Elena Alonso
(España) Ha trabajado en los últimos años en el ámbito de la escritura y los procesos de creación, acompañando a dramaturgos y guionistas y desarrollando una trayectoria independiente. En la actualidad se dedica a la lectura en voz alta de clásicos españoles como forma de recuperar nuestra identidad. Recientemente ha vivido una conversión profunda al catolicismo, que ha transformado su manera de comprender la cultura, la palabra y su sentido dentro del mundo. Dirige el club de lectura ENVOZALTA, un espacio de lectura en voz alta concebido para acompañar a jóvenes y mayores y contribuir a la recuperación de valores fundamentales a través de los clásicos.
Un barquito de papel, lanzado a la corriente.
La Virgen María existe. Existió y existe. Como existe su Hijo, vivo entre nosotros. Como existe la Iglesia Santa que Él dejó y que continúa viva, sosteniendo almas, desde hace dos mil años, a través de los siglos.
Yo soy prueba de ello. Porque yo no conocía a la Madre de Dios. Había pasado delante de sus imágenes con indiferencia, como quien atraviesa un museo sin comprender lo que mira. Era, para mí, una mujer inmóvil en los cuadros, una figura lejana sosteniendo a un niño. Nada más. Había visto a gente llorar por televisión en el Rocío. Todo era ajeno. Todo aquello pertenecía a otros: Jesús, la Virgen, la Iglesia. No formaban parte de mi vida ni imaginaba que pudieran formar parte de ella alguna vez.
No buscaba a Dios porque no conocía a Dios.
¿Y cómo puede alguien echar de menos aquello que jamás ha conocido? ¿Cómo puede el corazón conocer a quien no conoce? ¿Cómo es posible sentirse amado antes de amar? ¿Cómo puede ser que el encuentro con Dios cambie una vida por completo?
Gerona, febrero de 2025
Escucho cada día debates interminables sobre política, guerras, decadencia; sobre las amenazas invisibles que se ciernen sobre España.
Y ahora, que amo a mi patria, tengo miedo. Temo que desaparezca, que la despedacen y nos la devuelvan irreconocible, convertida en otra cosa. Tengo miedo de una España sin memoria, sin continuidad.
Pienso en mis hijos y siento miedo, y siento pena. Me aterra que hereden un país vacío, roto, un territorio convertido en un agujero. Que crezcan lejos de aquello que sostuvo durante siglos a los que vivieron antes que nosotros: una historia común, una fe, una manera de estar en el mundo, una lengua.
Gerona, junio de 2025
El patriotismo en Gerona es como tener un perro peligroso y llevarlo de paseo sin bozal. Cuando entro en un supermercado y ven la pulsera con la bandera de España, me preguntan si soy familiar de algún militar.
En las reuniones del colegio, me hablan en catalán y, cuando les pido que lo hagan en español, el idioma que hablamos todos, me invitan a usar unos auriculares con traducción simultánea. Se justifican, en español, diciéndome que “hay padres de otros países que podrían pedir lo mismo que yo”.
Escribo una queja en un cine cuando pago para ver una película española, imaginando que la escucharé en mi propia lengua, y me encuentro que está rodada en catalán.
Mis vecinos tienen una bandera de Cataluña, que ondea al viento, delante de la ventana de mi cocina, mientras yo escucho en bucle el Himno de la Guardia Civil, que acabo de descubrir: “Benemérito Instituto, guarda fiel de España entera, que llevas en tu bandera el lema de paz y honor”.
Valoro la decisión de irnos de Gerona cuando el tutor de mi hija mayor le sugiere que hable en catalán en los recreos, y cuando descubro que mi hijo pequeño siente una gran vergüenza y una sincera preocupación porque su hermana mayor hable en español cuando vaya a su clase.
Gerona se va a acabar en Madrid, la ciudad en la que nací y de la que me fui hace quince años, cuando acababa de ser madre.
