Hondurasgate destapa una purga electoral bajo la sombra de Washington y JOH

Los audios publicados señalan amenazas, compra de votos y control del árbitro electoral hondureño tras las elecciones


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Equipo de edición de La Iberofonía, medio de comunicación del Ateneo Iberófono Juan Latino.

Para entender la gravedad del caso Hondurasgate hay que empezar por una aclaración básica: el Consejo Nacional Electoral de Honduras, conocido como CNE, no es un ministerio ni un partido. Es el organismo encargado de organizar, administrar y dirigir los procesos electorales del país. En términos comprensibles para un lector no hondureño, cumple una función parecida a la de una autoridad electoral central, aunque en Honduras su composición está atravesada por el peso de los grandes partidos. A su lado opera el Tribunal de Justicia Electoral, o TJE, encargado de resolver disputas jurídicas en materia electoral. Ambos organismos nacieron tras reformas aprobadas después de la crisis electoral de 2017, precisamente para separar la organización de los comicios de la resolución de los conflictos electorales.

Ese es el tablero sobre el que estalla la tercera entrega de Hondurasgate, una investigación que ha publicado 37 audios filtrados y un análisis forense realizado con Phonexia Voice Inspector, según la propia documentación difundida por Hondurasgate y recogida por Diario Red. La nueva tanda de grabaciones apunta a una operación para apartar a Marlon Ochoa, consejero del CNE, mediante una combinación de amenazas, persecución política y presunta compra de votos en el Congreso. Hondurasgate sostiene que el banco completo de audios y los informes técnicos están disponibles para consulta pública.

Marlon Ochoa no era un funcionario secundario. Había sido secretario de Finanzas durante el Gobierno de Xiomara Castro y después ocupó un asiento en el CNE, desde donde denunció fallos graves en el proceso electoral hondureño de 2025. Reuters ya había informado en diciembre de que Ochoa advirtió de problemas profundos en una prueba del sistema de conteo: solo se procesó el 36 % de las papeletas de ensayo. Esa advertencia precedió a unas elecciones presidenciales marcadas por retrasos, fallos técnicos, acusaciones de fraude e intervención política exterior.

La elección hondureña se celebró el 30 de noviembre de 2025 y terminó con la proclamación de Nasry Asfura, candidato del Partido Nacional, como vencedor más de tres semanas después. El CNE declaró a Asfura ganador con el 40,3 % de los votos, frente al 39,5 % de Salvador Nasralla, en un proceso afectado por demoras, problemas técnicos y acusaciones de fraude. La estrechez del resultado obligó a revisar manualmente alrededor del 15 % de las actas.

La dimensión internacional del caso aparece cuando entra en escena Estados Unidos. Durante la crisis del conteo, el secretario de Estado Marco Rubio denegó la visa a Marlon Ochoa y revocó la de Mario Morazán, magistrado del TJE, acusándolos de obstaculizar la democracia. Reuters también recogió que Donald Trump había respaldado públicamente a Nasry Asfura y sugirió que el apoyo de Washington a Honduras dependía de su victoria.

El segundo nombre clave es Juan Orlando Hernández, conocido como JOH. Fue presidente de Honduras entre 2014 y 2022, extraditado después a Estados Unidos y condenado en junio de 2024 a 45 años de prisión por conspirar para introducir más de 400 toneladas de cocaína en territorio estadounidense y por delitos relacionados con armas, según el Departamento de Justicia de Estados Unidos. Posteriormente, Trump lo indultó, una decisión que la agencia AP vinculó al agitado contexto político hondureño.

Ahí reside el núcleo explosivo de Hondurasgate: según los audios publicados, el viejo poder asociado a JOH no habría desaparecido, sino que habría reaparecido como actor de reorganización política. La tercera filtración sostiene que las nuevas autoridades hondureñas intentaron deshacerse de Marlon Ochoa con una fórmula extrema atribuida a los audios: “cárcel o muerte”. También se apunta a conversaciones sobre dinero para conseguir votos parlamentarios y alcanzar la mayoría necesaria para ejecutar el juicio político contra Ochoa.

La parte decisiva es que la secuencia descrita en los audios terminó teniendo una traducción institucional. El 16 de abril de 2026, el Congreso Nacional de Honduras destituyó a Marlon Ochoa del CNE y a Mario Morazán del TJE, junto con otros funcionarios electorales, mediante juicio político. Infobae y El Heraldo informaron de que la destitución fue aprobada con 88 votos, una mayoría suficiente para removerlos de sus cargos.

Para el lector no hondureño, la gravedad institucional puede resumirse así: el árbitro electoral que había denunciado irregularidades fue primero sancionado por Washington, después señalado por la nueva correlación política interna y finalmente expulsado del organismo que administra las elecciones. No se trata solo de una pelea partidista. Se trata del control del aparato que valida, administra y da legitimidad al poder político.

La Unión Europea ya había advertido en diciembre de que el desempeño electoral hondureño se vio afectado por una parálisis continua e intencionada durante el período electoral. También pidió que los consejeros del CNE y los funcionarios electorales pudieran trabajar sin restricciones y en un entorno libre de intimidación. Esa observación internacional no prueba por sí sola la trama revelada por Hondurasgate, pero sí encaja con el contexto de bloqueo, presión y crisis institucional que rodeó las elecciones.

Hondurasgate, por tanto, no debe leerse como un simple escándalo de audios. Su importancia está en que conecta tres niveles: la crisis electoral hondureña de 2025, la intervención de Washington en favor de un candidato concreto y la presunta reconstrucción de redes vinculadas al antiguo poder de Juan Orlando Hernández. En el centro de esa operación aparece el intento de controlar el CNE y el TJE, es decir, los dos órganos que organizan y arbitran la disputa electoral.

Si los audios publicados por Hondurasgate y el análisis forense que los acompaña sostienen la autenticidad de las grabaciones, el caso apunta a una conclusión de enorme alcance: la destitución de Marlon Ochoa no habría sido una simple decisión parlamentaria, sino la culminación institucional de una purga diseñada previamente para neutralizar a un consejero incómodo y falsear el sistema electoral hondureño tras una elección estrecha, intervenida y cuestionada.

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