalen, hermana de su amigo Edgar, hija de Ludwig von Westphalen —abogado de alta alcurnia prusiana venida a menos, que despertó en Marx el gusto por Shakespeare y Dante—. Jenny, cuatro años mayor, tardó en corresponder al enamoramiento del joven Karl, pero acabó cautivada por su carácter ingobernable y su inteligencia, en un noviazgo chocante para la época entre una joven de la nobleza y un chico de familia de rabinos ascendida a la burguesía.
En la Universidad de Bonn, donde Marx estudió derecho un solo año a petición de su padre, llevó una vida bohemia dedicada a la poesía, las juergas y las tertulias intelectuales. Fue en Berlín, adonde su padre lo envió para someterlo a una disciplina más estricta, donde Marx se pasó a la filosofía (1836-1841) y desarrolló una dedicación casi obsesiva: cursaba más materias que ningún otro alumno, leía voraz e innecesariamente libros que ni siquiera se le exigían, y aprendió por su cuenta inglés e italiano —de ahí que llegara a Inglaterra en 1849 ya sabiendo el idioma— además de traducir a Tácito y Ovidio por puro placer. Su padre, algo alarmado por esa voracidad, le escribió en una carta: “el campo del conocimiento es infinito y breve el tiempo”. Marx, ingobernable como siempre, no le hizo caso.
En Berlín ingresó en el Doktorclub de la universidad, núcleo de los jóvenes hegelianos —entre ellos Bruno Bauer, Max Stirner y Ludwig Feuerbach—, donde se convirtió, junto a Bauer, en la figura principal del grupo. Fue precisamente esta corriente la que permitió a Marx desarrollar su célebre “vuelta del revés de Hegel”: tomar la dialéctica hegeliana, que Marx consideraba puesta “boca abajo” por el idealismo absoluto de su maestro, y ponerla boca arriba para liberarla de la prisión del espíritu absoluto (Dios) y aplicarla al terreno del espíritu objetivo, la Historia. De ahí nacerían las bases de lo que después se llamaría materialismo histórico. Se doctoró en 1841, no en Berlín sino en la Universidad de Jena, con una tesis sobre Demócrito y Epicuro dirigida por Bauer; la represión política sobre los jóvenes hegelianos de izquierda le impidió hacer carrera académica, así que Marx se volcó en el periodismo político, fundando en 1842 La Gaceta Renana, órgano de oposición al Estado prusiano. En 1843 se casó con Jenny en una iglesia luterana de Tréveris —ambos ateos, pero decididos a formalizar su unión sin fricciones legales—; en esa misma boda, la madre de Jenny les presentó a Helene Demuth, quien se convertiría de por vida en su criada, confidente y amiga.
El cuñado que le declaró la guerra
La clave para entender las dificultades laborales de Marx a partir de entonces tiene nombre propio: Ferdinand von Westphalen, medio hermano de Jenny, quince años mayor que ella, que llegó a ser ministro del Interior de Prusia entre 1850 y 1858, durante la conservadora “era de la reacción”. Opuesto desde el principio a la relación de su hermana con el “judío” Marx —por su origen étnico, su ateísmo militante y, después, por su defensa del proletariado como clase emancipadora—, Ferdinand puso a la policía prusiana a vigilar a Marx desde su huida a París en 1843 hasta prácticamente la muerte de este en 1883. Utilizó su cargo ministerial para concertar con Francia, Bélgica y el Imperio Británico la circulación de información destinada a hacerle la vida imposible: sus domicilios, sus viajes, sus publicaciones, y campañas de desprestigio —como la falsa acusación de que cobraba de Inglaterra para escribir contra otras naciones—, todo con el objetivo de que el Imperio Británico terminara expulsándolo. Según sostiene David de Quevedo, “el responsable directo de que Marx fuese espiado de por vida y de que nunca encontrase un solo puesto de trabajo presencial” fue precisamente Ferdinand, quien logró que bancos, universidades, ferrocarriles y correos británicos —bajo la excusa oficial de la “ilegibilidad” de su letra— tuvieran instrucciones tácitas de jamás contratarlo.
Expulsado de Francia en 1845, de Bélgica en 1848 tras el estallido revolucionario y la publicación del Manifiesto Comunista, y de nuevo de Francia tras el fracaso de la Revolución de aquel año, Marx se instaló definitivamente en Londres en 1849, siempre con sus bienes confiscados en cada expulsión. En algún momento llegó a plantearse emigrar a Texas, donde existía una gran comunidad germanoparlante, y solicitó sin éxito en Tréveris un permiso de inmigración.