En Madrid terminaría la soledad patriota, especialmente en Pozuelo de Alarcón, probablemente el municipio con más banderas de España por metro cuadrado: en los coches, en las rotondas, en los balcones…
Lo que entonces me habría parecido completamente imposible es que en Madrid comenzaría a deshacerse el profundo desorden de mi vida. Y no sería una terapia, ni un discurso, ni ningún proceso psicológico lo que transformaría mi vida completamente. Sería la Iglesia Católica.
Y llegaría hasta ella por un camino tan improbable y misterioso que, de habérmelo contado entonces, jamás lo habría creído.
“Casi treinta casas en dieciséis años. Dos hijos de dos hombres distintos; ningún matrimonio. Dos rupturas con dos niños pequeños. Varias relaciones con mujeres. Diez mudanzas a ciudades diferentes solo conmigo. Los padres en otras ciudades. Uno, en un barco en el Caribe. Costa Rica. Martinica. Panamá. Más de treinta mudanzas solo conmigo. Lanzarote, Las Palmas, Mallorca, Menorca. Hombres. Mujeres. Una ruptura tras otra.
La estabilidad, en un barquito de papel, lanzado a la corriente.”
“Os recogeré de entre las naciones, os reuniré de todos los países y os llevaré a vuestra tierra.
Derramaré sobre vosotros un agua pura que os purificará: de todas vuestras inmundicias e idolatrías os he de purificar; y os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazó.n de carne
Os infundiré mi espíritu, y haré que caminéis según mis preceptos, y que guardéis y cumpláis mis mandamientos. Habitaréis en la tierra que di a vuestros padres. Vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios.”
Libro de Ezequiel 36, 24-28
Salamanca, junio 2025
He venido sola a Salamanca, a un encuentro de reflexión filosófica organizado por una de las personas que más ha alimentado mi amor por España: Paloma Hernández, creadora del canal “Fortunata y Jacinta”. El título de los encuentros parece contener ya una pregunta sobre el destino de nuestra época: Religión y geopolítica en el siglo XXI.
Cuando veo a Paloma por primera vez, apenas puedo decirle otra cosa: “Tengo miedo. Me gustaría irme de aquí menos asustada”.
Por entonces, el Catolicismo empieza a aparecer dentro de mí de una forma todavía lejana, intelectual, como una coherencia secreta que comenzaba a nacer a partir del amor por España. Intuyo que, bajo la historia de mi patria, existe una raíz más profunda que todavía no alcanzo a comprender. No es aún fe. Es nostalgia.
De Salamanca me llevo dos cosas: el teléfono de Paloma y el nombre de una iglesia de Madrid: Santa María de Caná.
Ese nombre me lo da el Padre Zarraute, uno de los ponentes del encuentro. Su conferencia no trata sobre religión, sino sobre historia y política. Sin embargo, en uno de los descansos, me acerco a él y le confieso, con mucha timidez, mi deseo de aproximarme a la Iglesia. Le cuento que pronto me mudaré a Madrid y le pregunto cuál es la mejor a la que podría ir Él responde sin dudar : “¿En Madrid ? Santa María de Caná”.
Ni él ni yo podíamos imaginar entonces que, tres meses después, acabaría viviendo a quince minutos caminando de aquella parroquia, a las afueras de una ciudad tan grande como Madrid.
El último día, Paloma me da su número de teléfono. Ambas sentimos una cercanía especial. Tampoco podíamos saber que, un año después, las dos —que habíamos vivido alejadas de Dios— terminaríamos unidas por una amistad profunda, atravesando juntas un camino de conversión, fe y vida religiosa.
En Salamanca, además, conozco a dos personas que me proponen convertirme en articulista de un periódico que todavía está naciendo: La Iberofonía.
«La Providencia de Dios se extiende hasta el último detalle de nuestra vida.»
– San Francisco de Sales.
Gerona, agosto de 2025
Llego al Padre Luzón, por casualidad.
Estoy ya saturada de discursos políticos, de análisis sobre el derrumbe de Occidente.
Un día, entre todos esos vídeos, el algoritmo me muestra a un sacerdote hablando de la situación espiritual del mundo y de una aparición de la Virgen María relacionada con el destino de España.
Me detengo por curiosidad.