París y Bruselas: el nacimiento de una amistad decisiva
Fue en París, centro de la disidencia revolucionaria europea, donde Marx entró en contacto con las ideas socialistas y comunistas, leyendo a Lorenz von Stein —curiosamente, espía prusiano becado para estudiar los movimientos revolucionarios parisinos— y frecuentando el Salón de Marie d’Agoult, donde conoció a Proudhon y a Bakunin. Allí también reeditó su relación con Friedrich Engels: se habían conocido brevemente en Prusia en 1842, con un primer encuentro distante, pero en París la sintonía fue inmediata y total. Coincidieron en el análisis de clase, en la crítica a los jóvenes hegelianos y, sobre todo, en que el proletariado era la clase revolucionaria y emancipadora por excelencia frente al capital.
Cuando el gobierno de François Guizot, a instancias de Prusia, expulsó a Marx de Francia en 1845, la familia huyó a Bruselas casi en la indigencia. Marx detestaba la ciudad, pero fue allí donde la amistad con Engels se consolidó de un modo que cambiaría la historia intelectual del siglo XX: Engels, junto con Moritz Hess, se mudó a vivir a la misma calle que Marx, la Rue d’Alliance, en un gesto de camaradería que iba mucho más allá de la cortesía. Ambos fundaron en 1845 el Comité Internacional de Correspondencia Comunista, con secciones en Bruselas, París, Londres, Colonia y Nueva York, destinado a poner en contacto a los movimientos obreros de distintos países. De esa colaboración salieron, ya en Bruselas, obras fundacionales como La Sagrada Familia y La ideología alemana —esta última no publicada hasta 1932, en la Unión Soviética—, donde Marx y Engels asentaron los rudimentos del materialismo histórico frente a las derivas idealistas de los jóvenes hegelianos.
El contraste entre ambos no podía ser mayor, y precisamente por eso funcionó: Marx, el ingobernable, era en el fondo un hombre tradicional y de orden familiar; Engels, hijo de un rico industrial textil, llevaba una vida de gentleman victoriano, seductor con varias amantes —entre ellas la obrera irlandesa Jenny Burns, con quien Jenny von Westphalen nunca tuvo buena relación—. Pero fue Engels quien, con los ingresos de la fábrica familiar en Mánchester, sostuvo económicamente a Marx durante buena parte de su vida en Londres, permitiéndole seguir escribiendo pese a la persecución orquestada por Ferdinand von Westphalen. “Nunca una amistad entre dos hombres fue tan determinante”, no solo para ellos, sino para la historia intelectual y política posterior.
¿Qué clase de vago escribió treinta y un libros?
Marx trabajó ininterrumpidamente como periodista desde 1842, colaborando en o dirigiendo trece cabeceras a lo largo de su vida: La Gaceta Renana, la revista Anekdota, los Anales Franco-Alemanes, Vorwärts, La Gaceta Renana-Bruselense, la Nueva Gaceta Renana, La Reforma, Der Volksfreund, el New York Daily Tribune, Die Presse de Austria, The People’s Paper, el Neue Oder-Zeitung y Der Vorbote. Su etapa más estable fue precisamente como corresponsal londinense del New York Daily Tribune, para el que escribió cerca de 500 artículos entre 1852 y 1862 —su empleo más duradero, según reconoce el propio archivo de sus obras conservado en marxists.org—, cubriendo desde la desigualdad social británica hasta el comercio de esclavos y de opio, con una tirada de casi 150.000 ejemplares que superaba incluso a The Times.
A esto se suma una producción de 31 libros, entre publicados en vida y póstumos: desde su tesis doctoral (1841, publicada en 1902) y Sobre la cuestión judía (1844) hasta El Capital —cuyo primer tomo vio la luz en 1867, y los otros dos, tras su muerte, en 1885 y 1894—, pasando por el Manifiesto Comunista (1848), Miseria de la filosofía (1847), los tres tomos del Grundrisse (borradores de El Capital escritos entre 1857 y 1858, publicados en 1939) o la Crítica del programa de Gotha (escrita en 1875, publicada en 1891). ¿Qué clase de vago escribe, en 64 años de vida, más de treinta libros y quinientos artículos periodísticos, mientras es perseguido por media Europa y se le impide sistemáticamente tener un empleo estable? Que cada cual saque sus conclusiones.
¿Dejó morir de hambre a sus hijo
Marx y Jenny tuvieron seis hijos. Sobrevivieron tres: Jenny Caroline (1844-1883), escritora y periodista, fallecida de cáncer de vejiga dos meses antes que su padre; Jenny Laura (1845-1911), traductora y miliciana revolucionaria en la Comuna de París, que se suicidó junto a su marido Paul Lafargue al llegar ambos a una edad de deterioro físico que decidieron no soportar; y Jenny Eleanor (1855-1898), traductora y activista, que también se quitó la vida tras descubrir la infidelidad de su pareja, Edward Aveling. Los otros tres hijos murieron en la infancia entre 1850 y 1855, según recoge con detalle la biografía de Jenny von Westphalen publicada en Encyclopedia.com: Heinrich “Guido” (1849-1850), apodado así por Marx en honor a Guy Fawkes, ya que nació un 5 de noviembre; Franziska (1851-1853), fallecida de bronquitis tras una familia tan pobre que tuvo que pedir dinero prestado para pagar su entierro; y Edgar (1847-1855), de ocho años, fallecido tras un año luchando contra una dolencia abdominal, en brazos de su padre. El propio Marx, según recoge la biografía de Sven-Eric Liedman en este fragmento sobre la muerte de sus hijos, estaba convencido de que Heinrich Guido habría sobrevivido si hubieran tenido dinero suficiente para pagar a un médico.
Estas muertes ocurrieron durante los años en que la familia vivió en el número 28 de Dean Street, en el Soho londinense, en dos pequeñas habitaciones de una zona que la propia Enciclopedia Británica describe como de “miseria material y dolor espiritual”, donde la familia “a menudo subsistía a base de pan y patatas” y los propios hijos aprendieron a decirles a los cobradores de deudas que “el señor Marx no está en casa”. El Migration Museum de Londres documenta que aquel Soho, con una media de catorce personas por vivienda, fue golpeado por el brote de cólera de 1854 —el mismo que el doctor John Snow rastreó hasta la célebre bomba de agua de Broad Street, hito fundacional de la epidemiología moderna—, y que la familia Marx, aunque logró sobrevivir a la epidemia directa, compartió la pobreza y la insalubridad generalizadas del barrio, empeñando la platería familiar de Jenny y llegando Marx a pasar una noche en prisión por sospecha de robo cuando intentó empeñar objetos de valor. No fue negligencia paterna: fue la Inglaterra industrial capitalista, la misma que Escohotado y otros liberales tanto han admirado, la que mató a tres hijos de Marx, exactamente igual que mataba, cada año, a miles de hijos de obreros en los barrios pobres de Londres.
El caso Frederick Demuth
Se ha especulado también con un séptimo hijo, Frederick (1851-1929), nacido de Helene Demuth, la criada de la familia, y atribuido oficialmente a Engels, en cuyo honor fue bautizado. La única “prueba” de una paternidad de Marx es una carta de Louise Freyberger que ni siquiera es el original, sino una copia mecanografiada y anónima de 1896, un año después de la muerte de Engels —el tipo de documento que la Leyenda Negra Anticomunista ha explotado sin cuestionar su fiabilidad, y que en su día sirvió también para acusar falsamente a Marx de ser espía al servicio del propio Ferdinand von Westphalen—. Historiadores como Terrell Carver, de la Universidad de Bristol, rechazan esa paternidad; otros, como Jonathan Sperber, la sostienen con matices que la propia biografía de Sven-Eric Liedman desmiente. No existen pruebas de ADN posibles —la técnica no existía entonces ni cuando Frederick murió, en 1929, cuando Marx llevaba ya 46 años fallecido— y el propio Frederick fue dado en adopción nada más nacer. La conclusión más honesta es la más simple: no hay prueba alguna, en ningún sentido, de esta paternidad.
Conclusión
No hay evidencia de que Marx dejara morir de hambre a sus hijos, ni de que fuera un vago. Al contrario: la persecución orquestada por su cuñado Ferdinand von Westphalen le impidió tener jamás un empleo estable, y aun así trabajó toda su vida como periodista, editor y escritor, dejando un legado de 31 libros y cientos de artículos que le convierten en una de las figuras más determinantes para entender la historia contemporánea. Como escribió su hija Eleanor en 1895, en un texto titulado “Algunos recuerdos del Moro”, quienes lo conocieron de cerca recordaban no al Júpiter Tonante de la leyenda negra, sino a “el más amable, gentil y simpático de los acompañantes”, un padre que a sus hijas les leía completos a Homero, a Shakespeare y el Quijote, y del que Eleanor escribió: “era un hombre, ni más ni menos, como no volveremos a ver”.