Yo no sé lo que es una aparición mariana. Apenas he oído hablar de ello, como se oyen las cosas extrañas o antiguas que pertenecen a la vida de otros. No sé qué significan. Ni siquiera me parecen posibles. Me parecen cuentos, fantasías, mentiras.
Porque, además, yo no conozco a la Virgen María.
La he visto representada en cuadros, en esculturas de iglesias. Pero no significa nada para mí. Es una figura lejana, inmóvil. No ocupa ningún lugar en mi vida ni en mi corazó.n
El padre Luzón habla entonces de San Sebastián de Garabandal, un pequeño pueblo de Cantabria donde, según cuenta, donde tuvieron lugar unas “apariciones marianas” en los años sesenta. Habla de ello con una naturalidad desconcertante, sin exageración. Y recomienda ver un documental.
Lo pongo, sin saber que mi vida acababa de empezar a cambiar.
Estoy en Gerona, en un pueblo de la Costa Brava. Vivimos en una urbanización en el campo, lejos de todo.
La habitación donde duermo con mi pareja tiene una vieja ventana de madera cuyos quicios se llenaron de mariquitas cuando llegó el frío. Nunca había visto algo así. Decenas de mariquitas apretaditas unas contra otras. A veces se caía alguna al suelo y emprendía un vuelo torpe hacia el jardín, desorientada.
Pongo el documental una tarde en la que me encuentro sola. No debía estarlo. Compartía mi vida con una mujer de la que no me había separado prácticamente ni un solo día en los tres años que duró nuestra relación. Y, sin embargo, cuando pienso en aquella tarde, la memoria me devuelve una sensación clara de soledad.
Empieza Garabandal, catarata imparable.

Conchita, Mari Loli, Mari Cruz y Jacinta. Cuatro niñas entre 11 y 12 años. Una aldea muy pequeña y aislada en lo alto de una montaña de Cantabria. Es el año 1962. Yo también he tenido un pueblo verde con vacas. Mis abuelos paternos eran naturales de Cantabria.
Garabandal es un lugar extremadamente humilde, sin carreteras, incomunicado. La vida en esos años era rural y profundamente religiosa.
Cuatro niñas campesinas, con una educación muy básica, con poca formación intelectual, aseguran haber escuchado una tarde un fuerte trueno en el cielo. Después dicen ver al arcángel San Miguel. Y, pocos días más tarde, se les aparece la Virgen María.
Lo que veo en las imágenes me desconcierta profundamente.
Durante los éxtasis, las niñas corren hacia atrás por caminos de piedra a una velocidad imposible, sin tropezar jamás. Caen de rodillas, de golpe, sobre rocas afiladas que deberían abrirles la carne, pero que no les dejan una marca y no les producen dolor alguno. Sus rostros quedan suspendidos en una expresión imposible de describir: no parecen estar del todo aquí.
Las someten a pruebas delante de médicos, sacerdotes y vecinos. Les pinchan. Les iluminan los ojos con linternas potentes. No pestañean. No reaccionan. Permanecen arrebatadas por algo invisible.
Las niñas toman entre las manos puñados enteros de rosarios mezclados entre sí, entregados por la multitud para ser besados por la Virgen y, después, los devuelven uno a uno a sus dueños sin confundirse jamás, con una rapidez desconcertante.
No puedo dejar de llorar.
Me envuelve un amor inmenso, antiguo, maternal, un amor físico que me recoge y me abraza. Entre lágrimas y sollozos, reconozco, con una certeza inexplicable, que la Virgen está aquí. Que existe. Que me está mirando. Que me ama con una ternura inconcebible y paciente.
Y entonces todo se ablanda: el miedo, la soledad, la dureza del mundo. Lloro porque siento — físicamente— que no estoy sola, que alguien me ha amado sin saberlo, incluso sin que yo supiera pronunciar su nombre.
Hay una dulzura infinita en su presencia. No me exige nada; me ofrece su mano, me recoge bajo su manto. Y, sin darme cuenta, empiezo a seguirla.
“No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él”.
Evangelio según San Juan 14, 1

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